Categoría: El evangelio del domingo

  • ¿Qué es lo que tú nos debes?

     Lc 1, 39-45 

    ¿Qué es lo que nos debes, Señor, tú a nosotros para despojarte de tu gloria en el cielo y venir a engendrarte en el vientre humilde de una mujer? ¿Qué es lo que nos debes para querer nacer pobre entre los pobres, envuelto en pañales y acostado en un pesebre? ¿Qué es lo que nos debes para elegir el frío, el hambre, el peligro, la necesidad? ¿Qué es lo que nos debes para aceptar, tú que eres la fuente de toda la dulzura, el alimento de unos pechos de mujer con los que te formaste como un hombre cualquiera?

    —¿Qué le debe el padre a su hijo; qué le debe la tierra al sol de la aurora; qué le debemos al amor? ¿Puede dejar el fuego de quemar?, ¿puede Dios dejar de amar? ¿Puedo dejar de entregarme cada vez que respiráis, cada vez que os miráis en los ojos del otro?

    Tú nos creaste para que fuésemos libres y hermanos, para que cada una de nuestras vidas fuera un canto de alegría. Por eso entendemos que te revelaras a los profetas para comunicarnos tu ley; que inspires en todas las personas sentimientos de solidaridad y ternura; y que nos marques la justicia como horizonte en el que construir nuestro mundo. Pero que te hagas niño para suscitar nuestra ternura, que te hagas extranjero para alentar nuestra solidaridad, que te hagas pobre y perseguido para despertar nuestro afán de justicia, desborda todo lo que podíamos esperar e imaginar. Por eso, Señor, aunque contemos todas tus promesas, aunque enumeremos toda la bondad que Tú tienes para nuestra vida, aún nos quedas Tú. Aún nos queda la insondable profundidad de tu amor por cada uno de nosotros.

  • Perdona nuestras deudas

    Lc 3, 10-18 

    Todos tenemos deudas pendientes; y esta vez no me refiero a las deudas económicas. Todos tenemos deudas de gratitud con nuestros padres, con nuestros amigos, con muchas personas que nos han sorprendido con su generosidad y su nobleza en momentos difíciles de nuestra vida. Son deudas buenas; deudas que no debemos “perdonar” nunca porque nos hacen ser agradecidos, mejores. 

    Las deudas de las que debemos buscar perdón son las que tenemos con nosotros mismos. El evangelio de hoy nos marca dos ideales fundamentales para nuestra vida: la solidaridad y la honradez. “¿Qué debemos hacer?”—le  preguntan a Juan, el bautista; “Sed solidarios y no os aprovechéis nunca de nadie” –viene a responderle él.

    El problema está en que nunca somos verdaderamente solidarios, sólo damos una mínima parte de lo que nos sobra; y muchas veces nos hemos aprovechado de quien sabía menos, de quien tenía menos, de quien podía menos que nosotros. El problema está en que nunca dejaremos de tener deudas de conciencia.

    Por  eso, cuando a Jesucristo le preguntaban en general: “¿Qué hacemos”, no responde nunca. Cuando alguien lo mira y le pregunta: “¿Qué he de hacer?”, sólo dice: “Ven conmigo a un lugar tranquilo”. Allí nos desvela la intimidad de su corazón y nos caldea el alma con el fuego de su Espíritu. En el ámbito de la intimidad, cambia más el corazón un beso de ternura, que mil razonables exigencias. 

  • Sin duda, sin deudas

    Lucas 21, 25-36 

    Todos sabemos lo que pesa una hipoteca. Se lleva la mitad del presupuesto familiar y nos priva de la posibilidad de vivir más holgados, de emplear más tiempo con los nuestros porque no nos queda más remedio que trabajar horas extras. Una hipoteca elevada puede dar al traste con la economía de una familia si alguno de los padres cae enfermo o simplemente pierde su empleo. No lo tienen mal pensado, una familia hipotecada es fuente de personas sumisas ante las injusticias y, a la vez, propensas al resentimiento. 

    El mundo nuevo al que Dios nos reta y nos llama, el mundo nuevo que Dios nos promete es un mundo sin hipotecas; ni económicas, ni morales. También las hipotecas personales pesan lo suyo. Cada uno tenemos una serie de hipotecas personales, de errores en el planteamiento de nuestra vida que vamos arrastrando día tras día sin atrevernos a cancelar, sin que nos atrevamos a cambiar; situaciones en las que nos damos por derrotados antes de plantear batalla.

    En este Adviento Dios viene a decirnos que no tengamos miedo, que luchemos por una vida sin deudas de por vida. Mira las hipotecas que tienes, mira cuánto te hacen sufrir y busca la forma de reconciliarte contigo mismo, con los demás y con Dios.

    Pero también es tiempo de que exijamos a nuestros políticos que dejen de beneficiar al gran capital inmobiliario y que miren por el bien y las necesidades de las familias. Que no permitan que el tener una casa pase de ser un derecho a ser una pesadilla. Adviento es tiempo de esperanza y de purificación del pecado. ¿Y no es pecado que unos cuantos se enriquezcan con la sangre de la inmensa mayoría? ¿A quién benefician más las rotondas que se hacen en nuestro pueblo, a los empresarios de la construcción o a las familias trabajadoras? 

  • Señor de hombres libres (Juan 18, 33-37)

    Os deseo de corazón, y de parte de nuestro Señor Jesucristo, que seáis felices y que viváis una paz honda en vuestro corazón. Él es el hombre verdadero, la persona auténticamente humana, el sentido verdadero de toda la historia. En Él, en nuestro encuentro hondo y profundo con su Espíritu, encontramos la reconciliación plena de nuestra vida. Una reconciliación que no esconde nuestras limitaciones, sino que nos las hace reconocer; una reconciliación, que no nos humilla, porque nace de una ternura inmensa, como sólo Dios puede darnos; una reconciliación que cambia y transforma el corazón egoísta y las estructuras injustas. De Él nace todo.

    ¿Cómo íbamos a imaginarnos que toda la grandeza y la misericordia de Dios iban a hacerse carne para abrazarnos y entregarse, para mirarnos y hablarnos al corazón?
    Jesucristo no vino a ser rey de reyes, ni señor de señores; vino a ser Señor de hombres y mujeres libres, aunque suene paradójico. Vino a engendrar en ti, en todos, una libertad, un amor y una entrega como no podías ni imaginar. Porque es el sentido verdadero de la historia, es el principio y el fin de toda la creación.

    No te resistas más. Por muy sordo que te hagas más fuerte es su llamada al amor en tu vida, siempre y en todos los acontecimientos. No te resistas más, y deja que llene el hueco de amor que crece en tu vida a cada paso. El amor de Jesucristo fue tan grande y tan absoluto en la noche de la cruz que no dejará de resonar su llamada hasta que todos, desde nuestra libertad plena, nos entreguemos a los otros, a los más pobres, a su propia persona.

  • El Sol, la Luna y las estrellas (Marcos 13, 24-32)

    El Evangelio no se escribe para informarnos de hechos del pasado, sino para que cada uno escuche las llamadas del Dios de la Vida en su propia vida. Por eso cada vez que leemos el Evangelio hemos de aplicarlo a nuestra propia vida y nuestra propia historia. 

    Además, muchas veces el Evangelio nos habla en símbolos porque el mensaje que intentaba comunicar era demasiado crítico con los poderes establecidos. Esto es lo que ocurre en el evangelio del próximo domingo. “El Sol, la Luna y las estrellas”, que en otros contextos evocan la grandeza de Dios y de la creación, en el texto de Marcos 13 simbolizan a los poderes humanos injustos que, aunque se creen tan inmutables y enaltecidos como esos astros, van a caer de su altura destrozándose, para regocijo de todos los que han tenido que sufrir sus consecuencias.

    El imperio militarista norteamericano se acabará, y el poder terrorista y misógino del fundamentalismo islámico será aniquilado. Las multinacionales que explotan a niños en maquilas inhumanas se arruinarán, y la mentira y la manipulación de los grandes grupos mediáticos serán silenciadas. Llegará un día, el Señor lo ha dicho, en el que la riqueza de los pueblos revertirán en los sencillos y los humildes, y los grandes y poderosos dejarán de serlo.

    Llegará un día en el que todo este desorden inmundo se rompa definitivamente y la luz del Evangelio sea el único Sol de nuestras vidas. Ya lo está siendo en algunas personas; y, ya, algunas personas miran con la profundidad y el arrojo de quien vive en libertad. Ya, algunas personas miran cara a cara a esos supuestos “soles” porque no son más que gigantes con pies de barro. Sólo una condición para contarnos entre ellas: no justificar ninguna injusticia, aunque sea nuestra; no consentir ninguna mentira, aunque sea de los nuestros; no pactar con ninguna opresión, aunque aparentemente nos beneficie.

  • Las cuentas de Judas (Marcos 12, 38-44)

    —El ‘Nazareno’ está tonto. Así no vamos a ningún lado. Primero espanta a Rubén, aquel hombre rico de Magdala que venía a juntarse a nuestro grupo; y ahora nos dice eso de la vieja: que si ha sido la más generosa, que si los demás han echado menos que ella, que si tenemos que aprender de esa mujer. Que la vieja haya echado unos céntimos para el Templo, ¿qué nos beneficia a nosotros? Yo no lo entiendo.

    —Judas, no seas cerrado, hombre. Jesús se dio cuenta de la generosidad de la mujer y nos estuvo explicando que sólo quien sea generoso como ella será digno de todos los dones que Dios le ha dado. ¿Qué tienes tú, o qué tengo yo, que Dios no nos haya regalado? Y, sin embargo, no somos capaces de renunciar a cosas sin importancia por ayudar a los demás, siempre ponemos excusas para no compartir. Esa mezquindad retrata nuestro corazón; ni permite que cambiemos nuestro pueblo, ni  nos conduce ni a la paz.
    —Bueno fue a hablar, el recaudador de impuestos, el que ha robado más denarios que pelos tiene en la cabeza. ¡Mateo, que te veo! Lo que nos interesa es que se nos arrimen unos cuantos ricos con ganas de ser tenidos por prohombres, con ganas de ser alabados por un hombre de Dios. Con su dinero sí podremos ganarnos la voluntad de unos cuantos miserables, y después de más… Con dinero sí podremos llegar al poder y hacer todo lo que haga falta por los pobres.
    —Judas, una pregunta: ¿a ti te importan, de verdad, algo los pobres?

  • Amor de Dios, amor de hombre (Marcos 12, 28-34)

    No sé sus nombres. Sólo los conozco de verlos por la calle empujando un carrito de los del Carrefourt lleno de chatarra para conseguir una de las dosis de “base” que necesitan cada día. Primero lo conocí a él, iba siempre con un amigo; irreconocibles por la tizne y la mugre que tenían en la cara y por todo el cuerpo. Me daba ternura contemplar el valor de la amistad en personas tan maltratadas por la vida y por sí mismos. No se podía tener una barba más enmarañada y sucia; cada vez estaban más delgados y demacrados. Al cabo de los años su amigo desapareció y durante una temporada lo vi ganarse solitariamente el “pan” de cada día detrás de su carrito. Un día los vi juntos a los dos, a ella y a él. Ella parecía que podía romperse en cualquier momento por su extrema delgadez. Iban siempre nerviosos y deprisa detrás de su carrito lleno de chatarra. Pensé que se consolaban juntos de tanta ansiedad y desprecio como tenían que vivir; no me pareció mal –no tenía porqué juzgar nada. Como los veía asiduamente y siempre juntos me comenzaron a admirar: el amor echa sus raíces en los que más necesitan, en los más pobres. Pero mi admiración fue creciendo: iban cambiando poco a poco. Él iba más limpio, ella también. Me pareció natural, tenían quien se fijara en ellos con ojos nuevos; tenían quién acariciara y besara su rostro. Los cambios no quedaron ahí, empezaron a engordar, a caminar con más tranquilidad; vestían ropas más cuidadas y limpias. Sus idas y venidas a la casa de los traficantes se espaciaron. Las últimas veces ya no iban detrás de un carro. Hace tiempo que no los veo, ya no suben en busca de ninguna “base”, quizás porque han encontrado a alguien que llenara el vacío que sentían por dentro. Los he buscado para abordarlos y comentarles cómo los he visto cambiar y lo que me ha alegrado su transformación, pero no los he vuelto a ver.

    El amor es así, donde llega se quita todo lo demás. El amor se adueña de todo tu corazón, de toda tu alma, de toda tu mente, de todo tu ser. El amor te hace vivir para y por el otro, te arranca de tu egoísmo y de su multitud de trampas para vivir de verdad. No quiero ser exagerado, pero ese amor de mis amigos sin nombre es Dios. El amor que sentimos por los nuestros, con sus historias y sus rostros, es Dios. El amor que en nuestro corazón siempre aspira a más entrega, a más plenitud es el Espíritu de Dios.

  • Jesucristo y la Eucaristía

    (Mc 14, 12-26)

    No son pocas las veces que en el evangelio los pobres son puestos como modelo de conducta, de comportamiento y de vida interior. Jesús pone de ejemplo la limosna de la viuda pobre, al  criado que nunca se cansaba de servir, a la pobre mujer cananea que por amor habló con serena severidad a quien suponía un hombre de Dios.

    El evangelio de hoy nos muestra uno de esos casos en los que la actitud de un mendigo ciego se pone de ejemplo a todos los creyentes. Sentado al borde del camino después de mucho tiempo sufriendo y limosneando para poder sobrevivir –como nosotros…–, escucha Bartimeo un tumulto de gente en la que escucha que está Jesús el nazareno. Los sufrimientos no le habían quitado la esperanza y grita con desesperación a Jesús mismo, no busca intermediarios, quiere encontrarse con Jesús en persona. Ni la recriminación de la gente piadosa, tan propensa siempre a defender a Dios de los pobres y a pensar que los pobres no le importan a Dios, lograban callarlo: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí” –gritaba una y otra vez como una letanía, como la consigna de una manifestación.

    Cuando Jesús quiso ver y escuchar al ciego todas las condenas se cambiaron, ya no era algo incómodo, ya no había actuado con falta de deferencia, ya no estaba distorsionando la misión del maestro. De un salto busca a Jesucristo sin verlo, la necesidad y el oído lo orientaban; ahora sí, la gente lo conduce hacia él. Delante de Jesús escucha algo sorprendente: “¿Qué quieres que haga por ti?; le pregunta a él, a un mendigo ciego al que nadie respeta, qué quiere que haga por él. Jesús no lo trata como un  objeto de lástima ni de caridad, lo trata como un sujeto, como una persona con sentimientos e ideas propias que puede dirigir su propia vida. Y Bartimeo pide a Jesús lo que más falta le hace, que no son un par de dracmas para echar la semana, ni una manta nueva con la que cubrirse del frío, ni un techo para su choza destrozada; Bartimeo le pide ver para ser un hombre nuevo. Lo primero que ve cuando es curado es el rostro de quien le ha dado la salud y su aprecio. Por eso no duda en convertirse en un discípulo más del grupo y seguirlo por el camino.

    Hoy no hay muchos que quieran seguir a Cristo, de verdad y abiertamente, en el camino de su vida. Seguramente porque a pocos nos habrá hecho el favor de escucharnos y darnos vida… Además esto de aprender de los pobres sería con los pobres del tiempo de Jesús, que de los pobres de hoy no podemos aprender nada…

  • Poder y servicio

     (Marcos 10, 35-45) 

    “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen”: así de categórico se expresa Jesucristo en el evangelio de esta semana. La tiranía y la opresión son los dos pecados que conlleva el ejercicio del poder y la preeminencia social.

    Ciertamente no estamos en una sociedad militarizada y dictatorial como en la Judea ocupada del tiempo de Jesús. Nuestra sociedad democrática tiene abundantes frenos y cortapisas frente al poder político. Los políticos de hoy día no pueden hacer de su voluntad ley sin que tarde o temprano se les pase factura. Pero ciertamente la tentación de la tiranía y la opresión están ahí, y el espíritu humano ha buscado siempre los caminos más ocultos para recaer en los errores de siempre.

    En la democracia formal en que vivimos el camino más efectivo para tiranizar a la sociedad es el del control informativo. Se oculta información, se manipulan noticias, se compran medios informativos, se enaltecen periodistas mediocres si son maleables a los intereses del poder, se castiga económica y socialmente a los periodistas y medios de comunicación independientes. La tiranía de la falsedad es una forma de tiranía sobre la conciencia que es la peor de las tiranías porque la tiranía de la violencia, por lo menos, se reconoce como tal y no puede robarte el alma.

    Los políticos de nuestro pueblo deberían preguntarse si están ejerciendo esa tiranía de la falsedad y la manipulación informativa; si con las prácticas y los usos instalados ante la verdad y los medios de comunicación no están violando su propia vocación de servidores de los asuntos públicos. Estoy seguro que la inmensa mayoría de ellos no entró en política para tiranizar desde la falsedad. Por ello han de pensar hasta dónde es lícito llegar en las luchas de poder partidista y en el juego de poder dentro de los partidos.

    Si hace falta que para que se lo cuestionen reconozca como sacerdote que dentro de la Iglesia también nos hace falta esa reflexión, lo hago sin dudar. El destino de nuestra democracia está, en gran parte, en las manos de los políticos, y ninguna generalización de la mentira, de la manipulación, de la ocultación de datos, de eliminación de voces críticas dejará de destruir a la corta y a la larga nuestro pueblo.

  • María, ¿para qué?

    (Marcos 10, 17-30) 

    Algunos cristianos piensan que teniendo a Dios de nuestra parte para qué nos sirven mediadores. ¿Para qué acudir a la Virgen María si la misericordia de Dios es tan grande que entregó a su único Hijo por salvarnos?

    Lo preguntan, y no les falta razón. Toda misericordia que reconstruye, todo poder de conmover e interpelar, toda sabiduría humilde y certera son siempre de Dios. Y es Dios el que, a través de la vida, la historia y la presencia de Jesucristo en nosotros nos hace más personas, nos salva.

    Pero, las personas somos así; aunque sepamos que Dios nos quiere, necesitamos la mano amiga de alguien cercano que nos acaricie el rostro; aunque sepamos la verdad de las cosas, necesitamos a alguien que nos la recuerde, que nos anime a vivirla, que con su ejemplo vaya delante de nosotros. De carne quiso hacernos Dios, no desnuda inmaterialidad de pensamiento.

    María de Nazaret es ese signo cercano de valentía para acoger la llamada de Dios en medio de las dificultades y de nuestro egoísmo. La Madre de Jesús es ese signo de ternura y de acogida incondicional que necesitamos todos los hombres y mujeres del mundo. La Virgen es ese signo de autenticidad radical en quien necesitamos mirarnos para no conformarnos con nuestra repetida mediocridad. La Virgen María es signo de la presencia de Dios que nunca nos abandona, que siempre está a nuestro lado, acompañándonos en nuestro camino.

    Si el rencor no te permite vivir en paz, mira a la Madre de Dios que todo lo perdona. Si la cobardía no te deja avanzar, mira a la Madre de los cristianos que en su debilidad femenina tenía fuerza para arrostrar todas las dificultades. Si el egoísmo y el ansia de comodidad y de dinero te impiden ser hermano, acude a la Virgen que es madre de todos los hombres.
    Pero eso sí, nunca tomes el nombre de la Virgen en vano. No acudas a ella para solapar tus cobardía, ni tu falta de autenticidad creyente. No acudas a ella si no quieres vivir el amor solidario y entregado por el que ha sido siempre signo de Cristo en todas las comunidades cristianas, en todos los lugares del mundo.