Categoría: El evangelio del domingo

  • El principio del fin

    (Mateo 25,14-30) Sabíamos el peligro que corríamos. Muchos otros antes que Jesucristo habían intentado luchar contra la corrupción, la injusticia y la falta de fe de nuestros dirigentes, y sabíamos la suerte que habían corrido. El último, el Bautista. Pero no imaginábamos que el fin estaba tan cerca.

    De aquella noche nos acordamos claramente, la hemos comentado Pedro, Juan, Santiago y yo, con los otros muchas veces. Pero a todos nos pesa no haber escuchado a Jesús con los cinco sentidos. Para nosotros era una noche más. Pero parecía que él sabía que era el principio del fin.

    Después vino la última pascua judía que celebramos, y la Pascua de amor que Jesús nos preparó. Nosotros le preguntábamos cuándo sería el fin de los tiempos, sin saber que casi podíamos tocar con los dedos el principio de la plenitud de sinceridad y entrega que Jesús realizó para siempre en la historia.

    Ahora ya comprendemos que nos invitara a estar preparados para el final de los tiempos, y que nos dijera que éste llegaría en cualquier momento. Tenemos que estar preparados, para cuando Jesús venga, siempre; porque él está viniendo cada día a nuestra vida. Si esperamos acontecimientos fulgurantes, seguramente no podremos contemplar la transparencia de su presencia.

    Nos dijo: “No seáis cobardes, ni andéis haciéndoos las víctimas de las contrariedades que os vengan. ¡Fuera de vosotros esa tentación que viene del diablo! No seáis cobardes y entregaos día a día al bien. Si os sentís llamados a construir la justicia, no lo dejéis para mañana. Si descubrís que tenéis que pedir perdón, después es tarde. ¡Tenéis en vosotros mismos tantos talentos¡ ¡No los enterréis, si no es para que echen raíces en la humildad de la tierra, y  puedan dar mucho fruto!

     

  • En (g) años y días

    (Mateo 25,1-13)Faltaban dos días para la pascua judía, y para que Jesucristo viviera, para nosotros, su propia Pascua. Estábamos en el monte de los olivos; a aquel lugar siempre íbamos, solos, a rezar y descansar de tanto oscuro interés opuesto al Reino. Jesús había tenido en ese día un enfrentamiento fuerte con fariseos y los maestros de la ley en el templo. Les había denunciado su hipocresía y falsedad. También les había anunciado que llegaría un día en el que por su vida bendecirían al Padre y que el Padre lo sería todo en todos. En la serenidad de la noche le preguntamos: “¿Cuándo vendrás con gloria y se acabará el mundo?”.

    Me acuerdo todavía de las primeras palabras que dijo: “No os dejéis engañar”.
    No os dejéis engañar, este mundo es sombra que pasa, y esta historia, gracias a Dios, no tiene la última palabra en nada. Tanta criatura dolorida y sin consuelo encontrará en el Padre su descanso.

    No te engañes, lo que día a día amasas es tu vida. El Padre pondrá levadura de reconciliación, de paz, de plenitud y de amor. Pero no dejéis que la mezquindad eche raíces en vuestro corazón, ni que el orgullo os cierre a una fe y un amor cada vez más grande. Nadie puede ser valiente por ti; nadie puede prestarte su libertad, para que tú seas libre; nadie puede hacer que ames con su amor, ni que rías con su sonrisa. Tu vida es un libro en el que tú eres protagonista.

    Pero no te engañes; son los demás, los que te aman, los que acarician tu corazón para que puedas amar. Son los demás, los más pobres, los que te retan y te invitan cada día a ser libre por ellos. No te sientas nunca sólo, seré yo quien, en medio de tantas cosas, despierte en ti cada día una sonrisa.

     

  • Octubre del 90

    (Mateo 23,1-12) — “El hombre de bien supremo es como el agua. El agua beneficia a todos y no rivaliza con nada. Se aloja en los bajos fondos que todo el mundo desdeña. Del Dao está muy cerca”. ¿Qué os parece esta frase del filósofo chino Laozi?

    — Que estará bien para los chinos, pero que en nuestro mundo lo que se lleva es dar un buen “pelotazo” y hacerse rico. Además yo soy cristiano y no “daoista” o como quiera que se diga.

    — Jesús también dijo algo parecido: “El que se enaltece será humillado; y el que se humilla, enaltecido”. Aunque es cierto que la humildad es un fruto que sólo brota en árbol de raíces profundas.

    — Maestro, lo que importa de verdad en la religión no es tanto la humildad, ni el sexto mandamiento, sino ayudar al pobre en lo que necesite y hacer que el mundo vaya mejor. Y eso sólo se puede hacer con poder y con dinero.

    — No estoy de acuerdo. Mira, a veces pretendemos recoger frutos de un árbol al que le hemos cortado las raíces, por muy estúpido que parezca. Pretendemos que vayan misioneros a Somalia, y se critica que haya catequesis de jóvenes y encuentros de oración. Queremos que los jóvenes se conviertan en ciudadanos cívicos y solidarios, y se ridiculiza todo el que pone el bien del otro por encima de los propios deseos. Pero todo fruto en la vida nace de un árbol con raíces, y hay que alimentarlas.

    Es verdad que a veces nos encontramos con personas que se “cuelgan” frutos falsos. Aparentan ser solidarios, y no quieren ser pobres. Quieren ser religiosos, y nunca se dejan encarar por Jesucristo. Que dicen ser cristianos, y pisotean a los otros por subir ellos en el escalafón… Nunca quisieron entender aquello de que el primero entre vosotros que sea vuestro servidor.

     

  • Octubre del 82

    (Mateo 22,34-40) —Jesucristo no es original en absoluto. Ya Confucio seis siglos antes que él, y el Antiguo Testamento, hablaban del amor a Dios y al prójimo. Hasta el filósofo Kant ha fundado su moral en un principio parecido sin tener que hablar de Dios, ni hacer diferencias entre creyentes y no creyentes.

    —Tienes razón, en el mandamiento principal de la Ley Moral, Jesucristo no intenta decir nada nuevo, porque la búsqueda del bien está inscrita en el corazón del cada hombre y cada mujer desde que la persona es persona.
    —Entonces, ¿para qué necesitamos la fe, y la Iglesia, y los ritos, y a Dios? Ya sabemos qué tenemos que hacer, todo está muy claro.
    —Yo no creo que todo esté tan claro. Espera unos cuantos años y verás cómo la experiencia te dice lo contrario. Estamos tan inclinados a mezclar el bien con nuestros propios intereses, que necesitamos la fuerza de Jesucristo para vivir, simplemente, como personas auténticas.
    —No te entiendo.

    —En otro lugar del Evangelio, Jesús proclama el mandamiento nuevo y verás que tiene un matiz distinto: “Amaos unos a otros, como yo os he amado”. Podría haber dicho también: “porque yo os he amado”; o “en el amor que yo os tengo”. Mira, sin la fuerza interior que da la adhesión profunda a Cristo perderemos el amor. Esa hermosa palabra puede llegar a significar lo contrario de lo que debe. Sin la vida que da el amor que Cristo nos tiene, no viviremos el bien con alegría, ni con generosidad. Sin el impulso que da el Espíritu de Jesucristo, nuestros discursos quedarán en meras palabras. Es el amor que Jesús nos tiene el que nos permite tener la virtud y la alegría de amar, cada día de una forma nueva.

     

  • El Dios de la Vida

    (Mateo 22,1-14) Si recordáis, en el evangelio de la semana pasada, Jesús les hablaba a los que mandaban, a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo. También el próximo domingo, Jesús se dirige a ellos; les propone una parábola con la que intenta que reconozcan la actitud que los está alejando de Dios.

    Toda la tradición de los profetas había comparado el Reino de Dios con un banquete, donde todos los hombres, como hermanos, iban a saciarse de manjares suculentos y de vinos de solera. El Dios de la Biblia –y Jesús lo ratifica– es el Dios de la Vida, de la Bondad, de la Benevolencia. Es el Padre que disfruta viendo a sus hijos alrededor de la mesa compartiendo bromas, canciones y acción de gracias por la vida.

    Pero incomprensiblemente, en la parábola y en la realidad, en vez de disfrutar de la vida que se nos regala, las personas nos encerramos en ideas que nos paralizan, en tareas que no tienen fruto ninguno, en satisfacer unas necesidades que no son las nuestras y que nos dejan vacíos. Incomprensiblemente marcamos una línea que divide a los míos –los buenos—, de los demás— los malos; y nos introducimos en una espiral de desprecio y de competitividad que nos quita el gusto por la vida.

    Es cierto que los que mandan (a nivel económico, político o ideológico) pueden ponernos más difícil la vida. Seguro que de eso ustedes saben más que yo. Pero no hemos de dejar que nadie nos amargue la existencia. Entre todos, tenemos los resortes necesarios para vivir en continua acción de gracias.

    Llegado el caso, también nosotros podemos experimentar que el Señor cuida de nosotros; en las situaciones difíciles palpamos su providencia y su misericordia. Así rezamos: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.

     

  • Escuchad los que mandáis

    (Mateo 21,33-43) ¡Ay de vosotros los que mandáis si, por corrupción o latrocinio, despojáis a los pobres de la vida, que por ser hijos de Dios les pertenece! ¡Ay de vosotros los que mandáis si, por intereses egoístas o corporativos, llamáis a lo blanco, negro; a la injusticia, necesidad; a la mentira, verdad y progreso!

    ¡Ay de nosotros los que mandamos si, en vez de ofrecer la fe que nos entregaron, transmitimos una religión de lujos y ceremonias, de rutinas y honores, de ofrendas y sacrificios! ¡Ay de los que manden si, por acción u omisión, si por delito o por silencio cómplice y condescendiente, se pierde la vida de los que Dios ha adoptado como hijos suyos¡

    Jesús, en el evangelio de este domingo, hablando cara a cara a los que mandan, les advierte de la responsabilidad que han asumido.

    Quizás alguien de los que mandan piense que unos jóvenes en paro, los ancianos de una residencia, unos discapacitados y sus familias, un matrimonio joven hipotecado, unas familias de inmigrantes, los niños que no han nacido, o unos vecinos sin poder ninguno, pueden ser “piedra de desecho”, cuyos intereses no cuentan, ni contarán. Pero “la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho”, y su palabra no pasa.

    Cuando la corrupción se generaliza en una sociedad ya no produce en el que la vive ni siquiera remordimiento de conciencia (¿verdad que suena antigua esta expresión?). Aunque así sea, siempre empequeñece, arruga, coarta, achata, nuestro corazón y nuestro espíritu; y, sobre todo, daña a los más vulnerables.

    También es cierto que el corrupto siempre necesita cómplices entre los más débiles.

     

  • Sobre el poder y la autoridad

    (Mateo 21,28-32) Mandar, manda cualquiera (por desgracia). Pero tener poder y
    autoridad no lo conceden títulos, ni cargos, ni investiduras, ni
    siquiera ceremonias de ordenación.

    Hay personas que por su lucidez, por su valentía, por sus propias capacidades, tienen poder de sacar a los demás del error, o de vencer las injusticias. El poder del que hablamos es bueno y necesario, permite que la vida sea más humana, y muestra que somos imagen de Dios. La autoridad manifiesta una dimensión más profunda y radical.

    Hay personas que no tienen mando ni poder alguno; porque no saben hablar en público, o no tienen grandes capacidades; pero tienen una autoridad que desarma a todos. Son personas capaces de entregarse por entero por la vida de los que quieren, sufriendo lo que sea necesario. Poned rostro a estas personas y veréis que digo la verdad. A principio pasan desapercibidas. No brillan. Pero poco a poco, –con su actitud humillada, con su generosidad sin límites, con la paz que da el hacer lo que se debe, con el aliento invisible del Espíritu que las impulsa y las sostiene—van iluminando todo el espacio que las rodea. Los sabios las escuchan y los que tienen poder las obedecen.

    Jesucristo tiene el nombre que supera todo nombre, ante él toda rodilla se dobla y toda lengua lo proclama Señor, no por ser el Hijo de Dios, sino porque se humilló hasta someterse a la muerte, y una muerte de cruz. Podría tener el mando sobre todas las cosas, pero renunció a él. Fue poderoso en obras y palabras durante los años de su vida pública. Pero es en la cruz donde nos rinde a la autoridad de su entrega, a la fuerza de su amor que a todo mal vence.

    Tú estás llamado a ser persona de autoridad. Es tu reto.

     

  • Admiración o envidia

    (Mateo 20,1-16)“Yo no sé ni el color que tiene la envidia”, me decía hace tiempo una mujer mayor. Yo me callaba por respeto, pero sí que lo sabría, porque lo sabemos todos. Tiene color de nausea, de vértigo; de impotencia, de profundo desasosiego que quita el gusto por la vida.

    La envidia prolifera en la comparación. Cuando envidiamos reducimos a la persona –también a nosotros mismos nos reducimos—a una suma de cualidades, que pueden medirse o contarse. Dinero, figura, habilidades, inteligencia, relaciones…: tantas tienes, tanto vales. Podría ser la leyenda de la puerta del infierno; porque ninguna esperanza puede albergar quien asienta su vida en los méritos que posee –sean estos de la clase que sean—de que no nos veamos por alguien superados y vencidos; siempre habrá quien pueda despreciarnos (como nosotros despreciamos a quien le faltan las cualidades que más valoramos).

    Pero un rostro nunca es hermoso por las facciones que lo perfilan. Las figuras de cera siempre dan escalofríos, por muy perfecto que sea el original. Un rostro –el tuyo, por ejemplo—es hermoso por su sonrisa, por cómo miras, por ese gesto de ingenua sorpresa que produce encanto; por tu llanto; por la tenacidad de tu entrecejo… por todo eso que nos hace admirarte. Como a Dios mismo, que al mirarte, se admira.

    No envidies la suerte de nadie, que la vida no está en las cosas caducas que se poseen. La envidia te aleja de ti mismo, de Dios y de los más pobres. Cuando envidiamos dividimos a la personas en tres grupos, los que nos superan, con los que competimos y a los que podemos despreciar.

    ¡Qué alegría da tener a Alguien que siempre nos quiere y nos admira; no por lo que tenemos, sino por quiénes somos!

     

  • Las cuentas del mal

    (Mateo 18,21-35) No hay nada más dañino en una relación que llevar cuentas del mal que se nos ha hecho. Dos personas pueden quererse muchísimo, y saber que una sin la otra no podrán ser felices; pero si comienzan a llevar cuentas del mal que uno ha hecho al otro, su vida será un infierno.

    Hay matrimonios que viven entre continuos recelos por que se acuerdan, y cada vez que discuten se lo echan en cara, la vez aquella que el otro le hizo o le dejó de hacer. Puede haber pasado años y años, que cualquier discusión revive el mal que se debiera haber olvidado, pero que sigue sensiblemente presente. Así no se puede vivir.

    Hasta nosotros mismos podemos ser nuestro peor enemigo; y, sin que venga a qué o por algún pequeño problema que hemos tenido, nos vienen a la memoria todas las veces que nos equivocamos dolosamente; que hicimos el ridículo, o así nos lo pareció, por alguna cosa; o que nos sorprendieron faltando al ideal de persona que tenemos marcado para nuestra vida ante los demás.

    Pensamientos del diablo que hay que desterrar.

    “Pensamientos del diablo”, sí, porque Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, no guarda nunca cuentas del mal. Cuando en algo hemos faltado al amor, busca nuestro arrepentimiento, nuestra sincera intención de vivir conforme al bien, y ya nos tiene perdonados. Qué gratificante es el sacramento del perdón, cuando vamos arrepentidos de nuestro mal, y escuchamos las palabras del sacerdote: “Dios, que es todo misericordia, te perdona, te acoge y se olvida de tu pecado; vete en paz”.
    Una cosa semejante sólo se ve en este mundo entre… políticos y banqueros; cuánto se perdonan y olvidan. Yo creo que más que por mucho amor, es por un alto interés.

     

  • La cizaña no es trigo

    (Mateo 13, 24-43) UN SEMBRADOR descubrió que un enemigo suyo le había sembrado cizaña, donde él, antes, había sembrado trigo; donde crecía la cizaña no podía prosperar el trigo. Pero ya estaban crecidos cuando se pudo dar cuenta, y no podía arrancar la cizaña sin perjudicar las espigas de trigo. Tenía que esperar a la cosecha; ese era el momento de separar cizaña, quemarla, y recoger el trigo de la cosecha.

    Muchas enseñanzas tiene esta parábola, pero una de ellas, muy importante para nuestro tiempo, es la importancia del discernir en la vida lo que perjudica y daña a las personas. Vivimos una época en que hay tantos que se aprovechan injustamente de su cargo y su posición de poder, que parece que quien no abusa de su cargo es un ingenuo y un extraño puritano. “Todo el mundo lo hace”…, pues aunque todo el mundo lo haga no puede ser normal. Porque la norma es el camino que se sigue para hacer bien algo. Quien abusa de su poder, quien peca de amigismo, quien en vez de trabajar honradamente se dedica a escurrir el bulto y a “que otro ya lo haga”, es cizaña que envenena nuestro campo.

    Nos hemos acostumbrado a que lo que muchas personas hacen, aunque sea poco educado, poco honrado o poco ético, es lo normal. Y no es así. No puede ser normal la corrupción; no puede ser normal la falta de moral en el trabajo; no puede ser normal el que en las relaciones de pareja se vaya a aprovecharse en vez de a enamorarse; no puede ser normal que lo primero en la vida sea el dinero y después lo que con dinero se consigue…Por no señalar la cizaña como cizaña, está invadiendo todo el campo.

    La norma de nuestra vida, a lo que Dios en su Hijo Jesucristo, nos llama es vivir mirándolo a Él, contemplando cómo ayudaba a los demás olvidándose de sí mismo, cómo se ganaba el pan necesario con sus manos trabajadoras, cómo vivió escuchando lo que el Padre le pedía y poniéndolo por obra, amando a los demás, alegrándose en ese amor verdadero a todos, a los pobres y sencillos.