Categoría: El evangelio del domingo

  • Culto a la personalidad

    (Juan 1, 35-42) ¡Cuánta violencia y falta de libertad ha creado el culto a la personalidad! Todos los dictadores del mundo han necesitado que se les considerara imprescindibles, infalibles, rodeados de un aura de todas las virtudes y bondades humanas.

    Las personas sencillas siempre ven a los que son importantes como desde abajo. Pero ese nefasto culto a la personalidad se cultiva, se potencia. Se potencia castigando a los críticos, ofreciendo favores a los aduladores, eliminando a quienes pueden representar competencia. Se cultiva desde la injusticia y la violencia contra todos los que se muestren críticos e independientes. El culto a la personalidad pretende anular la referencia a la realidad: la verdad no es lo que tú ves, sino lo que el líder te dice que es. Miles de justificaciones se inventan para hacer de la verdad, mentira; de la calumnia, justa acusación. Quien se opone al líder siempre esconde oscuros motivos, siempre es nombrado con un insulto: reaccionario, fascista o masón.

    Los cristianos creemos en una persona, Jesucristo. Y esa fe en Jesús de Nazaret nos libra de cualquier culto a la personalidad. La fe relativiza cualquier otra realidad que se nos quiera proponer como un ídolo a adorar. Con su amistad, Jesús nos hace libres, y nos capacita para ser críticos y auto-críticos; para luchar contra todo mal, con los ojos y los oídos bien atentos a la realidad que nos rodea.

    Los cristianos tenemos fe en una persona, no damos culto a ninguna personalidad.

     

  • Espíritu histórico

    (Marcos 1, 6-11) Entendemos el Espíritu Santo demasiadas veces espiritualistamente. Nos parece que sólo nos llena el Espíritu cuando en un momento de oración o en una celebración comunitaria, aparece una sensación afectiva cálida que nos llena de paz y de alegría, que nos hace ver la vida de otra manera.

    No es que esas experiencias estén mal. En absoluto. La oración, tanto la personal como la comunitaria, es un momento importante de la acción de Dios en nuestra vida. Pero no es la única.

     

    Dice Juan Bautista: “Yo os bautizo con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo”. ¿Cómo fue bautizando Jesús a sus discípulos? ¿Cómo los fue transformando desde el interior? Primero acercándose a ellos, entregándoles su amistad, ofreciéndose a sí mismo. Poco a poco les fue ofreciendo un sentido nuevo para su vida; los fue iniciando en la ayuda a los más pobres, en la valoración de los más humildes; les fue ayudando a que abandonaran leyes absurdas que los esclavizaban, y prejuicios con los que dañaban a los demás. Organizó con ellos un movimiento que iba a conmover los cimientos de su pueblo, que iba a preocupar hondamente a sus injustos y blasfemos dirigentes.

    En todo eso los bautizó con su amor. Con su amor hacia todos, especialmente hacia los que más sufrían; con su amor en todo momento, incluso en el pecado; con su amor sincero y lleno de perdón; con su amor que no retrocedió ni ante la cruz.

    El agua con la que Jesús fue bautizando a sus discípulos fue su propia historia, los acontecimientos que vivieron con él, que contemplaron en él. Así, también, día a día, te está bautizando a ti.

     

  • Dudas en Navidad

    (Juan 1, 1-18) Puedes creer en Dios o no. No trato de convencerte.
    Puedes pensar que el orden y la armonía de nuestro mundo, y que la humanidad de nuestra vida –más evidentemente necesaria ante los acontecimientos de violencia e injusticia que vivimos—son obras del mero azar, o de Algo que así lo ha creado. Piénsalo.

    Puedes creer que ese Algo es una Causa Primera a quien los problemas de los hombres y mujeres de nuestro mundo deja frío, o creer que el diálogo íntimo que vives en tu corazón no es mero monólogo, sino algo parecido a un diálogo con quien te entiende, con quien te anima, con quien nunca se deja chantajear ni engañar. Puedes creer que Dios es Padre o Causa

    Primera; piénsalo.

    Puedes pensar que una vez que esta vida se ha acabado ya dejamos de existir para Dios y para los hombres. O que si el corazón del hombre, voluble y egoísta, no olvida a quién amo, cómo va a abandonar en la nada a los hijos que con tanto cariño escuchó, animó, corrigió y fue conduciendo en la vida. Piénsalo.

    ¿Pero que ese Dios Padre ha querido tanto a la humanidad que se ha hecho hombre para conmover nuestro corazón, para salvarnos desde nuestra libertad, para suscitar en nosotros la ternura y la bondad que nos convierten en seres humanos? ¿Creer que Dios se hace un niño…? Eso es absurdo.

    ¿Se enamora un científico de una fórmula matemática? Creo, porque es absurdo.

     

  • Atentados contra la familia

    (Lucas 2,15-20) Celebramos los días de Navidad el nacimiento de Dios hecho hombre –hecho debilidad, hecho ternura, hecho pobreza– en el pesebre. Pero cada Navidad celebramos también, o quizás por eso, la realidad sagrada de la familia. Gracias a un derroche de cariño y de ternura, de entrega y de generosidad todos hemos llegado a ser personas. Año tras año, mes tras mes, hora tras hora, estuvieron, y están, pendientes de nosotros, sosteniéndonos en nuestro ser, manteniéndonos en la propia humanidad. Toda familia es sagrada.

    Hay muchos atentados contra la familia, que son atentados contra la propia humanidad de la vida. Y hemos de denunciarlos para que el silencio no deje el campo abierto a una deshumanización con tintes de modernidad.

    Cada vez que un banco desahucia a una familia y la amenaza con dejarla en la calle por no poder pagar la letra de una hipoteca imposible, se está atentando contra la familia. Cada vez que una empresa quiebra y, por mantener la cuota de beneficios, deja en el paro a padres y madres que mantienen su hogar, se está atentando contra la familia. Cada vez que se despide a una embarazada por el simple hecho de estarlo y ser “menos productiva”, se atenta contra la familia.

    Cada vez que relativizamos el valor del amor conyugal, y la vivencia de la sexualidad; cada vez que no le proponemos a los jóvenes el inmenso respeto que han de tener a su pareja y el tesón que hay que poner para cuidar el amor y la entrega del matrimonio; se atenta contra la familia.

    ¿Estás cuidando tu propia familia? ¿No ves que es Dios mismo quien te lo pide?

     

  • A la espera de lo inesperado

    (Lucas 1,26-38) No se extrañó maría de que un ángel la visitara; como si estuviera acostumbrada a experimentar la presencia luminosa y plenificante del Dios Verdadero. Lo que le extrañó fue el nombre que en esta ocasión le había dado: Llena-de-gracia.

    Por eso se preguntaba qué saludo era aquel. Más se extrañó al presentir que Dios la llamaba a ser la madre del Salvador del mundo; y que, a través de ella, su fuerza liberadora y sus promesas de salvación se van a manifestar en la historia. Más sorpresas le esperarían a aquella muchacha durante toda su vida.

     

    Generaciones y generaciones llevaba esperando el pueblo judío al Mesías, al Salvador. Y cuando la salvación se presenta, cuando la promesa está para realizarse, se sorprenden.
    Nuestra vida es así. Por mucho que esperemos una situación cuando llega siempre resulta inesperada. La realidad desborda y deja empequeñecidas las ideas que nos hacemos.

    Esperamos poder compartir con amor nuestra vida, o abrazar a un hijo de nuestras entrañas, o tener la oportunidad de trabajar por la justicia, o acercarnos de verdad al Dios de la Vida. Lo esperamos, y cuando llega nos deja confundidos.

    Porque lo verdaderamente nuevo siempre nos exige que crezcamos en generosidad, siempre nos obliga a renunciar a nuestros pequeños egoísmos, a nuestras pequeñas manías, para acoger la vida desbordante, hermosa, llena de misterio, a veces cruel, de la que formamos parte.

     

  • El sentido ‘kinético’

    (Marcos 1,1-8) En medicina no se habla sólo de los cinco sentidos clásicos, es decir, vista, oído, tacto, gusto y olfato, sino que hay otras percepciones menos evidentes que también poseemos las personas y que nos sirven para vivir. Uno de ellos es el sentido kinético. Gracias a él coordinamos nuestros movimientos hacia un fin concreto; nos permite correr, jugar al fútbol o bailar. Es el sentido del movimiento y de la dirección.

     

    También en nuestra vida personal necesitamos del sentido kinético. No sólo hemos de “olernos” cuando nos van a hacer una jugada; no sólo necesitamos “palpar”  la realidad para situarnos ante ella; también necesitamos intuir hacia dónde nos llevan nuestras decisiones de cada día. Decidimos multitud de cosas en nuestra vida, pero en ellas vamos decidiendo nuestro futuro, qué es lo que va a ser de nosotros, quiénes vamos a llegar a ser.

    En adviento estamos invitados a analizar con lucidez hacia dónde nos llevan nuestros comportamientos cotidianos, y esto no es baladí; pero sobre todo estamos invitados a esperar a quien viene con la plenitud de nuestra vida. No te canses, nunca te vas a ganar la vida; como mucho te ganarás el pan. La vida, te la regalaron, te la regalan y te la van a regalar en plenitud.
    Adviento es correr a recibir un abrazo.

     

  • La espera y la esperanza

    Cuando éramos chiquillos corríamos en bandadas al encuentro de cualquier cosa que ocurriera creyendo que llegábamos tarde, que se nos podía pasar la vida. ¿Te acuerdas? Siempre teníamos prisa, siempre queríamos que todo llegara pronto y todo parecía tardar demasiado.

    Conforme hemos avanzado en años, nuestros pasos se han hecho más pausados, más lentos. No porque ya no podamos correr tanto –al menos no sólo por eso–. Sabemos que la vida no depara tantas sorpresas, y que somos nosotros quienes dejamos escapar nuestras mejores oportunidades a fuerza de correr tras cosas dispares y diversas, sin peso.

    Lo más importante de la vida se nos regala. La prisa y la ansiedad no hacen sino distraernos de lo verdaderamente importante. Por eso el evangelio del domingo te advierte: “Estate atento a tu vida, a lo que pasa a tu lado, a tus propios sentimientos, a las personas que te rodean, que en todo ello viene la plenitud de Dios sin que sepas ni cuándo ni dónde”.

    Las experiencias pasan. La actitud de espera confiada, sin temores, perseverante, nos abre la puerta de la vida. Lo mejor de la vida no se conquista, es un regalo que se nos acerca. No vivas como si tu vida dependiera de ti mismo. Es una responsabilidad tan tremenda que termina por agobiarnos. Haz lo que crees que tienes que hacer y estate en paz, que la vida te la regalan (…) silenciosamente.

     

  • ¿Les ayudo o me salvan?

    (Mateo 25, 31-46) El Dios de los cristianos es un Dios sorprendente. Rompe todos los esquemas naciendo en un pesebre, símbolo real de toda debilidad, de toda la humanidad necesitada; vive como un trabajador anónimo en Nazaret, una aldea de la que nunca se escuchó nada hasta que él mismo no la puso en el candelero. Comienza su predicación rodeado de un grupo de analfabetos e ignorantes trabajadores, rodeado de enfermos y mendigos que solicitaban su ayuda. Y acaba su vida condenado a la muerte más ignominiosa de la que es capaz la crueldad humana.

    Los cristianos porque creemos que es Dios, lo intentamos honrar con altares y flores, y él nos dice: “Estoy en los necesitados”. Lo intentamos obedecer realizando gestos de bondad y de reconciliación con los nuestros, y él nos dice: “Estoy en los necesitados”. Lo intentamos honrar con algún gesto a favor de los más pobres, con alguna limosna de tiempo o de dinero, y él nos dice: “Soy el necesitado al que crees ayudar”. Pensamos ser bondadosos y magnánimos al ayudar a quien algo necesita y el Nazareno sigue tirando de nosotros: “No me ayudes, quiéreme; no me ayudes, entrégate a mi; no me ayudes, comparte conmigo tu vida”.

    Vamos a los que sufren con pretensiones de salvadores y salimos del encuentro con ellos tan conmovidos que su pobreza nos hace más humanos. ¡Eres un Dios tan sorprendente!

     

  • Inversiones y economía

    (Mateo 25, 14-30) El dinero que los gobiernos de los países ricos han empleado en “salvar” a la banca hubiera servido para dar de comer a los hambrientos del mundo durante los próximos 50 años. ¿Quién entiende que tengamos que pagar para “salvar” a quienes están hundiendo a tantas familias con hipotecas criminales?

    Como nos creímos ricos, se nos olvidó que sólo éramos instrumentos de consumo en manos del capital financiero. Como nos creímos ricos, se nos olvidó que nuestra familia vale para el gran capital lo mismo que las del Congo o Somalia, en cuanto ya no nos pueden utilizar.

    Al final seremos los pobres los que, ayudándonos unos a otros, logremos salir de la crisis. Serán los abuelos que cobran una pensión los que den de comer a sus hijos, que sólo cobran para los bancos. Serán los pequeños empresarios los que, arriesgando todo lo que tienen, mantengan los puestos de trabajo en las horas más duras. Serán los trabajadores los que muestren su solidaridad con otros trabajadores que han tenido menos suerte, o, incluso, menos talento que ellos.

    El evangelio de esta semana nos exhorta a poner en actividad toda nuestra creatividad, toda nuestra solidaridad y todo nuestro trabajo para emplearlo en lo que Dios Padre quiere: que todos sus hijos tengan vida y la tengan en abundancia.

    Tanta riqueza como hay en nuestra tierra, en todas sus gentes, en ti y en mí, tiene que ponerse en movimiento para que haya suficiente para todos. Que no te paralice el miedo. En esta hora todos tenemos que ser centros I + D + S: centros de investigación y desarrollo solidario.

  • Apostólico y romano

    (Juan 2,13-33) A algunos les puede sonar mal.

    En un testimonio que leí en mi libro de confirmación (no hace más de 30 años) se decía algo así: “Yo quiero ser cristiano; a Cristo todo el mundo lo admira. Pero no quiero ser de la Iglesia; a la Iglesia todos la critican y la ponen verde”. Y no le faltaba razón al muchacho que escribía aquello. Y no le falta razón porque continúan las cosas poco más o menos.

    El próximo domingo se celebra el día de la Iglesia de Roma, de la Basílica de Letrán, símbolo de unidad para todos los cristianos del mundo. Es cierto que en la Iglesia, y en la Curia del Vaticano, necesitamos reformas y más fidelidad al evangelio de Jesucristo. No siempre los testimonios que vemos son los más aleccionadores. Lo mismo nos ocurre a todos los que ostentamos un cargo eclesial representativo. Se nos pide que seamos siempre testimonio de Cristo, y nada más que somos pobres personas, débiles pecadores.

    No voy ni a justificar errores del Vaticano; ni a ensañarme con situaciones que a mí me duelen personalmente. Pero sí creo que hemos de afirmar todos, la deuda profunda de fe que tenemos con los apóstoles a quienes los obispos y el obispo de Roma representan. Al ministerio apostólico le debemos el evangelio y la eucaristía, que son los fundamentos de nuestra fe.

    El ministerio del Obispo de Roma, del Papa, es el ministerio de la unidad eclesial. De unidad en la Caridad solidaria con los más pobres y en la Verdad que nos lleva a la vida. Esa es la exigencia de su ministerio. Ante esa exigencia debemos todos de ponernos. Porque es muy fácil ver “la paja en el ojo ajeno y no reparar la viga en el nuestro”.