Categoría: El evangelio del domingo

  • Siendo humanos

    SIENDO BARRO el barro, con él se construyeron hace siglos torres, que obligan, todavía, a levantar la vista. ¿Quién puede negar su propia debilidad? ¿Quién puede negar que el paso de los años y el tiempo nos hacen más humildes y realistas?

    ¿Quién puede resistirse a la evidencia de que nuestro corazón de hombres y mujeres es frágil y quebradizo? El orgullo y el fracaso, la intolerancia y nuestras obsesiones circulares y recurrentes… Día a día nos vemos encarados con nuestros pecados, con nuestra fragilidad.

    Pero, también día a día, nos vemos fortalecidos en un amor que nos desborda y sorprende. Dios es amigo de la vida. También de la tuya, de tu libertad y tu felicidad. Dios es amigo de dar las fuerzas necesarias para que cumplamos nuestros buenos deseos. Dios nos entregó a su Hijo para que Él fuera nuestra gloria, y nosotros fuéramos gloria para Él. Ninguna de las oscuridades que de vez en cuando se apoderan de ti es más fuerte que su amor y su entrega. ¿Quién no encontrará amor en la fuente misma de la vida? ¿Si la Vida espera en nuestra puerta a que salgamos, quién no encontrará vida con sólo salir a buscarla?

    Los ladrillos son sólo barro, y como nosotros debilidad, pero el calor, el fuego y la fuerza de apoyarse unos en otros los hace edificar construcciones que admiran durante siglos.

    Mira cerca de ti y verás corazones que, siendo frágiles, merecen admiración por los siglos de los siglos. Tal vez el tuyo también.

     

  • Siendo humanos

    SIENDO BARRO el barro, con él se construyeron hace siglos torres, que obligan, todavía, a levantar la vista. ¿Quién puede negar su propia debilidad? ¿Quién puede negar que el paso de los años y el tiempo nos hacen más humildes y realistas?

    ¿Quién puede resistirse a la evidencia de que nuestro corazón de hombres y mujeres es frágil y quebradizo? El orgullo y el fracaso, la intolerancia y nuestras obsesiones circulares y recurrentes… Día a día nos vemos encarados con nuestros pecados, con nuestra fragilidad.

    Pero, también día a día, nos vemos fortalecidos en un amor que nos desborda y sorprende. Dios es amigo de la vida. También de la tuya, de tu libertad y tu felicidad. Dios es amigo de dar las fuerzas necesarias para que cumplamos nuestros buenos deseos. Dios nos entregó a su Hijo para que Él fuera nuestra gloria, y nosotros fuéramos gloria para Él. Ninguna de las oscuridades que de vez en cuando se apoderan de ti es más fuerte que su amor y su entrega. ¿Quién no encontrará amor en la fuente misma de la vida? ¿Si la Vida espera en nuestra puerta a que salgamos, quién no encontrará vida con sólo salir a buscarla?

    Los ladrillos son sólo barro, y como nosotros debilidad, pero el calor, el fuego y la fuerza de apoyarse unos en otros los hace edificar construcciones que admiran durante siglos.

    Mira cerca de ti y verás corazones que, siendo frágiles, merecen admiración por los siglos de los siglos. Tal vez el tuyo también.

     

  • Siempre

    (Lucas 18,1-8) 6.45: SEÑOR, gracias por este nuevo día; por los matices violetas y celestes del cielo; gracias porque vamos todos adelante.
    7.55: ¿Qué trabajo le costará saludar con un poco de agrado? (…) No juzgues, ¿quién sabe lo que lleva encima?; además, el mal humor tú lo miras un momento, pero él, la criatura, lo lleva encima.

    12.30: ¡Con lo cansado que estoy y lo que me falta! Y me gusta lo que hago, y sé que a muchos les hago falta. Pero a veces parece que las ruedas del carro chirrían… Mirarte a Ti y el mundo es otro.  

    14.30: Una simple fruta es símbolo de tu amor, y del trabajo de todos los hombres. ¿Quién sembraría el manzano?, ¿quién lo regó?, ¿quién recogió esta fruta?… ¿Quién nos dio la vida para trabajarla y para comerla con tanto gusto?

    20.00: Es verdad lo que dice Esperanza, si no nos ponemos en marcha nada va a cambiar. Tú nos ayudas, pero también nos llamas a que hagamos de esta tierra algo más parecido a tu reino.

    23.15: Un beso al pequeño, a la mayor, al abuelo, mirar de soslayo la foto de mamá… Es verdad que el amor es la vida, ¿cómo podemos decir que es un precepto? –las cosas de antes.

    23.30: ¡Cuánto orgullo hay en mí; cuánto amor propio del malo! Menos mal que Tu mirada, en la noche, me reconcilia y me reconforta. Dame tu paz, Señor.

  • Siempre

    (Lucas 18,1-8) 6.45: SEÑOR, gracias por este nuevo día; por los matices violetas y celestes del cielo; gracias porque vamos todos adelante.
    7.55: ¿Qué trabajo le costará saludar con un poco de agrado? (…) No juzgues, ¿quién sabe lo que lleva encima?; además, el mal humor tú lo miras un momento, pero él, la criatura, lo lleva encima.

    12.30: ¡Con lo cansado que estoy y lo que me falta! Y me gusta lo que hago, y sé que a muchos les hago falta. Pero a veces parece que las ruedas del carro chirrían… Mirarte a Ti y el mundo es otro.  

    14.30: Una simple fruta es símbolo de tu amor, y del trabajo de todos los hombres. ¿Quién sembraría el manzano?, ¿quién lo regó?, ¿quién recogió esta fruta?… ¿Quién nos dio la vida para trabajarla y para comerla con tanto gusto?

    20.00: Es verdad lo que dice Esperanza, si no nos ponemos en marcha nada va a cambiar. Tú nos ayudas, pero también nos llamas a que hagamos de esta tierra algo más parecido a tu reino.

    23.15: Un beso al pequeño, a la mayor, al abuelo, mirar de soslayo la foto de mamá… Es verdad que el amor es la vida, ¿cómo podemos decir que es un precepto? –las cosas de antes.

    23.30: ¡Cuánto orgullo hay en mí; cuánto amor propio del malo! Menos mal que Tu mirada, en la noche, me reconcilia y me reconforta. Dame tu paz, Señor.

  • A contraluz

    (Lucas 17, 11-19) Las dificultades y los problemas de nuestra vida a veces se resuelven, y a veces no. Hay sombras que parecen poner en duda la existencia de la luz. Hay situaciones que vivimos tan terribles y absurdas que parecen poner en duda que nuestra vida pueda tener algún sentido.

    Pero las sombras sólo manifiestan la  relativa carencia, momentánea y pasajera, de la luz que las hace posible. Sin luz no hay sombras. Sólo queda la Nada más asfixiante, ante la que ni pronunciar palabra tiene sentido.

    Si no creyéramos en un Horizonte de bondad y de plenitud (al que llamamos Padre porque sólo una persona puede ser la plenitud verdadera de otra)…, si no creyéramos en Dios como Padre el acontecimiento más terrible que podamos imaginar tendría el mismo valor que el imperceptible evaporarse del agua de un vaso olvidado en la cocina. Sin horizonte de sentido, no tiene sentido hablar de absurdo. Sin un Padre de Bondad nadie hay que escuche nuestras quejas y lamentos.

    Desde la fe toda sombra adquiere un sentido profundo que la redime y la hace, no sólo soportable, sino, fuente de vida. Un hombre encarcelado por sus creencias, los sufrimientos de una terrible enfermedad, la falta de agradecimiento de la mayoría…, todo adquiere un sentido nuevo.

    No te desesperes a causa de las sombras de tu vida; haz memoria continua y agradecida de Jesucristo, que resucitado de entre los muertos vive enteramente para darnos vida.

     

  • La fe de un niño

    (Lucas 17,5-10) SI TUVIERAIS fe como un granito de mostaza, diríais a esa higuera: Arráncate de raíz y plántate en el mar; y os obedecería”—así responde Jesús a sus discípulos cuando estos le piden que les aumente la fe. No gusta a Jesús ser condescendiente, responder con verdades edulcoradas, tratar a los demás como personas inmaduras.

     

    “No me digáis auméntanos la fe, porque no tenéis ninguna”, parece decirles –decirnos. Pedir tener más fe es un contrasentido porque la fe te despoja de seguridades, de proyectos y de máscaras. “Soy esto, soy lo otro; tengo esto o lo de más allá”, cuánto necesitamos defendernos de la mirada del otro con títulos y nombres.

    Pero no dejéis la lectura sin haceros una pregunta: ¿qué experiencia de fe tendría Jesucristo para hacer esta afirmación tan tajante y radical? Él cambió el corazón de algunas personas, pero de otras no; hizo que unos cuantos trabajadores lo siguieran y lo admiraran, pero pocos más; tuvo el cariño de unas cuantas personas pobres a los que le ofreció el camino de una nueva vida, pero no curó a todos los enfermos de Israel. ¿A qué se referirá Jesucristo con esto de la higuera –planta de raíces tan profundas que es la más difícil de erradicar? ¿Qué experiencia suya, personal, nos quiere transmitir con esta metáfora? (…) Y para nosotros: ¿Cuál es la higuera que está levantando los cimientos de nuestra propia casa?
    Llamó el miedo a la puerta; abrió la fe, y ya no había nadie.

  • La jugada de la vida

    (Lucas 15,1-32) La vida nos la jugamos en el día a día. Ni el pasado ya es, ni el futuro ha llegado. Es en el presente donde hemos de sacarle todo el partido a nuestra historia, todas las posibilidades a lo que nos han entregado y hemos amasado. Es en el presente donde hemos de vivir con el rostro alzado hacia un horizonte que nos reta a vivir «de paso» y a sentir cada paso que nos hace avanzar.

    Tu horizonte no son los tres euros que hoy te quitan el sueño; ni la discusión que ayer tuviste con el mismo de siempre; ni el desplante altanero que soportan los que de verdad te quieren. Tu horizonte es más grande y más cercano. Es ser padre o madre, y dar vida, y dar la vida. Tu horizonte es ser hijo de un Dios que siempre te mira con ojos de misericordia. Tu horizonte es ser fecundo, y vivir tu verdad sin mirar de reojo lo que dicen los demás (eso que llamamos humildad). Tu horizonte es vivir como discípulo de un solo Maestro, como hijo del Padre de todos.

    Acoge en el día a día ese horizonte que ves tan claro cuando alzas la cabeza. Que no te esclavicen ni las cuatro «perras», ni los cuatro «aperreos» de costumbre. Mira que por no alzar la vista, muchos se perdieron (ser padre o madre de verdad, ser hijo acogido en misericordia, ser sacerdote según el evangelio, ser hermano de manos tendidas).

    Todo esto Jesús lo dice más claro y rotundo: «No puedes servir a Dios y al dinero».

     

  • La verdad mayor

    (Lucas 15,1-32) La mayor verdad de tu vida no son tus virtudes, ni tus capacidades. Tampoco son tus errores y dificultades que a veces te avergüenzan. La mayor verdad de tu vida no es la imagen que te devuelve el espejo. La mayor verdad de tu vida es que Dios te quiere. Repítela para que no se te olvide nunca: El Señor me quiere. Podemos decirla, así, en impersonal: El Señor me quiere; pero es menos verdad que si a él mismo se la decimos: Tú, Señor, me quieres. Y estas verdades quedan palidecidas si escuchamos del mismo Dios en la quietud de nuestro corazón: Yo te quiero a ti.

    El corazón siempre es adolescente y busca, naturalmente, el amor. Siempre seremos desvalidos y débiles como niños de pecho que necesitan arropo y cuidados. Siempre necesitaremos, como una oveja que se extravió, escuchar la voz del pastor cuando la encuentra, que se alegra al verla, que la recrimina suavemente; experimentar que nos agarran, que nos levantan y que avanzamos sin caminar.

    Te preguntarás cómo escuchar esa declaración definitiva del Padre. Jesús nos mostró el camino. Buscando amar de verdad a todos, especialmente a los que más sufrían, lo enredaron entre zarzas y espinas, le hicieron compartir el sufrimiento de quienes él buscaba liberar. Lo convirtieron en cordero degollado. Pero consiguió abrirnos el camino de la vida y acompañarnos siempre.

    ¿Te merece la pena acercarte a quien sufre, sabiendo que vas a compartir sus dificultades, para escuchar sólo esas 5 palabras?

     

  • Al servicio del más débil

    LA AYUDA al necesitado es una constante en todas las corrientes religiosas del mundo. Tanto las religiones orientales como las de occidente tienen como una dimensión propia la preocupación por los débiles. Es lógico; cuando se descubre que la propia voluntad no tiene la última palabra, sino que forma parte de un proyecto de bondad mucho más grande y hermoso de lo que puede imaginar, se siente invitado a colaborar con la bondad y la armonía del mundo.

    Jesucristo hizo de la atención al más débil, al enfermo, de la defensa al perseguido, un elemento radical de su propia vida. Cuando los cristianos lo hemos olvidado, hemos traicionado nuestra fe.

    Quien considera que su voluntad no tiene que justificarse ante nada y ante nadie, se ve tentado de considerarse dueño de todo lo que tiene en sus manos. Los dictadores de todos los tiempos han hecho de su voluntad ley, sin detenerse ante ninguna razón, ni ante realidad alguna, por evidente que fuera.

    En nuestra cultura, orgullosa y autosuficiente, hemos caído en la tentación de creer que nuestra voluntad subjetiva y nuestra decisión propia, sin justificación de ningún tipo, pueden decidir qué persona tiene derecho a vivir y qué persona no.

    Todo aborto es fruto de una situación inhumana, a veces muy complicada de enjuiciar. Pero una ley por la que la vida de un ser humano depende de la voluntad arbitraria de otro, es signo de una sociedad donde el totalitarismo del más fuerte ha sustituido a la solidaridad con el débil como signo de libertad humana.

     

  • “Paz a esta casa”

    (Lucas 10, 1-20) No era una estrategia, sino el resumen de lo que aquellos pescadores y obreros sencillos, convertidos en predicadores ambulantes, tenían que mostrarles a todos sus vecinos.

     

    “Paz a esta casa”—es el saludo con el que Jesús recomienda a sus primeros discípulos que comiencen todas las conversaciones en las que van a ir anunciando el Reino de Dios.

    Jesús no entendía el Reino como algo para los muy santos, ni los muy escogidos, ni los muy esforzados. Todos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, cumplidores y menos cumplidores de la ley judía estaban convocados a vivir de una forma nueva: la mirada confiada y viviendo el presente, el gesto apacible y sereno como quien está a gusto consigo mismo y con su vida, la voz alegre de agraciado, la mano tendida de hermano, el corazón confiado de hijo.

    ¿Por qué no íbamos todos a poder vivir la gracia y la paz que el Padre nos desea? En nuestra cultura se han perdido los saludos. Se redujo el “vaya usted con Dios”, y se quedó en un incomprensible “adiós”.

    En los muchachos jóvenes se reduce a un “eh!”, o incluso a un leve movimiento de cejas, como si se fingiera una sorpresa no sentida.

    Los saludos son importantes, sobre todo cuando ya se hacen rutinarios, cuando no necesitamos pensarlos para ser educados y corteses, para transmitirle al otro que cuenta con nuestro aprecio y respeto, que le deseamos que la paz del Padre, que sabemos que es amado por el Hijo.

    En las misas sí que se saluda bien: “Que el Señor esté con vosotros”; “Y con tu espíritu”—se responde… Pues quedaos, toda esta semana, con la paz de Dios (dicho sin rutinas, de corazón).