Categoría: El evangelio del domingo

  • Gloria o muerte

    (Juan 12, 23-28) Dónde van los sudores
    de mi padre y de mi abuelo (…)
    ¿Quedará impune la historia?
    ¿No veremos más el cielo?
    No me resigno, no quiero,
    Pensar que no existe la gloria.

    Son frases de una canción de ‘180 grados’, un grupo de música actual, y manifiestan una inquietud de todos a lo largo de toda la historia de la humanidad. La muerte enfrenta con un absurdo, con un abismo, a nuestra intimidad personal, a nuestro afán por ser libres, a nuestra capacidad de amar.
     

    Jesús de Nazaret reconoció que la gloria no era sólo un final del camino. El vio claramente que, cada día, Dios puede glorificarnos, puede hacernos vivir en plenitud de humanidad.
    Para explicar esa glorificación cotidiana, a la vez que definitiva, utiliza una metáfora: como el grano de trigo si no cae en tierra queda infecundo, pero si cae en tierra da mucho fruto, así también nosotros. Sólo si caemos en tierra –sufrimiento, esfuerzo, oscuridad, sombra— sabremos dar la auténtica medida de nuestro ser y ser fecundos para los demás.

    Para Jesucristo fue especialmente duro al final de su vida este “caer en tierra”: torturas, abandono, crucifixión. Pero ha sido, y es, sorprendentemente fecunda su entrega. Nuestra entrega diaria será a veces dura, siempre será fecunda. Nada nuestro, nada tuyo, queda al margen de su mirada.

    Hay que ser grano de trigo, si no de poco sirve caer en tierra. Hay que caer en tierra, si no de poco sirve ser grano de trigo.

     

  • ¡Abba, Padre

    (Mateo 22,34-40) A Dios nadie lo ha visto jamás, dice la propia Escritura, sólo el Hijo Único del Padre que nos lo ha dado a conocer. Por eso el único camino que tenemos para acercarnos a Él, que es la plenitud que todos anhelamos, son los signos que nos lo manifiestan.

    No podemos ver a Dios, pero podemos dejarnos inundar por un signo de su belleza en el atardecer de esta tarde, en la quietud de la noche si apagamos la tele o en el vuelo remansado de un gorrión a la altura de nuestra ventana.

    No podemos ver a Dios, pero podemos dejar que su presencia en cada persona nos interrogue y nos haga salir de nuestro ensimismamiento, de nuestra falsa soledad poblada de fantasmas y obsesiones. El corazón de cada hombre, de cada mujer, con los que hablamos está siendo trabajado por Dios, constante, continuamente, igual que el nuestro. Y Dios quiere para todos ellos, como para nosotros, que crezcan en el amor, que sean felices de la única manera que podemos serlo las personas.

    A Dios no podemos verlo, pero presente en todas las cosas, en todas las enfermedades, en todos los acontecimientos, nos enseña que todo lo que nos ocurre es relativo, pasajero; y que todo puede servirnos para encontrarlo a Él que es la fuente de la vida.

    Los cristianos no tenemos Ley, en lugar de ella se nos ha dado un hombre, que es Hijo y Hermano, para que en cada persona lo encontremos a Él; para que en el fondo de nuestra propia vida, lo descubramos a Él; para que sabiéndolo, sintiéndolo a nuestro lado digamos: ¡Abba, Padre!

     

  • La Virgen y el rey

    De todos es conocida la historia o leyenda del rey Fernando III y la invocación a la Virgen solicitando su ayuda para conquistar Sevilla. “Váleme, Señora”, rezó el rey; y el primer signo de la ayuda divina fue el agua que calmó la sed de sus tropas y el segundo signo fue la conquista de la ciudad de Sevilla.

     

    Pero no hubiera pasado de ser una casualidad más de la historia (¿cuántas batallas no se habrán perdido invocando también a la Madre de Jesús como intercesora y abogada?), si la vida de Fernando III no hubiera respondido con coherencia y generosidad al don de la providencia, respetando la vida a sus contrincantes y enemigos, y siendo un rey justo y misericordioso en el contexto histórico.

    Siempre que pidamos ayuda a Dios hemos de ser conscientes de que toda nuestra vida, todo lo que somos, todo lo que existe en Él se fundamenta, a Él se lo debemos. Pedir a Dios es hacernos conscientes de que nada nos pertenece y que, por eso, nuestra actitud ha de ser la de trabajar generosamente por un mundo más justo y humano.

    A Dios el agradecimiento, la reverencia, la ofrenda de todo lo que somos. A los hombres y mujeres que nos rodean –se llamen César o José Luis- nuestra ayuda, nuestro respeto, nuestro compromiso real por los más pobres; y también nuestra denuncia y oposición ante toda actitud hipócrita o inhumana.

     

  • “Sé vivir en pobreza”

    (Mateo 22,1-14) “Sé vivir en pobreza y abundancia”, decía San Pablo en una carta que escribe a los cristianos de la ciudad de Filipos cuando estaba ya encarcelado y esperando su ejecución.
    No eran ciertamente circunstancias fáciles las que vivía Pablo, pero era responsable de su sola persona. Vivir con “la espada de Damocles” del paro cuando tienes detrás unos hijos, que alimentar y que vestir y que llevar hacia delante, significa una responsabilidad muy grande. La confianza en la providencia de Dios se muestra verdaderamente en medio de las dificultades.

    La pobreza, las dificultades, los problemas nos hacen redescubrir, algunas veces hasta recuperar, dimensiones importantes de la vida, que la opulencia y el derroche oscurecen.
    El evangelio de esta semana nos describe un banquete en el que los que disfrutan no son los potentados con nutridas cuentas bancarias o con negocios importantes, sino los pobres, todos los que iban por los caminos, malos y buenos. Son los hombres y mujeres de “a pie” los invitados al banquete, a la fiesta del Reino.

    Pero, ¿qué se puede disfrutar sin dinero?, ¿qué podemos tener sin pagarlo?, ¿cómo se atreve el evangelio a presentarnos una fiesta, un banquete, entre gente sencilla y sin muchos recursos? Entre los pobres del Reino, unas veces invitamos gratuitamente con lo que tenemos, y otras aceptamos la invitación con el corazón en paz y agradecido, alegres.

    En el Reino definitivo, ninguna injusticia, ningún abuso, ningún maltrato, privará del banquete a ni uno sólo de los pobres.

     

  • Cuidar lo que nos importa

    (Mateo 21,33-43) Vivimos en una cultura de tradiciones milenarias que parecen eternas, y no lo son. Lo que más nos importa, muchas veces, lo damos por supuesto y dejamos de cuidarlo. Cuando damos por supuesto el amor de pareja, comienza a peligrar. Cuando damos por supuesta la educación de los niños, los abandonamos a múltiples peligros. Algo así está ocurriendo con nuestra fe cristiana.

    Vivimos en una cultura de tradiciones milenarias que parecen eternas, y no lo son. Lo que más nos importa, muchas veces, lo damos por supuesto y dejamos de cuidarlo. Cuando damos por supuesto el amor de pareja, comienza a peligrar. Cuando damos por supuesta la educación de los niños, los abandonamos a múltiples peligros. Algo así está ocurriendo con nuestra fe cristiana.

    La asistencia a las celebraciones religiosas y a las actividades formativas es exigua; muchas veces la base principal de nuestras comunidades son personas con una edad ya avanzada. Un pequeño grupo de cristianos son los que mantienen y sostienen la actividad de parroquias y hermandades; mientras que una inmensa mayoría participa contadas veces en celebraciones de cumplimiento, paga lo que se le pide por los servicios y se desentiende de la vida diaria de las instituciones eclesiales. Su fe queda reducida a un ámbito tan íntimo que ni en las familias se reza, ni se transmiten conocimientos, comportamientos ni valores religiosos.

    Puede que no te importe lo que ocurra con la fe cristiana. Te respeto. Pero si te importa, si crees que una fe auténtica llena de sentido la vida, hazte estas preguntas: ¿cómo estoy colaborando para que una fe verdadera configure mi vida y la de los míos?, ¿no estaré reduciendo tanto mi participación en la iglesia que ni siquiera conservo lo bueno que recibí?, ¿cómo puedo favorecer una comunidad cristiana más fiel al evangelio?

    El evangelio de esta semana acaba con esta dura sentencia: “Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos".

     

  • A ‘progres’ y clericales

    (Mateo 21, 28-32) El texto de esta semana es de los más duros del evangelio. “Las prostitutas os llevan delantera en el Reino de Dios”, dice Jesús a la clase dirigente de su pueblo: a los sumos sacerdotes y a los ancianos. Y éstos que lo escuchaban no tenían ninguna conmiseración con las prostitutas, más bien las despreciaban profundamente.

    Y les habla con tal dureza porque unos y otros se habían creado un caparazón impermeable que impedía que nada les llegara al corazón. Se habían creado un caparazón de orgullo religioso e institucional infranqueable. Se creían que lo sabían todo y que no tenían nada que aprender. Creían que podían disponer de la vida de las personas y manejarlas a su antojo. Condenaban o perdonaban la vida. En vez de estar a la escucha de la verdad, todo el tiempo estaban imponiendo y defendiendo sus ideas.

    Algunos eran “benefactores de los pobres”, nunca sus amigos, nunca sus iguales. Otros, cuando se conmovían en presencia de Dios, era pensando en cómo iba a quedar su imagen ante los demás.

    ¿Cómo va a acoger el don de Dios quien no reconoce su pobreza?, ¿cómo va a llenarse de misericordia quien está saturado de sí mismo? El pecado, la debilidad, la transgresión moral pueden ser el primer paso para abrirse a la gracia de Dios, a una auténtica conversión del corazón. Ya dijo aquel santo: “Feliz culpa que mereció tal redentor”.

    Pero esto no va contigo, no te preocupes. ¿Cómo va a decir Jesucristo, por ti, eso de que las prostitutas llevan delantera en el Reino? Tú, que eres tan bueno, tan progresista, tan religioso, tan…

     

  • El paro no es cristiano

    En el evangelio del próximo domingo escucharemos una parábola en la que Jesús compara a Dios Padre con un empresario bueno que ofrece trabajo a todo el que lo necesita. Este empresario sale al amanecer a ofrecer trabajo al que se encuentra, y después a media mañana y a mediodía y también al atardecer. A todos ofrece trabajo; no quiere a nadie ocioso y no quiere que nadie pase necesidad. Por eso cuando llega la hora de pagar el salario a todos le paga el sueldo de un día, lo necesario para que él y su familia tengan lo suficiente para vivir.

    En tiempos de un paro tan grande, esta parábola es todo un acicate. Dios quiere que seamos creativos y generosos para que todos tengan trabajo, y un trabajo digno.

    Empresarios, trabajadores, políticos, sindicalistas, intelectuales, y todos los agentes sociales hemos de procurar que la crisis que amenaza la estabilidad de muchas familias haga el menor daño posible. Unos esforzándose por emplear, por crear puestos de trabajo. Crear un puesto de trabajo digno es una obra de caridad cristiana bien entendida. Los trabajadores siendo honrados con su trabajo, colaborando con el mantenimiento de su empresa.  Los empleados públicos haciendo rentable socialmente su puesto de trabajo, defraudar en el empleo público es una forma de empobrecernos a todos. Los intelectuales buscando nuevas técnicas que permitan la consolidación y el crecimiento del empleo. Los políticos buscando caminos de auténtico desarrollo económico de la sociedad civil, y protegiendo a las familias que han caído en el pozo del desempleo. Todos hemos de colaborar en esta tarea.
    Nunca negar un problema ha sido camino de solución.

  • El paro no es cristiano

    (Mateo 20, 1-16) En el evangelio del próximo domingo escucharemos una parábola en la que Jesús compara a Dios Padre con un empresario bueno que ofrece trabajo a todo el que lo necesita. Este empresario sale al amanecer a ofrecer trabajo al que se encuentra, y después a media mañana y a mediodía y también al atardecer. A todos ofrece trabajo; no quiere a nadie ocioso y no quiere que nadie pase necesidad. Por eso cuando llega la hora de pagar el salario a todos le paga el sueldo de un día, lo necesario para que él y su familia tengan lo suficiente para vivir. 

    En tiempos de un paro tan grande, esta parábola es todo un acicate. Dios quiere que seamos creativos y generosos para que todos tengan trabajo, y un trabajo digno.
    Empresarios, trabajadores, políticos, sindicalistas, intelectuales, y todos los agentes sociales hemos de procurar que la crisis que amenaza la estabilidad de muchas familias haga el menor daño posible. Unos esforzándose por emplear, por crear puestos de trabajo. Crear un puesto de trabajo digno es una obra de caridad cristiana bien entendida. Los trabajadores siendo honrados con su trabajo, colaborando con el mantenimiento de su empresa.  Los empleados públicos haciendo rentable socialmente su puesto de trabajo, defraudar en el empleo público es una forma de empobrecernos a todos. Los intelectuales buscando nuevas técnicas que permitan la consolidación y el crecimiento del empleo. Los políticos buscando caminos de auténtico desarrollo económico de la sociedad civil, y protegiendo a las familias que han caído en el pozo del desempleo. Todos hemos de colaborar en esta tarea.
    Nunca negar un problema ha sido camino de solución.

     

  • El capitalismo no perdona

    (Mateo 18,21-35) Si tuviésemos que contabilizar las horas que muchas personas han empleado en socorrernos, ayudarnos y servirnos podríamos sentirnos abrumados. Suma las horas que tu madre empleó en amamantarte, en cambiarte y en velar de ti cuando eras bebé. Suma el dinero que se llevaron los pañales, el carrito y toda la ropa y la comida que necesitaste para ir creciendo sano y robusto. Suma las horas de cocina, de plancha, de costura, de enfermería.

    Suma el dinero que se empleó en tu educación: en hacer colegios, en pagar materiales y en pagar maestros. Suma la dedicación cariñosa de muchos de ellos, que ni se paga ni, muchas veces, se agradece. Suma lo que te ofreció tu grupo de amigos y piensa qué habría sido de ti sin ellos. Suma …

    Todos tenemos tanto que agradecer a los demás, a la vida, a Dios que, como un padre o una madre buena, todo lo suscita y fundamenta…
    Si tanto te han regalado ¿cómo le guardas rencor a esa persona que te ha hecho tales o cuales cosas? ¡Libérate de ese rencor, de esa mezquindad, que es como una cárcel en la que tú sólo te metes!

    Ahora, eso sí, no te olvides que el capitalismo que trata a las personas como números, que no es de Dios ni tiene el dinamismo de la propia naturaleza, ni perdona las deudas, ni olvida las hipotecas. Tú no seas como eso; tú eres, de Dios, hijo.

     

  • “Creo que hiciste mal”

    (Mateo 18,15-20) Afrontar en la intimidad a alguien, a quien queremos, desde un fallo que tiene, sin que ceda el amor, pero sin que ceda la verdad, es difícil. Tenemos la tentación de dejar de ver los errores y las deficiencias de las personas a las que apreciamos, como si la verdad tuviera que ceder ante el amor para preservarlo. Pero así, a medio plazo, sufre también el amor. ¡Cuántos novios que se casan enamorados no han roto a los pocos años su matrimonio por ser capaces de vivir su amor en la verdad! ¡Cuántos niños malcriados se convirtieron en adultos infelices porque sus padres no fueron capaces de vivir su amor en la verdad!

    Pero no es fácil, cuando alguien nos recrimina cualquier actitud o comportamiento nos defendemos como si nos atacara, como sino nos quisiera. Nos sentimos humillados cuando nos llaman a reconocer humildemente nuestras propias limitaciones. ¿Cómo invitar a la humildad sin humillar?, ¿cómo asumir una corrección sin sentirse humillado?

    La verdad de tu vida no son ni tus aciertos ni tus errores. Ni la desesperación ni el orgullo se asientan en tu última verdad. La verdad de tu vida es el Amor que te llama a ser verdaderamente persona.