Categoría: El evangelio del domingo

  • Los que sufren nos importan

    (Mateo 25, 31-46)  LOS QUE SUFREN, los marginados, los que son mal vistos, los que no tienen oportunidades de desarrollar todas sus capacidades en plenitud, los que viven angustiados por no poder pagar sus deudas, los que no saben cómo van a llegar a final de mes, los que viven sin el amor que necesitan, los que han sufrido violencia y vejación, los que viven la desesperación del paro, los que no ven horizontes de futuro, los enfermos, las familias de personas con discapacidad, los toxicómanos y sus familias… todos estáis en lo más íntimo del corazón de Jesucristo.
    Y vosotros sabéis el inmenso consuelo que eso significa.

    Para la comunidad cristiana es a la vez consuelo y exigencia. Consuelo porque muchos de nosotros vivimos momentos de dificultad extrema, en la que no vemos más que oscuridad. En esos momentos también nos sentimos en lo más íntimo del corazón de Jesucristo. Y exigencia, porque todos hemos de escuchar la llamada del Señor que nos dice: “lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

    Y esto no es una exhortación sólo para el grupo de Cáritas: las familias cristianas, los catequistas, los miembros del grupo de liturgia o de cantos, los sacerdotes, los grupos de jóvenes, las hermandades, todos los movimientos de la parroquia, los niños también… todos hemos de poner en el centro de nuestra fe a los que sufren: “lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

    Las palabras de Cristo seguirán resonando en la fe del creyente siempre: “lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

     

  • Afrontando la vida

    (Mateo 25, 14-30) TIENES una vida en la que puedes desarrollar todo el potencial que tienes dentro; si no lo haces, lo pierdes para siempre; nuestra realidad es así, y no nos la podemos inventar.

    Hubo un tiempo en el que nuestra cultura estaba impregnada de un fatalismo que paralizaba todas las fuerzas de renovación que surgían. La vida campesina constataba la impotencia de nuestros esfuerzos ante la fuerza de lo imprevisible. Pero hoy la mentalidad que dispersa nuestras fuerzas y dilata nuestras decisiones hasta paralizarnos es justo la contraria; pensamos que todo es posible y siempre; que cuando queramos la vida cambiará con la decisión de nuestra voluntad. Hasta que la vida nos muestra que las oportunidades que se pierden no vuelven. Y nos lo muestra con una contundencia y una inexorabilidad que nos dejan mudos y derrotados.

    No nos podemos inventar la vida y perdemos el amor que no hemos amado, la esperanza que no dejamos que nos impulsara, la fe que escondimos por cobardía.

    Y es que lo que más nos esclaviza es el miedo. Miedo que parasita en nuestra falta de fe en que Dios es Padre, y nos quiere como sus hijos; miedo que se alimenta cuando juzgamos a los demás, condenándonos a nosotros mismos, porque no somos tan diferentes de ellos. Miedo que nos vence cuando, en vez de ver la hermosura de lo creado, rumiamos insatisfacciones, fracasos, o nuestros propios pecados.

    El evangelio nos invita a dejar de rumiar el fruto amargo de la mediocridad y a vivir lo que somos: hijos de Dios Padre, ungidos del Espíritu, hermanos pequeños de Jesucristo.

     

  • Una fe que merece la pena

    (Juan 2, 13-22) Llevamos demasiado tiempo viviendo un cristianismo vergonzante y acomplejado, como si tuviéramos que hacernos perdonar el hecho de tener fe, y de ser cristianos. Y así no vamos a ninguna parte.

    Mientras tengamos esa vivencia de la fe apocada y entristecida, aunque nos propongamos evangelizar, será  imposible. Nadie da lo que no tiene. Si no tenemos la alegría del evangelio, no la podemos dar. Una de las causas más importantes del éxito de la primera evangelización fue que, mientras los paganos habían perdido la confianza en su enjambre de dioses y su laberinto de mitos, el cristianismo aparecía a los ojos de todos como una fe que merece la pena vivir, porque es también una fe por la que merece la pena morir. Ese fue el testimonio de las comunidades cristianas y el testimonio apostólico que funda nuestra fe.

    Hemos de pedir que salga de nosotros ese «demonio mudo» y permitirnos recuperar aquel atrevimiento de los primeros testigos del resucitado que les permitía decir sin arrogancia, pero con la mayor naturalidad, de lo que habían visto y oído. Ni nuestros pecados ni los pecados de la iglesia debe frenarnos a la hora de anunciar con nuestra vida, con nuestros gestos y con nuestras palabras que vivir en comunión con Jesucristo es la vida verdadera.

    El mayor problema de la Iglesia es que muchos bautizados han convertido su fe en religión, y han sustituido la experiencia del encuentro con Cristo por unos ritos y costumbres que no son dañinos, pero que no son fuente de evangelio, ni de evangelización. Ni tú ni yo somos uno de ellos, ¿verdad?

     

  • En el Dios de la Vida

    (Mateo 22, 23-30) Muchas religiones creen en la continuidad de la vida de las personas después de la muerte. Nuestro cuerpo, dicen los budistas, es como un vestido viejo del que el alma se despoja al morir. Los musulmanes también creen en un paraíso al que van los justos. A decir verdad, el primer rasgo de humanidad que constatan los antropólogos son los restos arqueológicos de tumbas, en las que siempre aparecen ofrendas que el difunto necesitará en la otra vida.

    Cuando se busca la secularización de la vida política y social, surge la necesidad de “honrar la memoria de los que han fundado la nación”; unas honras que en poco se distinguen del culto a los difuntos.

    Los cristianos no creemos en la supervivencia de nuestra alma cuando el cuerpo muere. La fe cristiana no se basa en el deseo humano de pervivir a la muerte, sino en la experiencia de la resurrección de Cristo. Por el testimonio de los apóstoles creemos que Jesús, muerto en la cruz, resucitó y se convirtió en fuente de vida para los que creen en él. Por esa fe sabemos que nuestros difuntos viven en él; que el amor que vivieron sigue vivo, porque él es amor y quiere que su amor sea eterno.

    Por nuestra fe los cristianos sabemos que nuestros difuntos viven de la presencia y la bondad del Dios de la Vida. Dios es Vida, y en su presencia la muerte se desvanece. En su presencia hasta nuestra mezquindad retorna al impulso del que nació: la necesidad de ser protegido y amado; y en su presencia se ve colmado.

  • En el Dios de la Vida

    (Mateo 22, 23-30) Muchas religiones creen en la continuidad de la vida de las personas después de la muerte. Nuestro cuerpo, dicen los budistas, es como un vestido viejo del que el alma se despoja al morir. Los musulmanes también creen en un paraíso al que van los justos. A decir verdad, el primer rasgo de humanidad que constatan los antropólogos son los restos arqueológicos de tumbas, en las que siempre aparecen ofrendas que el difunto necesitará en la otra vida.

    Cuando se busca la secularización de la vida política y social, surge la necesidad de “honrar la memoria de los que han fundado la nación”; unas honras que en poco se distinguen del culto a los difuntos.

    Los cristianos no creemos en la supervivencia de nuestra alma cuando el cuerpo muere. La fe cristiana no se basa en el deseo humano de pervivir a la muerte, sino en la experiencia de la resurrección de Cristo. Por el testimonio de los apóstoles creemos que Jesús, muerto en la cruz, resucitó y se convirtió en fuente de vida para los que creen en él. Por esa fe sabemos que nuestros difuntos viven en él; que el amor que vivieron sigue vivo, porque él es amor y quiere que su amor sea eterno.

    Por nuestra fe los cristianos sabemos que nuestros difuntos viven de la presencia y la bondad del Dios de la Vida. Dios es Vida, y en su presencia la muerte se desvanece. En su presencia hasta nuestra mezquindad retorna al impulso del que nació: la necesidad de ser protegido y amado; y en su presencia se ve colmado.

  • Si falta el amor

    (Mateo 22, 34-40) – El Señor nos manda amarnos unos a otros y amar a Dios; pero, ¿puede el amor ser un mandamiento?, ¿alguien puede mandar amar? El amor o nace espontáneamente o es falso…

    – Tienes razón, María, el amor si no brota de dentro es falsa impostura y hasta hipocresía. Pero hay muchas formas de amar a las personas. El amor de pareja, el de amistad, el aprecio sincero a los vecinos, el respeto a quien no conocemos, los deseos de ayudar a los pobres… Hay muchas clases de amor; todos ellos hemos de desearlos y prepararnos para vivirlos. Cuando amamos de verdad a las personas también hemos de estar atentos a no tener sentimientos o comportamientos que dañen ese amor. Eso sí se puede y se debe procurar; y eso no es falsedad alguna.

    Tú tienes que alentar sentimientos de bondad y aprecio hacia los tuyos, hacia los que te necesiten; así serás sincera y veraz.

    – ¿Y si me falta el amor hacia alguien?, ¿y si me hacen algo que no puedo perdonar?, ¿y si tengo deseos egoístas y no se me apetece ayudar a los demás?

    – Nuestra vida no puede depender de que se nos apetezcan los comportamientos o no. Si ves algo bueno y justo tienes que buscar vivirlo y hacerlo. Pero es verdad que a veces es sólo Jesús quien puede despertar en nosotros el amor que nos permita ser buenos y felices a la vez. Ese es un don grande que ojalá tú recibas. Tu vida puede ser un canto hermoso al amor, y tú disfrutarlo cada mañana y noche en tu interior…

    – Y los que hacen tanto daño a los pobres, pero quieren a sus hijos, ¿se puede decir que tiene amor o que no?… ¿Y si una persona… [María es inquieta e inteligente, no sabemos dónde llegará].

  • Sociedad civil

    (Mateo 22, 15-22) La comprensión que Jesús de Nazaret tiene de la sociedad es profundamente realista, liberadora y actual. Sus parábolas nos muestran una mirada penetrante y crítica a los problemas que golpeaban a los más pobres e indefensos, y una gran libertad para señalar a quienes les hacían sufrir.

    Una de las intuiciones más fecunda y actual de esta comprensión es la no confusión entre el ámbito religioso y el político: “dad al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios” –escucharemos el próximo domingo-.

    Ningún gobierno, ningún grupo político, ningún legislador va a responder plenamente a las exigencias de la justicia; como ninguno de nosotros respondemos plenamente a las exigencias de la bondad. Todos estamos llamados por Dios –creyentes y no creyentes- a construir un mundo más humano y más justo; todos hemos de colaborar con su construcción.
    Los creyentes, desde la fe, acogemos la luz de la bondad de Dios Padre, y buscamos los caminos que nos lleven a un mundo más fraterno; en pie de igualdad con el resto de los hombres y mujeres de nuestra sociedad: sin imponer, sin arrinconarnos.

    Sin imponer porque la fe no se impone, y porque las que consideremos leyes justas, también tendrán elementos ambiguos y podrán ser causa de marginación y sufrimiento. Sin arrinconarnos, como algunos querrían, entretenidos en asuntos de sacristía y procesiones. La luz de la fe nos permite vivir en la esperanza de un mundo nuevo, y nos da fuerza para impulsarlo con humildad, con sacrificios, también con  alegría.

  • Invitados

    (Mateos 24,1-14) CUANDO VIVIMOS desde la verdad profunda de ser hijos de Dios y que Dios es Padre y nos acoge y nos protege, vivimos de una manera distinta, como invitados a un banquete. Eso nos dice el Evangelio.

    Podemos quedarnos con una mirada superficial sobre lo que vivimos y nos pasa. Entonces la enfermedad será sólo un problema serio; la crianza de los niños, una tarea exigente; hasta la amistad la viviremos con distancia porque sabemos que nadie es completamente fiel…

    Pero podemos asumir una mirada distinta, la mirada de la fe. Desde esa mirada cada amanecer se convierte en un regalo; el gesto amable y cada caricia de quien nos aprecia en una llamada de Dios mismo a vivir en amor y alegría; cada dificultad que se nos presenta en un reto, en una oportunidad para superarnos, para mantenernos firmes, para mostrar que nos sentimos hijos de Dios, o para acogernos a su bondad si nuestras fuerzas flaquean.

    Sin esa mirada de profundidad en la que descubrimos los ojos de Alguien que nos mira y se nos entrega con cariño, nada es bastante bueno, nada es suficiente, nada nos satisface. Nuestro mundo está entretejido con hilos de limitación y pobreza, pero esos mismos hilos mirados con perspectiva, resaltan el arcoíris que se dibuja en cada trozo del paño.
    Hemos de aprender a vivir sin alienarnos en la inmediatez de lo que sentimos, ni de lo agradable ni de lo desabrido. Vivir desde la fe convierte nuestra vida en una invitación inesperada e inmerecida a un banquete. Esto nos lo dice quien sabe de dificultades y problemas; quien sabe de ellas es quien lo dice con más convicción.

  • Codicia

    (Mateo 21, 33-43) Nada hay tan creativo como el afán humano de superación. Las personas tenemos un impulso innato por superarnos y crecer, por llegar a cotas más altas y elevadas. Ser persona es trascender, ir más allá. Ese impulso es admirablemente creativo y revolucionario. Es capaz de inventar medicinas nuevas, de convertir el desierto en una huerta, de crear fuentes de riqueza y trabajo, de hacer surgir la belleza de la madera o el barro. Pero, como todo lo humano, ambiguo y necesitado de ser guiado y encauzado.

    En nuestros tiempos, ese afán de superación se ha convertido, demasiadas veces, en codicia, en afán por tener más y más. La codicia, omnipresente como la polución, lo está contaminando todo.

    Nace del afán de superación humana y es capaz de inventarlo todo, de replantearlo todo. Pero, ha convertido al Dinero en su dios, y acaba pervirtiéndolo y corrompiéndolo todo. Es capaz de dejar morir a personas por seguir rentabilizando una medicina; de especular hasta con la producción de alimentos –con el hambre de los pobres–; es capaz de destruir puestos de trabajo y condenar a familias enteras, por  unos puntos en el balance empresarial; es capaz de provocar asesinatos y guerras. La codicia es la fuerza más destructiva de la historia.

    En su enfrentamiento con las autoridades de Jerusalén, Jesús desvela cuál es el pecado que les llevará a asesinarlo: la codicia. Querrán quedarse con lo que no es suyo, y no dudarán en asesinar al Hijo de Dios. La codicia, que está matando a los hijos de Dios, crucificó a su Hijo Único, Jesucristo.

  • Cambiar el Evangelio

    (Mateo 20,1-16 ) NADIE HABÍA estado de acuerdo con aquellas palabras. Habían sido duras, innecesariamente crueles, poco prudentes.Es cierto que los fariseos nos desprecian por ser ignorantes y por vivir sin respetarla Ley; es cierto que los escribas se aprovechan hasta de las viejas que les piden oraciones por sus difuntos. Pero decir que los publicanos y las prostitutas están por delante de ellos en el Reino de los Cielos…, nadie lo vio bien.

    Aquella mañana, todo empezó normal. Jesús comenzó a predicar como muchas veces con una parábola sencilla y bonita, fácil de comprender: dos hijos de un padre, uno obediente sólo de palabra, el otro respondón pero en el fondo bueno y leal… Pero cuando aplicó la parábola a nuestra realidad y dijo aquello de que los ladrones de los publicanos y las prostitutas están por delante de la gente bien vista en el Reino de los Cielos, muchos se fueron ofendidos, otros enfadados. A Jesús, algunas veces, le traiciona lo radical que es. Tendría que ser más prudente, menos incisivo.

    Es verdad que hay gente devota de una imagen que parece que no cree en Dios, sino en la escultura a la que reza. Es verdad que algunos usan la devoción de la gente sencilla para enseñorearse y aparecer como gente principal. Es verdad que hay quien sustituye la religión del amor por leyes que condenan a los que más sufren, y por tradiciones que sin la fe verdadera están vacías y no dejan de ser mero folclore; y que hay quien pone una vela a la Virgen y mira sólo porque engorde su capital. Todo eso es verdad. ¿Pero había que decir así las cosas?

    “Los publicanos y las prostitutas os precederán en el Reino de los Cielos”… No puede ser. Tengo que hablar con él para que cambie algunas cosas del Evangelio que predicamos…