Categoría: El evangelio del domingo

  • Leyes o Evangelio

    ¿Y ESE tal Jesús es como los fariseos que siempre te están recordando lo que no haces bien y que debes cumplir todos los mandamientos? Uno de esos maestros de la ley que van de condena en condena…

    – Pues la verdad es que no. Jesús nunca hace sentir a nadie que es indigno de su amistad. Al contrario, quien más pecador es considerado por los demás, más cuenta con su comprensión y su cercanía.

    -Total que va de moderno. ¿No? Uno de los que para contar con la aceptación de la gente calla los mandamientos de Dios y deja que se condenen sin ni siquiera saberlo.

    – Contigo no se acierta nunca. ¿Verdad? Si hace una cosa: malo; y si hace la contraria, peor. Pues ni una cosa, ni la otra.

    – Es verdad que de los maestros de la ley no me fío nada. Me hablan tan mal de ellos…

    – Y si no lo conoces, ¿porqué lo juzgas y lo condenas? Lo de Jesús es distinto. El no pone leyes, su testimonio es lo que más te compromete a cambiar de vida y a respetar de verdad a las personas que te rodean. Su forma de hablar te convence de que tienes que tratar a todos como hermanos, que cada persona está hecha, en verdad, a imagen de Dios.

    – ¿Y cada uno puede hacer lo que le dé la gana con la ley del sábado, con las oraciones, con los ayunos, son todos los preceptos de la religión?

    – Él nos dice que la ley está hecha para la persona, no la persona para la ley. Pero seguirlo a Él, vivir siguiendo su testimonio es muy exigente. No porque Él te exija nada. Viviendo con Él tú sabes que no puedes servir a Dios y al dinero, que ninguna tradición está por encima del mandamiento del amor, que no puedes permanecer indiferente ante la injusticia. Siguiéndolo a Él, sin darte cuenta, cambias.

  • Fe y seguimiento

    “EN EL evangelio está claro, de nada vale decir: “Señor, Señor”, si no nos llenamos del Espíritu de Jesús y no vamos haciendo, en nuestras circunstancias y con nuestras limitaciones, lo que Él hizo. No hay fe verdadera sin seguimiento de la vida y la persona de Cristo.
    ¿De qué nos sirve ahora quejarnos de la crisis, cuando hemos estado callados años y años con los abusos y las injusticias que la han propiciado? ¿De qué sirve quejarnos de los políticos si nunca vamos a cambiar el sentido de nuestro voto y si no vamos a participar en nuestra sociedad para que vaya cambiando? ¿De qué sirve decir que queremos una sociedad más justa si no hacemos nada por construirla? ¿De qué sirven nuestras buenas intenciones si no se concretan nunca en ninguna lucha transformadora?
    Cuando subían de manera desorbitada los precios de las hipotecas, ¿cuántas manifestaciones se convocaron para protestar con la esclavitud a 40 años de tantos y tantos jóvenes? Quizás es que los de la construcción cobraban mucho más de lo que podían haber imaginado, y unos por otros callábamos. Cuando nos enterábamos que quien perteneciera al Partido se colocaba de inmediato, ¿quién levantó la voz, quién protestó?
    Quizás es que muchos teníamos la secreta esperanza de beneficiarnos de tanta “generosidad” –despilfarro fraudulento y delictivo– con el dinero público.
    Ser cristianos de “bodas, bautizos y comuniones”, o sólo de cultos y adoraciones, no es ser cristiano. Seguir a Cristo es querer estar con Él día a día, y construir entre todos, con justicia y prudencia, un mundo más digno.

    (Lucas 9,18-24) “EN EL evangelio está claro, de nada vale decir: “Señor, Señor”, si no nos llenamos del Espíritu de Jesús y no vamos haciendo, en nuestras circunstancias y con nuestras limitaciones, lo que Él hizo.

     

    No hay fe verdadera sin seguimiento de la vida y la persona de Cristo.¿De qué nos sirve ahora quejarnos de la crisis, cuando hemos estado callados años y años con los abusos y las injusticias que la han propiciado? ¿De qué sirve quejarnos de los políticos si nunca vamos a cambiar el sentido de nuestro voto y si no vamos a participar en nuestra sociedad para que vaya cambiando?

    ¿De qué sirve decir que queremos una sociedad más justa si no hacemos nada por construirla? ¿De qué sirven nuestras buenas intenciones si no se concretan nunca en ninguna lucha transformadora?

    Cuando subían de manera desorbitada los precios de las hipotecas, ¿cuántas manifestaciones se convocaron para protestar con la esclavitud a 40 años de tantos y tantos jóvenes? 

    Quizás es que los de la construcción cobraban mucho más de lo que podían haber imaginado, y unos por otros callábamos. Cuando nos enterábamos que quien perteneciera al Partido se colocaba de inmediato, ¿quién levantó la voz, quién protestó? Quizás es que muchos teníamos la secreta esperanza de beneficiarnos de tanta “generosidad” –despilfarro fraudulento y delictivo– con el dinero público.Ser cristianos de “bodas, bautizos y comuniones”, o sólo de cultos y adoraciones, no es ser cristiano. Seguir a Cristo es querer estar con Él día a día, y construir entre todos, con justicia y prudencia, un mundo más digno.

  • Fe y seguimiento

    “EN EL evangelio está claro, de nada vale decir: “Señor, Señor”, si no nos llenamos del Espíritu de Jesús y no vamos haciendo, en nuestras circunstancias y con nuestras limitaciones, lo que Él hizo. No hay fe verdadera sin seguimiento de la vida y la persona de Cristo.
    ¿De qué nos sirve ahora quejarnos de la crisis, cuando hemos estado callados años y años con los abusos y las injusticias que la han propiciado? ¿De qué sirve quejarnos de los políticos si nunca vamos a cambiar el sentido de nuestro voto y si no vamos a participar en nuestra sociedad para que vaya cambiando? ¿De qué sirve decir que queremos una sociedad más justa si no hacemos nada por construirla? ¿De qué sirven nuestras buenas intenciones si no se concretan nunca en ninguna lucha transformadora?
    Cuando subían de manera desorbitada los precios de las hipotecas, ¿cuántas manifestaciones se convocaron para protestar con la esclavitud a 40 años de tantos y tantos jóvenes? Quizás es que los de la construcción cobraban mucho más de lo que podían haber imaginado, y unos por otros callábamos. Cuando nos enterábamos que quien perteneciera al Partido se colocaba de inmediato, ¿quién levantó la voz, quién protestó?
    Quizás es que muchos teníamos la secreta esperanza de beneficiarnos de tanta “generosidad” –despilfarro fraudulento y delictivo– con el dinero público.
    Ser cristianos de “bodas, bautizos y comuniones”, o sólo de cultos y adoraciones, no es ser cristiano. Seguir a Cristo es querer estar con Él día a día, y construir entre todos, con justicia y prudencia, un mundo más digno.

    (Lucas 9,18-24) “EN EL evangelio está claro, de nada vale decir: “Señor, Señor”, si no nos llenamos del Espíritu de Jesús y no vamos haciendo, en nuestras circunstancias y con nuestras limitaciones, lo que Él hizo.

     

    No hay fe verdadera sin seguimiento de la vida y la persona de Cristo.¿De qué nos sirve ahora quejarnos de la crisis, cuando hemos estado callados años y años con los abusos y las injusticias que la han propiciado? ¿De qué sirve quejarnos de los políticos si nunca vamos a cambiar el sentido de nuestro voto y si no vamos a participar en nuestra sociedad para que vaya cambiando?

    ¿De qué sirve decir que queremos una sociedad más justa si no hacemos nada por construirla? ¿De qué sirven nuestras buenas intenciones si no se concretan nunca en ninguna lucha transformadora?

    Cuando subían de manera desorbitada los precios de las hipotecas, ¿cuántas manifestaciones se convocaron para protestar con la esclavitud a 40 años de tantos y tantos jóvenes? 

    Quizás es que los de la construcción cobraban mucho más de lo que podían haber imaginado, y unos por otros callábamos. Cuando nos enterábamos que quien perteneciera al Partido se colocaba de inmediato, ¿quién levantó la voz, quién protestó? Quizás es que muchos teníamos la secreta esperanza de beneficiarnos de tanta “generosidad” –despilfarro fraudulento y delictivo– con el dinero público.Ser cristianos de “bodas, bautizos y comuniones”, o sólo de cultos y adoraciones, no es ser cristiano. Seguir a Cristo es querer estar con Él día a día, y construir entre todos, con justicia y prudencia, un mundo más digno.

  • Fe y seguimiento

    “EN EL evangelio está claro, de nada vale decir: “Señor, Señor”, si no nos llenamos del Espíritu de Jesús y no vamos haciendo, en nuestras circunstancias y con nuestras limitaciones, lo que Él hizo. No hay fe verdadera sin seguimiento de la vida y la persona de Cristo.
    ¿De qué nos sirve ahora quejarnos de la crisis, cuando hemos estado callados años y años con los abusos y las injusticias que la han propiciado? ¿De qué sirve quejarnos de los políticos si nunca vamos a cambiar el sentido de nuestro voto y si no vamos a participar en nuestra sociedad para que vaya cambiando? ¿De qué sirve decir que queremos una sociedad más justa si no hacemos nada por construirla? ¿De qué sirven nuestras buenas intenciones si no se concretan nunca en ninguna lucha transformadora?
    Cuando subían de manera desorbitada los precios de las hipotecas, ¿cuántas manifestaciones se convocaron para protestar con la esclavitud a 40 años de tantos y tantos jóvenes? Quizás es que los de la construcción cobraban mucho más de lo que podían haber imaginado, y unos por otros callábamos. Cuando nos enterábamos que quien perteneciera al Partido se colocaba de inmediato, ¿quién levantó la voz, quién protestó?
    Quizás es que muchos teníamos la secreta esperanza de beneficiarnos de tanta “generosidad” –despilfarro fraudulento y delictivo– con el dinero público.
    Ser cristianos de “bodas, bautizos y comuniones”, o sólo de cultos y adoraciones, no es ser cristiano. Seguir a Cristo es querer estar con Él día a día, y construir entre todos, con justicia y prudencia, un mundo más digno.

    (Lucas 9,18-24) “EN EL evangelio está claro, de nada vale decir: “Señor, Señor”, si no nos llenamos del Espíritu de Jesús y no vamos haciendo, en nuestras circunstancias y con nuestras limitaciones, lo que Él hizo.

     

    No hay fe verdadera sin seguimiento de la vida y la persona de Cristo.¿De qué nos sirve ahora quejarnos de la crisis, cuando hemos estado callados años y años con los abusos y las injusticias que la han propiciado? ¿De qué sirve quejarnos de los políticos si nunca vamos a cambiar el sentido de nuestro voto y si no vamos a participar en nuestra sociedad para que vaya cambiando?

    ¿De qué sirve decir que queremos una sociedad más justa si no hacemos nada por construirla? ¿De qué sirven nuestras buenas intenciones si no se concretan nunca en ninguna lucha transformadora?

    Cuando subían de manera desorbitada los precios de las hipotecas, ¿cuántas manifestaciones se convocaron para protestar con la esclavitud a 40 años de tantos y tantos jóvenes? 

    Quizás es que los de la construcción cobraban mucho más de lo que podían haber imaginado, y unos por otros callábamos. Cuando nos enterábamos que quien perteneciera al Partido se colocaba de inmediato, ¿quién levantó la voz, quién protestó? Quizás es que muchos teníamos la secreta esperanza de beneficiarnos de tanta “generosidad” –despilfarro fraudulento y delictivo– con el dinero público.Ser cristianos de “bodas, bautizos y comuniones”, o sólo de cultos y adoraciones, no es ser cristiano. Seguir a Cristo es querer estar con Él día a día, y construir entre todos, con justicia y prudencia, un mundo más digno.

  • Fe y seguimiento

    “EN EL evangelio está claro, de nada vale decir: “Señor, Señor”, si no nos llenamos del Espíritu de Jesús y no vamos haciendo, en nuestras circunstancias y con nuestras limitaciones, lo que Él hizo. No hay fe verdadera sin seguimiento de la vida y la persona de Cristo.
    ¿De qué nos sirve ahora quejarnos de la crisis, cuando hemos estado callados años y años con los abusos y las injusticias que la han propiciado? ¿De qué sirve quejarnos de los políticos si nunca vamos a cambiar el sentido de nuestro voto y si no vamos a participar en nuestra sociedad para que vaya cambiando? ¿De qué sirve decir que queremos una sociedad más justa si no hacemos nada por construirla? ¿De qué sirven nuestras buenas intenciones si no se concretan nunca en ninguna lucha transformadora?
    Cuando subían de manera desorbitada los precios de las hipotecas, ¿cuántas manifestaciones se convocaron para protestar con la esclavitud a 40 años de tantos y tantos jóvenes? Quizás es que los de la construcción cobraban mucho más de lo que podían haber imaginado, y unos por otros callábamos. Cuando nos enterábamos que quien perteneciera al Partido se colocaba de inmediato, ¿quién levantó la voz, quién protestó?
    Quizás es que muchos teníamos la secreta esperanza de beneficiarnos de tanta “generosidad” –despilfarro fraudulento y delictivo– con el dinero público.
    Ser cristianos de “bodas, bautizos y comuniones”, o sólo de cultos y adoraciones, no es ser cristiano. Seguir a Cristo es querer estar con Él día a día, y construir entre todos, con justicia y prudencia, un mundo más digno.

    (Lucas 9,18-24) “EN EL evangelio está claro, de nada vale decir: “Señor, Señor”, si no nos llenamos del Espíritu de Jesús y no vamos haciendo, en nuestras circunstancias y con nuestras limitaciones, lo que Él hizo.

     

    No hay fe verdadera sin seguimiento de la vida y la persona de Cristo.¿De qué nos sirve ahora quejarnos de la crisis, cuando hemos estado callados años y años con los abusos y las injusticias que la han propiciado? ¿De qué sirve quejarnos de los políticos si nunca vamos a cambiar el sentido de nuestro voto y si no vamos a participar en nuestra sociedad para que vaya cambiando?

    ¿De qué sirve decir que queremos una sociedad más justa si no hacemos nada por construirla? ¿De qué sirven nuestras buenas intenciones si no se concretan nunca en ninguna lucha transformadora?

    Cuando subían de manera desorbitada los precios de las hipotecas, ¿cuántas manifestaciones se convocaron para protestar con la esclavitud a 40 años de tantos y tantos jóvenes? 

    Quizás es que los de la construcción cobraban mucho más de lo que podían haber imaginado, y unos por otros callábamos. Cuando nos enterábamos que quien perteneciera al Partido se colocaba de inmediato, ¿quién levantó la voz, quién protestó? Quizás es que muchos teníamos la secreta esperanza de beneficiarnos de tanta “generosidad” –despilfarro fraudulento y delictivo– con el dinero público.Ser cristianos de “bodas, bautizos y comuniones”, o sólo de cultos y adoraciones, no es ser cristiano. Seguir a Cristo es querer estar con Él día a día, y construir entre todos, con justicia y prudencia, un mundo más digno.

  • Fe y seguimiento

    “EN EL evangelio está claro, de nada vale decir: “Señor, Señor”, si no nos llenamos del Espíritu de Jesús y no vamos haciendo, en nuestras circunstancias y con nuestras limitaciones, lo que Él hizo. No hay fe verdadera sin seguimiento de la vida y la persona de Cristo.
    ¿De qué nos sirve ahora quejarnos de la crisis, cuando hemos estado callados años y años con los abusos y las injusticias que la han propiciado? ¿De qué sirve quejarnos de los políticos si nunca vamos a cambiar el sentido de nuestro voto y si no vamos a participar en nuestra sociedad para que vaya cambiando? ¿De qué sirve decir que queremos una sociedad más justa si no hacemos nada por construirla? ¿De qué sirven nuestras buenas intenciones si no se concretan nunca en ninguna lucha transformadora?
    Cuando subían de manera desorbitada los precios de las hipotecas, ¿cuántas manifestaciones se convocaron para protestar con la esclavitud a 40 años de tantos y tantos jóvenes? Quizás es que los de la construcción cobraban mucho más de lo que podían haber imaginado, y unos por otros callábamos. Cuando nos enterábamos que quien perteneciera al Partido se colocaba de inmediato, ¿quién levantó la voz, quién protestó?
    Quizás es que muchos teníamos la secreta esperanza de beneficiarnos de tanta “generosidad” –despilfarro fraudulento y delictivo– con el dinero público.
    Ser cristianos de “bodas, bautizos y comuniones”, o sólo de cultos y adoraciones, no es ser cristiano. Seguir a Cristo es querer estar con Él día a día, y construir entre todos, con justicia y prudencia, un mundo más digno.

    (Lucas 9,18-24) “EN EL evangelio está claro, de nada vale decir: “Señor, Señor”, si no nos llenamos del Espíritu de Jesús y no vamos haciendo, en nuestras circunstancias y con nuestras limitaciones, lo que Él hizo.

     

    No hay fe verdadera sin seguimiento de la vida y la persona de Cristo.¿De qué nos sirve ahora quejarnos de la crisis, cuando hemos estado callados años y años con los abusos y las injusticias que la han propiciado? ¿De qué sirve quejarnos de los políticos si nunca vamos a cambiar el sentido de nuestro voto y si no vamos a participar en nuestra sociedad para que vaya cambiando?

    ¿De qué sirve decir que queremos una sociedad más justa si no hacemos nada por construirla? ¿De qué sirven nuestras buenas intenciones si no se concretan nunca en ninguna lucha transformadora?

    Cuando subían de manera desorbitada los precios de las hipotecas, ¿cuántas manifestaciones se convocaron para protestar con la esclavitud a 40 años de tantos y tantos jóvenes? 

    Quizás es que los de la construcción cobraban mucho más de lo que podían haber imaginado, y unos por otros callábamos. Cuando nos enterábamos que quien perteneciera al Partido se colocaba de inmediato, ¿quién levantó la voz, quién protestó? Quizás es que muchos teníamos la secreta esperanza de beneficiarnos de tanta “generosidad” –despilfarro fraudulento y delictivo– con el dinero público.Ser cristianos de “bodas, bautizos y comuniones”, o sólo de cultos y adoraciones, no es ser cristiano. Seguir a Cristo es querer estar con Él día a día, y construir entre todos, con justicia y prudencia, un mundo más digno.

  • “Las comparaciones son…”

    Las comparaciones son odiosas y destructivas. En la comparación tratamos a las personas, o nos tratamos a nosotros mismos, como objetos en los que lo que más importa es un interés material y “cuantificable”: la capacidad intelectual, la simpatía que se tiene o cómo se desempeña tal o cual función.

    No hay nada que corrompa más nuestro espíritu que las comparaciones. Si en el ejercicio de cotejarnos con otra persona salimos “ganando” nos llenamos de un orgullo estúpido que sólo confirma la vaciedad de nuestro corazón, el poco aprecio que nos tenemos y el poco amor con el que acogemos a los demás. Si en ese ejercicio de “medición” salimos perdiendo y pensamos que valemos menos que el otro, nos hundimos; y dándole la vuelta a la humillación la convertimos en rencor y, después, en desprecio bajo cualquier excusa que encontremos o nos inventemos.

    En el evangelio de esta semana, Simón, un fariseo que había invitado a su casa a Jesús a comer, enjuicia a una mujer que lloraba a los pies del maestro sus pecados, y enjuicia al propio Jesús de ser un falso profeta, por no saber qué clase de mujer lo estaba tocando. Simón parece diestro en el arte de despreciar y condenar. No le hacía falta mucho para considerarse mejor que aquella pobre mujer; pero tampoco consentía que Jesucristo fuera mejor que él, y su perdón inmenso y su gran misericordia lo interpreta como ignorancia y debilidad.

    Jesús lo interpela. Pero no le echa en cara ni sus pecados, ni sus limitaciones. Jesús lo pone delante de su poca capacidad de amar. Quien reconociendo sus limitaciones se siente profundamente acogido por el Padre, tiene una gran capacidad de amor y de acogida. Para el Señor cada persona somos un ser irrepetible e incomparable; sólo quiere que cada día ensanchemos más y más nuestro corazón aprendiendo a amar dejándonos amar.

     

  • “Las comparaciones son…”

    Las comparaciones son odiosas y destructivas. En la comparación tratamos a las personas, o nos tratamos a nosotros mismos, como objetos en los que lo que más importa es un interés material y “cuantificable”: la capacidad intelectual, la simpatía que se tiene o cómo se desempeña tal o cual función.

    No hay nada que corrompa más nuestro espíritu que las comparaciones. Si en el ejercicio de cotejarnos con otra persona salimos “ganando” nos llenamos de un orgullo estúpido que sólo confirma la vaciedad de nuestro corazón, el poco aprecio que nos tenemos y el poco amor con el que acogemos a los demás. Si en ese ejercicio de “medición” salimos perdiendo y pensamos que valemos menos que el otro, nos hundimos; y dándole la vuelta a la humillación la convertimos en rencor y, después, en desprecio bajo cualquier excusa que encontremos o nos inventemos.

    En el evangelio de esta semana, Simón, un fariseo que había invitado a su casa a Jesús a comer, enjuicia a una mujer que lloraba a los pies del maestro sus pecados, y enjuicia al propio Jesús de ser un falso profeta, por no saber qué clase de mujer lo estaba tocando. Simón parece diestro en el arte de despreciar y condenar. No le hacía falta mucho para considerarse mejor que aquella pobre mujer; pero tampoco consentía que Jesucristo fuera mejor que él, y su perdón inmenso y su gran misericordia lo interpreta como ignorancia y debilidad.

    Jesús lo interpela. Pero no le echa en cara ni sus pecados, ni sus limitaciones. Jesús lo pone delante de su poca capacidad de amar. Quien reconociendo sus limitaciones se siente profundamente acogido por el Padre, tiene una gran capacidad de amor y de acogida. Para el Señor cada persona somos un ser irrepetible e incomparable; sólo quiere que cada día ensanchemos más y más nuestro corazón aprendiendo a amar dejándonos amar.

     

  • “Las comparaciones son…”

    Las comparaciones son odiosas y destructivas. En la comparación tratamos a las personas, o nos tratamos a nosotros mismos, como objetos en los que lo que más importa es un interés material y “cuantificable”: la capacidad intelectual, la simpatía que se tiene o cómo se desempeña tal o cual función.

    No hay nada que corrompa más nuestro espíritu que las comparaciones. Si en el ejercicio de cotejarnos con otra persona salimos “ganando” nos llenamos de un orgullo estúpido que sólo confirma la vaciedad de nuestro corazón, el poco aprecio que nos tenemos y el poco amor con el que acogemos a los demás. Si en ese ejercicio de “medición” salimos perdiendo y pensamos que valemos menos que el otro, nos hundimos; y dándole la vuelta a la humillación la convertimos en rencor y, después, en desprecio bajo cualquier excusa que encontremos o nos inventemos.

    En el evangelio de esta semana, Simón, un fariseo que había invitado a su casa a Jesús a comer, enjuicia a una mujer que lloraba a los pies del maestro sus pecados, y enjuicia al propio Jesús de ser un falso profeta, por no saber qué clase de mujer lo estaba tocando. Simón parece diestro en el arte de despreciar y condenar. No le hacía falta mucho para considerarse mejor que aquella pobre mujer; pero tampoco consentía que Jesucristo fuera mejor que él, y su perdón inmenso y su gran misericordia lo interpreta como ignorancia y debilidad.

    Jesús lo interpela. Pero no le echa en cara ni sus pecados, ni sus limitaciones. Jesús lo pone delante de su poca capacidad de amar. Quien reconociendo sus limitaciones se siente profundamente acogido por el Padre, tiene una gran capacidad de amor y de acogida. Para el Señor cada persona somos un ser irrepetible e incomparable; sólo quiere que cada día ensanchemos más y más nuestro corazón aprendiendo a amar dejándonos amar.

     

  • “Las comparaciones son…”

    Las comparaciones son odiosas y destructivas. En la comparación tratamos a las personas, o nos tratamos a nosotros mismos, como objetos en los que lo que más importa es un interés material y “cuantificable”: la capacidad intelectual, la simpatía que se tiene o cómo se desempeña tal o cual función.

    No hay nada que corrompa más nuestro espíritu que las comparaciones. Si en el ejercicio de cotejarnos con otra persona salimos “ganando” nos llenamos de un orgullo estúpido que sólo confirma la vaciedad de nuestro corazón, el poco aprecio que nos tenemos y el poco amor con el que acogemos a los demás. Si en ese ejercicio de “medición” salimos perdiendo y pensamos que valemos menos que el otro, nos hundimos; y dándole la vuelta a la humillación la convertimos en rencor y, después, en desprecio bajo cualquier excusa que encontremos o nos inventemos.

    En el evangelio de esta semana, Simón, un fariseo que había invitado a su casa a Jesús a comer, enjuicia a una mujer que lloraba a los pies del maestro sus pecados, y enjuicia al propio Jesús de ser un falso profeta, por no saber qué clase de mujer lo estaba tocando. Simón parece diestro en el arte de despreciar y condenar. No le hacía falta mucho para considerarse mejor que aquella pobre mujer; pero tampoco consentía que Jesucristo fuera mejor que él, y su perdón inmenso y su gran misericordia lo interpreta como ignorancia y debilidad.

    Jesús lo interpela. Pero no le echa en cara ni sus pecados, ni sus limitaciones. Jesús lo pone delante de su poca capacidad de amar. Quien reconociendo sus limitaciones se siente profundamente acogido por el Padre, tiene una gran capacidad de amor y de acogida. Para el Señor cada persona somos un ser irrepetible e incomparable; sólo quiere que cada día ensanchemos más y más nuestro corazón aprendiendo a amar dejándonos amar.