Categoría: El evangelio del domingo

  • Llamado para ser salvación

    (Marcos 14, 46-52)TE DOY las gracias, Señor, por Jesucristo. Él vivió como un hombre cualquiera, semejante en todo a nosotros; pero Tú lo llamaste a ser la primicia de la humanidad nueva. Tanta ambigüedad como hay en nosotros; tanto egoísmo y orgullo mezclado en cada uno de nuestros gestos de amor; tanto sufrimiento innecesario que infringimos, o con el que nos destruimos; tanto pecado como hay en nuestra vida… Todo esto encontró su verdadero horizonte en su persona. Nuestras vidas encontraron su verdadero camino en su vida. Una vida entregada sin ambigüedades, sin egoísmos, sin provocar ni un solo sufrimiento que no fuera para cauterizar una herida.

    Te doy las gracias, Señor, con Jesucristo. Él no está muerto. Está vivo, y es la fuente de la vida. Un muerto no puede dar tanta vida como Él nos da. Un muerto no puede ser fuente de tanto perdón, de tanta generosidad como muchos viven muchos cristianos. Con Jesucristo a nuestro lado nunca nos sentimos solos. Sufrimos contrariedades, dificultades, angustias –el mundo es mundo, y nos toca vivirlo–; pero sobre un fundamento de gracia y de cercanía; sobre un fundamento de amor insondable; sobre un cimiento de roca que nos asegura, a pesar de nosotros mismos.

    Te doy las gracias, Señor, en Jesucristo. Porque nuestras experiencias más profundas de vida en plenitud se dan cuando descubrimos que vivimos en Él. Que Él nos inunda como el océano, como la atmósfera, como la luz del sol. Nuestra experiencia más profunda es vivir injertados en su misma vida; olvidándonos de nosotros mismos para abandonarnos en Él.

    Quizás por eso nuestra oración hoy puede ser: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”. No para pedir nada, ni demandar perdón; sino para manifestarle que queremos vivir, simplemente, en Él.

  • Dura misión

    (Marcos 10, 35-45) “No fue tan malo, Señor. Ya lo dice mi madre: las cosas son más el pensarlas que el hacerlas. Pero esto me ha costado trabajo, mucho trabajo. Hubiera preferido descargar sacos de un camión, aunque me explotasen; pero ni ese trabajo hay.
    Me levanté antes que el sol; ya tenía el carrito “prestado” del hiper; y en cuanto empezaron las obras fui recogiendo todo lo que en la chatarrería me pudieran pagar.

    Hoy no he robado nada, todo lo he pedido o estaba tirado; pero mañana no lo sé. ¿Qué casa tira para adelante con 40 euros que me han dado después de estar 14 horas andando de acá para allá? La bombona y la compra de lo más necesario y se acabó.

    Pero lo más duro de todo el día era sentir cómo la gente me miraba. Eso pesaba más que el carro que empujaba, más que la chatarra que llevaba, más que los miles de pasos dados. Algunos de los amigos que me vieron se hicieron los despistados, se lo agradecí; otros me saludaron y me dieron ánimos, se lo agradecí más. ¡Qué duro es recoger chatarra para que coman tus hijos…! ¡Qué duro, Señor!

    Muchos habrán pensado que era un “enganchado”. Otros que me he dado a la bebida, o a la maquinitas. Menos mal que mis hijos son pequeños y no entienden; ¿qué dirían de su padre si supieran que recoge chatarra como el más despreciado de la gente? ¿Y Isabel? Dale fuerzas, Señor, que ella sí que sabe y entiende, y tendrá que aguantar los comentarios y las preguntas de algunas; a lo peor sólo las miradas de desprecio y superioridad, o de lástima. ¿Y mi madre? Cuánto no llorará cuando se entere, sabiendo que ya no puede ayudarme más.

    Danos fuerza, Señor. Tú que te entregaste en la cruz por todos, danos fuerza”.

  • La sensatez no basta

    (Marcos 10,17-30) La sensatez no basta, parecen decirnos las lecturas de este domingo. Es necesaria, pero no suficiente. Sin la sensatez debida podemos caer en trampas y engaños que no deseamos. En nuestra vida familiar, en el trabajo, en el compromiso social o eclesial, necesitamos personas sensatas.

    Analizar lo que ocurre con perspectiva y lucidez, ver las causas de lo que acontece, buscar cómo solucionar los problemas que nos preocupa… todo eso es necesario, imprescindible. Pero la sensatez, sola, no alimenta el corazón. Podemos ser las personas más sensatas del mundo y estar vacíos por dentro. Podemos ser el perfecto padre de familia, el perfecto compañero de trabajo, el perfecto cura, el perfecto amigo…; podemos estar contentos con lo que hacemos… y que nuestro corazón no esté satisfecho, que nuestras ansias de plenitud sean como fuego que arde sin consumirse.

    Por eso, si es cierto que nuestra vida pende de nuestra sensatez, también es cierto que la ganamos con nuestras locuras. Con la locura de amor que nos lleva a entregarnos por entero y para siempre a alguien; con las locuras cotidianas con las que intentamos sorprender a los que queremos; con la locura atrevida, divertida, generosa, inconsciente, de entregarnos sin medida, de poner nuestro pecho al descubierto, de hacer, por amor, lo que sabemos que no se debe.

    Nuestro corazón siempre será adolescente, y todo adolescente necesita romper barreras, amar sin cortapisas, vivir al filo del absoluto, sentir el viento recio y contrario que nos indica que vamos por el camino adecuado; difícil, pero correcto; no para todos, pero sí el nuestro.

    Dichoso serás si delante de Jesucristo, que te llama, dejas que te inunde su mirada y le entregas, sin reservas, tu sensatez.

  • Represión afectiva

    (Marcos 10, 2-16) Vivimos una época de mayor libertad sexual. Muchos de los tabúes y de las prohibiciones sociales sobre el sexo han caído y están por completo en el olvido. Hablar de relaciones prematrimoniales es simplemente un arcaísmo. Se han aquilatado términos nuevos, como el de “parejas abiertas”, para aquellas en las que uno a otro se da permiso para mantener relaciones con otras personas. “Mientras los dos estén de acuerdo, nada está mal; nada perjudica”—se escucha decir. Desde la fe cristiana nada nos está prohibido, pero no todo beneficia. Lo dice San Pablo. Nada nos está prohibido porque Dios lo ha creado todo, también la sexualidad, para nuestra felicidad y para nuestra plenitud. Pero no todos los comportamientos ni todas las nuevas normas sociales benefician a la persona.

    Estamos viviendo, si se me permite el término, tiempos de represión afectiva. Los chavales no se enamoran; están juntos. Los matrimonios no viven en la plena confianza en el otro: “mientras nos vaya bien”. Se ha suprimido el esfuerzo, el sacrificio, la negación del propio yo, en todo; también en la dimensión sexual; y vamos siendo personas endebles, poco de fiar, sin firmeza vital. Eso no beneficia a nadie; ni a uno mismo, ni a los que nos rodean.

    Niños que viven en la angustia de la separación de sus padres; de la sucesión de parejas de cada uno de sus progenitores… Preadolescentes que inician, y sufren,  una sexualidad impuesta desde el bombardeo inconsciente de los medios. Jóvenes que nunca están seguros del amor de su pareja. Matrimonios para quienes cualquier problema puede ser causa de mutua destrucción.

    No será generalizable en todos los aspectos, pero creo que vivimos en tiempos duros de represión afectiva.

  • Fines y medios

    (Marcos 9,37-42) “Si quieres los fines, quieres los medios”; podría decirle un abuelo a su nieto, y no le faltaría razón al anciano. Se perdería una gran lección el chiquillo si no lo escuchara. Sin embargo, es una de las enseñanzas que más trabajo nos cuesta asimilar. Vivimos, muchas veces divididos, escindidos, perdidos; queriendo unas cosas y haciendo lo contrario de lo que a ellas nos conducen. ¿No vamos a vivir continuamente frustrados?

    La explicación no es difícil. Asumir los medios supone el esfuerzo cotidiano, la renuncia diaria, el gesto de valentía que no sabemos cómo va a acabar. Asumir los medios supone vivir en la cotidiana novedad del que avanza caminando, contemplando el horizonte siempre lejano, pero acercándose a él contemplando, también, todos los detalles del camino. Querríamos tenerlo todo y ya; no sé si sería conveniente, pero la vida no es así. La vida, la verdadera, está hecha de cotidianas alegrías, de cotidianos sacrificios, de cotidianas valentías, de cotidianos sufrimientos, de cotidianos gestos de amor.

    Por eso es imprescindible saber con claridad qué queremos y a quién vamos a entregar nuestra vida. Sí, has leído bien. Lo más importante de nuestra vida es saber a quién se la vamos a entregar. La vida que no entregamos se pudre, como el agua que no corre, que se estanca, y ya no se puede beber. Tener una carrera, tener estudios, tener cualidades importantes que llenen de admiración, tener dinero… No está mal lo que tienes, pero con todo eso qué estás siendo. ¿Qué persona estás llegando a ser? Desde las inmensas posibilidades que la Vida te ofrece, ¿qué realidad estás viviendo?

    No te respondas tú. No preguntes a quien tiene sólo opiniones, pregunta a quien tiene la Vida. Pero, dale tiempo para conversar.

  • ¿A cuántos corrompió?

    (Marcos 9,29-36) SI ALGUIEN nos mirara desde arriba y viera los estúpidos conflictos que a veces mantenemos, no sabría si reír o llorar. Como hormigas en un granero peleando por el mismo grano de trigo.

    ¿Qué tendrá el poder sobre los otros que a todos nos corrompe? El motivo puede ser nimio: qué mueble compramos, dónde ir a divertirnos, quién lleva razón en una estúpida discusión. Pero el poder sobre los demás nos puede.

    Somos capaces de desprestigiarlos sin motivo, de intentar destruir su fama con insinuaciones poco fundadas; somos capaces de ver malas intenciones sin ningún dato que las avale; somos capaces de ridiculizar, de ser crueles, de reírnos de las desgracias y los defectos; todo, con tal de sentirnos superiores y manejar la situación. Somos capaces de crear grupos enfrentados, de inventarnos afrentas que ya ni recordamos, de desear la destrucción o la desaparición del otro.

    ¿No?… Sí; claro que sí. Y no son sólo los otros; tú también.

    Jesús, en el evangelio de esta semana nos lo dice claro. Si quieres ser feliz, siéntete como un niño, que a nadie puede mandar, que de nadie puede disponer, que encuentra su fuerza en la debilidad del llanto o de la petición, que todo lo recibe y, que por eso, vive feliz. Que no tiene reparos en lo que van a decir, que no calcula demasiado. Sé como un niño y disfruta toda la belleza, toda la bondad, todo el cariño que Dios pone a tu alrededor y dentro mismo de ti.
    No te engañes; quien se mete la droga de poder sobre los otros, acaba corrupto y esclavo; traicionando lo mejor de sí mismo. ¡Cuántos herodes y napoleones de pacotilla estropean su vida y las de los demás!

  • ¿Quién eres tú?

    (Marcos 8,25-37)Ante cada experiencia honda de nuestra vida todos estamos avocados a preguntarnos qué y quiénes somos, y qué queremos ser. La vida tiene un misterio que sólo con una contumaz negación podemos acallar e ignorar, pero que a cada paso viene a nosotros en el rostro sonriente de un padre primerizo, en la mirada fuerte y tierna de una madre, en quien lucha por la justicia, en la enfermedad que muerde nuestra carne y nos recuerda de qué estamos hechos.

    Los que se encontraban con Jesucristo vivieron una experiencia así. ¿Quién es este hombre que perdona al pecador y lo cambia; que se acerca a los más despreciados y los llena de dignidad; que habla con tanta libertad, que se atreve a desenmascarar nuestras cobardías con tanta serenidad…? ¿Quién es este hombre que me fuerza a preguntarme por mi propia vida?

    Pero hay preguntas que no tienen una sola respuesta, ni la misma respuesta para todos los momentos de la vida. Hay preguntas que tienen sentido al tener que plantearlas y responderlas día a día.

    ¿Quién eres tú, Señor? –No, no te respondas; deja que la pregunta se llene de hondura, de profundidad; deja que la pregunta te abra el horizonte de su realidad y de la tuya; deja que la pregunta vaya desplazándose de la cabeza al corazón. Seguramente no encontrarás una respuesta clara; tal vez te sorprendas y te encuentres con una luminosa intuición de cómo tienes que vivir tu propia vida, de quién eres tú. Quizás las palabras hijo y hermano adquieran una resonancia que antes no tenían.

    Quizás la razón de muchos de nuestros problemas es que siempre nos hacemos preguntas que tienen respuesta.

  • Venid y descansad

    (Marcos 6, 30-34) DESPUÉS de su primera misión, los discípulos llegan con el corazón lleno de satisfacciones y de desengaños. No faltaría quien se burlara de ellos, de su incultura, de su acento pueblerino, de sus burdos pecados, como los de cualquier otro pescador y campesino de la época. No faltaron tampoco alabanzas y aliento en la misión: “¡Ya era hora que alguien nos llamara a levantarnos! ¡Muchos profetas como vosotros y ese Nazareno tienen que decir las verdades del barquero! Muchos hombres y mujeres pobres les dirían más con sus ojos que con sus palabras.
    Momentos de llenos de sentimientos profundos éstos de los comienzos de la misión.
    Cuando Jesús los ve llegar siente que necesitan descansar. Ve que tienen que reposar lo vivido, que necesitan dialogar en profundidad, expresar sus sentimientos, valorar lo que han hecho, hacer suya la vida que les ha inundado. Por eso les dice: “vamos a un sitio tranquilo a descansar”.
    Tú también necesitas descanso. También necesitas expresar con los tuyos lo que vives; asumir con serenidad la vida que nos empuja a caminos no sospechados; dialogar desde el corazón sobre la verdad de la vida.
    El descanso es ruptura de lo cotidiano. Pero no te marques la diversión como una obligación, como un trabajo. Descansar tampoco significa cesar de todo y caer en el hastío y la nada. Descansar es recuperar las fuerzas físicas y anímicas desgastadas por el día a día; acoger y contemplar la vida que hemos ido amasando. Dialogar serena y sinceramente con quien queremos lo que nos preocupa. Descansar significa encontrarnos con Jesucristo y que él nos diga: “ven y descansa un poco”; y que nos pregunte cómo nos ha ido, y que nos mire llenándonos de verdad y de ternura. Qué tengáis unas buenas vacaciones. Hasta siempre.
  • Lo imprescindible

    (Marcos 6, 7-13) “UN BASTÓN y nada más”, esta es lo que le recomienda llevar Jesús a sus discípulos cuando los manda de dos en dos a extender la buena noticia de que Dios es Padre y quiere que todos vivamos como hermanos. “Un bastón y nada más”, ni dinero en la faja, ni una túnica de repuesto. Sólo lo que facilite la misión; no les hace falta nada más. Tenían que tener claro lo que para ellos era importante, lo que iba a definir su vida, y, así, de manera práctica, les enseña a renunciar a todo lo que pesa y estorba.

    Muchas veces, en nosotros, pesan y estorban muchas cosas que no son siquiera malas, pero que nos desvían y nos entretienen del sentido fundamental que hemos descubierto en nuestra vida, de la llamada y de la vida que Jesucristo tiene para nosotros.

     

    ¿Estarías dispuesto a renunciar a tu ropa de moda, a tus CDs, a tus viajes y hasta a tu casa por el amor que llena tu vida? ¿Qué es lo que te hace feliz de verdad? ¿Por quién estarías dispuesto a renunciar a todo? No es romanticismo trasnochado. No es idealismo que ya no está de moda. Es la ley fundamental de la vida personal. Sólo cuando una persona ha descubierto cuál es el sentido verdadero de su vida, la llamada que Dios le hace, y está dispuesta a renunciar a lo que estorbe por vivir plenamente, entonces es cuando puede ser feliz.
    Vivimos muchas veces divididos y escindidos. ¿Qué es lo que da sentido a tu vida? ¿Merece la pena que le entregues todo lo que eres y tienes? ¿Cómo lo vas mostrando día a día?

    Sorprendentemente, todo comenzará a tener una nueva luz. Todo tendrá un norte, un centro, un fin, un principio. Podrás vivir agradecido y podrás sentir que no mereces tanta vida como Dios te ha regalado.

  • La lógica de la semilla

    (Marcos 6,1-6)  El evangelio, como la vida o la persona, se rige por una lógica distinta a la de los negocios, a la de nuestros proyectos humanos. Estudiamos para a los 6 ó 7 años tener un trabajo y un salario que nos satisfaga. Compramos un coche, y lo vamos pagando poco a poco durante 6 ó 8 años, para que nos sirva al menos por el tiempo que lo estamos liquidando. Hacemos una inversión y queremos que en un plazo razonable de tiempo nos dé rendimiento. Es normal, hay dimensiones en la vida que se mueven en esa lógica.

    Pero otras cosas no tienen esa lógica: una pareja tiene un hijo e invierte a fondo perdido en él sin esperar, al principio más que esté sano, después que sonría, y por último que sea feliz en su vida. La lógica de la vida no es mercantilista, no da tasado para recibir incrementado en un plazo concreto de tiempo. La lógica de la vida es dar a fondo perdido, como nos dieron a nosotros en su momento, como nos lo entregaron todo sin esperar nada. La lógica del evangelio es así.

    Quien busca que los valores del evangelio echen raíces en la vida, quien busca que la fe personal en Jesucristo sea fundamento de la vida de las personas, no proyecta, se entrega. Ya sé que siempre es necesario ver alguna luz para que nuestra pobre esperanza se anime. Pero no te confundas, la lógica del evangelio no lleva cuentas de lo invertido, ni del tiempo, de las energías, ni del dinero. La lógica del evangelio es la de la semilla, que se mete en la tierra para, cuando llegue el momento oportuno, dar fruto; el treinta, el sesenta o el ciento por uno. Lo importante es que nuestra semilla sea,verdaderamente, semilla de evangelio.