Categoría: El evangelio del domingo

  • Paradoja existencial

    (Mateo 13,1-23) La vida se resuelve muchas veces en la paradoja. Para recoger la riqueza y la profundidad de nuestras experiencias vitales no podemos sino afirmar una cosa y la contraria, a la vez, y en nuestra propia persona. Somos valientes y cobardes, somos generosos y tacaños, somos ateos y creyentes, somos buenas personas, pero para quién no nos conoce como nosotros nos conocemos…

    Al comienzo de cada eucaristía confesamos nuestros pecados y pedimos perdón al Señor. Y, sin embargo, el Evangelio nos dice que Cristo murió para el perdón de nuestros pecados y que su vida en nosotros es ya fuente de plenitud. “Vosotros ya habéis vencido al pecado”, dice San Pablo en muchas ocasiones; y constatamos palmariamente que el pecado nos vence día tras día mundanos. ¿Cuándo decimos y sentimos lo verdadero?  

    La vida del cristiano es una lucha constante contra el egoísmo y el mal que ha anidado en nuestra vida. Quizás muchos de los males económicos de nuestra sociedad son causados por una falta de honradez y moralidad, tanto de los políticos como de los que se han podido beneficiar de su cercanía e influencia, por dejarnos llevar por la corriente de lo más fácil, pensando que nuestra pequeña corrupción no era relevante. Y lo ha sido.

    La vida del cristiano es lucha constante contra la corrupción de la vida que se nos ha entregado. Pero esa vida ya la tenemos, en forma de germen, de semilla, de prenda. Es verdad que cada día hemos de arrepentirnos de nuestro pecado, pero si confiamos en que el perdón y la bondad del propio Jesucristo están con nosotros, ni nos angustiaremos con una culpabilidad paralizante, ni nos conformaremos con la corrupción que nos carcome.

     

  • Gracias por la Vida

    (Mateo 11,25-30)Gracias, Padre, Señor de Cielo y Tierra, por despertar en tantas parejas jóvenes el misterio salvador de la vida. Un misterio, que antes de nacer, ya llena su amor de sentido y generosidad. Gracias porque, día a día, su amor se llena de amor, su gozo de fecundidad, su vida de tareas, trabajos y desvelos. Gracias porque todos, antes de nacer, hemos sido misterio de amor para quien nos había concebido.

     

    Te doy las gracias, Padre, por cuantos en nuestros pueblos y ciudades viven en la compasión con quienes más sufren. Por cuantos se preocupan por sus vecinos en dificultades; por cuantos ayudan al inmigrante desamparado, lejos de su casa y de los suyos. Como sombra de árbol humilde en el camino, que cobija a quien por allí pasa, sin pedir cuentas ni explicaciones. ¡Cuántos rostros, historias y vidas por las que darte las gracias!

    Gracias, Padre, por todos los hombres y mujeres, humildes y sencillos, que reconocieron que tu voz resonaba en quienes ya se quejaban sin esperanza. Y se unieron, y se levantaron, y juntos comenzaron la misión de sanar los corazones desgarrados y proclamar tu justicia donde se había olvidado. Sabían que no eran nada, pero supieron que su nada había escuchado tu voz. Gracias por cuantos han comenzado a luchar por la dignidad de todos, por la vida de los más débiles; gracias por cuantos, lejos de abandonar en el cansancio, sacan fuerzas de Ti.

    Gracias, Señor, por tu Hijo Jesucristo. Sin Él nada podemos; sin Él en nada reconocemos su verdadero sentido; sin Él nos faltan las fuerzas para continuar, y el perdón que cada día necesitamos. Él hace llevadero y fácil nuestro caminar en la senda del Reino.

     

  • Sacerdote mayor

    (Juan 6,51-58) POCOS AÑOS tenía cuando entró en el seminario deslumbrado por la bondad de Jesucristo y alentado por sus padres orgullosos de que un hijo suyo llegara a ser sacerdote. Mucho tuvo que pasar en el seminario del hambre y la post-guerra. Pero allí, mezcladas con otras ideas no, le abrieron la puerta del gran Amor de Dios Padre en su Hijo Jesucristo, y fue ese amor el que marcó para siempre su vida.

    En los años 60 fue paño de lágrimas y ayuda material y eficaz, de muchas familias con serios problemas de pobreza, de enfermedad, incluso de violencia. En el centro de su oración siempre aparecían los rostros de las personas más pobres que a él acudían como única salvación posible, como la única persona, con cierta relevancia, que a ellos se hacía cercano. Nunca dejaron esos rostros, y otros que vinieron, de acercarlo a él al mismo Jesucristo.

    En los 70 fue aliento de transformación y de libertad. Tan cercano a los más pobres, ¿cómo no sentir con ellos la necesidad de afirmar que todos los hombres fueron creados libres por Dios, y que libres han de vivir en la sociedad de los hombres? Las clases de alfabetización se convertían en el lugar donde a los obreros y jornaleros se les enseñaba que eran hijos de Dios y que nadie podía tratarlos sin respeto; que eran hijos de Dios y que a todos, también a su mujer, debían respetar; que eran hijos de Dios y que tenían que ser dueños de su futuro.

    Grupos de reflexión y catequesis, visitas a las casas de ancianos y enfermos, conversaciones con los más jóvenes… ¿Qué inquietud verdaderamente humana no ha sido suya? Es verdad que algún cura, más que entregarse por los demás, ha convertido su ministerio en una forma cómoda de vivir. Pero cuántos curas mayores, cerca, muy cerca de nosotros, han estado viviendo lo que dicen cada día: “Tomad y comed que este es mi cuerpo”. Y se han dejado comer por todos los que necesitaban del pan de su aliento, de su consejo y de su compañía para vivir con un poco de fe y de esperanza.

     

  • Suicidio de un padre

    (Juan 3,16-18) “Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que cree en él, sino que tengan Vida”.

    Hace unos días saltó a algunos medios de comunicación una noticia de diciembre pasado: “Un padre de familia se ahorcó en una plaza de Hospitalet de Llobregat el día antes de que lo desahuciaran, a él, a su mujer y a su hijo pequeño. Hace tanto frío para dormir a la intemperie—dijo a un amigo”. Seguramente pudo parecer un suceso aislado fruto de circunstancias muy especiales de este hombre angustiado.

     

    Pero en España cada mes son desahuciadas más de 5.000 familias porque no pueden pagar la hipoteca o el alquiler. Los bancos y las cajas de ahorro, con la connivencia de los gobiernos, siguen haciendo pagar a los ciudadanos su avaricia irracional de tiempos de bonanza. Ni con la entrega del piso se conforman. Siguen y siguen ahogando para que paguen los abuelos con sus ahorros, con las  pensiones, o hipotecando su propia casa. La aplicación de la injusta Ley Hipotecaria está oprimiendo y asesinando a los más pobres.

    El próximo domingo celebramos la Santísima Trinidad, y esta fiesta cristiana es una denuncia desgarrada ante una sociedad que está muy lejos de manifestar la entrega radical de amor que significa Trinidad. Una sociedad trinitaria es aquella en la que todos buscan el bien de los demás, y entregan su vida por ello. Una sociedad trinitaria es aquella en la que las personas son diversas, pero todas tienen, y son honradas, con la misma dignidad, con el mismo respeto, con el mismo cuidado. Una sociedad es trinitaria cuando al más débil, al que más sufre se le cuida más; no para hacerlo dependiente y esclavo; sino para hacerlo libre, y que su libertad entregada enriquezca a todos.

    Vivimos, por desgracia, en una sociedad “tri-teísta”, en donde unos adoran al dinero que tienen; otros al poder y los privilegios que han conseguido; y para otros el consumo y la superficialidad son lo único en la vida. Todos los adoradores de estos tres dioses están dispuestos a que otros mueran, eso sí, por su inhumana idolatría.
    Hoy, los creyentes en el Dios Uno y Trino estamos llamados a desenmascarar toda esa idolatría, y a construir la Ciudad que Dios quiere.

  • Sólo el vacío

    (Juan 20,19-23) Sólo el vacío puede llenarse. Sólo donde hay hueco cabe lo importante. Sólo haciendo sitio quien llega puede sentirse cómodo. Y en nuestra vida hay poco vacío, hay poco hueco, hay poco sitio.

    Para que la novedad del Espíritu llene tu vida necesitas renunciar a muchas de tus ideas, a muchos de tus sentimientos, a algunas de las cosas que llevas demasiado tiempo haciendo. Sin vaciarte de ti mismo, ¿cómo le vas a pedir al Señor que te envíe su Espíritu?

    Tendrás que vencer resistencias. Lo que haces, lo que sientes y lo que piensas ha echado raíces y, en gran parte, lo valoras como bueno. Pero mucha inclinación egoísta, mucha ansia de seguridad engañosa, muchos prejuicios antievangélicos se han colado en nuestra vida. Para llenarse del Espíritu de la Alegría y la Novedad el alma tiene que vaciarse de sí misma.

    Hay veces que las renuncias más pequeñas nos cuestan un trabajo inmenso, como si la dignidad de nuestra vida estuviera en esas cosas que no tienen ni peso ni trascendencia. Y por ellas somos capaces de discutir fuertemente con quien más queremos, de perder la alegría de vivir.

    Pero no te olvides que vaciarte de ti mismo es sólo una condición, y que el verdadero objetivo es acoger al Espíritu. Todavía no sabes dónde te guiará, pero es seguro que por caminos más humildes y más alegres; de más entrega y generosidad. Por caminos en los que tú cuentas por quién eres y no por lo que haces.

    «Ámame más, Señor, para quererte». Búscame más, para mejor hallarte. Desasosiégame, por no buscarte. Desasosiégame, por retenerte.
    Pódame más, para más florecerte. Desnúdame, para no disfrazarte. Enséñame a acoger, para esperarte.

     

  • Con nosotros

    (Mateo 28,16-20) DE los tres evangelios sinópticos, el que más abunda en los relatos de la resurrección es Lucas, en cuya comunidad no hay ningún testigo directo de aquella experiencia. Mateo y Marcos, que cuentan con el testimonio directo de los apóstoles y de otros discípulos, son parcos en describir el encuentro con el resucitado. Marcos apenas nos ofrece la noticia, y Mateo sólo constata el encuentro en un monte de Galilea en el que los envía a anunciar el evangelio a todos los pueblos. Pero la resurrección de Cristo los marcó para toda la vida, y a través de ellos nos ha marcado a todos los creyentes, y a toda la humanidad.

    Dice la teología que el bautismo imprime carácter; es decir que la experiencia profunda de fe, de la que es signo visible el agua bautismal, una vez que ha echado raíces en una persona no deja de ser fuente de vida en ella. Quien en algún momento en su vida ha tenido verdadera experiencia de intimidad recreadora con Cristo, ya siempre tendrá a Cristo y su mensaje como referencia de vida.

    A los apóstoles los impulsó a llevar la buena noticia de la persona de Jesucristo a todos los pueblos. A cada uno de nosotros, los bautizados, nos ha de llevar a una misión única e importante. En medio de nuestra debilidad intentaremos amar como él mismo nos ama. Setenta veces tropezaremos; setenta nos levantará; setenta veces siete sentiremos en el hondón de nuestra existencia su llamada a ser semillas de nueva humanidad, allí donde quiera que estemos.

    También a ti, un día, en un monte en el que habías quedado con él, te invitó a entregar tu vida a una misión de la que sólo tú puedes responder.

     

  • Providencia y libertad

    (Juan 14,15-21) PODEMOS decir que creemos en Dios, y considerarlo ajeno a nuestra vida, como el Ser que dio comienzo al mundo. Podemos decir que creemos en Jesucristo, sin acoger su presencia de resucitado acompañando nuestro camino. Pero al creer en el Espíritu la vivencia racionalista y fría de la fe se llena de calor y de color.

    Cuando creemos en el Espíritu, creemos en el impulso hacia el bien que el Padre imprime en nuestra vida. Creer en el Espíritu es creer en la Providencia de Dios; en su presencia bondadosa y benefactora, en el interior de la historia y de nuestra vida.

    Cuando creemos en el Espíritu, sabemos que enfermedad, dificultades y problemas, todo, puede servirnos para el bien. No es el azar, ni la necesidad lo que gobierna, en lo profundo, nuestra vida. Junto con las causas y los azares contamos con la presencia de Quien –desde nuestra intimidad y desde lo íntimo de la vida—nos ayuda y nos protege. La Providencia de Dios en nuestras vidas tiene nombre propio. Su nombre es Espíritu.

    Cuando creemos en el Espíritu, creemos que nuestra vida es, siempre, para Dios lo más importante. No es que sea lo más importante para nosotros, que ya es decir, es que es lo más importante para Dios mismo. Para Dios no hay normas, ni leyes, ni tradiciones, ni dogmas, siquiera, más importante que ninguno de sus hijos. Cuando caminas en la fe en el Espíritu tu propia vida y la vida de los que te rodean se convierte en un absoluto.

    Cuando creemos en el Espíritu nuestra existencia y la historia se abren a la novedad de lo insospechado. Así le ocurrió a los primeros cristianos, así le ocurrió al imperio esclavista que residía en Roma. El Espíritu es como un vendaval que se lleva lo viejo y lo caduco, y nos hace vivir en la juventud de Dios. Yo conozco jóvenes que lo llevan siendo 50 años, y 60, y 70. La persona que conozco que lleva más tiempo siendo joven, se llama Rosario, es religiosa, y cuida leprosos en Macao. Lleva siendo joven 85 años.

     

  • La religión como tentación

    NO SE SORPRENDAN  ustedes con el título de esta reflexión sobre este evangelio. La experiencia religiosa, como toda experiencia humana, también tiene ambigüedades y tentaciones. Y en el texto evangélico de este domingo, a decir verdad en todas las lecturas, aparecen claramente.

    La tentación que vive en algún momento toda experiencia religiosa es la de sustituir al Dios Verdadero por nuestros ritos, símbolos y creencias. Lo que debería llevarnos a un encuentro transformador y plenificador con Dios Padre, Hijo y Espíritu, algunas veces lo convertimos en un fin en sí mismo. Por decirlo con una metáfora suave, el humo del incienso puede hacernos llorar sin que nuestro corazón se conmueva ni por el arrepentirnos del egoísmo, ni por la experiencia de un amor inmerecido.

    Años llevaban los discípulos viendo a Jesús predicar, atender a los enfermos, anunciar la buena noticia a los pobres… Cuántas veces el propio Jesús los habría mirado a los ojos para confortarlos, para darles esperanza, para animarlos a una entrega más profunda y sincera… Los había llamado a la orilla del lago de Galilea, los había capacitado para comprender el sentido profundo de las cosas, estaba esclareciendo su corazón con la paz y la serenidad creyente de su propio corazón… ¿Y todavía le preguntan cómo llegar al Padre?

    “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”?

    A nosotros nos puede pasar algo parecido. Creemos que quien ve al Padre, que quien llega a Dios, tiene grandeza, espectacularidad, triunfa como organización en el mundo, tiene poder y fama, es reconocido por unos y por otros. No, no es así. Lo de Jesús, nuestra fe cristiana, no va por ese camino. El camino de nuestra fe ha de ser el del propio Jesucristo: intimidad sincera con Dios, vida fraterna en la verdad con los hermanos, cercanía de encarnación con los más pobres, ir abriendo el futuro con la entrega de la propia vida.

     

  • ¿Conoces algún “trepa”?

    (Juan 10,1-10)En todos los ambientes, oficios y profesiones los hay; así que seguro que te has tropezado con alguno. “Trepa” es aquella persona que ha supeditado todo lo importante de su vida por una sola cosa: ir subiendo en su escalafón profesional o en la jerarquía de su organización.

    Para el trepa no hay amigos, ni valores de honradez o de justicia. Todo se “reinterpreta” para quedar bien ante quien tiene poder y le puede facilitar algún “ascenso”. Lo más desagradable de esta actitud es que no es eficaz si no se disimula, si no se camufla de “desvelo por la organización” o de “fidelidad a la institución”.

    No es que sean malas personas, sólo que les ha podido el afán por el poder, sólo que cifran su dignidad en el escalafón… Cuando vivimos para “trepar” nos convertimos en unas pobres personas, sin paz verdadera, sin poder disfrutar, de verdad, de la vida.

    Nadie que busque trepar es de fiar (ni tú mismo, ni yo mismo). Por eso dice Jesús que sólo el que entre por la puerta, que es Él, es de fiar. Jesús es la puerta por donde entramos a la vida. Él nunca buscó ascender. Disfrutó profundamente de la amistad con sus amigos; muchos de los cuales nunca podrían devolverle los favores que les hizo. Disfrutó de la inmensa paz que tiene el que dice lo que piensa, una vez que ha pensado lo que va a decir. Disfrutó de la brisa y del sol de la mañana, sin angustias ni desvelos por lo que ni pesa ni tiene sentido.

    Jesucristo fue de fiar. Nunca aduló, nunca despreció a nadie. Jesucristo es de fiar. No te promete sino lo que puede cumplir: si dejas de poner tu corazón en lo que no tiene peso, su amistad incondicional.

     

  • ¿Quién los acompaña?

    (Lucas 24,13-35) –Nosotros creíamos que podíamos hacer algo, por eso nos metimos unos en política, otros en asociaciones, otros trabajando en los sindicatos… Pero ya ves, todo se ha perdido. Aparece la corrupción en los partidos como las setas en primavera, todo lo que proponemos lo tienen que aprobar los que mandan en los dineros, y nuestros ideales de servicio al prójimo y al más pobre se ahogaron entre tanto materialismo y consumismo que sólo valora el dinero, que sólo quiere dinero, que sólo se mueve por dinero. Que quiere que nos tratemos como objetos de usar y tirar.

    –Además, parece que a los obispos y a los curas sólo les interesa de las cuestiones sociales el aborto, el matrimonio homosexual y las clases de religión. ¡Cuánto echo en falta la luz del evangelio para discernir nuestro compromiso social! ¿Te acuerdas cómo nos ayudaba rezar el evangelio desde la vida, y cómo nos animaban las misas de la parroquia del barrio, tan cercana, con toda la gente sencilla pidiéndole a Dios trabajo y salud?

    –Es verdad. Pero la vida es más complicada de lo que pensábamos. También nosotros hemos caído en la tentación de poner la organización por encima de la verdad, de la justicia, y hasta de las personas. Aquí nadie es puro del todo…

    –¡Qué necios y torpes hemos sido! ¿No sabíamos que el mal y la injusticia no se vencen fácilmente? ¿No sabíamos que el dinero busca corromperlo todo? Pero las familias en paro están ahí; y también los jóvenes, muchos, adocenados por la superficialidad y dormidos en la impotencia; los autónomos tienen más dificultades que antes para crear puestos de trabajo… Si negamos los errores cometidos, ¿cómo vamos a poder rectificar? (…)