Categoría: El evangelio del domingo

  • ¿A quién buscáis?

    (Pasión según san Juan) Era noche cerrada y el viento traía oscuros presagios. Jesús lo esperaba, los discípulos también; aunque no sabían el día ni la hora. Llegaron sigilosamente, pero ya no había motivo para el sigilo, estaban acorralados. La guardia pretoriana se acercó a ellos, y Jesús, poniéndose en pie, les pregunta: ¿A quién buscáis?

    También nosotros durante esta semana buscamos a Jesús. Aquellos romanos buscaban a un sedicioso. Y nosotros, ¿a quién buscamos? ¿Una manifestación cultural?, ¿una de nuestras tradiciones más antiguas?, ¿el bullicio y el ir donde todos están?

    Recuerdo que de pequeño ante las imágenes de Semana Santa muchos hombres y mujeres hacían la señal de la cruz, rezaban un quedo Padrenuestro, incluso, algunos, hincaban la rodilla en el suelo. Ellos, al ir a las procesiones, buscaban a Jesucristo.

    Contemplar a Jesucristo en su pasión, contemplarlo con profundidad religiosa, o incluso simplemente humana, no nos deja igual. Cuando interiorizamos la vida de aquel hombre sufriendo hasta la muerte por amar a todas las personas, especialmente a los más pobres, nuestro corazón se conmueve sensiblemente. Esa experiencia sensible debe llevarnos a acoger el amor y el perdón de Dios para nosotros, y la llamada a construir un mundo más justo y solidario.

    Pero quizás es pedir demasiado. No son las procesiones momento ni lugar para, en silencio, mirar al que traspasaron; reconocer nuestra limitación y nuestro pecado; ofrecerle a Dios nuestra vida, reconocerle en aquella persona concreta a quienes muchos desprecian; acoger la gracia de la conversión a la bondad y a la honradez que nos pide. Quizás no sea lugar apropiado, ¿o quizás sí?

  • ¿A quién buscáis?

    (Pasión según san Juan) Era noche cerrada y el viento traía oscuros presagios. Jesús lo esperaba, los discípulos también; aunque no sabían el día ni la hora. Llegaron sigilosamente, pero ya no había motivo para el sigilo, estaban acorralados. La guardia pretoriana se acercó a ellos, y Jesús, poniéndose en pie, les pregunta: ¿A quién buscáis?

    También nosotros durante esta semana buscamos a Jesús. Aquellos romanos buscaban a un sedicioso. Y nosotros, ¿a quién buscamos? ¿Una manifestación cultural?, ¿una de nuestras tradiciones más antiguas?, ¿el bullicio y el ir donde todos están?

    Recuerdo que de pequeño ante las imágenes de Semana Santa muchos hombres y mujeres hacían la señal de la cruz, rezaban un quedo Padrenuestro, incluso, algunos, hincaban la rodilla en el suelo. Ellos, al ir a las procesiones, buscaban a Jesucristo.

    Contemplar a Jesucristo en su pasión, contemplarlo con profundidad religiosa, o incluso simplemente humana, no nos deja igual. Cuando interiorizamos la vida de aquel hombre sufriendo hasta la muerte por amar a todas las personas, especialmente a los más pobres, nuestro corazón se conmueve sensiblemente. Esa experiencia sensible debe llevarnos a acoger el amor y el perdón de Dios para nosotros, y la llamada a construir un mundo más justo y solidario.

    Pero quizás es pedir demasiado. No son las procesiones momento ni lugar para, en silencio, mirar al que traspasaron; reconocer nuestra limitación y nuestro pecado; ofrecerle a Dios nuestra vida, reconocerle en aquella persona concreta a quienes muchos desprecian; acoger la gracia de la conversión a la bondad y a la honradez que nos pide. Quizás no sea lugar apropiado, ¿o quizás sí?

  • Un hombre justo perseguido

    DICEN ALGUNOS especialistas en la Biblia que los evangelios de la pasión se redactaron teniendo presentes textos del Antiguo Testamento, el cuarto cántico del Siervo (Isaías 52-53) y el Salmo 22. Las coincidencias son tales que no hay porqué dudarlo. Es más, los primeros sorprendidos por la similitud de la pasión de Jesucristo y estos antiguos textos serían los propios discípulos.

    El Salmo 22 es un poema de fuerza desgarradora y de expresividad sin parangón. “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? Te queda lejos mi clamor, el rugido de mis palabras”. Es un requerimiento intenso, urgente, de quien se sabe radicalmente necesitado de su Dios. No es una protesta, brota de la necesidad de explicarse un hecho incomprensible: “Me persiguen a muerte, precisamente, por buscar tu justicia, Señor”. Una oración tan personal indica una intimidad radical con Dios, en medio de la angustia y de un dolor inhumano.

    Los que lo persiguen son dibujados con rasgos de fieras salvajes. Son como un “tropel de novillos”, como “toros que me cercan”, como “león que descuartiza y ruge”, “como mastines que amenazan desgarrar mis brazos y mis piernas”. El que así reza no los condena, no los juzga; sólo describe la amenaza que siente cernirse sobre él.
    Dios no está lejos del clamor del justo perseguido, y salva su vida de la espada, de las fauces del león. Por eso, el que reza no sólo le da las gracias, sino que “cuenta su fama ante sus hermanos, ante la gran asamblea”; y “hasta los confines de la tierra, todas las familias de los pueblos” sabrán que Dios salva y consuela, da fortaleza y llena de ánimo a los que por buscar la justicia se ven envueltos en cualquier tipo de problemas.

     

  • Un hombre justo perseguido

    DICEN ALGUNOS especialistas en la Biblia que los evangelios de la pasión se redactaron teniendo presentes textos del Antiguo Testamento, el cuarto cántico del Siervo (Isaías 52-53) y el Salmo 22. Las coincidencias son tales que no hay porqué dudarlo. Es más, los primeros sorprendidos por la similitud de la pasión de Jesucristo y estos antiguos textos serían los propios discípulos.

    El Salmo 22 es un poema de fuerza desgarradora y de expresividad sin parangón. “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? Te queda lejos mi clamor, el rugido de mis palabras”. Es un requerimiento intenso, urgente, de quien se sabe radicalmente necesitado de su Dios. No es una protesta, brota de la necesidad de explicarse un hecho incomprensible: “Me persiguen a muerte, precisamente, por buscar tu justicia, Señor”. Una oración tan personal indica una intimidad radical con Dios, en medio de la angustia y de un dolor inhumano.

    Los que lo persiguen son dibujados con rasgos de fieras salvajes. Son como un “tropel de novillos”, como “toros que me cercan”, como “león que descuartiza y ruge”, “como mastines que amenazan desgarrar mis brazos y mis piernas”. El que así reza no los condena, no los juzga; sólo describe la amenaza que siente cernirse sobre él.
    Dios no está lejos del clamor del justo perseguido, y salva su vida de la espada, de las fauces del león. Por eso, el que reza no sólo le da las gracias, sino que “cuenta su fama ante sus hermanos, ante la gran asamblea”; y “hasta los confines de la tierra, todas las familias de los pueblos” sabrán que Dios salva y consuela, da fortaleza y llena de ánimo a los que por buscar la justicia se ven envueltos en cualquier tipo de problemas.

     

  • Una palabra

    (Juan 11) UNA PALABRA puede cambiar la vida; o no. La palabra de un juez: “condenados”, puede romper una trama de tráfico o corrupción que llevaba año tras año, década tras década, alimentándose fraudulentamente de la sangre de los más pobres. Pero sólo esa palabra no reconstruye nada, no rehace nada de lo que se destruyó.
    Muchas palabras se necesitan para ir tejiendo la vida. Muchas palabras, muchas miradas; muchas palabras de corrección suave, muchas de ánimo y de aliento, muchas de aprobación y afecto.

    Una palabra pronunciada por todo un pueblo: “¡basta!, puede cambiar la historia. O quedarse en una queja infructuosa y estéril que no pasó de un desahogo. Muchas otras palabras se necesitan para deshacer el camino de la indignidad, y comenzar un camino de honradez y trabajo. Muchas palabras: “Entre todos podemos”, “Si uno comienza muchos lo seguirán”, “Es hora de construir algo nuevo”, “¿Dónde está nuestra juventud, inconformista y creadora?”, “Cuenta conmigo”… Muchas palabras se necesitan.

    En el evangelio del próximo domingo narra cómo Jesús devuelve a la vida a uno de sus mejores amigos. Su palabra poderosa lo hizo salir de la cueva en el que estaba enterrado. Y Lázaro se convirtió en el prototipo de todas las situaciones de nuestra vida en la que necesitamos que la palabra de Jesucristo nos haga levantarnos de la fosa en la que yacemos, muertos a la esperanza.

    Primero reconocer lo evidente: “Señor, ya huele mal”. Segundo poner el corazón sólo en quien lo merece: “Yo creo que tú eres el mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Y, por fin, escuchar la palabra que nos impulsa: ¡Levántate!

     

  • Una palabra

    (Juan 11) UNA PALABRA puede cambiar la vida; o no. La palabra de un juez: “condenados”, puede romper una trama de tráfico o corrupción que llevaba año tras año, década tras década, alimentándose fraudulentamente de la sangre de los más pobres. Pero sólo esa palabra no reconstruye nada, no rehace nada de lo que se destruyó.
    Muchas palabras se necesitan para ir tejiendo la vida. Muchas palabras, muchas miradas; muchas palabras de corrección suave, muchas de ánimo y de aliento, muchas de aprobación y afecto.

    Una palabra pronunciada por todo un pueblo: “¡basta!, puede cambiar la historia. O quedarse en una queja infructuosa y estéril que no pasó de un desahogo. Muchas otras palabras se necesitan para deshacer el camino de la indignidad, y comenzar un camino de honradez y trabajo. Muchas palabras: “Entre todos podemos”, “Si uno comienza muchos lo seguirán”, “Es hora de construir algo nuevo”, “¿Dónde está nuestra juventud, inconformista y creadora?”, “Cuenta conmigo”… Muchas palabras se necesitan.

    En el evangelio del próximo domingo narra cómo Jesús devuelve a la vida a uno de sus mejores amigos. Su palabra poderosa lo hizo salir de la cueva en el que estaba enterrado. Y Lázaro se convirtió en el prototipo de todas las situaciones de nuestra vida en la que necesitamos que la palabra de Jesucristo nos haga levantarnos de la fosa en la que yacemos, muertos a la esperanza.

    Primero reconocer lo evidente: “Señor, ya huele mal”. Segundo poner el corazón sólo en quien lo merece: “Yo creo que tú eres el mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Y, por fin, escuchar la palabra que nos impulsa: ¡Levántate!

     

  • Tirarse a la piscina

    (Juan, 9) Somos listos y sabemos todo lo que tenemos que saber. Y, sin embargo, en algunas cuestiones nos falta «tirarnos a la piscina».

    Tu bautismo no es un sacramento que pasó. Pero mientras que de pequeño te bautizaron con un poco de agua en la cabeza, ahora tienes que sumergirte en el agua de la vida que es Cristo para ti. Tú no tienes que andar esperando que Jesús te demuestre la eficacia de su amor, de su perdón, de su nueva humanidad. Ya la has vivido muchas veces en tu vida. Ahora lo que tenemos que hacer es, primero, bendecir su nombre. Tantas y tantas cosas nos pueden hacer bendecir el nombre sobre todo nombre, el nombre de quien se entregó en la cruz por amor. No, lo primero no es pedir, ni siquiera pedir perdón. Lo primero es bendecir.

    Después hemos de escuchar su palabra. No hay mayor consuelo, ni mayor exigencia, que escuchar a quien nos quiere consolándonos, pidiéndonos un cambio en nuestra vida. Vivir a la escucha de Dios que habla en nuestro corazón, aunque esté un poco turbio, que habla en los acontecimientos diarios, aunque sean ambiguos. Vivir a la escucha es abrir las ventanas de tu vida a la frescura del amanecer.

    Bendiciendo podremos escuchar; y escuchando podremos experimentar las maravillas que Dios hace en la historia, dando fuerza a los padres para que se entreguen por sus hijos; abriendo, con nuestra ayuda, el camino de la vida de los más pobres; forzando, con nuestro compromiso, a la historia a que dé a luz un mundo nuevo. El cristiano no se sienta a esperar que el mundo avance, se levanta para desplegar velas al viento del Espíritu, que no se conforma con las aguas corrompidas en las que navegamos.

    «Bendecir su nombre, escuchar su palabra y experimentar con gozo sus maravillas», ¿qué te parece?

     

  • Fuente de Vida

    (Juan 4) ¿CÓMO NOS las arreglaremos los cristianos para anunciar la buena noticia de Jesús a una sociedad descreída, centrada en el consumo y la comodidad, y profundamente desmoralizada? ¿Cómo decirle que Jesucristo es “en verdad la fuente de toda la santidad”? Porque también nuestro mundo, como nosotros en el pan y el vino, necesita el agua del manantial de la vida.

    Acordaos del diálogo que mantiene con una mujer de Samaría; quizás ahí se nos muestre. Aquella samaritana también era una descreída, poco respetuosa, interesada sólo en su propia comodidad y poseedora de una historia de infidelidades poco común. Y, sin embargo, Jesús le mostró que en su persona se encontraba la fuente de la vida que ella, sin saberlo, anhelaba en todos sus deseos.
    Jesús, reconociendo su pobreza y necesidad, le pide ayuda. No se muestra ni superior a ella, ni autosuficiente: “Dame de beber”. ¡Cuántas veces, como representantes de Cristo, nos mostramos superiores y, casi, despreciamos todo saber que no sea el nuestro!

    Jesús, sin reparo ninguno, le ofrece lo más profundo de su vida, su Espíritu, el agua de la vida. Y nosotros, cristianos comprometidos, ofrecemos pan sin Espíritu; trabajamos por humanizar el mundo privando a los pobres de la mayor riqueza que tenemos, sin ofrecerles la fe en el Señor.

    Jesús, con toda sinceridad, la pone enfrente de sus propias contradicciones; para que, desde el desierto de sus frustraciones e incoherencias, pueda acceder a la fuente del amor verdadero. Y nosotros no nos atrevemos a denunciar la idolatría del dinero, del poder, de la violencia, del consumo y del vacío que campa en nuestra vida social y política.

     

  • Poder

    (Mateo 17,1-9) “Tuyo es el reino y el poder, por siempre, Señor”, es una de las frases con la que aclamamos a Jesucristo en cada eucaristía. Sus palabras tenían un poder que dejaba mudos a sus contrarios, y hasta hacían retroceder a quienes querían apresarlo. Su persona despertaba tantas esperanzas en el pueblo que el Sanedrín no se atrevió a apresarlo en público. Su propuesta era tan peligrosa que no dudaron en dejar libre a un guerrillero violento para poder asesinarlo con crueldad. Cristo era una persona con gran poder.

    En nuestra vida normal decimos, por el contrario, que el poder corrompe. Y,  tristemente contrastamos día a día, que el poder corrompe a los poderosos, y lo usan para satisfacer su egoísmo o para perpetuarse en la poltrona. Pero el poder de Cristo, en nuestra vida y en la historia, no es como el poder de los poderosos. El de Cristo es un poder de humildad, de entrega y de interpelación.

    De humildad porque siempre vivió al nivel de los más pobres y nunca buscó la amistad de los privilegiados. De entrega porque todo su poder lo puso al servicio de los que más lo necesitaban; no se reservaba ni tiempo para comer; la noche aprovechaba para abrirle su corazón al Padre. De interpelación, porque maltratado y malherido, cuando ya no podía ni articular discurso, ni responder a las burlas de sus enemigos, es cuando su amor se hizo más profundo y más grande, cuando dio la medida del corazón humano, cuando se convirtió en testigo definitivo y fuente inagotable de vida verdadera.

    No te confíes del que se sirve de su poder para abusar de los otros y mantener sus privilegios. No pierdas tu dignidad por las migajas de su imperio.

     

  • Omisión

    (Mt 4,1-11) Lo decimos muchas veces cuando vamos a misa: “confieso que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”, y no siempre lo decimos con la lucidez necesaria, con la clara conciencia de lo que decimos.

    Omitir a alguien de una lista es no ponerlo conscientemente, aunque podría estar en ella. Omitir es no hacer, no decir; abstenerse de hacer algo. Es, también retirar alguna palabra dicha, no por ser falsa, sino por ser inconveniente en una circunstancia dada.

    Los pecados de omisión son los más sutiles, pero no los menos dañinos. “Yo no he hecho nada malo…”, podemos decir; pero se nos olvida añadir que hemos dejado de hacer mucho bueno por los que nos rodean, por los más pobres. El pecado de omisión es pecado de desperdiciar la vida que se nos ha regalado. Es dejar que, donde debían crecer plantas y frutos buenos de comer, proliferen malas yerbas y plantas estériles. Un huerto donde se deja de trabajar se convierte en un erial o en una maraña de matojos, refugio de alimañas.

    Así nos ocurre a nosotros, a fuerza de omitir lo bueno y lo justo estamos viviendo una vida superficial y dañina, para los demás y para nosotros mismos.

    Entretenidos en estupideces, omitimos luchar por un mundo en el que todos los niños tengan que comer, y todos los jóvenes un horizonte de futuro digno. ¿Cuándo nos convocaremos por “tuenti” o por “facebook” para salir a la calle y exigir trabajo para todo el que no lo tiene? La fe cristiana es luz para nuestra vida personal, por supuesto. Pero también ha de ser impulso para luchar por un mundo más justo y menos corrupto.