Categoría: El evangelio del domingo

  • Tarde te amé

    (Mateo 20,1-16)  “Tarde te amé, Hermosura tan antigua y siempre nueva”, decía San Agustín en sus Confesiones, haciendo una oración sentida y llena de verdad.

    “Me llamaste y clamaste, y se rompió mi sordera; brillaste y resplandeciste, y me curaste de mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abraso en tu paz”.
    Los creyentes tenemos la tentación de comprender nuestra respuesta de fe, en lo concreto de nuestra vida, como un compromiso hecho desde nosotros mismos. Y cuando vienen dificultades y problemas, cuando las fuerzas nos faltan para afrontar aquello que decidimos, nos asalta una pregunta: ¿para qué me habré metido yo en este asunto?

    Otras veces vivimos ciertos aspectos de nuestra rectitud moral como exigencias exteriores a nosotros mismos, como leyes que se nos imponen desde lo alto. Y nos cansamos de cumplirlas, y nos sentimos atados y esclavos de algo que no tenemos asumido del todo.  En esos momentos nos muerde un sentimiento sordo: si no fuera cristiana tendría una vida más feliz. En vez de vivir la fe como encuentro y como amor, la vivimos como ley y compromiso. No es extraño que queramos renegar de ella en muchos momentos. La grandeza y la hermosura de Jesucristo son un océano que rodea al creyente. Que nada te robe esa experiencia honda de vivir respondiendo al Amor, con amor; a la Paz, con bondad; a la Bondad, trabajando humildemente por los pobres y los que sufren allí donde estés.

  • Vaciarse

    (San Juan 3,13-17) TIENE LA tradición cultural china un concepto muy distinto del nuestro, de lo que significa el vacío para las personas y la sociedad. Para nosotros el vacío, estar vacío, vaciarse, tiene siempre una connotación negativa, poco apetecible. Sin embargo, para la cultura china, el vacío es una realidad fundamentalmente positiva. Sin el vacío en el que el eje de la rueda puede dar vueltas, ésta sería imposible. El padre que no lo hace todo y que deja “hueco” a su hijo le permite afrontar nuevos retos y crecer. La mirada atenta de quien apreciamos –sin que actúe, ni haga nada- nos hace mejores, desarrollar nuestra propia humanidad.

    Para amar al otro tal como es, para asumir la misión de construir el Reino, para ser auténticamente quienes somos, hemos de vaciarnos de nuestras inquietudes momentáneas, de nuestra preocupación por nosotros mismos, de lo que pensamos y sentimos. Sin vaciarnos de lo que sabemos, no podemos aprender; sin vaciarnos de lo que sentimos, no podemos poner al otro en el centro de nuestro corazón y nuestra vida.

    El Hijo de Dios se vació de sí mismo, de su propia divinidad, para hacerse hombre. Se despojó de todo para ponernos a cada uno de nosotros en el centro de su corazón. Esto lo hizo cuando se encarnó; lo hizo conforme anunciaba la Buena Noticia del Reino a los pobres; lo hizo cuando asumió la cruz, en la que de todo se vació, de todo lo despojaron, para poder acoger a todos en el vacío luminoso de su amor.

    Llenos estamos de cosas, de ideas, de proyectos. Algunos buenos, muchos vanos y superficiales. Quien quiere amar ha de vaciarse de sus propias necesidades, para atender a la luz que en el otro Dios ha puesto.

     

  • Hablando a solas

    (Mateo 18, 15-20) ¡Qué difícil es hablar a solas con alguien! Incluso con alguien a quien quieres. En nuestras conversaciones hay tantos “acompañantes indeseables” que perturban nuestra comunicación… Las historias del pasado, los comentarios de la gente, lo que creo que el otro va a sentir, lo que creo que debería yo decir por ser quien soy, lo que pienso que va a pasar cuando acabe aquella conversación… todos estos son personajes indeseables en nuestras conversaciones que malean y perturban para hablar a solas con alguien.
    Todavía es más difícil cuando buscamos hacer ver a quien queremos algún error que está cometiendo, alguna actitud personal suya que está perjudicando la convivencia, que lo está perjudicando a él. Entonces vienen otros “acompañantes indeseables” a quienes nosotros invitamos: el “pues tú también”, el “yo tengo derecho”, el “tú no sabes nada”… Y no es la otra persona sola la que aporta personajes indeseables, también nosotros.

    ¿Habremos hablado alguna vez, con quien queremos, a solas de verdad? Puede ser que no; y puede ser que nunca lo consigamos; así de limitados somos. Pero el amor no se para en dificultades, y quien ama de verdad a su hijo, a su esposo o a su esposa, a su madre o a su amigo buscará una y otra vez la forma de hablar con él sinceramente, buscando la verdad, acogiendo sus sentimientos y sus razones, expresando con dulzura y autenticidad lo que pensamos y sentimos.

    Por último una pregunta, si me permites: ¿con quién tendrías que hablar en este momento a solas y con sinceridad?; o  también, ¿de quién aceptarías que quisiera hablar a solas contigo?

  • ¿Por qué habla en parábolas?

    (Mateo 13,24-43) Las parábolas del evangelio nos remiten al Jesús más primigenio y auténtico. Cercano a su pueblo, hablando con sus palabras y sus experiencias, anunciando una esperanza tan deseada como necesaria, mostrando a los sencillos el camino nuevo que él mismo estaba transitando en comunión profunda con el Padre.

    Las parábolas saben a brisa de los campos de Galilea, huelen a la sal de los puertos fenicios de Tiro y Sidón, evocan las piedras en las que se sentaban los pobres de Israel a escuchar al profeta que les predicaba. Unos lo escucharían con ansia de verdad, otros con la suspicacia de quien teme encontrarse con un mero charlatán.

    Pero las parábolas interpelan a todos. En la sencillez de su lenguaje nos pone frente a nuestra propia inmadurez y pecado, a todos nos sitúan frente a la llamada radical de Dios a vivir de un modo nuevo.

    Las parábolas nos hablan de una religión que no quiere convertirse en ley, sino en invitación; de una experiencia de Dios que no busca definirse en frases estereotipadas, sino que abre a una esperanza siempre nueva. Las parábolas no nos dicen qué, en concreto, debemos hacer; respetan nuestra libertad de adultos que han de afrontar con responsabilidad su propia vida. Y sin embargo, siempre dejan el ánimo en búsqueda, en el reconocimiento de tanto como nos falta para vivir en autenticidad. Se exponen a ser manipuladas, a que se las apliquemos a los otros antes de pensarlas para nosotros mismos, a reducirlas al reductivo horizonte de nuestra ideología. Pero el Padre de Jesucristo es así: invita con un amanecer, interpela con la presencia de quien sufre, consuela con una oración, abre nuestros oídos con una parábola.

  • Espe-lanza

    (Mateo 13,1-25) La persona con esperanza siempre es lúcida, porque sólo el que es consciente, en concreto, de los peligros de la deshumanización que nos amenaza, espera y anhela profundamente un cambio que transforme nuestro mundo hacia la humanidad. La persona con esperanza es consciente de las piedras del camino, de lo dañino de las intrigas y la cizaña de los nuestros, de la falta de autenticidad de la palabra de muchos…

    La persona con esperanza siempre ve más allá de la frustración y la debilidad del presente porque atiende a la fuerza intrínseca de la verdad y del amor en el corazón humano. Podemos engañarnos durante mucho tiempo, pero llega la hora en que cada persona ha de sincerarse consigo mismo y responderse a preguntas que lo enfrentan con la verdad de lo que ha ido amasando en su vida.

    La persona con esperanza es siempre paciente. No se desalienta ante las primeras dificultades, sino que espera activamente (trabajando, exhortando, luchando…), hasta que el tiempo llega a su sazón, hasta que llega la hora de recoger los frutos o de contemplar cómo lo sembrado, aunque todavía bajo tierra, late con ansias de brotar.

    La persona con esperanza es siempre optimista. No con un optimismo simplón que cree que mañana todos los problemas estarán arreglados, sino con el optimismo del que sabe ver las posibilidades concretas que se presentan. El optimista ante las situaciones de oscuridad no cierra los ojos, al contrario, los abre para poder ver las luces pequeñas que iluminan el futuro.

    Salió un sembrador a sembrar… y sembró semilla buena en tu corazón; mantén la esperanza que merece quien te hizo tal don.

  • Podemos contra tenemos

    La esperanza es el motor de la historia. El corazón humano está hecho de tal manera que en lo más profundo es esperanza de un mundo más humano y fraterno. Sin esperanza nuestro espíritu muere. Los pecados contra la esperanza  son siempre mortales y asesinos porque hacen que nos conformemos con las injusticias que vivimos. Cuando nos conformamos con el “tenemos que…” y no abrimos nuestra mirada hacia una trascendencia más justa y luminosa, acabamos conformándonos con toda clase de opresiones y de injusticias que “tenemos que” aceptar.
    Los cristianos somos profundamente realistas, y sabemos de la debilidad del espíritu de todos los hombres y mujeres, comenzando por nosotros mismos. Sabemos que el corazón humano es voluble como torrente de tormenta. Pero también sabemos que lo único que nos mueve hacia el bien es la esperanza. Cuando los sacrificios no se asumen desde el amor y la esperanza, llenan de una tristeza que paraliza o se hace violenta.
    Los cristianos sabemos que será difícil conseguir que jóvenes y niños tengan un futuro más humano, pero creemos que podemos conseguirlo si en nuestra acción está presente la lúcida honradez que Cristo nos pide. Los cristianos sabemos que es difícil conseguir que la valla de Ceuta y todos los muros que los hombres levantamos sean inútiles e innecesarios, pero creemos que podemos conseguirlo si nos une la experiencia profunda de la fraternidad, que vivimos los creyentes. Sabemos que revertir el desarrollo consumista y alienante, que se nos vende como el único posible, en un verdadero desarrollo del trabajo, la paz y la gratuidad, será difícil; pero a esa vocación somos llamados por un Dios, que nos promete más de lo que nos atrevemos a desear.

    (Mateo 11,25-30) La esperanza es el motor de la historia. El corazón humano está hecho de tal manera que en lo más profundo es esperanza de un mundo más humano y fraterno. Sin esperanza nuestro espíritu muere. Los pecados contra la esperanza  son siempre mortales y asesinos porque hacen que nos conformemos con las injusticias que vivimos. Cuando nos conformamos con el “tenemos que…” y no abrimos nuestra mirada hacia una trascendencia más justa y luminosa, acabamos conformándonos con toda clase de opresiones y de injusticias que “tenemos que” aceptar. 

    Los cristianos somos profundamente realistas, y sabemos de la debilidad del espíritu de todos los hombres y mujeres, comenzando por nosotros mismos. Sabemos que el corazón humano es voluble como torrente de tormenta. Pero también sabemos que lo único que nos mueve hacia el bien es la esperanza. Cuando los sacrificios no se asumen desde el amor y la esperanza, llenan de una tristeza que paraliza o se hace violenta.Los cristianos sabemos que será difícil conseguir que jóvenes y niños tengan un futuro más humano, pero creemos que podemos conseguirlo si en nuestra acción está presente la lúcida honradez que Cristo nos pide.

    Los cristianos sabemos que es difícil conseguir que la valla de Ceuta y todos los muros que los hombres levantamos sean inútiles e innecesarios, pero creemos que podemos conseguirlo si nos une la experiencia profunda de la fraternidad, que vivimos los creyentes. Sabemos que revertir el desarrollo consumista y alienante, que se nos vende como el único posible, en un verdadero desarrollo del trabajo, la paz y la gratuidad, será difícil; pero a esa vocación somos llamados por un Dios, que nos promete más de lo que nos atrevemos a desear.

  • Piedra a piedra

    (San Mateo 16,13-19) “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, dice Jesús a su discípulo Pedro al confesarle su fe en que es el Hijo de Dios. Y sorprende que Dios se fíe de una simple persona, de una persona débil, para ser fundamento de la comunidad que tiene que es signo de su presencia en el mundo.

    Pedro no es un superhombre, ni un super-creyente. Se muestra muchas veces torpe y tozudo, en el momento crucial niega a su maestro, e incluso reconoce que no puede poner su corazón por entero en manos de Jesús Resucitado. Pero es un hombre vital y sincero, humilde y creyente. Y Jesús ha escogido el barro de los hombres para hacer ladrillos duros y porosos con los que ir haciendo una casa donde las personas sientan el amor del Padre.

    Tú tampoco eres una super-persona, ni un super-creyente, pero Jesús también te ha escogido a ti para hacer de este mundo un lugar más humano. Sólo basta con que seas humilde, sincero y te atrevas a equivocarte intentando tejer fraternidad.

    En estos días tenemos suerte. El sucesor de Pedro, el Papa Francisco, es así. No vemos en él un superhombre, sólo es un creyente que se atreve a hacer y a decir lo que cree que impulsa un mundo más humano, lo que impulsará a todos a vivir como hijos de Dios. No siempre acertará, pero nos está dejando un testimonio importante de fe humilde, sincera y que se atreve a caminar por caminos nuevos.

    Él es Pedro, y sobre esa piedra Jesús funda su Iglesia. Pero tú eres María, o Antonio, o Luisa, o Pepe, o María de la Oliva, o Salvador, o Rubén, o Sergio, y con estos ladrillos quiere construir una Iglesia nueva, que sea signo de esperanza para todo el que sufre.

     

  • Los besos

    (Juan 6,51-59) SALE EL sacerdote de la sacristía, revestido con la ropa de la celebración. Con paso pausado y firme llega al presbiterio, hace una pequeña reverencia de respeto a la imagen que lo preside, se vuelve hacia la mesa del altar y lo besa…

    La celebración ya ha acabado, se han pronunciado muchas oraciones y reflexiones.

    El sacerdote proclama la última oración, bendice con solemnidad al pueblo allí congregado, y, por último, se inclina ante la mesa del altar y lo besa…

    ¿Qué pasa en esa mesa para que tenga el honor de acoger esas muestras de cariño tan visibles?

    En esa mesa se nos entrega el pan del perdón y del consuelo. En esa mesa se nos entrega el pan de la cercanía y la ternura. En esa mesa se nos entrega la esperanza de nuestra vida, de los nuestros, de toda la humanidad, que por ella se nos hace cercana, próxima, fraterna.

    En esa mesa se nos hace presente, cada día, la entrega transparente de quien da sentido pleno a todo lo que en nuestra vida tiene sentido; de quien da sentido a todo lo que en nuestra vida es absurdo e incomprensible; de quien da pleno sentido al amor que da sentido a nuestra vida.

    Como el hijo que cada mañana y cada noche besa a su madre al levantarse y al irse a dormir, el sacerdote besa el altar porque en él se hace presente la vida de su pueblo.

    Los cristianos sabemos que las cosas, por muy santas que sean, son cosas. Pero es que hay cosas que nos evocan tanta bondad que el besarlas, meramente, nos hace vivir en una serena confianza. Cada uno tiene alguna cosa así, el altar lo compartimos todos.

     

  • La pregunta

    (San Juan 3,16-18) “Claro que soy creyente, Padre, si no fuera así no habría venido a pedir el bautizo de mi hijo. Pero ando con la fe tan baja que ya no sé en qué creo.

    Mi novia podría haber abortado a este niño. Usted sabe cómo van estas cosas, pero es que queríamos tenerlo, y nuestra conciencia nos pedía que afrontáramos todas las dificultades para salvarlo. Ni ella ni yo somos ya adolescentes, aunque por la vida que llevamos así lo parezca. Yo tengo 30 años y ella 28. Sin un sueldo medio estable desde que acabamos de estudiar, ¿cómo meternos en una casa?, ¿cómo plantearnos un futuro juntos? A lo mejor el niño nos ayuda a romper este círculo de dependencia en el que no se ve ninguna esperanza.

    Usted me habla de que Dios ha entregado a su Hijo al mundo para que el mundo se salve por Él. Y a mí la salvación que me hace falta es un trabajo. Porque todas las mañanas tengo que pedirle dinero a mi madre para coger el autobús e ir a ver a mi hijo, y paso las horas con él en el parque, sin más expectativa que ver pasar el día para que venga otro igual. Porque vivo la impotencia de no poder formar mi  propio hogar. Sin trabajo no hay futuro.

    Y lo peor es que como yo hay cientos, miles. Si fuera yo sólo tendría la esperanza de que más pronto que tarde encontraría algo, pero para cualquier puesto de trabajo hay cientos y cientos de solicitudes. Y lo peor es que no se ve que en nuestra tierra se haga nada por cambiar las cosas.

    ¿De qué salvación me habla si lo que necesito es trabajar? Pero, dígame algo, Padre, que me transmita un poco de fe. Lo necesito.  Dígame algo.

     

  • Abdelasis

    (Mateo 18,16-20) Hablaba hace tiempo con un amigo marroquí, Abdelasis, un joven venido a España a ganarse la vida vendiendo alfombras y otros enseres por las calles. Abdelasis es sincero creyente musulmán; me comentó que nosotros creíamos en Jesucristo lo mismo que ellos creían en Mahoma, pero que la fe cristiana y la musulmana eran parecidas.

    Yo le comenté que en muchos aspectos nuestras formas de ver a Dios son semejantes, pero que había una diferencia importante. Para vosotros, le dije, Alá está en lo más alto, Mahoma mucho más bajo que Él, un poco más alto que nosotros que estamos todavía más hacia abajo. Mi amigo musulmán me dio la razón. Pero nosotros, le continué explicando, pensamos que Dios está en lo más alto –y lo señalé con la mano izquierda levantada-, y que Jesucristo, siendo un hombre como nosotros, tiene la dignidad  misma de Dios –y fui ascenciendo la mano derecha desde abajo, donde estamos los hombres, hasta la altura de la otra mano-. Mi amigo Abdelasis se llevó sus dos manos a la cabeza sin poder creer que los cristianos cayéramos en semejante blasfemia.

    Y así es, a pesar de la debilidad en la que estamos constituidos, a pesar de nuestros pecados y  egoísmo, a pesar de nuestras cobardías y mediocridad, en el corazón humano Dios Padre puso la necesidad del amor, de un amor pleno, incondicionado, absoluto. Y la respuesta a esa necesidad es Jesucristo, un hombre como nosotros, pero que es fuente radical del amor mismo de Dios.

    Carnal, como nosotros; sufriente, como nosotros; necesitado de pan y de caricias, como nosotros. Y fuente de un amor tan pleno que ilumina, alienta y fortalece la debilidad de nuestro amor.