Categoría: El evangelio del domingo

  • Mirar con tus ojos

    (Marcos 7, 31-37) Haz, Señor, que miremos con tus ojos la vida que nos rodea, que miremos con tus ojos nuestra propia intimidad. Con tu mirada todo recobra su sentido más profundo y luminoso. Con tu mirada sabemos dónde está el horizonte hacia el que encaminar nuestra vida. La naturaleza que nos rodea, desde un pequeño insecto del campo hasta el más grandioso atardecer, son un regalo de amor. Con tu mirada podemos contemplarnos sin condenas, sin orgullos, sin pasarnos facturas por los errores cometidos, sin atormentarnos por los proyectos frustrados, porque tú tienes siempre ojos de futuro, ojos de cariño.

     

    Haz, Señor, que miremos con tus ojos a todas las personas que se acercan a nuestra vida. Haz que veamos la pobreza y las carencias, las virtudes y las riquezas de toda persona con las que hoy, y siempre, nos relacionemos. La timidez y los problemas de quien reacciona con violencia desproporcionada o con una pasividad irritante, la inseguridad de quien se esconde en agresividad y prepotencia. Haz que veamos los sufrimientos de los más débiles: de los ancianos que se sienten desvalidos, de los jóvenes que no saben cómo llenar auténticamente sus vidas, de los inmigrantes que se arriesgan hasta la muerte; haz que veamos tanto dolor oculto tras los velos de la costumbre de no mirar.

    Danos, también, tu mirada de ira ante tanta injusticia en el mundo, ante tanta hambre, tanta intolerancia y marginación; ante la manipulación de la religión por políticos que sólo buscan un buen puesto en la procesión; ante unos cristianos que no anunciamos con nuestra vida tu evangelio.
    Danos, Señor, tus ojos que vamos como ciegos en la vida.

  • En mi debilidad

    (Lucas 15, 1 ss) Mucho tiempo he pensado que eran mis capacidades y mis virtudes las que me acercaban a Dios y me hacían agradable a sus ojos. Mucho tiempo me he esforzado por ser irreprochable, por ser mejor que los otros, por ser, en cierta medida, ejemplo.

     

    Y ese afán por perfeccionarme me llenó de orgullo, cuando algunas veces conseguía mis propósitos; de tristeza, cuando muchas veces no conseguía vivir según mi voluntad; de recelo hacia los demás, cuando no hacía lo que yo pensaba que debía, cuando creía que podían hacerme sombra.

    En mi debilidad me has enseñado a fiarme de Ti; ya que de mí no podía. Me has enseñado a comprender a todos, porque todos erramos y tropezamos. A vivir la alegría del momento y a relativizar mis proyectos. Por muy loables y buenos que fueran.

    En mi debilidad me has enseñado a ser hijo y hermano. En mi debilidad te haces fuerte en mí.

  • Mi prójimo

    (Lucas 10,25-37)  A nadie puede obligársele a reír. Cuando a alguien se le obliga a reírse sólo se consigue que esboce una mueca extraña en el rostro o que profiera una carcajada falsa y ensayada. Si quieres que alguien se ría, cuéntale una anécdota simpática o un chiste efectista. A nadie se le puede obligar ni a tener fe, ni a tener esperanza, como no se le puede obligar a ser solidario con el que sufre. Son experiencias que brotan de lo íntimo de la persona; y no se pueden mandar. Por eso, cuando Jesús se enfrenta con una persona que se resistía a acoger con bondad a su prójimo, a ser bueno con las personas, a tratarlos como iguales a sí mismos, sólo puede narrar la experiencia de un hombre bueno, de un buen samaritano, que se apiadó de alguien del que no sabía nada, excepto que estaba malherido al borde del camino.

    ¿Y quién es mi prójimo? El anciano de la esquina de tu calle que necesita que lo saludes y hables con él de vez en cuando; el niño al que sus padres no llevan todos los días al colegio; la mujer con demasiadas cargas que necesita que te quedes con uno de los críos un rato; el toxicómano que necesita tu comprensión y unas leyes que impidan que otros caigan; el nuevo compañero de trabajo que necesita tu comprensión y tu paciencia; el homosexual al que vituperan y del que se ríen.

    Los niños de Cajamarca o de Burundi que no tienen escuela; la prostituta que necesita tu respeto y tu ayuda si quiere salir de ese círculo vicioso; la familia que cuida a sus mayores y que necesita una mano y una palabra de reconocimiento; el enfermo que en su casa o en el hospital se siente solo; los ancianos que en su residencia pasan el tiempo en blanco esperando una visita; la familia que por el paro o la enfermedad pasan días de apuro…

  • Fiesta, servicio, contemplación

    (Lucas 10, 38-42)  Sin temor a equivocarme creo que con estas tres palabras se expresan las dimensiones fundamentales que dan sentido a la vida de las personas.

    Todos queremos ser útiles a los demás. Y cuando no lo somos nuestra vida se va vaciando poco a poco en un rosario de placeres y comodidades vanas que se van desvirtuando poco a poco. Necesitamos servir a los otros; por eso el mayor favor que podemos hacer a alguien es mostrarle cómo su vida sirve a la nuestra; aunque sea su enfermedad y su postración la que crea ámbitos de humanidad y de altruismo.

    Todos necesitamos ser envueltos en el ambiente de una fiesta de alegría en la que compartiendo los dones de Dios: la bebida, el baile, la amistad, las bromas, la vida, nos sintamos en armonía plena con la creación. La fiesta es más que fiesta, es signo de lo que somos y necesitamos ser. ¿Qué interés tiene quien miente al decir que Cristo era enemigo de las fiestas?

    Todos anhelamos, tal vez secretamente, unos momentos de soledad para encontrarnos de tú a tú con el misterio de nuestra vida, con el misterio innombrable en el que vivimos, con el Dios Padre que nos acoge con misericordia. Todos anhelamos, tal vez secretamente, encontrarnos con Dios en y desde la realidad concreta de nuestra vida.

    El verano es buena época para contemplar, para festejar, para servir tal como el Evangelio nos invita. Jesucristo estaba en una fiesta en casa de Lázaro, Marta y María.

  • Me entrego a ti

    ( Lucas 9, 51-62) En un momento del rito católico del matrimonio se dicen, uno al otro los novios: “Y me entrego a ti”. El matrimonio, tal y como lo entendemos desde la fe, es una entrega personal y sin condiciones al otro. Una entrega que se hace realidad en los problemas cotidianos, en la vida de comunión.
    La entrega no es sólo un valor para la vida de pareja. Toda la vida personal está transida por la entrega: la pareja, los hijos, la familia, los amigos, el trabajo, el deporte, etc. Ninguna persona alcanza la felicidad y la plenitud sin entregar su vida por completo a las otras personas, o al Otro que es Dios.

    La experiencia de fe es experiencia de entrega radical y cotidiana a Quien sabemos que nos quiere más que nosotros mismos podemos hacerlo. Los creyentes sabemos que Dios se nos entrega en la vida, en los nuestros, en el amor y la libertad que vivimos; y queremos corresponderle  entregándole todo lo que somos. Toda verdadera oración implícitamente dice: “Aquí me tienes, Señor, quiero, sólo, hacer y vivir, y amar lo que tú quieras. Quiero entregarme a Ti”.
    No sé si es difícil, pero es el único camino de vida.

  • Vocación

    ( Lucas 10, 1-20) Sin una misión en la vida nos sentimos vacíos e infelices. Cuando tenemos una tarea o un quehacer nos sentimos necesarios y sentimos que tenemos valor.

    Es quizás una falsa idea: toda persona tiene un valor inmenso aunque no pueda hacer tal o cual cosa que le piden o que ella misma se propone; pero es una idea que tiene tras de sí una verdad grande. Nuestra vida es siempre misión; sólo encontraremos el sentido de nuestra vida cuando descubramos la misión que nos corresponde.

    Cuando el anciano descubre que su misión dejó de ser trabajar y producir y encuentra la nueva misión de acoger y mimar a sus nietos vuelve a encontrar el sentido de su vida. Cuando el enfermo descubre que él en persona se ha convertido en una llamada a la generosidad y  a la entrega de todos los suyos deja de ver su enfermedad como condena y comienza a verla como posibilidad; dolorosa posibilidad, no hay que engañarse.

    Tu misión en la vida va cambiando porque tu realidad cambia. Para encontrar el verdadero sentido de nuestra vida hemos de estar atentos a la realidad que nos rodea, en la que vamos viviendo, y escuchar en ella la llamada de Dios que nos necesita para construir su reino. Todos necesitamos escuchar a Dios en la realidad que vivimos, todos necesitamos escuchar en la profundidad de nuestra vida para qué nos necesita Dios, siendo como somos, tal como somos. Eso es la vocación.
    ¿Cuál es tu vocación en esta etapa de tu vida?

  • Te llaman

    Lucas 1, 57-66

    Para todos tiene Dios una misión en la vida. Cualquiera que sea tu edad, tu carácter o tu cultura, Dios tiene para ti una misión que sólo tú puedes realizar, para la que te ha elegido expresamente a ti.

     

     

     

    Descubrir la misión para la que Dios nos llama es descubrir el camino de la reconciliación y la plenitud personal. Podemos equivocarnos, cometer errores: no tenemos más remedio que pedirle perdón y rectificar, porque Dios no tiene a nadie más para que sea el padre o la madre de tus hijos; el hijo o la hija de tus padres; el compañero de tus compañeros; el vecino de ese vecino que te necesita; la persona a la que está llamando para una entrega especial.

    No eres uno más entre muchos. Para Dios tú eres único, irrepetible, especial; y mirándote a los ojos te llama. Te llama para amar a los que más sufren y para dejarte amar por Él. Puede ser que todavía pienses que Dios te quiere como a uno más. No es así. Tu debilidad, tu fortaleza, tu persona es única y él te llama porque eres quien eres para construir su Reino. Deja de dudarlo y ábrele tu corazón.

     

  • Pasado, futuro, presente

    Lucas 7,36ss

    El pasado en nuestra vida sólo está presente como lugar desde el que iniciamos el camino, que no es poco, pero sólo es eso. Dios no se entretiene en llevar cuentas del mal porque te ama, y el amor lo valora todo, pero sobre todo valora el presente. No te obsesiones en tus pecados de antaño. Si miras tu pasado hazlo con los ojos de Dios. Dios mira nuestro pasado como preparación para la felicidad que quiere darnos. Dios no es un dios vengativo. Dios no es un dios rencoroso.

    El futuro irá llegando, y es el horizonte al que hemos de mirar para enderezar nuestros pasos. Pero no vacíes de contenido tu vida por lo que habrá de venir. Tu vida tiene sentido, y tu tienes que descubrirlo, aunque lo que esperas no llegara. Tú eres más grande que cualquier proyecto que te marques.

    El presente siempre vide de fe y de amor. Sólo si nos sentimos amados podemos vivir con fuerza y plenitud lo cotidiano de cada día, que muchas veces es duro y oscuro. Sólo si descubrimos que Dios nos ama en cada dificultad, en cada alegría, en cada rutina, nuestra vida puede caminar de encuentro en encuentro.

    No es lo que haces lo que fundamenta tu vida. Es tan pobre; es tan ambiguo; es tan superficial… Lo que fundamenta tu vida es que hay Alguien que te acepta ahora, y te quiere ahora, y te llama a que vivas como hijo y como hermano; y que te promete su presencia para siempre, incondicionalmente.

     

  • La Vida de Dios

    (Juan 16, 12-15) Vivir es entregarse a otra persona. Vivir es entregarse al Otro. Si vivimos sin entrega acabamos hartos y aburridos de los placeres más deseados, de las cosas más queridas; vacíos por querer llenarnos más y más.
    Entregarse al otro es anhelar su confianza, desear su intimidad. En la entrega verdadera al otro le damos la oportunidad de que se nos entregue; al amar ofrecemos la oportunidad de la generosidad.
    La mutua entrega siempre hace que seamos más de lo que somos. ¿Quién se puede imaginar, antes de ser padre o madre, de comprometerse por la justicia, de ayudar a alguien que nos necesita realmente, de entregar su vida por el evangelio, de enamorarse lo que eso va a significar en su vida?
    El amor de entrega siempre realiza nuestra trascendencia, siempre pone en acto lo que nos sobrepasa, siempre hace que dos sean mucho más que dos. El amor de entrega siempre es trinitario.

  • ‘Diario de una niña exiliada 1939-1947’ cierra los cursos y talleres ‘Aprendiendo juntas’

    libro exiliadaAl finalizar el acto se obsequió a los presentes con un ejemplar

    El pasado lunes se celebró la clausura de los Cursos y Talleres 2006/2007 ‘Aprendiendo juntas’ con la presentación del Libro de Conchita Ramírez,  ‘Diario de una niña exiliada 1939-1947’. En él la escritora y protagonista relata sus peripecias y penurias para sobrevivir en un tiempo difícil para todos, como fue el del exilio republicado y la Guerra Civil Española.
    “Es el drama de todos los que se vieron obligados a salir; parte de la cruenta historia muy desconocida por la juventud” como apunta Celia Casado, concejala delegada de la Mujer, presente en el acto.

    Hojas manuscritas a diario
    El Centro Cultural de la Almona se llenó en su totalidad para respaldar el trabajo que inició en 1936 Conchita “empecé a escribir todo los que me pasaba a mí, y a mi familia en un cuadernillo. Durante la guerra lo dejé y no lo retomé hasta 1947”. De las hojas manuscritas que escribía a duras penas, pasando por los tipos mecanografiados por Gonzalo, un compañero de la escritora, su trabajo ha tomado cuerpo formando un interesante libro, que fue regalado a todos los asistentes  a la finalización del acto, al que no pudo asistir José Román Castro, delegado de cultura y fiestas y “artífice y director de la gestión de la publicación del libro” según explica Casado.

    Su Vida en letras
    Un concurso de relatos en el diario El País fue el desencadenante de que “no olvidaramos; nuestro presente está hecho de los momentos vividos atrás” recordaba con unas palabras de admiración una de las amigas de Conchita que leyó unas palabras.

    “Por aquel entonces los inmigrantes éramos tratados muy mal por los franceses hasta la ocupación alemana. Nos acordonaban en grupos en la Iglesia, a la que teníamos que asistir para que nos dieron un plato de comida” narra Conchita, de igual manera que hace en las charlas que imparte en centros e institutos escolares.

    Noviazgo carteado en Auschwitz
    Conoció el amor, nuestra protagonista en una casa de familia republicana en el exilio en Francia. Él se perdió durante un año y apareció en el campo de concentración de Auschwitz. Las cartas entre los enamorados hicieron que Conchita “aprendiera por amor antes alemán que francés. Al final salió bien. Nos casamos y formamos un hogar”.