Categoría: El evangelio del domingo

  • Ser testigo

    (Juan 18, 33-37) A veces no es fácil ser testigo. En una situación de miedo o de presión social, todo el mundo se convierte en ciego y en mudo; nadie quiere ver nada, nadie quiere saber nada. No es extraño; hay verdades que si se dicen alto y claro reclaman un profundo cambio de las personas y las situaciones encartadas; y no siempre es fácil decir la verdad.

    Un testigo en contra es más incómodo que el adversario con el que nos enfrentamos. El testigo, sin intereses de por medio, dice lo que ha visto y reclama, aun sin decirlo, la verdadera justicia. Por eso en nuestro pueblo, y en todos, a quien levanta la voz denunciando situaciones injustas se le intenta adjudicar oscuros intereses partidarios para invalidar su testimonio. Nada nuevo, ¿verdad?

    En el evangelio de esta semana Jesús afronta su muerte delante de Pilatos, el gobernante que personifica la primacía de los propios intereses ante la justicia y al bien común. Jesús es una persona, Pilatos una máscara detrás de la que se refugia un pobre hombre. El propio Pilatos reconoce a Jesucristo como “Ecce Homo” (He aquí la Persona), y así lo presenta al pueblo. Pero ante sus intereses, ninguna verdad es lo bastante evidente. Su cobardía va a dar la oportunidad a Jesús de mostrar, hasta el extremo, la humanidad que traía, a sembrar su misma vida en la historia y a regarla con su propia sangre.

    La disyuntiva existencial es clara: o tras Jesús, con tus fallos y debilidades, o lavarte las manos con Pilatos, una y otra vez sin que nunca estén límpias.

  • Ser testigo

    (Juan 18, 33-37) A veces no es fácil ser testigo. En una situación de miedo o de presión social, todo el mundo se convierte en ciego y en mudo; nadie quiere ver nada, nadie quiere saber nada. No es extraño; hay verdades que si se dicen alto y claro reclaman un profundo cambio de las personas y las situaciones encartadas; y no siempre es fácil decir la verdad.

    Un testigo en contra es más incómodo que el adversario con el que nos enfrentamos. El testigo, sin intereses de por medio, dice lo que ha visto y reclama, aun sin decirlo, la verdadera justicia. Por eso en nuestro pueblo, y en todos, a quien levanta la voz denunciando situaciones injustas se le intenta adjudicar oscuros intereses partidarios para invalidar su testimonio. Nada nuevo, ¿verdad?

    En el evangelio de esta semana Jesús afronta su muerte delante de Pilatos, el gobernante que personifica la primacía de los propios intereses ante la justicia y al bien común. Jesús es una persona, Pilatos una máscara detrás de la que se refugia un pobre hombre. El propio Pilatos reconoce a Jesucristo como “Ecce Homo” (He aquí la Persona), y así lo presenta al pueblo. Pero ante sus intereses, ninguna verdad es lo bastante evidente. Su cobardía va a dar la oportunidad a Jesús de mostrar, hasta el extremo, la humanidad que traía, a sembrar su misma vida en la historia y a regarla con su propia sangre.

    La disyuntiva existencial es clara: o tras Jesús, con tus fallos y debilidades, o lavarte las manos con Pilatos, una y otra vez sin que nunca estén límpias.

  • Mi palabra no pasará

    (Marcos 13, 24-32) Conforme la vida nos curte con años, vamos reconociendo lo limitados y débiles que somos. Por eso, si escucháramos a alguien decir: “Mi palabra no pasará”, pensaríamos que es un adolescente en fase de afirmación personal absoluta o que está loco.

    No sabemos a ciencia cierta si Jesús dijo estas mismas palabras, para qué engañarnos; pero todavía es más increíble que sus discípulos, lejos de la euforia de un encuentro impactante, sin la disculpa de la inmadurez de los pocos años, en una dinámica de reflexión comunitaria lenta y progresiva, la pusieran en sus labios. ¿Cómo experimentaron la presencia de Cristo en sus vidas para que se dijeran: “Pasará el imperio de Roma como pasó el de Alejandro Magno. Pero sus palabras no pasarán”?

    Y es que hay palabras que no deben y no pueden pasar; hay palabras que estamos seguros, desde la fe en un Dios Padre, que no van a pasar.

    Cuando estás abrumado por la vida y sus problemas y escuchas dentro, muy dentro: “Ven bendito de tu Padre a descansar en mi regazo de tantas circunstancias difíciles…” Esas palabras ni han pasado ni pasarán. Cuando ves de cerca el rostro de la injusticia y el sufrimiento del inocente y escuchas casi a flor de piel:

    “Bienaventurados los pobres porque para ellos va a reinar Dios en el mundo”. Esas palabras ni han pasado ni pasarán. Escoge tú, ahora, dos palabras de Cristo que ni han pasado ni van a pasar en tu vida, porque gracias a ellas puedes seguir viviendo en la humildad y en la verdad de saberte débil, pero de saberte también hijo.
    Rvdo. José Joaquín Castellón.

  • Mi palabra no pasará

    (Marcos 13, 24-32) Conforme la vida nos curte con años, vamos reconociendo lo limitados y débiles que somos. Por eso, si escucháramos a alguien decir: “Mi palabra no pasará”, pensaríamos que es un adolescente en fase de afirmación personal absoluta o que está loco.

    No sabemos a ciencia cierta si Jesús dijo estas mismas palabras, para qué engañarnos; pero todavía es más increíble que sus discípulos, lejos de la euforia de un encuentro impactante, sin la disculpa de la inmadurez de los pocos años, en una dinámica de reflexión comunitaria lenta y progresiva, la pusieran en sus labios. ¿Cómo experimentaron la presencia de Cristo en sus vidas para que se dijeran: “Pasará el imperio de Roma como pasó el de Alejandro Magno. Pero sus palabras no pasarán”?

    Y es que hay palabras que no deben y no pueden pasar; hay palabras que estamos seguros, desde la fe en un Dios Padre, que no van a pasar.

    Cuando estás abrumado por la vida y sus problemas y escuchas dentro, muy dentro: “Ven bendito de tu Padre a descansar en mi regazo de tantas circunstancias difíciles…” Esas palabras ni han pasado ni pasarán. Cuando ves de cerca el rostro de la injusticia y el sufrimiento del inocente y escuchas casi a flor de piel:

    “Bienaventurados los pobres porque para ellos va a reinar Dios en el mundo”. Esas palabras ni han pasado ni pasarán. Escoge tú, ahora, dos palabras de Cristo que ni han pasado ni van a pasar en tu vida, porque gracias a ellas puedes seguir viviendo en la humildad y en la verdad de saberte débil, pero de saberte también hijo.
    Rvdo. José Joaquín Castellón.

  • Mi palabra no pasará

    (Marcos 13, 24-32) Conforme la vida nos curte con años, vamos reconociendo lo limitados y débiles que somos. Por eso, si escucháramos a alguien decir: “Mi palabra no pasará”, pensaríamos que es un adolescente en fase de afirmación personal absoluta o que está loco.

    No sabemos a ciencia cierta si Jesús dijo estas mismas palabras, para qué engañarnos; pero todavía es más increíble que sus discípulos, lejos de la euforia de un encuentro impactante, sin la disculpa de la inmadurez de los pocos años, en una dinámica de reflexión comunitaria lenta y progresiva, la pusieran en sus labios. ¿Cómo experimentaron la presencia de Cristo en sus vidas para que se dijeran: “Pasará el imperio de Roma como pasó el de Alejandro Magno. Pero sus palabras no pasarán”?

    Y es que hay palabras que no deben y no pueden pasar; hay palabras que estamos seguros, desde la fe en un Dios Padre, que no van a pasar.

    Cuando estás abrumado por la vida y sus problemas y escuchas dentro, muy dentro: “Ven bendito de tu Padre a descansar en mi regazo de tantas circunstancias difíciles…” Esas palabras ni han pasado ni pasarán. Cuando ves de cerca el rostro de la injusticia y el sufrimiento del inocente y escuchas casi a flor de piel:

    “Bienaventurados los pobres porque para ellos va a reinar Dios en el mundo”. Esas palabras ni han pasado ni pasarán. Escoge tú, ahora, dos palabras de Cristo que ni han pasado ni van a pasar en tu vida, porque gracias a ellas puedes seguir viviendo en la humildad y en la verdad de saberte débil, pero de saberte también hijo.
    Rvdo. José Joaquín Castellón.

  • El Buen Educador

    (Marcos 12, 38-44) A JESÚS se le han dado muchos títulos: buen pastor, hijo del altísimo, mesías salvador. Pero pocas veces se le da el título de buen educador, cuando su quehacer más cotidiano durante una buena parte de su vida pública fue la de educar a sus discípulos en la dinámica del Reino.

    En el evangelio de esta semana Jesús les enseña a mirar y a valorar. Y es que los valores dirigen la mirada, pero, a la vez, la mirada descubre lo que tiene valor. Les señala Jesús algo que todos han visto, pero que no han reparado en pensar. Cómo hay gentes que se mueren por parecer grandes y buenos delante de los demás; gente que pierden la vida en querer ser los primeros en una cola que no lleva a ninguna parte; gente que pone el norte de su vida en lo que les quita la alegría: en el qué dirán. Jesús le enseña a valorar, y a valorarse: ¿a qué estáis dando valor en vuestra vida?, ¿qué es lo que os mueve de verdad por dentro?

    A sus discípulos les señala un acontecimiento pequeño que revela la verdad de la vida: una mujer que echaba unas monedas en el cepillo del Templo; unas monedas que eran todo lo que tenía. Les muestra a una persona que le entrega a Dios todo lo que tiene, y que en esa entrega respira la paz de saberse acogida. ¿Hay algo que valga más?

  • El Buen Educador

    (Marcos 12, 38-44) A JESÚS se le han dado muchos títulos: buen pastor, hijo del altísimo, mesías salvador. Pero pocas veces se le da el título de buen educador, cuando su quehacer más cotidiano durante una buena parte de su vida pública fue la de educar a sus discípulos en la dinámica del Reino.

    En el evangelio de esta semana Jesús les enseña a mirar y a valorar. Y es que los valores dirigen la mirada, pero, a la vez, la mirada descubre lo que tiene valor. Les señala Jesús algo que todos han visto, pero que no han reparado en pensar. Cómo hay gentes que se mueren por parecer grandes y buenos delante de los demás; gente que pierden la vida en querer ser los primeros en una cola que no lleva a ninguna parte; gente que pone el norte de su vida en lo que les quita la alegría: en el qué dirán. Jesús le enseña a valorar, y a valorarse: ¿a qué estáis dando valor en vuestra vida?, ¿qué es lo que os mueve de verdad por dentro?

    A sus discípulos les señala un acontecimiento pequeño que revela la verdad de la vida: una mujer que echaba unas monedas en el cepillo del Templo; unas monedas que eran todo lo que tenía. Les muestra a una persona que le entrega a Dios todo lo que tiene, y que en esa entrega respira la paz de saberse acogida. ¿Hay algo que valga más?

  • El Buen Educador

    (Marcos 12, 38-44) A JESÚS se le han dado muchos títulos: buen pastor, hijo del altísimo, mesías salvador. Pero pocas veces se le da el título de buen educador, cuando su quehacer más cotidiano durante una buena parte de su vida pública fue la de educar a sus discípulos en la dinámica del Reino.

    En el evangelio de esta semana Jesús les enseña a mirar y a valorar. Y es que los valores dirigen la mirada, pero, a la vez, la mirada descubre lo que tiene valor. Les señala Jesús algo que todos han visto, pero que no han reparado en pensar. Cómo hay gentes que se mueren por parecer grandes y buenos delante de los demás; gente que pierden la vida en querer ser los primeros en una cola que no lleva a ninguna parte; gente que pone el norte de su vida en lo que les quita la alegría: en el qué dirán. Jesús le enseña a valorar, y a valorarse: ¿a qué estáis dando valor en vuestra vida?, ¿qué es lo que os mueve de verdad por dentro?

    A sus discípulos les señala un acontecimiento pequeño que revela la verdad de la vida: una mujer que echaba unas monedas en el cepillo del Templo; unas monedas que eran todo lo que tenía. Les muestra a una persona que le entrega a Dios todo lo que tiene, y que en esa entrega respira la paz de saberse acogida. ¿Hay algo que valga más?

  • El Buen Educador

    (Marcos 12, 38-44) A JESÚS se le han dado muchos títulos: buen pastor, hijo del altísimo, mesías salvador. Pero pocas veces se le da el título de buen educador, cuando su quehacer más cotidiano durante una buena parte de su vida pública fue la de educar a sus discípulos en la dinámica del Reino.

    En el evangelio de esta semana Jesús les enseña a mirar y a valorar. Y es que los valores dirigen la mirada, pero, a la vez, la mirada descubre lo que tiene valor. Les señala Jesús algo que todos han visto, pero que no han reparado en pensar. Cómo hay gentes que se mueren por parecer grandes y buenos delante de los demás; gente que pierden la vida en querer ser los primeros en una cola que no lleva a ninguna parte; gente que pone el norte de su vida en lo que les quita la alegría: en el qué dirán. Jesús le enseña a valorar, y a valorarse: ¿a qué estáis dando valor en vuestra vida?, ¿qué es lo que os mueve de verdad por dentro?

    A sus discípulos les señala un acontecimiento pequeño que revela la verdad de la vida: una mujer que echaba unas monedas en el cepillo del Templo; unas monedas que eran todo lo que tenía. Les muestra a una persona que le entrega a Dios todo lo que tiene, y que en esa entrega respira la paz de saberse acogida. ¿Hay algo que valga más?

  • No es suficiente

    (Mc. 12, 28-34) Me cuentan que han enterrado en Tanger la vida de criaturas que venían a la Europa rica a ganarse el pan. Ni la tradición cristiana de nuestro pueblo, ni el progresismo de nuestro gobierno fueron suficientes para evitar su muerte. Se esperaba una orden para ver dónde se depositaban lo que iban siendo cada vez más cadáveres.

    No es suficiente amar a Dios y ser religioso. Los hombres religiosos, manipulando el nombre de Dios, lo ponemos al servicio de nuestro poder, de nuestro dinero, de la propia vanagloria. Hay que amar a Dios sobre todas las cosas. No es suficiente con amar al prójimo. Medimos el amor, tantas veces, con la vara de nuestra cobardía; y justificamos hasta el asesinato por negligencia. Hay que amar al prójimo portándonos con él como querríamos que se portaran con nosotros.

    Para vivir en paz –nada más y nada menos–, no te bastará con amar a Dios olvidándote de las personas a quien Él ha creado. De nada servirá, tampoco, que quieras amar a la humanidad sin la fuerza espiritual necesaria para realizarlo.  Para amar a los hombres, encuentra en Dios el manantial fresco donde saciarte de vida; y poder continuar el camino sembrando la bondad que eres en cada gesto, de ayuda o de rabia. Enterrar a los muertos es un gesto de misericordia, enterrar vida es una infamia.