Categoría: El evangelio del domingo

  • Vida o rutina

    (Mc. 4, 35-40) 

    Tengo la certeza de que la vida de cada persona es un proceso de identificación con la vida y la plenitud de Dios. Tu vida, los avatares que te ves forzado a asumir o las decisiones que voluntariamente tomas te van recreando desde dentro y te va haciendo más sabio, más prudente, más humilde, más cariñoso, más “de Dios”. Todo nos puede hacer descubrir la grandeza y el misterio de lo que nos rodea, el misterio que vivimos cada persona.

    Los problemas y dificultades que vivimos por nuestro compromiso cristiano, los gozos y las alegrías de la fe y del amor, todo, nos va haciendo entrar en comunión con el Dios de la historia, con el Señor de la vida.

    Es Cristo quien nos lleva “a la otra orilla”, a no conformarnos con la rutina de las comodidades y las mismas bromas de siempre, con la seguridad mortecina de cuando todo ya lo sabemos. Es Cristo quien nos lleva “a la otra orilla” de querer vivir con la dignidad que da la honradez y la justicia, de enamorarnos locamente, de crear una familia, de vivir nuestra fe auténticamente aunque no nos falten las dificultades. Es “el amor de Cristo el que nos apremia” a crear comunidad donde sólo hay institución, a crear amistad donde sólo hay interés, a vivir amor donde sólo había capricho, a asumir la cruz sin saber dónde vamos a poder llegar.

    A veces te angustias ante las tempestades que te vienen por tu compromiso a favor de los niños y los jóvenes, o de los ancianos o los enfermos, o de los presos o las familias más pobres; a veces te angustias por no querer acomodarte al ambiente de consumo y estupidez que te rodea. Eso también es vida, no lo olvides. Lo único que nos hace morir es la rutina del siempre lo mismo hasta hastiarnos y quedarnos vacíos.

    ¿A qué última aventura te ha lanzado el amor de Cristo?

  • Jesucristo y la Eucaristía

    (Mc 14, 12-26) 

    La experiencia que van reconociendo los primeros cristianos en su relación con Jesucristo es muy especial. Ellos sienten a Jesucristo vivo, pero no sólo como un Alguien a su lado. Sentían que Jesucristo, con su vida, con su muerte y, sobre todo, con su resurrección, se había convertido en la vida de su propia vida. Como la vid sólo produce frutos a través de los sarmientos, así eran los frutos que Jesucristo y los cristianos tenían: toda la misericordia, la entrega o la veracidad que ellos podían vivir eran misericordia, entrega y veracidad del propio Cristo.

    Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que me come vivirá siempre. Y el pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo” (Jn. 6, 51). La vida de la persona y el alimento que toma son una y la misma realidad; si éste no perdiera su individualidad al disolverse en nuestro cuerpo no podría ser la vida del cuerpo: la fuerza y la vitalidad que el alimento nos da es, a una, del alimento y del cuerpo que lo toma. Pero en la realidad espiritual del Pan de vida nadie pierde su identidad, ni el Pan ni el que se alimenta, sin que  haya, en modo alguno, separación entre ellos. San Agustín nos lo explica: Cuando nos dirigimos a Dios con súplicas, no establecemos separación con el Hijo, y cuando es el cuerpo del Hijo quien ora no se separa de la cabeza, y el mismo salvador del cuerpo, nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es el que ora por nosotros, ora en nosotros y es invocado por nosotros. Reconozcamos, pues, en él nuestras propias voces y reconozcamos también su voz en nosotros.

    Durante la vida histórica de Jesucristo lo habían visto como el hombre más auténtico y verdadero que habían encontrado, y que podían encontrar nunca. Pero después de la experiencia de su pasión y muerte, al recordar el gesto de la última cena sin que pudieran tener ninguna explicación para ello comenzaron a experimentar de nuevo su cercanía íntima y su vida plena en ellos. La experiencia de partir el pan en las casas iba abriendo una experiencia radicalmente nueva.

    Experimentaban que Jesucristo era la vida auténtica de sus vidas, la vida auténtica de toda la historia, la vida auténtica de los más pobres; se veían colmados de una presencia que los llenaba a todos y que lo llenaba todo. La experiencia de saberse constituidos en su más radical identidad como cuerpo de Cristo al comer el pan de la eucaristía va recreando y dando vida a la comunidad cristiana.

  • Trinidad y salvación

    (Mt 18, 16-20)

    Podemos pedirle a Dios muchos favores, y puede que nos los conceda; pero si la salvación de Dios son los favores que hace por nosotros, todavía no somos verdaderamente cristianos, todavía no es Él nuestra auténtica salvación. Dios sería nuestro salvador, no nuestra salvación; y no es esa la experiencia de la auténtica espiritualidad cristiana. Sería una tristeza enorme para nuestras ansias de absoluto que el horizonte con el que nos tuviéramos que conformar fuera el de lo que Dios hace por nosotros, ajenos a su verdadera intimidad.

    La única satisfacción que desea el alma tocada por Dios es la comunión absoluta fruto de una autodonación plena. Lo decía San Juan de la Cruz:

    ¡Ay!, ¿quién podrá sanarme?
    Acaba de entregarse ya de vero.
    No quieras enviarme
    de hoy más ya mensajero:
    que no saben decirme lo que quiero. (…)

    En el hombre toda entrega es limitada, parcial; es entrega de algo nuestro, no de nuestra plena y auténtica intimidad. Y, sin embargo, sólo cuando nos entregamos a los otros desde nuestra intimidad, y los otros se nos entregan íntimamente podemos decir que vamos siendo personas auténticas. La gran limitación de las personas está en que sintiéndonos llamados a realizarnos en la entrega, no podemos entregar sino signos de nuestra propia intimidad: caricias, servicios, palabras…; pero lo más radical de nuestra intimidad aparece velado, y siempre sentimos miedo de disolvernos, de alienarnos, de anonadarnos en esa entrega. Y siempre nos entregamos parcialmente.

    La gran noticia de la revelación cristiana es que Dios se nos entrega absolutamente para que podamos romper las barreras y las limitaciones de nuestra realidad corporal y vivir en un amor que supera nuestros propios deseos. Dios se entregó a su Hijo sin límites, y en esa entrega no le dio ninguna cosa, se dio a sí mismo, su propia realidad divina: lo engendró de su misma naturaleza, como dice el credo apostólico. Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios.

  • Espíritu joven

    (Jn. 15, 26-27; 16, 12-15) 

    ¿Quién no ha sentido de joven el fuego invisible del amor que nos hacía caer en los más locos comportamientos sólo para acercarnos a la niña que nos gustaba? ¿Cómo seguir sentado en casa frente al televisor si sabíamos que ella salía?, ¿cómo seguir con nuestro grupo de amigos cuando la habíamos visto pasar hacia otro lado? El Espíritu de Dios es fuego de juventud.

    ¿Quién no ha sentido de joven la irresistible llamada de la libertad que nos invitaba a dejar de hacer lo ya hecho, a experimentar caminos nuevos, seguramente mal vistos por algunos, criticados por otros, que pocos se atrevían a transitar? Necesitábamos afirmarnos en lo nuevo; teníamos necesidad de creer que inventábamos la vida, que éramos más auténticos, más puros, más veraces de lo que habían sido el resto de los mortales. Queríamos vivir auténticamente, con alegría, la vida. El Espíritu de Dios es viento de libertad, huracán libertario que derriba muros de costumbres e ignorancia.

    ¿Quién no ha sentido en la inmaculada juventud la llamada imperiosa y absoluta de la justicia ante un mundo cruel e inhumano que otros han ido construyendo? Cuando somos jóvenes tenemos el privilegio de enjuiciar todo lo brutalmente hecho, todo lo inhumanamente construido, todo lo injustamente estructurado. No hemos participado de su configuración, no tenemos que buscar justificaciones que nunca convencen. La juventud afirma siempre la necesidad de la justicia, de la dignidad de la vida. El Espíritu de Dios es terremoto que derriba todo lo injusto del mundo, que conmueve los cimientos inhumanos de nuestra humanidad.

    ¡Ven joven Espíritu de Dios y acaba con nuestros miedos y desconfianzas! ¡Ven Espíritu del Dios siempre joven y recrea nuestra vida desde la libertad, la justicia y el amor! ¡Venid jóvenes con el Espíritu y arrasad con vuestra fe todo lo caduco y lo estéril que haya en la Iglesia! ¡Venid jóvenes enamorados, jóvenes libertarios, jóvenes con ansias de justicia que Dios os llama a que recreéis todo nuestro mundo!

  • Vergüenza de ser cristiano

    Marcos 16, 15-20 

    A muchos católicos nos da vergüenza decir que lo somos, y nunca nos atrevemos a proponer nuestra fe a los demás como el auténtico sentido de la vida.
    Esta situación, que sinceramente creo que se da en muchísimos católicos, está en flagrante contradicción con el mandato de Jesucristo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”.

    Ya se que se proclama el evangelio también con el testimonio de la vida; y que un compromiso de solidaridad y justicia con el que sufre también es hablar de Cristo. Pero es que tampoco vivimos con demasiada radicalidad ese compromiso, ¿verdad?

    Somos capaces de decir que pertenecemos a tal o cual hermandad –como es una cosa de tradición y de familia sabemos que no nos identifica demasiado. Si estamos en un ambiente más o menos favorable podemos decir que vamos a misa o que somos catequistas. Hablamos sin pudor de valores, de la justicia, de la libertad, de los derechos. Pero decir abiertamente que creemos en Jesucristo como el verdadero sentido de nuestra vida, que en Él confiamos todos nuestros problemas y alegrías, y que gracias a Él vivimos una vida más plena y feliz, nos resulta más duro. Tan duro que nunca lo decimos, ni siquiera con los que están más cerca de nosotros, y, por tanto, parece que los católicos estamos desaparecidos en combate.

    “Es que la Iglesia nos lo pone muy difícil con sus normas arcaicas y fuera de lugar”; es discutible, pero te lo acepto. Cualquier institución tiene más escándalos y contradicciones y no suenan tanto, pero te lo acepto.

    No te engañes el problema está en ti, en que no tienes la suficiente valentía para mostrarte como eres ante los otros; en que a pesar de todo lo que le debes a Jesucristo te da vergüenza de hablar de él, de cómo te ha ayudado la oración, de cómo te ha encauzado siempre hacia una vida auténtica. No te lo voy a decir yo, dime tú qué calificativo merece aquel que se avergüenza de la persona a la que quiere y a quien le debe todo lo que es.