Categoría: El evangelio del domingo

  • ¿Poder de dictador?

    (Lucas 23, 35-43)   Cuando se dice en la misa o en la catequesis que Dios es todopoderoso podemos mal entenderlo creyendo que el poder de Dios es como el poder de un dictador que quiere que sus deseos se conviertan en ley por encima de cualquier cosa y de cualquier persona. Y es que por desgracia alguna vez así se nos ha explicado. 

    El poder que Dios tiene en nuestra vida es distinto. No es el poder de la prepotencia, sino el poder de la debilidad, del testimonio y de la verdad.

    Porque somos personas, necesitamos un sentido auténtico para nuestra vida; y el Padre nos lo ofrece en el perdón, en el cariño, en la libertad de Jesucristo.

    Porque somos personas, necesitamos el afecto, el amor que nos permita ser felices; y Dios nos ofrece en su Espíritu la caricia íntima que nos permite seguir caminando en nuestra vida.

    Porque somos personas, necesitamos encontrar la alegría de encontrarnos con el otro, de ayudarlo, de dejarnos ayudar por él, de compartir con los demás nuestra vida, de vivir en comunión verdadera. Y Dios se hace hombre para que en cualquier hombre lo podamos encontrar.

    Quisieron enjuiciar a Dios; quisieron algunos hombres certificar la muerte de Dios, eliminarlo de la sociedad y la cultura. Y Dios, desde la cruz, acogía, perdonaba, alentaba; desde la cruz abría, poderosamente, un nuevo camino de humanidad para la historia. 

  • El fin del mal

    Lucas 21, 5-19 

    Nuestra conciencia de personas nunca se conforma con el mal que nos rodea. Nos sublevamos ante la injusticia de un joven asesinado por la violencia de la irracionalidad política. Ante el sufrimiento de los más débiles en la violencia doméstica. Ante los jóvenes inmigrantes que truncan su vida por el orden de un mundo cruel. ¡Cuánto podemos desear que se acaben el mal y la injusticias de nuestro mundo!

    Cuánto podemos desear que se acabe el mal en nuestra vida: una enfermedad que limita, una muerte que nos deja huérfanos, nuestro propio pecado que nos impide entregarnos de verdad a quien queremos.

    El fin del mal, el fin del orden perverso de este mundo en el que nos hemos educado, no vendrá por acontecimientos espectaculares, sino por la entrega sencilla y humilde de testigos de la verdad y de la vida. Ni por el poder prepotente del dinero, sea público o privado, que construye falsos templos; ni por la violencia o la intolerancia que reproducen lo que quieren eliminar.

    El fin del mal vendrá desde la fuerza de unos labios que pronuncien la verdad sin miedos ni condenas, desde la vida de un corazón que no tema entregarse por entero; desde el testimonio de quien se sepa en manos del Espíritu, de quien se deje guiar por Él.

  • La ley y la vida

    (Lucas 18, 9-14)   Yo quiero tener a mi hijo, Señor.

    Ya sé que he hecho mal al consentir hacerlo sin usar el preservativo. Ya sé que no tengo con qué mantenerlo y alguien me tendrá que ayudar. Ya sé que soy joven y que este niño me va a cambiar la vida, que no estoy preparada, que es una responsabilidad muy grande… Pero hay algo dentro de mí que me impulsa a dejarlo crecer, a poder acariciarlo, a darle de comer de mis propios pechos.

     

    La trabajadora social ni lo dudó: “¿Vienes para interrumpir el embarazo? (…) Pero si es como un granito de arroz (…)”. Mis padres se enfadaron mucho conmigo y acabaron por exigirme que abortara. Ellos me lo dicen por mi bien, para que acabe los estudios, para que tenga una buena posición social… Mis amigas me dijeron que todos me iban a mirar raro: “Tan joven y embarazada (…) Con la tripa tan gorda (…) Ya no podrás venir a la botellona con nosotras (…) No seas tonta y no te compliques la vida (…)”.

    Pero yo quiero tener a este hijo, Señor. Me doy cuenta de que he hecho muchas cosas que no debía. Que nadie de los que tienen autoridad está de acuerdo conmigo. Que parece que la ley y la sensatez están del otro lado. Ellos me dicen tan tranquilos que aborte, como si no fuera nada.

    Yo no soy nadie, pero se que Tú estás conmigo y nos ayudarás a mí y a mi niño”.

    “Os digo que ésta bajó justificada a su casa”.

     

  • Actualidad de Zaqueo

    (Lucas 19,1-10) 

    La historia de Zaqueo es de enorme actualidad en nuestros días. Era este individuo un recaudador de impuestos enriquecido; colaboracionista, por tanto, con el ejército invasor de los romanos; que no se conformaba con vivir del sufrimiento de su propio pueblo, sino que además robaba impunemente a los más débiles, a los que menos defensa tenían. Así lo reconoció el mismo.

    ¡Cuántos dueños de empresas inmobiliarias se han enriquecido por la injusta estructura del mercado de la vivienda y por los márgenes abusivos con que han gravado ilegalmente los pisos de las familias menos avezadas en números, porcentajes, leyes y bancos! (…) ¡Cuántos políticos han negociado con suelo público para lucro personal o partidario en detrimento de las familias a quienes se vanaglorian de representar! (…) ¡Cuántas Constructoras han engordado su porcentaje de beneficios recortando metros, calidades, salarios y seguridad de sus trabajadores! (…) ¡Cuántos beneficios les queda por cobrar a los bancos, esquilmando los sueldos de las familias trabajadoras hipotecadas sin previsión de futuro! Ya están llegando a las Cáritas Parroquiales.

    Zaqueo fue consciente de su falta de honradez personal y se comprometió a devolver lo robado. También fue consciente de la injusticia estructural del sistema de tributos y se comprometió a dar la mitad de sus bienes a los más pobres. Si privaramos a la fe cristiana de su  repercusión social traicionaríamos la memoria viva del Nazareno.

     

  • El Dios de nuestros padres y nuestras madres

    (Lucas 20, 27-38) 

    Vivimos una época adolescente. Creemos que todo lo que se nos entregó es arbitrario, retrógrado e impuesto. Nos parece que para ser nosotros mismos tenemos que saltarnos todas las normas, todos los límites; y que nuestro comportamiento no va a tener repercusiones más allá del momento en el que lo hacemos.

    Nos parece que una sociedad cuyo valor supremo es el consumo y el disfrute es verdaderamente humana; que una sexualidad sin moral es liberadora; que la solidaridad puede ser sincera sin que nos esforcemos en la austeridad personal; que, al margen de qué dirán, todo da igual.

    Nos parece esto, pero nos equivocamos. Sin caer en legalismos absurdos hemos de recuperar el sentido profundo, realista y humanizador de los valores en los que nos enraizaron y desde los que somos: el valor de la familia, el del respeto a los mayores, el del esfuerzo y la dignidad personal, el de la solidaridad con el más débil, el del ser por encima del tener.

    Sólo tenemos una intimidad en la que somos y tenemos que realizarla con la prudencia de quien ama y con la valentía de quien es amado. Nuestra fe cristiana se enraíza en la vida humilde, sencilla y cotidiana; en el realismo del día a día; en la sabiduría que podemos sacar de nuestra historia.

     

  • La historia y la fe

    (Lucas 17, 11-19)  Muchas veces nuestra conciencia de cristianos queda oscurecida por un aluvión de mensajes y valoraciones que se nos imponen desde los medios de comunicación y que no son compatibles con nuestra fe. Pasa esto con las personas que vienen a España a trabajar y vivir en unas condiciones de vida más humanas.

    La injusticia que sustentaba nuestro bienestar material está dando sus frutos. No podíamos pretender que el proceso de enriquecernos a costa de los países del Tercer Mundo no tuviera repercusión en nuestra vida. “El jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros” –dice la carta de Santiago; y ahora deja de gritar lejos de nosotros y escuchamos y vemos su grito. Al caucho, al café, a los diamantes, al oro, al petróleo, a los fosfatos… a todo eso estaban abiertas nuestras fronteras, sin preocuparnos de cómo vivían los que nos lo proporcionaban. Ahora vienen a un mundo que está construido, también, desde el esfuerzo y la vida de los suyos.

    No sobran. ¿Cuánta ropa tiramos cada año?, ¿cuántos alimentos se nos estropean sin consumirlos?, ¿cuántos caprichos inútiles tienen nuestros hijos, nosotros mismos? ¿En cuántas casas de nuestro pueblo no cabría una persona más?

    “Si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”. Desenmascara todo discurso que hace de los más pobres los culpables de todo, que convierte a las víctimas en verdugos, que niega a la más elemental humanidad. La inmigración hoy es una oportunidad de solidaridad, de justicia. Y los cristianos hemos de ser hoy, como siempre, testigos de solidaridad, de justicia, de caridad.

    Las leyes han de conducirnos por caminos más humanos, y en política los cristianos podemos tener distintas opiniones. Pero la actitud moral del evangelio es la de acogida al que sufre, la de justicia con el débil, la de condena al que desprecia al pobre.

  • ¿Qué necesitamos?

    (Lucas 17, 11-19)  Al propio Jesucristo le pasó. Vinieron diez leprosos a pedirle ayuda, y él sabía que la ayuda que necesitaban no era sólo la curación de su enfermedad. Sanos y desgraciados los había, entonces como ahora, muchos. Él quería ofrecerles participar del Reino. Vivir en la confianza de Dios, desde la solidaridad con los demás, abiertos a un futuro nuevo. 

    Él quería ofrecerles su propia persona; quería ofrecerles la salvación, que consiste en vivir en paz íntima y en justicia compartida. Pero ellos cuando estuvieron curados, a pesar del signo de su salud, siguieron desagradecidos, irritados, enfadados con cualquier cosa, preocupados por nimiedades: infelices.

    A Jesús le ocurrió, así que a ti también te pasará. Pero cuando des catequesis intenta siempre ofrecer a Cristo, y no una mera reunión. Cuando te pidan una ayuda material, entrega con ella el amor de Cristo. Cuando acompañes una lucha por la justicia y la igualdad, comparte tu fe en Cristo que es la que te impulsa a luchar por la justicia y a solidarizarte con el que sufre.

    En cualquier servicio, tú, entrega a Cristo, como él se entrega: humildemente, sin pasar factura, suscitando alegría, compartiendo los sufrimientos de los débiles, sin reprimendas moralizantes; consolando, confortando, comprendiendo. Entrega a Cristo como él se entrega en la eucaristía.

    Es una profunda tentación para la comunidad cristiana dar cosas a las personas, incluso a los más pobres, y no ofrecerles a Jesucristo.

  • Tener fe

    (Lucas 17, 5-10 )  Tener fe es saberse siempre entre las manos de un Padre que siempre nos acompaña y acoge, que nunca nos condena. Tener fe es experimentar día a día, humildemente, que necesitamos crecer hacia abajo, echar nuevas raíces más profundas, buscando el frescor que nos permita dar frutos.

     

    Tener fe es sentirse siempre agradecido a todos, a los otros, a la vida, a Dios. Sentirse agraciado por la inteligencia, por los sentimientos, por las palabras, por el cuerpo, hasta por los sufrimientos que permiten madurar y crecer.

    Tener fe es saber que no somos nada, que somos sólo una gota de agua en un inmenso océano de bondad; una pequeña gota nunca se llena de orgullo, nunca se afirma en contra de las otras.

    Tener fe es saberse hijo, amado tiernamente, imprescindible desde el amor, absolutamente único e irreemplazable; tener fe es saberse llamado a ser hermano y a construir un mundo más fraterno.
    Tener fe es ser compañero de Jesucristo; andar sus pasos, compartir su pan, mirado por sus ojos, estrechado entre sus brazos.

    Tener fe es buscar incansablemente un mundo nuevo donde odio y violencia sean desterrados; donde la paz sea fruto de la justicia, donde cada persona encuentre el verdadero sentido de su vida.
    Tener fe es ser yo mismo, al ser contigo y para ti, en Él.

  • Administradores

    (Lucas 4, 14-21) “Creemos en Dios Padre, todo poderoso, creador del cielo y de la tierra”, recitamos en el credo los cristianos. Como Dios es creador, los hombres sólo somos administradores de lo que es suyo porque él lo ha creado. Somos administradores, no dueños. Y por tanto tendremos que dar cuenta de lo que hemos hecho con lo que nos confiaron. Si usamos nuestros bienes con afán de acumulación, egoístamente, sin atender a las necesidades de los más pobres, sin vivir desde la solidaridad, estamos robando.

    Estamos usando como de nuestra propiedad lo que sólo tenemos en administración. Todos nuestros bienes: los económicos, los intelectuales y los artísticos hemos de usarlos para el bien de todos; para nuestro bien y el de los demás, para el bien común. Para eso nos los confió Dios Padre. Cristianismo y comunismo se parecen en algunos aspectos.

    Pero siendo esto así, y lo es, una mayor responsabilidad de mirar al bien común tienen los administradores de los administradores; es decir, de los políticos; que tienen como función específica administrar los bienes comunes para el bien común. Hemos de pedir a nuestros políticos que en su administración de los bienes públicos miren el interés de todos los ciudadanos, especialmente de los más desfavorecidos; no los suyos, ni los de su partido. Y que potencien, y no sustituyan, las iniciativas que favorezcan el bien común.

    Es triste ver cómo a pesar de la inmensa riqueza de la Tierra muchas personas no tienen lo necesario para vivir. No es esa la voluntad de Dios. No nos la entregó para eso.

  • Ya no son otros

    (Lucas 16, 19-31) Antes eran otros los que tenían en su país empresas multinacionales que explotaban a los trabajadores de los países más pobres. Antes eran otros los que trataban mal, incomprensiblemente, a los emigrantes que sólo buscaban trabajo y dignidad. Eran otros los que los perseguían y los expulsaban, los que los marginaban por el color de su piel. 

     Antes eran otros los que mandaban sus soldados más jóvenes, siempre de familias pobres, a países empobrecidos donde mataban y morían por razones no siempre comprensibles. Antes eran otros la élite mundial de la investigación, eran otros los que investigaban con el riesgo de manipular la realidad humana.

    Antes eran otros y ahora somos también nosotros. Antes les juzgábamos como inhumanos e insensibles; y ahora somos nosotros los que no nos inmutamos ante el hambre del Tercer Mundo. Somos nosotros los que nos quedamos perplejos, pero sin hacer nada, ante una inmigración que nos dibujan como amenazante. Ahora somos nosotros los que defendemos que sólo es bueno lo que nos beneficia. Somos nosotros los que nos hemos vuelto insensibles de derroche, de consumo, de individualismo, de riqueza.

    No es esa nuestra fe: que no se atreva a llamarse cristiano quien permanece insensible ante el que sufre y no busca alguna forma de compartir y paliar su sufrimiento.