Categoría: El evangelio del domingo

  • “Mete tu mano en mi costado”

    (Juan 20, 19-31) Decía uno de los Santos Padres de la Iglesia primitiva que el lugar de la comunidad cristiana está en las llagas de Cristo. Hacía referencia al texto del evangelio del próximo domingo, en el que uno de los doce, Tomás, permanecía incrédulo ante el testimonio de la resurrección que el resto le ofrecía; “si no meto mis dedos en las llagas de los clavos, no creeré” –decía. Tuvo que experimentar, también él, la presencia del resucitado para creer. Y la experimentó de una forma radicalmente personal. “Mete tu mano en mi costado y no seas incrédulo sino creyente”, le dice Jesús para que se cercione de que era él, el que habían crucificado, el que estaba vivo y era fuente de vida.

     

    El lugar de la Iglesia está en las llagas de Cristo. Es ahí donde vemos la entrega radical de Jesucristo por amor. Ahí es donde nuestra fe nos compromete a optar por la justicia y los valores del reino. En la experiencia de sufrimiento es donde nuestra fe se pone a prueba, se acrisola, y gana en “quilates” y en verdad.

    Cristo sigue llagado y sufriendo en los enfermos y sus familiares; con ellos está, acompañando y animando, la Iglesia de Dos Hermanas. En los encarcelados y en las personas sin hogar; a ellos se acerca, cada semana, la Iglesia de Dos Hermanas. En los abuelos de las residencias, en las familias que pasan serios apuros económicos, en los niños de los barrios marginales; a ellos ayuda, en lo que puede, la Iglesia de Dos Hermanas.

    Quizás no sea la Iglesia, Pueblo de Dios que camina en la historia, la que está lejos de los pobres. Quizás seas tú el que estás lejos de las llagas de Cristo en la historia, y, por eso, sientes a Jesucristo lejos de tu vida.

     

  • Getsemaní según Juan

    (Juan 18, 1-14)

    Estamos acostumbrados a imaginarnos a Jesucristo en el Huerto de los olivos sufriendo tristeza y angustia, y, probablemente, así fue. Pero san Juan en su evangelio nos da una imagen distinta. San Juan no nos narra la angustia del hombre, sino la fortaleza humilde y la grandeza generosa del Dios encarnado.

    No llega Judas con los soldados, es Jesús quien sale a su encuentro. No hay beso traidor, es Jesús el que pregunta sin esperar: ¿A quién buscáis?; y el que proclama, alto y claro: Yo soy Jesús de Nazaret. No es Jesús quien cae preso, son los soldados quienes retroceden y caen en tierra ante la palabra firme y segura de aquel hombre. En la pasión según san Juan, Jesucristo va venciendo a la violencia, a la mentira, al pecado y a la muerte con la fuerza de su amor y de su vida. San Juan no nos muestra su carne torturada, sino su Espíritu desplegando toda su fuerza ante la más grande inhumanidad de los hombres. Para san Juan, ésta, no es la hora del poder de las tinieblas; sino la hora en la que el Hijo va a mostrar toda la virtualidad de su ser, toda la fuerza de su divinidad. Pero Dios no es el que somete a la fuerza, sino el que, desde el perdón y la misericordia, llama a nuestra libertad. El poder de Dios se manifiesta en el niño que en el vientre de su madre la llama al amor y la entrega. Se manifiesta en la mujer inmigrante que la familia para la que trabaja no le da de alta en la seguridad social, no le da, siquiera, ni los descansos ni el sueldo estipulado. En el anciano que espera que su familia vaya a verlo estos días a la residencia. En quien por luchar por la justicia, de verdad y no de pancarta, sufre la marginación y la injusticia de quien ahora está en el poder.

    ¡Qué paradójico, qué sorprendente, qué irresistible es el poder de Dios! ¿Lo descubriremos en nuestra vida?

    Rvdo. José Joaquín Castellón

  • Getsemaní

    (Lc 1, 39-45)La inquietud no lo dejaba parar. Sabía que uno de los suyos lo había traicionado; no iba a huir. Estaba decidido, pero ni tenía serenidad para estar con los suyos, ni podía estar rezando sólo. Por eso se fue con los tres más íntimos y alejándose unos pasos de ellos se postró en tierra rezándole al Padre. Hasta tres veces se levantó de la oración y, nervioso y casi fuera de sí, volvió a rezar. Siempre rezaba lo mismo: “Que pase de mí esta copa de amargura; pero no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú, Padre”.

     

    Fueron momentos duros; estaba experimentando la debilidad de su propia carne; experimentaba la tentación de quien puede todavía echarse atrás y abandonarlo todo. Podía engañarse, darse un tiempo y “marear la perdiz”, evitando que esa noche lo prendieran, retrasando su enfrentamiento a muerte con el mal.

    Esa noche el Padre no le daba la fortaleza que necesitaba. Ni la oración le quitaba la angustia y el miedo. En otros momento había contemplado la presencia del Padre en los pobres y en los enfermos; se había llenado de su bondad que le pedía que se enfrentara a todos para curar a Ezequiel, el leproso; para perdonar a Esther, la prostituta; para levantar el ánimo de los que anhelaban el Reino de Justicia y de Amor, el Reino de Dios. Pero ahora se enfrentaba a su propia muerte; y una muerte tan terrible… Ahora era el abandono, el sufrimiento, las torturas, la cruz, la agonía, el dolor…

    No sabemos cómo fue, pero en el último momento, cuando ya casi se escuchaba a Judas venir con el Sanedrín y los soldados, la fortaleza y la valentía del Padre cambiaron su espíritu  por completo. Se levantó y era un hombre nuevo, ya no había ni angustia, ni inquietud. Comenzaba con una serenidad inaudita su pasión.

     

     

  • Clandestinidad

    (Juan 12, 2-33) En la última etapa de su vida histórica, Jesús, vivió en la clandestinidad. No nos tiene qué sorprender; él sabía que lo buscaban para asesinarlo; y era él quien iba a decidir el momento y la circunstancia. Por eso tuvieron que acudir a un traidor que desvelara dónde se escondía durante la noche.

    En el evangelio de esta semana, unos griegos buscan a Jesús y acuden a Felipe, que no sabe qué hacer, si era seguro presentárselo o no, y consulta con Andrés, que tampoco lo sabe y lo consulta primero con el propio Jesús.

     

    Jesucristo afronta el reto, ¿cómo la luz va a estar escondida y oculta? La luz ha venido para alumbrar, quemándose en su misión. La siembra de la nueva humanidad exige su vida y, venciendo la turbación y el miedo a la muerte, él la ofrece. Él es el grano de trigo que necesita el mundo, y venciendo su angustia y su miedo, se ofrece al Padre.

    ¡Qué mediocre y torpe nuestra vida cuando la comparamos con la de Jesús! ¡Cuántos miedos pequeños nos paralizan! ¡Cuántas obsesiones y rencores nos quitan la felicidad! ¡Qué pequeña la generosidad con que ayudamos a los que sufren! ¡Qué cobardes son nuestras mayores valentías! ¡Qué timorata y corta la entrega que hacemos al Dios que todo nos lo ha dado, nuestra vida y la de su propio Hijo!

    No lo digo para que nos culpabilicemos, sino para que admiremos la entrega del Padre y del Hijo. Y llenándonos de la entrega de Dios vivamos con más radicalidad nuestra fe y nuestra solidaridad cristiana.

     

  • Encrucijada

    (Juan 3, 14-21) A veces el único camino posible es la cruz. Y no esa cruz que se asume para conseguir una felicidad mayor.

    Nuestra vida no es humana sin autosuperación, sin esfuerzo, sin sacrificios. Si nos alejamos constantemente de contrariedades, si elegimos siempre el camino más fácil, nunca contemplaremos con agrado lo que somos. No somos auténticamente personas si no nos desvivimos por gozar de la amistad y el amor. Sin esa capacidad de sacrificio nuestra vida se vacía, perdemos el norte; nos hundimos en la ciénaga de nuestros deseos egoístas, y nos ahogamos en el hastío.

     

    Pero, a veces, la humanidad de nuestra vida nos pone enfrente a la cruz. Y nos toca luchar contra una injusticia de la que sabemos su dificultad y su riesgo. O la enfermedad de un ser querido nos pone en la tesitura de renunciar a muchas de las cosas que hacemos y nos gustan.

    Y sabemos que no vamos a vencer, ni a la injusticia del mundo, ni a la limitación de nuestra carne.

    La cruz, para Jesús, no fue un acto de superación personal, ni un medio para conseguir una sociedad mejor. Jesús asume la cruz, desde su intimidad personal, como entrega a todos los hombres y al Padre. Jesús, en la cruz, asume su propia vida como semilla entregada por amor.
    La cruz –ciega, opaca, cruel, torpe, dolorosa, inhumana—no se asume “para”, se asume “por”. Nada justifica la cruz, ni conseguir esto ni lo otro; la cruz se asume por amor.
    ¿Qué haremos cuando tengamos que asumir la cruz?

     

  • Ser cristiano no es fácil

    (Marcos 9, 1-9) SER CRISTIANO no es fácil. Ser puente de unión entre los amigos cuando discuten, abogar por el que todos quieren orillar, negarse a los rollos de fin de semana para buscar alguien con quien compartir la vida. No es fácil.
    No es fácil vivir con honradez en el trabajo, cuando hay tanto aprovechado; pedir justicia cuando es necesario; trabajar por un barrio más humano entre tanta superficialidad.

     

    No es siempre fácil participar en grupos y asociaciones, incluso en la propia comunidad cristiana, donde el trabajo es mucho, donde confluimos personas muy distintas, donde a veces te parece que nadie te agradece nada.

    Y, sin embargo, aquí estamos. Levantando nuestro rostro al viento. Entregando nuestra pequeña fidelidad a cambio de vivir en la presencia que nos traspasa. Aquí estamos encendiendo con sacrificio una pequeña vela a otro mundo posible, con los ojos puestos en quien es el Camino, la Verdad y la Vida. Aquí estamos, cultivadores de amor, esperando que los brotes tiernos vayan dando fruto.

    Las dificultades serán muchas, no te rindas. Haz de tu vida semilla de bondad y autenticidad, aunque creas que estás en el desierto. La fe en la que vives nunca resulta vana. Y en cada dificultad repite sin descanso: “Habla, Señor, que te escucho. Si Tú estás con nosotros, ¿quién estará en contra?”.

     

  • Todo o nada

    (Marcos 1, 12-13)—¿Por qué quieres que vaya al desierto?, ¿por qué quieres que esté allí cuarenta días sin ver a nadie, sin tomar alimento, viviendo como un muerto en vida? ¿Qué voy a sacar de ese esfuerzo si yo ya sé que la voluntad del Padre es dar vida en abundancia a los más pobres, que sea signo real de su amor a todos los hombres?

     

     —El desierto es un instrumento. En sí no es nada. El Padre no quiere tu hambre, ni tu angustia, ni ponerte a prueba a ti. El desierto es para que experimentes que en la vida la verdad se juega en todo o nada. O estás dispuesto a amar sin límites, sin medida, sin frenos, si cortapisas, entregándote enteramente o no amas en absoluto.

    —Eso ya lo sé; eso ya lo estoy viviendo.

    —Una pequeña cobardía anula la tarea que emprendiste con valentía. Un pequeño egoísmo, hace que no disfrutes del amor que quieres vivir. Una pequeña desconfianza no te permite vivir el océano de paz que hay en tu corazón. Ni te imaginas cuántos ideales se han frustrado por faltar en una situación a la humildad, a la autocrítica, a la generosidad, a la valentía. Aquella incoherencia fue haciendo una sombra más y más grande hasta que acabó con el ideal entero. Cuántos sacerdotes se convirtieron en funcionarios de lo sagrado… Cuántos políticos cayeron en connivencia con la injusticia… Cuántos matrimonios en rutina soñolienta… Cuántos hombres y mujeres en sombra de lo que pudieron ser… No fueron sus pecados, sino sus deseos.

    –Iré al desierto. Y allí veré los entresijos más ocultos de mi corazón. Y allí diré: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

     

  • ¿No lo notáis?

    (Marcos 2, 1-12)Un espíritu nuevo está brotando en nuestras comunidades cristianas, ¿no lo notáis?

    Es verdad que siempre el mal que se comenta hace más ruido que el bien que se vive. Es verdad que hay algunos empeñados en vivir una fe que no sale del folclore más vacío, de la condena moralista, de la rutina sin profundidad. 

     

    Pero cada vez más cristianos queremos vivir la fe en lo cotidiano de nuestra vida, sin hipocresías, sin engaños; cada vez más cristianos queremos hacer de la solidaridad con los más pobres nuestra propia bandera; cada vez más cristianos buscamos el sacramento de la eucaristía para encontrarnos de corazón con Jesucristo, y que él vaya trasformando nuestra vida. Es como un brote pequeño; como las ramitas tiernas que ahora están brotando en los rosales; como el suave canto de los pájaros que anuncian el esplendor de la primavera. Ya está brotando la vida de Jesús que nos reconcilia con nosotros mismos, con los demás y con la vida.
    Cuando acudimos a Jesús no escuchamos condenas, no nos exige rituales, no se fija en nuestros pecados. Cuando acudimos a Jesús escuchamos: “Tus pecados te son perdonados, (…) levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”.

    En el desierto brota un manantial, en la estepa se abre un sendero; los que estábamos desmoralizados reencontramos la fuerza de la vida. Jesús nos convoca y todo cambia, ¿no lo notas?

     

  • No me puede

    (Marcos 1, 40-45)—Jesús, pero cómo se te ocurrió abrazar a ese leproso. ¿No ves que ahora no podemos entrar en ninguna aldea para hablar con nadie, ni para anunciar la buena noticia del reino?
    —Ya sé, Pedro, que fue una imprudencia, pero no me pude contener. Cuando lo vi delante de mí, arrodillado, suplicándome por el amor de Dios que lo curara, se me conmovió el corazón y me lancé a abrazarlo y a besarlo. Que ahora soy impuro para la ley…, pues qué le vamos a hacer. No hemos salido a predicar el conformismo, ni la cobardía.

     

    —Nazareno, tan cabezón como siempre. Pero por ayudar a ese desgraciado, ahora tenemos dificultades para nuestra misión.

    —Santiago, nuestra misión es anunciar que el amor de padre de Dios desborda todas nuestras limitaciones y pecados; que su misericordia está más cerca de los pobres y de los despreciados; que su justicia va a cambiar nuestro corazón y nuestro pueblo. Esa es nuestra misión, esa es mi misión, y eso he hecho.

    —Bueno, hombre. Es verdad que aunque no podamos entrar en las aldeas de por aquí, la gente viene a verte y escucharte. Al final siempre tienes razón tú.

    —No siempre, Pedro. Mira estoy arrepentido de no haber hablado más despacio con él. Haberle anunciado de palabra la cercanía y el cariño que Dios Padre le ofrece. Este leproso, ahora ya está sano, y ahora necesita vivir dándole las gracias a Dios cada día. Pero cuando lo vi a mis pies, me conmovió, y no le dije todo lo que debía.

     

  • Ilusión, ingenuidad, valentía

     (Marcos 1,14-20) —Pero, ¿qué dices, Jesús? Eso del Reino de Dios está muy bien para nosotros, para charlarlo por las noches sobando un vaso de vino. Es cierto que Dios quiere que cambie el pueblo, que está tan harto como nosotros de la injusticia y la crueldad, pero ¿qué vamos a hacer nosotros que somos unos pobres pescadores ignorantes?

    —Pues yo, Pedro, ya estoy harto de salir de pesca todos los días. No es que me pese el trabajo. Lo que me ocurre es que me siento como esclavo sabiendo que todos los días que me queden de vida estaré aquí pescando peces, comiendo de lo pescado, descansando para volver a pescar. Parece que el lago me ha pescado a mí.

    —No os quiero engañar. Será duro. Vosotros sabéis lo noveleras que son las gentes de nuestra tierra. Hoy te escuchan con aprobación y mañana como si no te hubieran visto. Pero hay que ir sembrando la semilla de Dios en nuestro pueblo. Quién sabe lo que Dios tiene reservado para nosotros. A mí me pasaba lo que a Andrés, no me sentía a gusto con lo que hacía. Pero desde que fuimos al Jordán al bautismo de Juan un fuego no deja de crepitar en mi interior y va encendiendo toda mi vida.
    (uno que pasaba por allí)

    —¡Oye! ¿Os habéis enterado que Herodes ha pescado a Juan el bautista? Ya estará muerto.

    —No se puede esperar más: ¡Simón!, ¡Andrés! Veníos conmigo y os haré pescadores de hombres.