Categoría: El evangelio del domingo

  • Cínico o hipócrita

    (Mateo 7,21-27) EN LO CONCRETO de la vida se juega la verdadera figura de nuestro ser. No son tus sentimientos, ni tu ideología lo que te define. Es lo que haces lo que te define: ¿Cuáles son tus diversiones?, ¿en qué empleas tu dinero?, ¿cómo te comportas en tu trabajo, con tus compañeros; en tu casa, con los tuyos? ¿Cuánto tiempo dedicas a la solidaridad con los más pobres? ¿Qué es lo que buscabas al elegir tu profesión? ¿Cómo reaccionas ante el que tiene poder?, ¿y ante el débil y sin recursos? ¿Son los pobres tus amigos? (…)

    Como en cada una de sus palabras, Jesús da en el clavo: “No todo el que dice “Señor, Señor” entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo”.

    Somos muy dados a creernos nuestros propios engaños y a pensar que somos solidarios por tener buenos sentimientos delante del televisor. Aunque despreciemos a personas de otras razas o de otros países no nos consideramos xenófobos o racistas porque ante una película de “nazis” nos sentimos solidarios con los judíos. Somos tan sensibles a la lucha por la justicia que apoyamos, desde el bar de la esquina, las rebeliones de los pueblos del norte de África.

    La tentación de la hipocresía no es privativa de los cristianos. Cualquier persona que busque vivir conforme a un horizonte exigente de vida, que quiera asumir valores verdaderamente trascendentes, que opte por desarrollar la fuerza de su propia humanidad, tiene que lidiar con esa tentación. Los únicos que se ven libres de la hipocresía son los cínicos que hacen de su propio egoísmo el único horizonte de vida. Por eso, no te desanimes cuando descubras que sólo dices “Señor, Señor”. Ese es el primer paso para cimentar tu vida en la verdad.

     

  • Amor amado

    (Mateo 6,24-34) Quien se siente amado no conoce la angustia. El corazón abierto al amor profundo todo lo ve con ojos nuevos. La enfermedad, las dificultades, las asperezas de la vida, los propios pecados… Cada nuevo amanecer, cada nueva mirada, cada nueva caricia… Quien se siente amado todo lo recibe sabiéndose asentado en roca firme.

    Claro que la enfermedad angustia. Claro que el no saber cómo pagar las facturas y el tener que depender de la ayuda de los otros preocupa… Sin embargo, saberte amado por ti mismo, en lo más íntimo de tu ser, sin condiciones ni reparos, te da una fuerza que no entiendes y que te empuja a seguir luchando.

    El secreto de la vida no está en querer amar a los demás, sino en saberse amado, en dejarse amar. “Amaos unos a otros como yo os amo”, nos dijo el Maestro, y Él bebía de una fuente de amor inagotable. Sin sabernos amados, nuestro amor será débil, tardo y pondrá condiciones. Cuando nos dejamos amar, por encima de nuestros pecados y nuestras virtudes, vivimos en la espontaneidad de quien se siente libre, y miramos la vida fijándonos en los detalles que la hacen única. Cuando nos dejamos amar desatamos a nuestra inteligencia de miedos y obsesiones, liberamos nuestro corazón de la condena de mirarse siempre a sí mismo, encauzamos toda la energía de nuestro cuerpo en la consecución de nuestros mejores deseos.

    Ni la enfermedad, ni el paro, ni los problemas que te están angustiando pueden ensombrecer esta verdad fundamental: “Los pájaros y los lirios del campo son cuidados y embellecidos por el Padre. ¿Y no vales tú, para el mismo Dios, mucho más que todos ellos?”

     

  • Amor amante

    (Mateo 5,38-48) El amor no es un sentimiento. El amor es, en nuestra vida, más grande, más profundo y más radical que nuestros sentimientos. Ya sé que a algunos os puede resultar extraña esta afirmación.

    Es verdad que el amor de pareja llega a nuestras vidas con un fuerte sentimiento de atracción; y cuando sabemos que nos ama quien amamos, vivimos una de plenitud que no podemos explicar. El amor hacia los hijos, igualmente, viene acompañado con fuertes sentimientos de entrega, de protección, de apertura al futuro. También en la amistad se viven sentimientos muy gratificantes.

    Pero el amor de pareja, a los hijos o con los amigos se profundiza, aquilata y muestra su verdad cuando los sentimientos dejan de ser lo más importante. Cuando la relación pasa por circunstancias difíciles en las que los sentimientos parecen diluirse y no tienen fuerza para seguir movilizando la voluntad, es cuando, si seguimos amando y entregándonos, mostramos la verdadera dimensión de nuestro amor.

    Si del amor depende nuestra vida, nuestro amor no puede depender de sentimientos. Ni el tiempo, ni los problemas, ni siquiera las ofensas pueden acabar con el amor en el que somos personas. Quizás tendremos que amar de otra manera; amar a quien nos defraudó, sintiéndonos defraudado; amar a quien nos hizo daño, sintiéndonos dañados; amar a quien se ha vuelto débil y necesitado, aunque sea duro y difícil.

    Que por qué; porque también nosotros hemos defraudado, hemos hecho daño y hemos sido débiles y necesitados; y nos han seguido amando. Y, sobre todo, porque Dios es amor.

     

  • Ni “chicha” ni “limoná”

    (Mateo 5,17-37) NOS GUSTAN demasiado las medias tintas.

    Un amigo, cuando va al bar de su barrio, pide “un tres mentiras”; es decir, un café descafeinado, con leche desnatada y con edulcorante en vez de azúcar. Quizás para el café de la mañana no esté mal, pero las medias tintas en la vida dejan siempre insatisfecho.

    Quizás por eso el Evangelio de Jesús está tan lejos del rigorismo moral que acaba condenando a todos, como de ciertos libros de auto-ayuda en los que todo vale “si lo ha decidido la persona”. No todo vale porque no todo aprovecha. No todo vale porque sólo tenemos una vida para vivir con autenticidad y para acoger, a corazón abierto la vida.

    Cuando nos contentamos con querer y que nos quieran por cierto interés. Cuando nos conformamos con vivir, simplemente, sin muchas molestias. Cuando sólo buscamos que nuestro comportamiento sea como el de los demás. Dejamos de vivir como personas únicas e irrepetibles, y comenzamos a ser borregos de un rebaño. No todo vale porque muchos comportamientos le quitan profundidad, bondad, belleza y alegría a nuestra vida.

    La fe en Jesús siempre se mueve en la paradoja: toda la comprensión del mundo cuando hemos pecado; pero, también, toda la exigencia del mundo para que nuestro corazón se ensanche, y nuestros pulmones respiren auténtica vida. Lo más valioso casi siempre es gratis –el aire, el sol, el amor, la vida. Pero a veces la Vida sólo entregando la vida se gana.

     

  • Religiosidad no evangélica

    (Mateo 5,13-16) En el nombre del Templo de Jerusalén se asesinó a Jesucristo. Y lo hicieron hombres que decían hacerlo en nombre de la religión verdadera. Jesús de Nazaret fue acusado de hereje y de blasfemo; la pena para esos delitos era la de muerte.

    No valoramos ahora los motivos verdaderos de su condena y asesinato; ni en cómo Jesús acoge y transforma el Espíritu de la Ley antigua; sino en señalar cómo no toda forma de religiosidad, aunque use nombres y símbolos cristianos, es auténticamente evangélica. Muchas veces podemos caer en una manipulación  más burda o más sutil de la fe cristiana.

    En el Templo de Jerusalén los pobres iban a hacer ofrendas a Dios para ganarse sus favores y beneficios. Junto con esto se les pedía que observaran una serie de normas y tradiciones religiosas. En el nombre de esta religiosidad se asesinó a Jesús.

    Jesucristo no se opuso sistemáticamente a la religiosidad de su pueblo, pero ofreció una experiencia de Dios radicalmente nueva. En él, Dios, como un hombre cualquiera, viene a ofrecer Vida a los pobres y desvalidos, a los pecadores y excluidos, sin esperar a cambio nada más que abran su corazón a esta buena noticia, desde la alabanza y la fraternidad.

    Nuestras Iglesias no pueden ser lugares donde los pobres van a pedir favores a Dios, a cambio de unas ofrendas; sino comunidades donde los pobres y pecadores queremos testimoniar la predilección del Padre por sus hijos más débiles, desamparados y sufrientes; comunidades en las que brota la alabanza al Dios de la Vida, hecho carne en Jesucristo.

  • Pórtico de Gloria

    (Mateo 5,1-13) A mí, el evangelio de Mateo siempre me ha parecido la más adusta y seria de las cuatro miradas que la Iglesia nos ofrece para que conozcamos la Buena Noticia que es Jesucristo.

    En este evangelio, Jesús aparece o enseñando a sus discípulos o caminando delante de ellos. La más extensa de esas enseñanzas se abre con un poema de fuerza y sencillez sorprendente. «¡Felices! ¡Bienaventurados! ¡Alegres!» nos llama Jesús a todos los que intentamos seguirle con sinceridad. Y no dice que lo seremos, o que debiéramos serlo; sino que grita con fuerza una verdad que a veces está un poco oculta. Pero no, por estar oculto en la mina, el diamante deja de estar ahí.

    La plenitud de la vida está tan cerca de ti… Sólo basta con que quites la tierra del pedestal que te has construido; o que derribes la tapia, también de tierra, que te aísla del Padre y de los hermanos. El tesoro está ahí, y no deja de ser tuyo.
    Tus lágrimas se secarán; tus heridas cicatrizarán definitivamente; tu hambre y tu sed se verán saciadas; el hambre de todos los hijos de Dios desaparecerá; y todos los hombres y mujeres del mundo podremos vivir como hermanos. Cada persona podrá vivir en la claridad de la presencia del absoluto de Dios en su vida, y todos nos sabremos colmados por su gracia.

    ¿Qué cómo puedes hacer para comenzar a vivir todo esto? (…) Mejor que Mateo no lo te lo puedo contar yo.   Lee los capítulos 5, 6 y 7 del evangelio; y si en algún momento te falta una sonrisa en los labios es que no lo has entendido bien: deja pasar un poco de tiempo, recuerda que eres sólo una persona, y vuelve a leerlo

     

  • Pero, ¿qué habéis hecho?

    – Qué sí. Que vista una taberna, las has visto todas. Que vista una pelea, todas son iguales. Que las mismas bromas y los mismos chistes; las mismas broncas y los mismos cuentos, noche tras noche, ya cansan. ¿O no te pasa a ti lo mismo?

    – Eso no importa ahora. Lo que sí importa es que tu padre todavía no se cree que lo dejarais plantado en la orilla y os fuerais sin más. Está tan enfadado que anda diciendo que si volvéis no os tratará como a sus hijos… Además, precisamente ahora. ¿No sabéis que Herodes ha encarcelado a Juan, el Bautista, y que su destino más seguro es que lo torturen y lo maten? ¿De qué ha servido su predicación en el desierto?

    – Tú no lo conoces. Si lo conocieras quizás no tendrías tantas preguntas para las que yo no tengo respuesta. No es nadie deslumbrante a primera vista. Casi tímido en el primer momento. Pero, al poco, descubres que es una persona que siempre está por encima de sí mismo. Que donde está transmite una verdad honda que te deja mudo. Con sólo una pregunta, responde más que los escribas hablando media hora sin parar. Con un pequeño cuento, que hasta los niños entienden, deja sin palabras a los que sólo saben acusarnos de esto y de lo otro. Hasta su manera de estar y de andar es distinta.

    – Tonterías que os tienen encandilados. Dentro de tres años nadie se acordará de ese nazareno.

    – No; no es como un candil que alumbre la noche. Es como cuando comienza a clarear la aurora entre las ramas del olivo.

  • Preguntas sobre el pecado

    (Juan 1, 29-34) Siempre me sorprendo cuando alguien me pregunta: “¿Porqué la Iglesia sigue insistiendo en eso del pecado?”. Y me sorprende porque el mal es una realidad, por desgracia, cotidiana y palpable en nuestro mundo.

    ¿Será que no queremos aceptar humildemente nuestras limitaciones para pedir ayuda a quién puede cambiar nuestro corazón? Pero es tan palpable, también, nuestra responsabilidad diaria ante el sufrimiento de los otros, y tan constante ante nuestro propio sufrimiento, que no me termino de explicar la pregunta.

    ¿Será que estamos confundidos, y pensamos que pecado es transgredir unas normas que no comprendemos, en vez de todo lo que deshumaniza nuestras vidas y le quita trascendencia? ¿Será que nos han presentado el pecado desde una auto-perfección inalcanzable y frustrante, en vez de asumirlo como falta de amor, como una ofensa a Quién es todo amor?

    Quizás es que hemos olvidado ir al Evangelio para preguntarle a Jesucristo qué piensa él qué es el pecado, qué es lo que rompe nuestra comunión con los hermanos, con nosotros mismos y con el Padre. Quizás es que le hemos dado más importancia a lo que nuestra cultura definía como debilidades, que a lo que Jesucristo considera como lo esencial.

    No lo dudes ve al Evangelio, allí te encontrarás con Jesucristo, él te explicará qué te está destruyendo; y con su perdón y su cariño te mostrará el camino nuevo, no para que seas “impecable”, sino para que vivas como hijo.

     

  • Los regalos

    (Mateo 2,1-12) Narra el evangelio de Mateo que unos sabios de tierras lejanas llegaron a Belén para adorar a un niño glorioso que había nacido. Su estrella los guió. No nos dice si eran tres o más. Tampoco nos dice sus nombres. El evangelio apócrifo de Tomás nos apunta  sus nombres propios: Melchor, Gaspar y Baltasar. La tradición posterior hizo de aquellos sabios, reyes; a uno de ellos europeo, a otro oriental y al último africano. Pero lo que sí nos narra con todo detalle el evangelio de Mateo son los regalos que le ofrecieron al Niño: oro, incienso y mirra.

    También han venido a nuestras tierras personas de tierras lejanas, de África, de Asia y de Europa. Han venido buscando la salvación de la pobreza y del hambre; han venido buscando, como aquellos de Belén, una esperanza para sus vidas. Pero han traído consigo maravillosos tesoros que nos pueden enriquecer verdaderamente a nosotros.

    De Asia nos traen el sentido de la corrección y del trabajo, que tanto nos está faltando a nosotros en estos últimos tiempos. La India y China están avanzando a pasos de gigante por su valoración del esfuerzo, de la excelencia y de la persona que respeta los límites de lo correcto.

    De África, el amor a la vida, la vitalidad de la danza, del color, de la alegría. No te ofrecen lagrimosamente pañuelos a los pies de un semáforo; te los ofrecen bailando y con una sonrisa inexplicable para nuestra mentalidad entristecida y mortecina.

    De América nos llega una fe sencilla, humilde, sincera, de gestos y de símbolos a la que tenemos que abrirnos para recuperar nuestras propias raíces, pues ellos nos las recuerdan.

    No son pequeños regalos, tenemos que estarles agradecidos.

     

  • La gloria del ser humano

    (Juan 1,1-18) Hay muchas personas que, negándose a su propia experiencia de vida, piensan que toda la existencia humana no es más que un curioso accidente en el proceso físico de la materia-energía, cuyo origen escapa de toda posible experimentación. Su argumento suele ser el conjunto de las hipótesis científicas que se divulgan.

    Digo que la afirmación del sin-sentido de la existencia humana sólo se puede hacer negándose a reconocer la propia experiencia de vida. Hay en toda persona, desde que el hombre es hombre, un anhelo de plenitud y de sentido que nada de este mundo puede colmarlo, que nos aboca a lo que nos desborda. Es más, cuando la cultura se niega a lo trascendente, la dimensión de la religión se sustituye por las más variadas supersticiones. No hablo de oídas.

    El ser humano llega a existir desde un conjunto de causas físicas y biológicas. Pero nace como persona por una llamada profunda, única, luminosa; que desborda toda conceptualización; que le da un nombre propio, su propio nombre. Esta llamada desde las fuentes de la Vida hace que sólo encontremos satisfecho el anhelo de gloria, de paz, de belleza, de vida que tenemos en una dimensión de profundidad siempre inalcanzada.

    Un hombre -sangre, tiempo y palabra, no más- mostró a los que lo contemplaron la gloria del ser humano. Se la mostró con sus palabras, en la lentitud de los días, con su propia sangre. Tanta fue la gloria que vivieron (gloria de sabiduría, de perdón, de entrega, de amor y de vida), que no podían sino contarlo.

    Aquel hombre era la Vida, y pudimos abrazarla; nos dirá Juan.