Categoría: El evangelio del domingo

  • Nos hace falta Espíritu

    Juan 14, 15-26

    Nos hace falta un Espíritu que se niegue a dar por bueno lo mediocre, lo zafio, lo rastrero, que tanto abundan, por desgracia en nuestra vida personal, en nuestra sociedad y, también, en nuestra comunidad cristiana. Nos hace falta un Espíritu que busque la autenticidad del Evangelio, una humanidad verdadera, una justicia fidedigna. 

    Estamos tan acostumbrados a nuestros pequeños pecados y  las grandes corrupciones que nos rodean que pedir rectitud de intención parece ingenuidad insuperable. ¿A quién le pedimos que sea coherente y veraz? ¿Nos lo pedimos nosotros mismos? –No …, no debemos amargarnos la vida con exigencia… ¿Se lo pedimos a los políticos a los que votamos incondicionalmente? –No …, todo el mundo tiene cosas que ocultar…, todo sea porque los otros no lleguen al poder, asco me da pensarlo.  ¿Se lo pedimos a nuestro grupo cristiano? No…, hacemos lo que podemos…, hay cosas que no pueden cambiar… No nos metamos en complicaciones. ¿Se lo pedimos a los representantes de la Iglesia? –¡Deberíamos hacerlo!, aunque sabemos de sobra que todos los curas son iguales.

    Envíanos tu Espíritu, Señor. Un Espíritu que barra toda nuestra mediocridad personal, toda nuestra falta de honradez con el evangelio. Envíanos tu Espíritu porque es la verdad y el amor, no la rutina ni la costumbre las que pueden salvar nuestro mundo.

  • No deis, daros

     Lucas 24, 46-53

    En los caminos de Galilea o Judea, Jesús de Nazaret tenía siempre el arte de nunca dar cosas, sino de darse a sí mismo. Ningún favor de los que hacía lo alejaba de la persona necesitada que a sus pies se ponía. Siempre lo levantaba con cariño y le devolvía la salud, la esperanza, la reconciliación y la libertad: la conciencia de ser hijo querido de Dios.
    Cuando los primeros cristianos se sienten enviados por Dios tienen claro que su misión no es dar cosas diversas, sino entregar la experiencia que los está constituyendo y dando sentido a su vida: la experiencia de Jesucristo. Curaban enfermos, ayudaban a los más pobres, intercedían por los débiles, conseguían la libertad de esclavos; pero lo que ellos querían entregar era lo más genuino de sí mismos: su fe en Cristo.
    Quien ama da siempre lo mejor de sí mismo. No deis meramente cosas; en ellas siempre tenéis que daros, dando a Quien constituye el fundamento de vuestro servicio y el centro de vuestra vida.

     

  • Abiertos a la resurrección

    Juan 21, 1-14

     “Siete discípulos, uno de los cuales era Pedro, habían vuelto a Galilea, el lugar de la primera llamada, el lugar de la proclamación del reino y las bienaventuranzas. Ya sabían que Jesús había resucitado, y Pedro tiene la intuición de continuar con la misión que les había confiado: ser pescadores de hombres. Los otros seis comparten con él ese proyecto, esa misión y se ponen manos a la obra. Por mucho que intentaban cumplir lo que Jesús le había marcado no conseguían nada.

     

    Parecía que todos sus esfuerzos eran en vano. Habían llegado a su fin sus ilusiones y sus esfuerzos. Alboreaba después de una noche de fatigas.

    Sumidos en su frustración Alguien les habla con cariño, les pregunta por su vida, los anima a seguir trabajando. Rezan –porque era Cristo aquella persona—sin saber que lo hacían. Es entonces cuando su labor tiene éxito y cuando descubren, de nuevo, que Cristo está vivo, y que está presente en su trabajo y su misión.

    También nosotros podemos recuperar la ilusión de los comienzos; también podemos acordar, sin protagonismos, qué tarea es la que Jesús nos está pidiendo; también nosotros podemos trabajar aunque no veamos muchos frutos; también a nosotros, cuando desesperemos de nosotros mismos y de nuestras fuerzas, Alguien, aunque no lo reconozcamos, nos mostrará con cariño que nuestro esfuerzo merece la pena. Nos ofrecerá el calor de la lumbre y su propia vida de alimento.

     

  • El Padre y yo somos uno

    Juan 10, 27-30

     “El padre y yo somos uno”. Es la frase con la que acaba el Evangelio de esta semana. Los Cristianos estamos acostumbrandos a escuchar que Jesucristo es Dios y nos parece normal: no hemos visto a Jesús como un hombre cualquiera, trabajando y dialogando en su aldea de Nazaret, sino que la experiencia que tenemos de Jesucristo es la de su presencia de Resucitado en lo más profundo de nuestra vida. Pero que un hombre relativo y caduco se haga Dios es la fe más escandalosa y provocativa que pueda imaginarse.

     

    El principal misterio de nuestra fe no es que Cristo naciera de una mujer virgen, ni que un muerto recobre la vida, si no que el amor, la verdad y la belleza de su vida entregada hasta la Cruz fuera presencia absoluta del amor, la verdad, y la belleza del Dios altísimo.

    Pero gracias a esta fe escandalosa y provocativa sabemos quién es Dios y cómo es Dios. Dios es tan humano como Jesús; es tan cariñoso con los pecadores y con los pobres como Jesús; le duelen tanto las injusticias de los hombres como a Jesús; es tan cercano con quien sufre la angustia y el dolor como Jesús; puede llenar nuestra vida de tanto sentido y felicidad como Jesús.

    Si quieres tener duda, tenlas en condiciones: ¿puede “caber” Dios en el corazón de un hombre, aunque ese hombre sea Jesús de Nazaret?

     

  • ¿Quién es más?

     Juan 14, 23-29

    Nuestra forma de contemplar y valorar a las personas tiene un pecado original que pesa irremisiblemente sobre nosotros. Valoramos a los demás, y a nosotros mismos, por la capacidad de superar a los otros en inteligencia, en capacidad económica, en brillantez social, en acumulación de bienes o de diversiones. No valoramos si compararnos con los demás nos encontramos superiores. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. 

    ¿Quién es más, el padre que renuncia a todo por su hijo enfermo o el hijo por el que ha renunciado a todo? ¿Quién es más, el misionero que renuncia a toda su vida por acompañar y servir a un pueblo despreciado del mundo o los hombres, mujeres y niños de ese pueblo? ¿Quién es más, el trabajador que atiende con cariño y abnegación a un enfermo o el enfermo que agradece sus cuidados y cariño? ¿Quién es más, el muchacho enamorado o la chavala que le quita el sueño?, –no se engañen, amar se ama como siempre.

    ¿Quién es más? El Otro siempre debe ser más; sólo así nuestra entrega a él nos dignifica y nos hace más. Siempre es más el que se entrega, el que renuncia a su vida, el que no se aferra a ninguna categoría, supuesta o real, para mirar al otro a los ojos.

     

  • Vida sagrada

    Es sagrada la vida de cada hombre, de cada mujer, de cada niño, de cada anciana, de cada persona que nos rodea. 

    La fe cristiana nos ofrece en los días de Semana Santa una verdad que por reiterada y repetida no debe pasarnos desapercibida. Los cristianos adoramos a un hombre que entregó y entrega su vida para que los ciegos puedan ver, para que los hambrientos tengan alimento, para que se respete la vida incluso de los que han quebrantado la ley. Los cristianos adoramos a una persona que se entregó por todas las personas; ¿puede haber una religión más humana?, ¿podemos tener una fe más cercana a nuestra vida y que valore más nuestras esperanzas y nuestras angustias cotidianas?

    La vida de cada persona es un misterio de trascendencia y profundidad que debe ser acogido con respeto religioso; ante el que debemos negarnos a cualquier manipulación y manejo. No es fácil amar radicalmente al dinamismo de humanidad que nos constituye a todos. Tendemos fácilmente a reducir a los demás, y a reducirnos a nosotros, a etiquetas y calificativos ya sabidos.

    Jesucristo vivió treinta y tres años inmensamente feliz, escuchando a su corazón, viviendo desde sus sentimientos más profundos, contemplando el abismo de ternura y libertad de cada persona que se le acercaba, alentando en cada uno de ellos la vida que en él mismo experimentaba. Vivió su historia sin frenos egoístas al amor, sin intentar nunca manipular a nadie, sin miedos ante los poderosos, sin reparos ante prejuicios sociales. Hizo de su vida un abismo profundo, resonando con la voz del río de la vida.

    Puedes pasar a su lado indiferente, como quien ve la estatua de un parque fijándose en sus defectos o su belleza. Puedes contemplarlo desde el fondo de tu propia vida, desde la vida de los que quieres, de los que sufren. Puedes contemplarlo religiosamente, sin saber cómo en la historia de aquel nazareno Dios mismo se hizo piel y grito; palabra y deseo; abrazo eternamente abierto; carne; hombre; historia. 

  • La resurrección y la vida

    Juan 20, 19-21 

    No es verdad del todo que Jesucristo resucitó de la muerte. Esa forma de proclamar nuestra fe en la resurrección la convierte en un asunto personal de Jesucristo. No es sólo que Jesús resucitó, sino que Él es ahora nuestra resurrección y nuestra vida.

    La amistad que durante unos cuantos años unos cuantos hombres pudieron vivir con Jesús se extiende a todos los que desde su libertad se abran al misterio vivificador de su vida, de su pasión y de su muerte. No es que Jesús resucitó, sino que está en lo más alto del cielo, en lo más profundo de nuestro corazón para ser nuestra resurrección y nuestra vida.

    Esta experiencia religiosa, incluso mística, de la Vida de Jesús nos acerca a su forma concreta de vivir; comenzamos a comprender que es el perdón y la rebeldía contra toda injusticia y el deseo de entregarnos a los otros la Vida Verdadera. La resurrección de Jesús no es sólo que Él vive, sino que nosotros podemos vivir su plenitud. No dudes, mira las llagas de sus pies y manos, de su costado, como signos de un amor que nadie doblegó, que nada pudo eliminar, porque Dios no lo consintió.

  • ¿Legalizar lo inmoral?

    Juan 8, 1-11

    El texto del próximo domingo nos muestra a Jesús enseñando sentado en el Templo. Mayor formalidad magisterial no cabe. Allí le presentan una mujer sorprendida en adulterio para que justifique su pena de muerte. La única vez que los fariseos ponen en medio de sus preguntas a Jesús a una persona es para justificar su muerte. Jesús les cuestiona con la célebre frase: “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Se quedó sólo con la mujer. Nadie tenía autoridad moral para asesinar a aquella pobre mujer, pero Jesús se quedó sólo; sólo ante todos; sólo con la mujer; sólo defendiendo al más débil. 

    ¿Justifica Jesús el adulterio? En absoluto, ni siquiera se plantea esa posibilidad. ¿Le quita importancia a esa situación? En absoluto, otras veces había hablado de la fidelidad matrimonial como el camino que Dios ofrece para vivir la plenitud del amor. Cuando despide a la mujer lo deja bien claro: “¿Nadie te ha condenado? –dice a la mujer. Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más”.

    Este texto tiene mucho contenido para los cristianos. Por una parte nos hace saber que toda persona es más que alguno de sus comportamientos concretos, que no tenemos derecho a juzgar a nadie, porque sólo Dios conoce los motivos y los condicionamientos de una persona; que toda persona ha de ser tratada siempre como hijo de Dios. Por otra nos muestra cómo no todo comportamiento moralmente inaceptable o ambiguo ha de ser penalizado legalmente: la moralidad cristiana no puede pasar directamente a ser considerada ley civil. Pero, a la vez, eso no debe hacer de un comportamiento dañino o autodestructivo algo inocuo, permitido y hasta favorecido; y a quien lo asume un modelo a seguir.

    El ambiente maniqueo que está viviendo la sociedad española no favorece la comprensión de distinciones sutiles, por más necesarias que sean. Por desgracia se está tendiendo a hacer pasar como deseables y buenas situaciones que, acaso, sólo hay que no penalizar legalmente; y esto va a provocar mucho sufrimiento y mucha desazón entre los más débiles.

    Que nunca justifiquemos el pecado por defender al pecador; que nunca condenemos al pecador por luchar contra el pecado. No es un juego de palabras.

  • Comía con publicanos y pecadores

    (Lucas 15) La historia más bella jamás contada, la parábola del hijo pródigo, nace como reacción de Jesucristo al desprecio que los representantes de la religión judía hacían de un grupo grande de personas y a la condena que hacían de su conducta de acercarse personal y afectuosamente a ellos. No hay respuesta más sosegada ni eficaz.  Si nos hubiera tocado a alguno de nosotros hubiésemos respondido con otra acusación: “pues vosotros más”. Y la espiral de la violencia hubiera continuado en una vuelta más de incomprensión y de enfrentamiento.

    Es muy distinto analizar las consecuencias negativas de la conducta de una persona, a la que podemos querer; que despreciar y condenar a una persona por entero por una conducta errónea que haya tenido. Cuando tomamos al todo por la parte, a la persona por un comportamiento, la juzgamos y nos exponemos al pecado mortal de condenarla y al pecado asesino de despreciarla.

    La mayor parte de nuestro desprecio surge de las insatisfacciones y frustraciones personales que tenemos. El desprecio es el síntoma de una enfermedad moral, la condena personal es síntoma de una carencia vital. Miramos con envidia unos comportamientos que consideramos perversos y, y para liberarnos de ese sentimiento negativo condenamos a la persona. La envidia y el desprecio son síntomas de que falta vida a nuestra vida, de que lo que rige nuestra conducta no es la fe sino un legalismo que nos asfixia.

    ¿A quién despreció Jesús para que nosotros despreciemos?, ¿a quién condenó para que nosotros condenemos? Jesús vino a que todos caminásemos hacia el bien, hacia la verdad, hacia Dios; cada uno desde la situación en la que se encuentra.

    No sé si sobran hoy demasiadas condenas, demasiados juicios. Los que juzgan y condenan también están llamados a convertirse y a creer en el evangelio de los pobres, de los publicanos y los pecadores.

  • Estar en la gloria

    (Lucas 9, 28-36) Mi idea de lo que es “estar en la gloria” ha cambiado mucho a lo largo de los años. Durante algún tiempo estar en la gloria consistía en no hacer nada matando el tiempo delante del televisor, echando largas jornadas de trabajo televisivo que me quitaban la salud y el sueño. No comento cómo y porqué me desengañé. También en algún momento de mi vida, quizás para sofocar mi inseguridad personal y mi necesidad de afecto, creía que estar en la gloria era ser el ligón del barrio –qué antiguo suena eso de ligón, ¿verdad? Me parecía que sólo podría ser feliz si alguna chavala pasaba por mis manos. Tampoco os digo cómo y porqué me desengañé.

    Una vida de héroe en la que fuera reconocido por la gente, en la que se hablara de mí como una persona admirable por tal o cual cosa, en la que yo fuera alguien para los demás por encima de otros, ha sido otra manera falsa de buscar eso de “estar en la gloria”. No os digo cómo me voy desengañando de ese camino de felicidad, quizás no hace falta.

    Más humilde, más sencilla, más cercana y más posible es la gloria del evangelio. Cuando uno sabe que está donde quiere, con las personas que quiere, haciendo aquello a lo que se siente llamado, está en la gloria. Cuando uno percibe que su vida tiene sentido, que en la sencillez de lo cotidiano se siente amado y ama a los demás, está en la gloria. Cuando uno cree tener la vida en las propias manos y la va entregando poco a poco, al ritmo de las horas y los días, está en la gloria. Cuando se tiene la oportunidad de jugarse la vida en una partida y te la juegas por el bien de quien quieres, se está en la gloria. Cuando desde las primeras claras del día hasta la noche en su descanso tienes conciencia de que Dios te mira como a su Hijo, estás en la gloria.

    No faltan cruces, ni contradicciones, ni deseos que nunca se sacian en la gloria de la historia. No sabemos cómo será la gloria del cielo quizás será amor sin límites, entrega sin límites, caricias sin límites; vivirse en todo como criatura querida, más aún, como hijo.