Categoría: El evangelio del domingo

  • Vida que llama

    Juan 10, 11-18NUNCA SE OYE mejor la llamada de la vida que cuando nos es arrebatada. 700 personas muertas en la guerra del Mediterráneo son un grito ensordecedor a que nos dejemos afrontar por la Vida. 700 personas que se suman a otras muchas, por huir de la pobreza y de la guerra. Personas con ilusiones y sentimientos parecidos a los nuestros que llaman a nuestra conciencia cristiana.

    Si sólo escuchamos la voz de lo que nos conviene, siempre viviremos inquietos e inseguros; nunca sabemos a ciencia cierta la vida que en verdad nos conviene. Escuchando la voz de la Vida y respondiendo a lo que nos pide comenzamos a vivir en la serenidad del amor. Nunca vivimos con mayor seguridad y humildad que cuando nos sabemos llamados por la Vida y respondemos a lo que nos pide.

    Tener la íntima seguridad de estar donde debo estar, con quien quiero estar, haciendo lo que debo hacer, nos ofrece una serenidad que llena de esperanza. Esa seguridad íntima no procede de hacer mi capricho, o mi voluntad individual; sino de ir realizando a lo que la Vida me llama.
    Jesucristo es la Vida. Él mismo nos lo dijo. Jesucristo nos da la Vida, como el buen pastor que da la vida por sus ovejas. Las más de las veces acompasando su tiempo al nuestro. Otras enseñándonos, con su testimonio, a afrontar todo lo que pone en peligro la vida de los nuestros, de los débiles.

    Jesucristo nos entrega su Vida; una Vida que defendió a los más débiles, a los que no se le reconocía ni sus derechos a vivir. La indiferencia ante la muerte del débil, del inocente, sobre todo si es extranjero, no es digna de los cristianos.

  • Vida consciente

    Lucas 24, 36-48CORRÍAN los siglos XVIII y XIX cuando ciencia y fe parecían contradecirse y oponerse irremisiblemente. En el siglo XX eso cambió; es verdad que de vez en cuando algún divulgador de la ciencia, poco ilustrado o poco sincero, se sigue empeñando en que eso sea así. Pero el último gran filósofo de la ciencia, Thomas Kuhn, al analizar la historia de la ciencia descubrió que para la comprobación de una teoría científica innovadora e importante hacía falta la fe de toda una comunidad de científicos, dispuestos a sacrificar su vida en ese empeño. 

    La fe es, en cierto sentido, creer sin pruebas; pero, en otro sentido, es la capacidad de comprender la luz que procede del fondo de nuestra vida y que nos permite vivirla con consciencia y lucidez. Nada más dañino y destructor que contraponer ciencia y conciencia. Nada más enriquecedor que ir intuyendo y comprobando como la luz de la fe nos permite descubrir el verdadero sentido de nuestra vida y de toda la historia.
    No es fácil descubrir el poder del perdón, ni la fuerza de la cruz, ni la capacidad de transformación histórica de los pobres, ni la luminosidad que brota de la contemplación, “a oscuras y segura”, de la presencia de Dios. No es fácil, pero conforme uno se entrega a la verdad presentida, se nos va revelando la verdad, que no vemos, por transparente y cristalina.

    Echa cuentas de cuántas veces la vida te ha ido abriendo la inteligencia para que descubras lo importante como importante; para que descubras tus propias capacidades y limitaciones; para que acojas con infantil confianza a Quien siempre nos sorprende. No esperes que sea tarde para abrir tu ciencia a la conciencia que te interpela.

  • Vida admirada

    Juan 20, 19-31 Sin admiración sorprendida no hay felicidad humana. Necesitamos admirarnos, extasiarnos con las maravillas que nos rodean; que, a veces, por cotidianas, pasan desapercibidas.

    La vida siempre es admirable; siempre se nos muestra como un milagro inexplicable. La biología actual ha lanzado la hipótesis del origen extraterrestre de la vida, al no poder explicar el milagro de la vida desde las condiciones que se suponen que se daban en el planeta en la época de su aparición. Apenas se dan cuenta que entre “origen extraterrestre” y “origen trascendente” hay cierta similitud. La vida, ya en un sentido más amplio, siempre nos llena de admiración y sorpresa. Y cuando hay admiración y sorpresa nos llenamos de vida.

    Cuando las seguidoras de Jesús descubren la tumba vacía se llenan de admiración y alegría. Cuando Tomás descubre que el crucificado había resucitado cae postrado a sus pies reconociendo que es su Señor y su Dios. Algo inmensamente grande y sorprendente tuvo que ser la experiencia de la Vida Nueva de Jesús, ya que cada texto nos muestra matices distintos y sugerentes de la experiencia de los discípulos. Algo tan profundo que es el fundamento de la fe de la comunidad creyente desde hace dos mil años. Nosotros sólo podemos acoger su testimonio con fe. Un testimonio que no es un mero testimonio de palabra, sino que con la trasformación que experimentó su vida nos muestran la profundidad de lo que vivieron.

    No digas: “nada nuevo hay bajo el Sol”; admírate a cada paso de la presencia de Cristo Resucitado que alienta la Vida desde el centro de cada persona, desde el interior de todo lo que es.

     

  • Vida compartida

    (Juan 20, 1-9) Desde hace décadas se ha empeñado la cultura progre-capitalista en convencernos que nuestra vida, nuestro cuerpo, nuestro tiempo, nuestras capacidades son nuestras en propiedad privada, y que a nadie hemos de dar cuenta de lo que hacemos con nuestra vida, nuestro tiempo, nuestras capacidades o nuestro cuerpo. Se empeña en que confundamos libertad con independencia, desvinculación e individualismo. Y cuando convence a alguien lo hace profundamente infeliz.

    Defendiendo su “intimidad” y “emancipación” va cortando la vinculación con vecinos y familiares, mantiene encuentros controlados y tasados que no tocan sus sentimientos ni colman su necesidad de afecto y donación.

    La resurrección de Cristo es una experiencia vivida desde la profunda comunión de los discípulos: los que descubren a Cristo resucitado se saben enviados a compartir con los otros discípulos la gran noticia; compartiendo el pan se saben comunitariamente fundados en la vida del Maestro; reciben una paz y una alegría que los hacen vivir profundamente reconciliados; quien no comparte la oración comunitaria no puede descubrir la fuente de vida nueva que trae el Resucitado.

    La plenitud íntima y la paz profunda que se nos ofrece en las experiencias sencillas de sentirnos familia, de vivir en comunión, de sabernos pueblo, son un anticipo de la experiencia radical de sabernos mutuamente fundados en  la resurrección de Cristo. Jesús de Nazaret, al resucitar, ya es para nosotros Jesucristo; la vida verdadera es vida compartida, vida en comunión, vida que no pertenece, que te regalan para que la ofrezcas.

    En tu mano está acoger la vida en comunión sencilla de fe.

     

  • Perplejos ante la vida

    (Pasión según san Marcos) SIEMPRE NOS resulta incomprensible el asesinato de Jesucristo. Un hombre profundamente religioso al que los piadosos de su tiempo ansían eliminar; un profeta que abiertamente había declarado que su mesianismo no era político, ni se movía en los parámetros del poder mundano, al que se le condena por subversivo, por hacerse ‘rey’; un hombre rodeado de un nutrido grupo de seguidores, que había despertado una inusitada admiración, y que muere solo, abandonado por todos.Aún más, un hombre de Dios que se siente, en el último momento, abandonado por su Padre. Todo en la muerte de Jesucristo, en su asesinato, nos mueve a perplejidad.

    Toda muerte nos mueve a perplejidad y desazón. Los crueles asesinatos de cristianos a manos de islamistas; los subsaharianos que pagan con su vida el intento de buscar una vida mejor en nuestros países inhumanamente desarrollados; las personas que por enfermedad o accidente mueren en nuestro entorno…nos dejan con sentimiento de impotencia y vaciedad.

    Pero lo que nos deja perplejos no es la muerte, sino la luminosidad de la vida que cada persona tiene en su interior. La disolución de un ser vivo no nos llamaría a desazón si no palpáramos, sin comprender, la grandeza y la dignidad de cada persona. Es cuando la luz se oculta y nos deja a oscuras cuando con más claridad reconocemos que hemos nacido para dejarnos iluminar.

    La muerte de Jesucristo dejó en los que la vieron una sensación de vacío que les preparó para acoger la luz de una resurrección que nos sigue impulsando a los creyentes a dolernos de toda muerte, a acoger toda vida, a defender la dignidad de los más débiles.

     

  • Justicia

    OS HE IDO proponiendo en esta Cuaresma algo así como las virtudes cardinales de nuestro tiempo. Antaño se señalaban como fortaleza, templanza, prudencia y justicia. Los mayores se acordarán. Yo os he propuesto otras diversas: “agradecer”, “incorporarse”, “tener consistencia” y “justicia”. Este es el cuarto dinamismo de vitalidad y energía hacia el bien que ha de regir nuestra vida.
    Vivir en verdadera justicia conlleva que cada uno reciba conforme a sus necesidades y dé conforme a sus posibilidades. La justicia mira la dignidad de cada persona por ser hijo de Dios. Todos hemos de tener la posibilidad de desarrollar nuestras capacidades y ofrecerlas a los demás generosamente.

    Vivir en justicia es mirar a todos los hombres y mujeres como personas amadas por Dios, tanto como nosotros; necesarias para la construcción del Reino, tanto como nosotros; merecedoras de vivir en felicidad, tanto como nosotros. Vivir en justicia es responder a la llamada que Dios Padre pone en nuestra vida: a Él se lo debemos todo, a Él hemos de entregarnos por entero.

    En el evangelio de esta semana llegan a Jesús noticias de que unos extranjeros desconocidos quieren verlo y escucharlo. Él sabe que manifestarse a todos públicamente, en las circunstancias que lo rodeaban, conllevaba peligro de muerte. También sabe que el Padre lo llama a ser el cauce de la reconciliación de todas y cada una de las personas de la humanidad. Viviendo en justicia con lo más profundo de sí mismo, entregándole a todos sin distinción el don de su vida, afronta el camino de la cruz: desde quienes lo asesinan en un acto de crueldad, desde su corazón la Justificación verdadera de toda persona.

  • Consistencia

    UNA PERSONA consistente: sólida, sensata, tenaz, prudente, que sabe resistir en las dificultades, que vive en coherencia entre lo que piensa, lo que siente y lo que dice, fiel a su palabra, que vive sin condenar porque sabe de la debilidad en carne propia.

    Para entregar la vida hace falta ser una persona consistente; una persona se puede donar porque es dueña de sí.
    Jesús de Nazaret, entre otras cosas que se pueden decir de él, fue una persona consistente. Por eso hasta en medio de la debilidad más extrema se convirtió en fuente de fortaleza para quien lo contemplaba; por eso hasta en medio de las tinieblas más densas se convirtió en luz.

    Toda la vida en tensión de Reino, fue tomando decisiones importantes en el momento que consideró oportuno: años silenciosos en Nazaret, comienzo de la evangelización en Galilea, la elección de los doce, la decisión de ir a Jerusalén, la convicción profunda de que su vida iba a ser cauce de salvación para muchos… Decisiones tomadas en libertad, sin apresurarse, sin temores paralizantes, sin otro interés que cumplir la voluntad del Padre. Supo desde el principio que no iba a arreglarlo todo, ni siquiera intentó –en un empeño activista- “hacer todo lo que estaba en su mano”, sólo quiso vivir la llamada que Dios Padre lo constituía en su Hijo, el Primogénito de todos los hermanos.

    Jesús de Nazaret fue una persona consistente, recia y dulce a la vez, lúcida y utópica, en entrega radical a la llamada del Padre. Al contemplarlo nuestra vida se ilumina con esa consistencia que nos falta; de la coherencia que se nos pide; de la serenidad que nos hace vivir en esperanza, incluso en el de sierto.

  • Incorporarse

    (Jn 2, 13-25) Virtud es vigor –capacidad, fuerza, empuje- para hacer el bien. Si la primera de las virtudes cristianas es capacidad de agradecer, la segunda es capacidad de incorporarse, de formar cuerpo con otros para impulsar juntos la constante novedad del evangelio.

    Incorporarse es formar parte con otros de una corriente de vida que le da sentido a la nuestra. Nos incorporamos a un grupo de amigos para vivir la alegría y la madurez de la amistad; a un grupo concreto que con su acción busca transformar la historia; a una comunidad parroquial para ser signo del Evangelio. El que se incorpora se sabe parte de un cuerpo, sabe que necesita a los otros y que sin los otros no es nada; que los demás, en sus carencias y debilidades, también lo necesitan a él, y que su vida y sus capacidades son importantes. Quien se incorpora descubre que los demás son tan débiles e importantes como él mismo. Quien se incorpora vive una humildad activa, una sencillez comprometida; busca interpelar respetuosamente a todos, sabiéndose uno más. Incorporarnos es también levantar la cabeza; alzarnos de nuestra postración y desesperanza; es comenzar de nuevo después de tropezar y caernos; es volver a mirar al horizonte; mirar otra vez a los ojos de nuestros hermanos.

    Los orgullosos no se incorporan a nada. Lo quieren ser todo; quieren ser el primero y el último; el que diga la primera palabra y la palabra definitiva. Pero los orgullosos, más pronto que tarde, nos caemos de la parra y descubrimos que por querer serlo todo hemos acabado por no ser nada.

    Cristo te necesita para que seas reflejo de su luz y semilla de su vida en el mundo en el que estás; quiere, nada menos, que incorporarte a su vida; habitarte, hacerte su templo.

     

  • Agradecer

    (Mc 9, 2-10) Hay palabras que crean en el mero pronunciarse. Palabras que realizan incluso lo inesperado, lo que ni buscábamos siquiera. Así es la palabra que da las gracias.

    Quien da las gracias reconoce la bondad que con él han hecho; re-acoge el don que se le hizo; re-valora el bien que se le entregó. Quien da las gracias hace crecer el don, la bondad y el bien. A veces los dones que recibimos nos parece que ya nos lo merecíamos, y no les hacemos aprecio. Disfrutamos lo que se nos da, pero no nos recreamos en ello, ni nos recreamos en el amor o la bondad de la persona que nos los entrega. Quien da las gracias se recrea en el amor y en el bien con el que lo miran; re-disfruta, espiritualmente, aquel gesto de bondad material que se le dio. Pudo ser un favor pequeño, una hora de tiempo, un largo recorrido de amistad, o toda una vida que nos entrega y en la que se nos entrega quien nos quiere. Esto es mucho, pero es sólo lo que en la misma persona agraciada sucede.

    Quien da las gracias crea también gracia en los demás; ofrece el don de su sonrisa; entrega un bien de sí mismo, de su propia vida, al dejar a un lado lo recibido para mirar a los ojos a quien lo agració. Quien da las gracias alegra, recrea, enamora.

    Ser agradecido es la virtud más importante de un cristiano. Dar las gracias, cotidiana constantemente, llena nuestro corazón de alegría. Quien no es capaz de agradecer nunca tiene bastante, nunca está contento, nunca vive lleno de gracia; deja el agua correr sin que empape su vida. Quien da las gracias reconoce que el Donante es el verdadero don. ¿Cómo no agradecerte tu Hijo entregado por nosotros y el Espíritu que nos recrea descubriéndonos la Gracia?

  • Bastante Cuaresma

    (Mc 1, 12-15) “BASTANTE CUARESMA tenemos algunos ya. Lo que necesitamos es resucitar”. Tal que así podríais decir algunos a los que la enfermedad, el paro, u otros problemas os tienen bastante castigados. Y tendréis razón ; pero, tened en cuenta, que la esperanza no es planta que sin cuidados florezca y dé fruto.

    A veces las dificultades nos hacen arrugarnos y cejar en nuestro esfuerzo cotidiano por vivir conforme al bien. Comenzamos a compadecernos a nosotros mismos, a buscar algún consuelo y a mendigar compasión. Y todo esto, en vez de hacer que vivamos personalmente en paz, nos llena de tristeza y vacía de esperanza.

    La Cuaresma nos prepara para acoger la alegría y el amor de Dios.  Mirar, cara a cara, las ideas auto-destructivas que nos angustian; contemplar el alimento sencillo y cotidiano como signo del amor de Dios; encontrar tiempo para encontrarnos con nosotros mismos y con quien da consistencia a nuestra propia realidad; redescubrir lo que da verdadero sentido a nuestra vida acallando los ruidos que nos ensordecen cada día; acoger la inmensa verdad de que somos hijos y hermanos… ¿Quién dijo que es triste la Cuaresma?

    Si es austera es para que descubramos los bienes que disfrutamos; si es silenciosa es para que escuchemos la más delicada armonía. Es invitación a compartir generosamente lo que tenemos, sin que nos venzan las excusas que tantas veces ponemos. Si es verdad que somos ceniza, y lo somos; también es verdad que nuestros ojos pueden contemplar la sinfonía de colores con que, el sol y la llovizna,  adornan, callada e inesperadamente nuestros cielos.