Categoría: El evangelio del domingo

  • Maestro del deseo

    (Juan 4, 5-4) El evangelio de esta semana nos narra el encuentro que Jesús tiene con una mujer samaritana. En ese encuentro la mujer encuentra su verdadera intimidad y se despierta en ella deseo y esperanza de plenitud. 

    Jesús es maestro del deseo: “dame de beber”, le dice a la samaritana. Jesús desea el agua que cada uno somos. Él es quien nos desea; él es quien te desea. Jesús tiene sed del amor de la humanidad a Dios. Jesús comienza pidiendo agua a la samaritana para acabar ofreciendo lo mismo que pedía, agua, elevado a rango de realidad verdadera: “Tú me pedirías a mí y yo te daría un agua viva (…) El agua que yo quiero darte se convertirá en tu interior en un manantial del que surge la vida eterna”. Siempre nos pide lo poco que podemos ofrecerle, nuestra realidad caduca y mediocre para regalarnos en plenitud lo que nos había pedido. Nos pide un poco de perdón y nos regala la reconciliación absoluta; nos pide un poco de generosidad y nos regala la vida; nos pide abnegación y se nos entrega en la cruz.

    Al sentirnos deseados por Jesucristo con la mujer expresamos un deseo: “dame de esa agua”. La sed de Jesús sacia nuestra sed para siempre. Jesús es el agua viva: “Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba”. Por su relación con Dios, por su relación con nosotros es cauce de vida. Jesús no trae cosas que calman nuestra sed, él es quien nos llena la vida.

    Cuando encontramos un manantial en el campo, bebemos de él; pero luego nos sentamos a la sombra de los árboles que alrededor han crecido y en silencio escuchamos el canto de los pájaros que están cerca y que vienen a él también a beber. No es el agua que buscábamos lo que nos encontramos, sino un oasis que nos permite recuperar la alegría de vivir. Así es el encuentro con Jesucristo.

  • ¿Solo o acompañado?

    (Mateo 4, 12-23) “Si quieres  ir rápido, ve solo; Si quieres llegar lejos, ve con compañero”. Escuchaba el otro día este proverbio africano y me impresionaba la verdad que propone. Uno sólo puede cambiar sus propias ideas y su forma de actuar en la vida mucho más rápido, pero pronto se cansa. Compartir con los demás lo que pensamos, aprender unos de otros, decidir juntos que es lo mejor, sobrellevar la incoherencia de los demás, y no sólo la propia, es más lento y trabajoso, hace más penoso y laborioso cuialquier proyecto de transformación social; pero le da una gran consistencia a esa inquietud, a ese trabajo.

     

    En el evangelio de este domingo se ve a Jesús decidido a dejar su aldea natal para iniciar un camino de transformación para todo su pueblo. Pero no lo quiere hacer solo. Una vez que ha decidido dar ese paso, busca compañía. Trabajadores con inquietudes y profundas limitaciones, jóvenes sin mucha experiencia y con profundas ambigüedades en sus vidas serán los elegidos. Jesús inicia la primera Iglesia convocando a los discípulos a comenzar un movimiento de transformación social y religiosa al que iba a acompañar una transformación personal que ellos no sospechaban. Nunca renunció a ninguno de ellos, ni al que lo traicionó; nunca se desentendió de ninguno, ni ante sus negaciones, ni ante sus notables contradicciones personales.
    Jesús nunca renunciará a nosotros, nunca se desentenderá de nosotros, a pesar de nuestras incoherencias, porque nos ha elegido para ser testigos del pueblo nuevo que él va dando a luz. Ser cristiano es ir con otros, tras Jesús, anunciando un mundo nuevo.

     

  • ¿Pecado del mundo?

    (Juan 1,29-34)  No está de moda hablar del pecado, aunque sus consecuencias están tan vigentes hoy como siempre. No nos gusta que nos digan que hay sentimientos y comportamientos que van cristalizando actitudes personales que van destruyendo nuestra libertad y nuestra alegría, que nos separan de las personas y que nos hacen tratarlas como objetos –objeto de consumo, objeto de placer, objeto de condena–. No nos gusta que se nos diga, pero ocurre.
     

    Tenemos que estar bien alerta porque el ambiente de deshumanización acaba por hacernos ver como normal lo que nos daña, lo injusto. Acaba por hacer pasar por moderno, incluso, lo que no son sino actitudes de abuso y explotación de siempre. Lo que no hace sino que explotemos al otro como un objeto a nuestro servicio; o que nos mantengamos al margen indiferentes y acomodados.

    Dejo a tu reflexión, amigo lector, el esfuerzo por señalar lo que así nos manipula y nos deshumaniza.

    Los creyentes contamos con la inestimable presencia de Cristo, día y noche, con nosotros, en nosotros, invitándonos a vivir desde el amor y la libertad que él vivió. Sin condenarnos nunca, sin justificaciones fáciles, sin dejar de alentarnos hacia lo mejor de nosotros mismos.

    Jesucristo siempre nos impulsa a luchar contra todo lo que deshumaniza, contra todo lo que conlleva explotación y abuso de un hermano. Una lucha que será a la vez hacia dentro y hacia fuera.

    En su compañía nunca nos abate la desesperanza. En su presencia recuperamos las fuerzas de la juventud.

     

  • Caigo sobre unas manos

    (Mateo 2, 13-15) A todos  nos ha hecho personas la entrega incondicional, alegre y sacrificada de un hombre y una mujer que nos han cuidado, hasta en los detalles más inverosímiles, y que nos han ido tratando como seres dignos y buenos. No somos personas sólo por tener una biología humana; somos personas porque nuestra familia, con sus luces y sus sombras, nos ha tratado humanamente, día tras día, año tras año. 

    Cuando en la tarea difícil y contradictoria de ser hombre siento vacío el mundo y que incluso sube el olvido a mi corazón, me arrodillo a respirar sobre tus manos. Y tú escondes mi rostro, y soy pequeño, y tus manos grandes. Descanso de ser hombre; descanso de ser hombre. Caigo sobre tus manos, madre; caigo sobre tus manos, padre; caigo en oración sobre tus manos, Señor.
    Sólo podemos descansar de la tarea de ser persona en la humanidad que nos hizo y en la que somos. ¡Qué poco agradecemos a los nuestros todo lo que nos han dado! ¡Qué terrible soledad siente quien desmiente con su desapego o con su abandono su propia realidad!
     

  • Inquietos, inquirientes, imprudente

    (Mateo 2, 1-12) ¿Quiénes entre nosotros sois los más inquietos de la casa, los que no consentís en quedaros quietos, los que sentís la necesidad imperiosa de experimentar por vosotros mismos, de hacernos saber que queréis vivir vuestra propia vida?

    ¿Quiénes entre nosotros sois los que más os interrogáis, los que más acudís a la ciencia para saber, los que más cuestionáis toda tradición, también la religiosa?

    ¿Quiénes entre nosotros sois los que cuando creéis que ha aparecido una estrella no dudáis en ir donde sea pensando encontrar un retazo de la vida que muchas veces no sentís plena?
    ¿Quiénes entre nosotros sois los más imprudentes y confiados que no teméis acercaros a los “Herodes” de hoy –siempre ha habido cultura de muerte–, creyendo encontrar en ellos una vida que queréis llenar?

    Los magos de oriente fueron jóvenes inquietos, preocupados por saber y confiados hasta la imprudencia; pero gracias a ellos se conoció que Dios mismo había querido hacerse niño para salvar a la humanidad.

    Os necesitamos jóvenes, a vosotros que sois inquietos, que creéis que podéis saberlo todo, que no teméis experimentar con la vida. Os necesitamos tanto en la comunidad cristiana, como vosotros necesitáis de la luz verdadera que es Jesús de Nazaret.

  • ¿Quién es éste?

    (Mateo 3,13-17) ¿Quién es el que sigue preguntando en nuestro corazón después de que hemos derribado todos los dioses, después de que hemos traspasado todos los límites, después de que hemos roto todas las tradiciones? 

    ¿Quién es este que después de tantos siglos sigue siendo consuelo y acogida de pecadores, exigencia y aliento de justos?

    ¿Quién es éste que siendo inocente se pone en la fila de los pecadores, que siendo fuente de vida se sepulta en las aguas de un río?
    ¿Quién eres que nunca te alejas de mí sin que nunca te vea?

    ¿Quién eres, fuente de libertad, condenado; manantial de vida desde la cruz?

    ¿Quién eres tú que sin pedirme nada siento necesidad de arrodillarme ante ti? ¿Quién eres tú que sin poses divinas, sin pedir privilegios, ni primeros puestos, sin dejar de ser un hombre cualquiera me regalas una humanidad que me desborda y me fundamenta?

    ¿Quién eres? 

  • ¿Un niño será el signo?

    Mateo 1, 18-24

    – ESO ME dijo, Ángel, que estaba embarazada de dos meses, y que no sabía si tener al niño. Pero, ¿cómo va a tener ese niño? ¡Yo, con 23 años, padre! ¡Y ella todavía estudiando!
    Le dije que me parecía una locura ser ahora padres, que ya tendríamos tiempo. Además, a mi me gusta Miriam, pero no sé si es la mujer de mi vida. Estoy bien con ella, pero un niño es para siempre…
     

     

    -Creo que tienes razón, Pepe. Yo no te veo preparado, ni para ser padre, ni para asumir una relación estable. Lo tuyo con Miriam era, creía yo, por tener alguien agradable “cerca”. Además, si ella quiere abortar seguro que puede. Y si no quiere, es su responsabilidad.

    -Bueno, Ángel. Tampoco me hables como si fuera un cabrón; en el fondo esto me preocupa mucho, me angustia. Cuando mi hermana se quedó embarazada fue una alegría en casa. Con las mismas fui y le compré a mi futuro sobrino un chupete; y estaba mi hermana de dos meses y medio… Tío, que yo también tengo conciencia.

    -Si Pepe, no te lo tomes a mal. Pero es cierto que un chiquillo te cambia la vida, y mucho. Miriam no ha decidido nada sin contar contigo. La pregunta no es si quieres casarte y tener un hijo, o si no quieres hacerlo. Ahora la pregunta es si quieres iniciar tu propia familia, con todo lo bueno y bonito, y con las dificultades que conlleva, o desentenderte de Miriam y de ese niño. (…).

  • La trascendencia de lo pequeño

    ¡Qué impresionante está el cielo enrojecido justo antes de amanecer! ¡Qué frío hace!, pero qué bonita está la mañana… Voy a quitar la radio, que quiero hablar Contigo, y respirar tu presencia, y acoger tu luz… Te doy las gracias, Señor por todo el cariño que vivo. Con Antonio, con los niños, con tanta gente buena con la que comparto tantas cosas. Muchas veces te rezo pidiéndote o arrepintiéndome, pero hoy quiero darte las gracias de corazón.
     

    No siempre soy capaz de sentir que mi trabajo ayuda a los demás, a mi familia. ¿Qué sería de ellos sin mí?, ¿qué sería de mí sin ellos? Tú sabes que tenemos algunos problemas, y que a veces pierdo la perspectiva, que les echo una montaña de culpas y me siento desgraciada. Ayúdanos a escucharnos más y a ser más generosos unos con otros. Me siento hoy tan pobre, tan débil y tan enriquecida por Ti… Hasta lo oscuro y lo complicado hoy lo veo como un servicio necesario para cumplir tu voluntad.

    ¿Qué decía la Virgen: “hágase en mí según tu palabra”?.. Que se haga en mi familia tu voluntad, que cada uno pongamos de nuestra parte… Si estos niños míos fueran más agradecidos…, si nosotros mostráramos más nuestro agradecimiento…; todo sería perfecto. Ni la hipoteca, ni el jefe, ni la tontería de cada día nos quitaría la alegría de vivir.

    Señor, comenzaste tu misión ayudando a unos cuantos desgraciados: a unos pobres cojos, a unos pobres ciegos, a unos pobres pobres. Que nunca busque grandezas; que te busque a Ti en la vida de todos los días. ¡Qué grande eres haciéndote pequeño! 

  • Voz que clama en el desierto

    (Mateo 3, 1-12) ¿Miguel? Mira, soy tu hermana (…) Dentro de unas semanas tengo que ingresar en el hospital (…) Sí es algo serio, pero no te preocupes, todo se pasa. Te llamo para que te quedes estos días con mamá (…) Pero ¿cómo puedes decir que no tienes sitio para tu madre? Tú sabes que siempre ha estado conmigo, que nunca os habéis quedado con ella; pero ahora no voy a poder (…) ¿Miguel? ¿Miguel? (…) 

    ¿Alejandro? (…) ¿Dónde estás, hijo, que hace tanto ruido? Mira, vente pronto hoy porque tu padre y yo queremos ir a ver a unos amigos. Ya sabes que nunca salimos, como tenemos al abuelo… Pero nos hemos decidido (…) ¿No puedes venir un poco antes? (…) No te preocupes yo lo dejo cambiado de pañales y la comida sólo para que la calientes en el micro-ondas (…) Entonces, ¿no puedes venir? (…)

    Sí, señorita, pregunto por la ayuda familiar que le solicité (…) Tengo a mi hijo impedido hace 42 años, los mismos que tiene; un sufrimiento en el parto, me dijeron (…) ¿Que me han denegado la ayuda? Ya le expliqué que sólo necesito unas horas a la semana para bañarlo, que con 67 años ya no puedo sola (…) Ya (…) Claro (…) Hay más casos y no pueden atender a todos. Pues buenos días.

    “Ya está  el hacha puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego” (Mt. 3,10). 

  • Adviento familiar

    Adviento familiar  Mateo 24, 37-42

    ISABEL, YA sé que nos hemos dado un tiempo para repensar si continuamos juntos o no. Pero tenía necesidad de escribirte cómo me siento y lo que pienso. Y quizás el darnos un tiempo sea una oportunidad para repensar juntos qué nos ha pasado. Esto del correo puede ser un medio para repensar juntos sin estarlo de verdad. No sé, así lo veo ahora. 

    ¿Qué nos ha pasado para no poder aguantar la convivencia y separarnos después de ocho años viviendo juntos, teniendo un niño de 5 años? ¿Qué nos ha pasado?

    Puede que yo haya cometido muchas equivocaciones, y que me cueste mucho trabajo colaborar en las cosas de casa; puede que no haya cuidado nuestra relación y haya preferido estar con mis cosas a compartir contigo las tardes de los sábados y los domingos. "Puede" no, eso es lo que nos ha pasado. Pero me he sentido tantas veces despreciado por ti… Sí, aunque te extrañe, eso es lo que he sentido muchas veces. En vez de tener ganas de llegar a casa, de pasar la noche contigo, muchas veces he tenido deseos de huir. Yo he podido tener muchos fallos, pero tu rencor ha impedido que comenzáramos de nuevo. Intentaba que olvidaras algo y era imposible, me atormentabas y te amargabas con cosas que yo ya ni me acordaba; y con mi orgullo yo reaccionaba violentamente con ira y más desprecio.

    ¡Cuánto necesitaba que te acurrucaras como antes en mis brazos viendo cualquier cosa en la tele! ¡Cuánto necesitaba que me miraras con cariño! Y supongo que a ti te pasaba lo mismo, y, en vez de eso permanecíamos  frios y distantes, retándonos. Dime en qué te he hecho daño; dímelo Isabel…