Categoría: El evangelio del domingo

  • Dios actúa

    (Marcos 5, 21-43) El inicio y el motor de la fe es la confianza. Los creyentes vivimos asentados en la firme convicción de que toda nuestra vida se fundamenta en Alguien que nos quiere y que, a través de los acontecimientos de nuestra historia, nos va cuidando. Los cristianos tenemos la firme convicción de que en Jesucristo se nos entrega por completo el amor y la vida de Dios, su perdón y su fuerza.

    Pero algunas veces podemos reducir la fe a mera exigencia moral, y decimos: “Ser cristiano es vivir con los valores de Cristo”, y no es falso, y o está mal, pero situamos en la sombra la experiencia radical de sabernos acogidos, guiados, protegidos, sostenidos por Él. Ninguna madre se conforma con dar buenos consejos a su hijo. No se cansa de mirarlo con ternura, de abrazarlo cariñosamente, de protegerlo y defenderlo aunque ya sea adulto, de velar por él en todo lo que puede.  

    En el evangelio del próximo domingo se nos invita a vivir esta realidad. Una mujer se acerca a Jesús y, al tocarlo, ella se siente curada y él se da cuenta de que la fuerza había salido de él. No fue un buen consejo, no fue una denuncia social, no fue un testimonio de valores. Una fuerza salió de Jesús y restableció a la mujer a la vida.

    No le pongas puertas al mar. No le pongas límites al amor de Dios. No reduzcas la acción de Dios en tu historia. Jesucristo actúa en tu vida, de muchas formas, de muchas maneras. No pongas tu esperanza ni en tus fuerzas ni en tus capacidades; pon tu esperanza en quien de verdad merece que en él confíes.

     

  • Huracán interno

    (Marcos 4, 35-40) Las peores guerras no son las que uno libra con los de fuera, sino con los de dentro. Que quienes se oponen a ti te la jueguen, no sorprende; siempre duele, pero no sorprende. Pero cuando son los tuyos, los que considerabas tus amigos los que te etiquetan superficialmente, los que te condenan sin preguntarte, los que te juzgan sin estar presente… La rabia y la impotencia, a partes iguales, se apoderan de uno.

    No digo nada que no hayas experimentado alguna vez, ¿verdad? Pero nos equivocamos si consideramos que los otros son el más peligroso y destructivo huracán. El peor huracán viene de ti mismo. De considerar que tú sí puedes etiquetar, juzgar o condenar superficialmente a los demás; pero que tú, como persona, eres especial. El peor huracán sobreviene cuando ponemos nuestra confianza en la bondad que poseemos. Porque será puesta en duda, y con parte de razón, por muchos. O en poner nuestra confianza en la bondad de quien nos acompaña. Porque tarde o temprano –cuando menos nos esperamos—nos sorprenderá con lo que consideramos traición.

    Cuando los vientos de la desilusión o de la rabia te remuevan de la serenidad acostumbrada acude a quien cerró el mar con una puerta cuando salía del seno materno, a quien les puso a las olas un límite y le dijo: “hasta aquí llegarás y no pasarás”. Acude al que es la fuente de la bondad y la verdad de toda la vida. Mírate con sus ojos; mira a los demás con su misma mirada. Verás pobres criaturas que se debaten buscando vida plena. Confundiéndola con poderes o con placeres, con reconocimientos o con pequeños triunfos.

    Si no es en Ti, Señor, ¿dónde encontraremos firmeza?

     

  • Bautizos laicos

    (Marcos 14, 12-26) Las personas tenemos necesidad de símbolos que muestren que algunas experiencias que vivimos son más grandes que nosotros mismos. El nacimiento de un hijo es una de ellas; y, por ello, aunque uno no quiera ser religioso siente la necesidad de vivir entre los suyos, lo grande que es ser padre o madre. Tan necesarios son los símbolos religiosos que hasta los que rechazan la religión los necesitan.

    Los cristianos cada semana estamos invitados a una celebración que desborda y expresa lo que vivimos: la cercanía del mismo Dios a nuestras vidas. En un poco de pan y vino Jesucristo quiso que hiciéramos memoria real de su intimidad con la comunidad cristiana y con cada creyente.
    Acercaos en familia a la eucaristía; participa con fe de la celebración de cada domingo; escucha el evangelio, reza en comunidad, entra en comunión sacramental con aquel nazareno que es el Sentido y el Fundamento de todo lo que existe.

    Cuando vayas a misa ten en cuenta que entras en lo más sagrado de tu vida; desde que entres en la iglesia reconoce la presencia del Dios de la Vida, que te acoge. Cuando vayas a misa escucha con atención su Palabra; vive con sinceridad tu oración; abre el corazón para que brote la fuente del amor que te constituye y riegue, así, silenciosamente toda tu existencia. Cuando vayas a misa vive intensamente el amor de Dios, para que cuando salgas puedas vivir, también con intensidad, al amor al prójimo.

    Si quitamos de nuestra vida los sacramentos de la vida, ten por cierto que nos inventaremos algún rito que será manipulación o estupidez.

     

  • Valores de profundidad

    (Mateo 28,16-20) ¿Quién puede aportar a nuestros jóvenes los valores que orienten hacia la verdad y hacia la bondad su vida? El Estado, por ser la institución que representa a todos los ciudadanos, no puede proponer valores de profundidad que le den un sentido a la vida. Los principales valores que puede proponer el Estado son los de salud, higiene y profilaxis: vacunas apropiadas, normas saludables de comportamiento, etc. También se proponen valores culturales, del estilo de: “cuida el medio ambiente”, “pon un libro en tu vida”, etc. Y, por último, valores de tolerancia y mutua ayuda entre grupos sociales.

     

    Bien; ya tenemos un joven que cuida su salud, que no perjudica el medio ambiente y que no desprecia a nadie por algún rasgo físico o psíquico. ¿Ya no necesita más?, ¿con esas indicaciones ya está cubierta su educación en valores? ¿Nadie le va a decir que sólo desde la entrega, hasta la renuncia del propio yo, puede vivirse la plenitud del amor? ¿Nadie le va a decir que la dignidad de la persona se juega en luchar por lo que cree justo, aunque por ello se vea perjudicado? ¿Nadie le va a ofrecer la Presencia, de reconciliación y acogida, de un Padre que siempre está a su lado? ¿Nadie le va a descubrir la fuerza de humanización de algunos acontecimientos difíciles de nuestra vida, si nos ponemos en manos del Espíritu? ¿Nadie le va a decir que su vida es importante, imprescindible, para que este mundo vaya caminando hacia el Reino anunciado por Jesucristo? ¿Quién le ofrece a nuestros jóvenes valores de profundidad, de vida plena, de entrega y sacrificio; valores que abran la propia vida a lo que nos trasciende?

     

  • Miedo o confianza

    (Juan 15, 26ss) Las lecturas de la misa del día de Pentecostés nos ofrecen dos caminos: el del miedo y el de la confianza. El mito de la torre de Babel nos relata el miedo de unas personas ante su futuro y ese miedo les hace buscar seguridades: “Construyamos una torre tan alta que traspase las nubes y que nos ponga a salvo de cualquier diluvio que venga”. Algo sensato aparentemente. Pero pónganse en la piel de un albañil de aquellos tiempos, e imagínense subidos a los andamios que entonces se utilizaban. Un proyecto de esas características iba a costar muchísimas vidas humanas –como las mismas pirámides que aquellas criaturas se habían visto obligadas a construir.

     

    Cuando los proyectos humanos nacen del miedo y la inseguridad siempre provocan víctimas inocentes.

    La segunda lectura es una invitación a la confianza. Dios mismo nos va a sostener y nos va a proteger. La metáfora que utiliza es luminosa: el águila estabiliza y da seguridad a sus polluelos en su primer vuelo, volando bajo ellos, sin tocarlos, con la fuerza del aire que provocan su cuerpo y sus plumas; así es Dios con nosotros.

    Nada de lo que hagamos nos va a dar una seguridad absoluta en nuestra vida. Vivir obsesionados por  tener, por acumular, por aparentar, por ser esto o lo otro, siempre es dejar de vivir. Abre tu vida a la novedad del Espíritu. Que su viento en tu rostro te haga reconocerte y reconocer a los demás. No te encierres, no te escondas a la vida que Dios te regala. Vida que es misión y compromiso. Vida que es amor y alegría.

     

  • Civismo creyente

    (Marcos 16,15-20) Parece que la participación de los ciudadanos en la construcción social se ha de reducir a la organización de eventos lúdicos o de concursos de bailes y gastronomía. El fundamento de la democracia no está en el voto individual cada cierto tiempo, sino en  la participación libre y activa de los ciudadanos en la configuración de nuestra sociedad.

     

    El próximo domingo celebramos la Ascensión de Jesucristo y el envío de los Apóstoles a evangelizar el mundo: “Id al mundo entero y anunciad el evangelio”, nos dice el evangelio. Ese anuncio del evangelio ha de ser, por una parte, el  testimonio personal de que en Jesucristo hemos encontrado el verdadero sentido de nuestra vida; el camino, la verdad y la vida que el Padre nos ofrece. Pero, por otra parte, la evangelización también conlleva la colaboración con la construcción de un mundo más justo y humano.

    Maestros y profesores cristianos, madres y padres de familia creyentes, id al mundo de la enseñanza y trabajad por una educación de calidad y con valores auténticos, donde la educación sexual no se reduzca a reparto de condones. Trabajadores y empresarios creyentes, id al mundo laboral y buscad las formas de ir creando puestos de trabajo dignos para todo el que lo necesite. Vecinos y vecinas cristianos de todos los barrios id a los vecinos y a las administraciones y procurad unos barrios más humanos y fraternos.

    Parroquias y comunidades cristianas, id al mundo y sed, en medio de todos, casas donde se vive el amor de Jesucristo; sed pequeñas semillas que dan frutos de Evangelio.

     

  • Trabajo y capital

    (Juan 15, 9-17) Desde hace más de un siglo, y ante la situación de la clase obrera a finales del XIX, la Iglesia sintió la necesidad de formular un principio moral ineludible de toda política económica: la prioridad del trabajo sobre el capital.

    La actividad política, empresarial y personal de los cristianos debe orientarse a ese principio que busca poner al alcance de todos los bienes que Dios ha creado para todos. Todo político cristiano, cualquiera con sensibilidad humana, ha de buscar que la creación de riqueza revierta sobre los trabajadores y que la acumulación de dinero en unas pocas manos no se convierta, ni un fin en sí mismo, ni una rémora para la vida de las familias. Toda política en connivencia con la especulación financiera se aleja de este criterio ético fundamental.

     

    Todo cristiano que emprenda una actividad económica ha de tener como horizonte moral la creación de puestos de trabajo, con los que las familias puedan vivir con dignidad. La vida de los trabajadores y trabajadoras y sus familias no es una variable más, una mercancía más de las que entran en los cálculos macroeconómicos.

    El trabajo es más importante que el capital, y la vida más importante que el trabajo. También hemos contemplado como muchas familias obreras han hipotecado su vida por ponerla en el lujo y el derroche. También entre los pobres hemos de apreciar más los valores personales y familiares, que el consumismo y la vida de derroche con la que tanto nos están manipulando.

    Si el amor cristiano no llega a la economía se transforma en hipocresía, en perfecta coartada de una injusticia, que acaba perjudicándonos a todos.
     

     

  • Crisis de sociedad

    (Juan 10, 11-18) Mientras la especulación inmobiliaria y sus hipotecas –que es el nombre dulcificado de una moderna esclavitud a cuarenta años– no afectaba a los ricos, pocos políticos levantaron su voz contra unos procesos económicos inhumanos e inmorales. Al contrario, eran los mejores amigos de banqueros y grandes constructores. Tampoco desde la sociedad civil hemos tenido capacidad suficiente para denunciar las situaciones que se iban generando: el opio del consumismo, que es ahora el opio del pueblo, nos ha tenido adormecidos y sin capacidad de reacción.

    En el evangelio de este domingo Jesucristo nos interpela: “obras son amores, y no buenas razones”. A decir verdad lo expresa de otra manera: “Mi Padre recibe gloria cuando producís fruto en abundancia, y os manifestáis así como discípulos míos”. ¿Son sinceros tantos bautizos y primeras comuniones, si el pueblo de Dios, las familias cristianas, no van creando sociedad desde los valores evangélicos de la solidaridad y la justicia, para esos mismos niños y niñas?

    Es cierto, quien tiene más poder tiene más responsabilidad. Pero vivimos en una sociedad sin talante evangélico, donde cada uno mira exclusivamente por lo suyo, donde muy pocos asumen iniciativas de bien común. Hemos dejado la educación de nuestros hijos en manos de unos políticos que usan el relativismo moral para desactivar la conciencia ciudadana. Nos hemos entregado a los ídolos del consumo y al del beneficio sin escrúpulos. Nadie se plantea iniciativas de economía social donde la vida de las familias prime sobre el beneficio y el capital.

    Es hora de conocer y practicar las enseñanzas sociales de la Iglesia que nos invitan a ser partícipes creativos y responsables de una sociedad más justa y humana.

     

  • Si te preguntas quién eres

    (Juan 10, 11-18) Si me preguntan quién eres puedo responder que soy sacerdote, párroco de la del Divino Salvador, que soy profesor o, incluso que me llamo José Joaquín Castellón. Pero si me pregunto quién soy, si me lo pregunto sinceramente a mí mismo, me pongo en un aprieto.

    Tenemos todos la tendencia a identificarnos con las etiquetas que nos hemos ido “colgando” a lo largo del tiempo: la profesión que ejercemos, la familia a la que pertenecemos o que has creado, las aficiones que te entretienen, incluso por los amigos que tienes puedes ser identificado. Pero si te preguntas quién eres de verdad, puedes quedarte sin palabras.

    Entonces no valen “hazañas” realizadas en el pasado, y de las que tanto presumes; entonces no valen etiquetas que quedan bien delante de los otros, y que muestran tus habilidades, no tu ser; entonces, como he dicho, te pones en un aprieto.

    Jesucristo responde a esa pregunta en el evangelio del próximo domingo. “Yo soy el buen Pastor” –dice con una seguridad que, si se reflexiona, impresiona. Él es el buen pastor y lo avala sobradamente: está dispuesto a dar la vida por los suyos; a darla en lo cotidiano y a darla del todo si hace falta. Y no lo dice arrogándose mérito alguno, sólo cumple el mandato que ha recibido del Padre. Es el buen Pastor.

    Si me preguntas quién soy ya sé qué responder: soy discípulo de Jesús de Nazaret. En medio de mis limitaciones y egoísmos, en mis virtudes y capacidades. Soy discípulo de Jesucristo. No hay respuesta que me abra más futuro, que me ofrezca más paz y libertad, que me regale más seguridad y consuelo, que mejor me identifique por lo más profundo de mí mismo.

     

     

  • Iglesia Apostólica

    (Lucas 24, 35-48) La fe de los cristianos es apostólica en varios sentidos. El primero de ellos es que se funda en el testimonio de los apóstoles. Gracias a ellos conocemos la vida y el mensaje de Jesús de Nazaret: su proclama del Reino, su acción de liberación en el seno de su pueblo y su muerte en la cruz por fidelidad al amor. Pero, sobre todo, gracias a ellos sabemos que aquel profeta de la libertad y del amor fue resucitado y es fuente de la vida verdadera.

    Cada uno de nosotros podemos tener experiencias creyentes que nos acercan de alguna manera a la experiencia que tuvieron los apóstoles de la resurrección de Jesucristo. Pero esas experiencias siempre serán tan pobres y reducidas que tendremos sus narraciones de las apariciones del Resucitado como horizonte en el que caminar en nuestra vida personal. Creemos en el testimonio de los apóstoles.

    Pero nuestra fe tiene que ser apostólica en un segundo sentido. Llamamos apóstoles a los discípulos de Jesús porque se convirtieron en mensajeros de su mensaje, de su vida y de su resurrección. Los llamamos apóstoles porque con su testimonio fueron esparciendo la semilla que la vida de Jesús había metido en la historia para que diera fruto.

    Por ello cuando decimos que nuestra Iglesia es Apostólica lo que decimos es que cada uno de los cristianos, por el simple hecho de serlo, está llamado a proclamar con su vida y con su palabra la vida y las palabras de Jesús. Un cristiano ensimismado, retraído, descomprometido, que vive su fe en la cómoda individualidad no está viviendo de verdad la fe cristiana.