Categoría: El evangelio del domingo

  • En la noche una Luz

    (Marcos 12, 38-44) El texto del Evangelio del próximo domingo es el de la viuda pobre. Ya lo recuerdan: estaba Jesús frente al cepillo del Templo y muchos judíos depositaban sus donativos, algunos ricos entregaban fuertes sumas; pero Jesús hace que sus discípulos se fijen en una viuda pobre que sólo echa dos moneditas; él les hace descubrir una gran generosidad, echó todo lo que tenía para vivir.

    ¿Qué impulsaría a aquella mujer a entregar el poco dinero que tenía para el Templo, para el Señor? No lo sabemos. Pero su gesto trasluce una esperanza y una confianza grande en Dios.

    Toda viuda, de por sí, es pobre. Cuando la muerte nos arrebata a la persona con la que compartíamos toda nuestra vida, nuestro cariño y nuestros afectos, nuestro tiempo y nuestros quehaceres quedan en nada; parece que con ella se nos arranca el corazón y el hígado, y nos quedamos vacíos por dentro; andamos como autómatas sin alma, haciendo lo de siempre, pero sin encontrar vida en nada. En una sociedad patriarcal como la judía, una viuda lo perdía todo, hasta un lugar digno y respetable en la sociedad.

    Sin embargo, aquella mujer tuvo que sentir una gran luz en su interior, en medio de su soledad y su pobreza; y quiso agradecer el amor vivido, o pedir con confianza ante los problemas que habían de venir, o corresponder el consuelo y la ternura que estaba recibiendo del Padre. Ella estaba viviendo algo especial, una luz en medio de la noche. Ana, otra viuda pobre, también en el Templo acogió en sus brazos al autor de la vida; nos lo cuenta san Lucas.

    Ninguna noche es tan densa que la luz del amor de Dios no la traspase y la penetre. Ninguna noche es tan oscura como para que no puedas reflejar con gestos humanos y de fe la Luz de Dios.

  • Uno de t(s)antos

    (Mateo 5, 1-13) CADA ÉPOCA histórica ha tenido sus santos; su idea de lo que significa ser santo, y personas que encarnaron ese ideal. En los comienzos fueron los Apóstoles, evangelizadores itinerantes que anunciaban en medio de peligros y adversidades la buena nueva de Jesucristo. Después, cuando el cristianismo se instaló en las ciudades y la vida de los cristianos no se separaba mucho de la del resto del pueblo, se valoró la austeridad y el desasirse del mundo de los Padres del desierto.

    Las órdenes y congregaciones religiosas surgen de ese afán humano por abrirse a la trascendencia, por ser fiel a lo más alto de nosotros mismos, por caminar en la cercanía de Dios. Desde su nacimiento muchas se dedicaron a la atención a los más pobres y sufrientes de la sociedad, en ellos contemplaban el rostro de Cristo.

    Y hoy, ¿qué santos necesitamos? Sería una presunción inadmisible, por mi parte, querer responder yo sólo a esa pregunta; esta es una de esas cuestiones en la que Dios habla en la vida a través de toda la comunidad. Pero os comparto alguna reflexión.

    Necesitamos cristianos que se llenen de la hermosura y la santidad de la vida, y la transmitan a los demás. Necesitamos creyentes que descansen en Dios sus fatigas y encuentren en él la felicidad anhelada. Necesitamos testigos, sencillos y humildes, de la bondad de Dios, dispuestos a equivocarse, sin temor a caer. Necesitamos curas buenos, monjas cariñosas, padres y madres de familias entregados, jóvenes inquietos y luchadores de la justicia, niños con ganas de aprender y sonreír. Necesitamos que tú acojas, con más verdad y desnudez, el amor de Dios en tu vida.

     

  • Asertividad y más

    (Marcos 10, 46-52) MUCHAS VECES hablamos, respondemos o reaccionamos ante los otros desde nuestras heridas emocionales; y, claro está, hablamos y actuamos mal.

    No respondemos a sus preguntas, sino a lo que sospechamos que nos quiere decir por algo que nos ha hecho sufrir o que nos angustia. Actuamos considerando al otro desde nuestras etiquetas, desde nuestros prejuicios, sin abrirnos al misterio de novedad y libertad que siempre es una persona. En todos estos momentos nos falta la asertividad necesaria para hablar desde el presente, desde lo que ha ocurrido o se ha dicho, sin prejuzgar intenciones o desprecios premeditados, manifestando nuestros sentimientos.

    Jesucristo, tal como nos lo describen los evangelios, por su relación única con el Padre, vivía en una asertividad que disolvía prejuicios y enfrentamientos infundados, que alentaba en las personas lo mejor que en ellas había.

    En el texto del evangelio que escucharemos este domingo nos encontramos una frase de Jesús que la repite varias veces: “Tú fe te ha salvado”. Ante un pobre mendigo ciego descubre la persona que tapaban sus harapos y su situación personal; descubre la tenacidad y la fortaleza de su carácter, sus ganas de vivir, su amor por la vida; descubre la fe y la esperanza con la que estaba viviendo su terrible situación… No le dice: “Yo te voy a devolver la vista”, ni: “el Señor te va a curar”. Le habla como la persona que es; como persona con capacidades insospechadas de fortaleza interior, con una fuente de humanidad interior que nunca se agota. Le habló como hijo del Padre; a quien el Padre quiere levantar de su postración.
    Le habló como nos habla a nosotros, a mí y a ti.

  • Triunfadores

    TRIUNFADORES de cartera repleta y corazón vacío.

    En las economías emergentes menudean las oportunidades de “dar el pelotazo”. ¿Recuerdan ustedes la expresión? Una de las palabras más de moda entre los chinos es triunfar. Triunfar es pasar de la pobreza y la precariedad de tus padres a tener un piso de 250 metros cuadrados en una urbanización con vigilancia privada, trabajo de jefe en oficina con aire acondicionado, coche europeo de alta gama y vacaciones comprando todo lo que sea lo suficientemente caro. Nosotros lo sabemos de sobra, detrás de un triunfador así suele haber un corrupto, y cientos de miles de víctimas empobrecidas por el lucro de unos pocos.

    Triunfar, aunque vivas sin el respeto y la admiración de tus hijos. Triunfar, aunque sientas como un estorbo a tu esposa, cargada ya con los mismos años que tú. Triunfar, aunque lo que te gusta de verdad no es ir al teatro, sino ver a la Esteban despotricando en la tele. 

    Triunfar, aunque no sepas qué hacer con el tiempo que te sobra. Triunfar, aunque te sientas deshabitado y seco por dentro.

    Lo único que salvará nuestra vida es escuchar en el fondo de nuestro corazón y en lo cotidiano de nuestra existencia hacia dónde nos llama la Vida. Si conseguimos vivir respondiendo a esa llamada a compartir lo que somos, a desarrollar nuestras cualidades y valores, a entregarnos gratuitamente por amor, entonces, estaremos en el camino de la salvación.

    Dios te quiere ver con el rostro iluminado y sereno, la conciencia limpia, por hacer que tu vida, con humildad y sacrificio, está dando fruto, y fruto bueno.

  • Muy personal

    (Marcos 10, 17-30) A VECES NOS empeñamos en hacer del evangelio un sistema moral y nos olvidamos de que el evangelio es una relación personal, muy personal, con Jesús de Nazaret. Él va acompañándonos en el decurso de nuestra vida; y cuando nuestro espíritu está preparado para escuchar su llamada la pronuncia con fuerza y claridad: “Ven, sígueme”.

    Cada momento de nuestra vida tiene una manera distinta de seguimiento; las exigencias al seguir a Jesús, como las circunstancias que nos acompañan, son diversas; no podemos hablar de ellas en general. Aunque siempre que escuchemos de labios de Jesús que nos llama aparecerán sentimientos contradictorios: la seguridad tibia, en la que estamos, nos paraliza; el reto de seguir la voz del Maestro, de sabernos acariciados por sus ojos, de sentir su presencia afectuosa y cercana, nos lanza a la aventura de obedecer su mandato, a ponernos al servicio del Evangelio. En el seguimiento de Jesús siempre se da la exigencia de dejar lo que tenemos, lo conseguido hasta ahora, y seguirlo.

    No te olvides que con responder una vez a su llamada no basta. En cada trecho del camino, nos espera y nos llama; nos mira con cariño y nos reta. A algunos ha podido ocurrirnos que escucháramos su llamada a la bondad, al servicio, a la justicia, al evangelio hace tiempo; y respondiéramos. Pero después los quehaceres cotidianos nos excusaron de seguir atentos a su voz. Y la dejamos de escuchar, y dejamos de responder. Todo se volvió conflicto de intereses, proyectos que encubren nuestro egoísmo, razones para no vivir en la fe; el cielo se volvió gris plomizo…
    “Señor, muéstrame tu camino en mi vida; que descubra que todo es nada ante Ti; quiero, sinceramente, seguirte”.

  • Conjugaciones

    (Marcos 10, 2-16) El matrimonio cristiano ha de conjugar el verbo “amar”; ese es el horizonte de convivencia al que aspiran los novios y las novias que se acercan a la Iglesia con sinceridad a vivir desde la fe su proyecto de vida. Ni “convenirse”, ni “aguantarse”; “amarse”.

    La consistencia de la vida en común de los matrimonios tenía antes muchos puntos de apoyo: la mujer dependía económicamente del varón; los familiares más allegados servían de bálsamo en los momentos de conflictos; se valoraba la influencia negativa de la separación en los hijos; etc.; todos eran apoyaturas para que en los momentos de crisis matrimonial se buscara una solución; o, muchas veces, razones para que la mujer aguantara todos los “carros y carretas” que vinieran. En la sociedad de más de hace 30 años muchas mujeres conjugaron el verbo “aguantar”.

    Hoy, la relación matrimonial se basa en la madurez progresiva del amor y del afecto mutuo. Es mucho más sincera que antes; pero, tiene más riesgos de deteriorarse o romperse, generando muchos sufrimientos e insatisfacciones: muchos adolescentes desorientados ante los sucesivos “novios” y “novias” de sus padres; muchos adultos patinando en una vida de adolescentes; muchas personas mayores solas, sin el consuelo de que fue la oscura muerte y no el helado desprecio la que las dejó sin compañía, ni los tiernos recuerdos pueden venir a consolarlos.

    Cada cierto tiempo, cada mes, varias veces al año, los matrimonios cristianos tenéis que “ajustar” y “reparar” vuestra relación. Pedid a las parroquias que os ayuden, si es necesario. Una vocación hermosa (“yo me entrego a ti, y prometo serte fiel”, “seréis los dos una sola carne”) necesita atención y cuidados.

     

  • Clericalismos

    (Marcos 9, 38-48) DIJO ALGUIEN hace ya algún tiempo que el sino de los españoles es ir detrás de un cura. Bien con una vela, en procesión; bien con una porra para darle en la cabeza. Quizás sea un poco exagerada la frase. Clericalismo y anti-clericalismo son hermanos siameses; y parece, que en estos últimos tiempos, el hermano de la porra le gana al de la vela por franca diferencia.

    El clericalismo es un problema grave, sobre todo, a nivel eclesial. Los curas tenemos demasiado poder de decisión; y, por el contrario, muchos cristianos han renunciado a su tarea apostólica. Las familias cristianas han dejado el protagonismo de la educación cristiana de sus hijos a las parroquias. Los profesionales cristianos no desarrollan la moral que su fe le pediría en su actividad profesional. Las asociaciones de fieles que más abundan no son las de apostolado o la de compromiso social, sino las que se centran en dar culto a venerables imágenes. Nuestras comunidades han de “desclericalizarse”; viven constreñidas por una falsa concepción de la Iglesia.

    Los sacerdotes también tenemos ese reto de “desclericalizarnos”, de no sentirnos “casta de poder”, sino hermanos al servicio de la comunidad y de los más pobres. El ministerio del presbiterado tiene una hermosa y exigente misión: representar al propio Cristo. Una misión que nos ha de llenar de humildad y temor. Ya que hemos de realizarla no como los sacerdotes de las religiones paganas ofrecían los sacrificios, sino desde la vinculación personal y profunda con Jesucristo.

    Y aunque algunos, por nuestros errores, quieran quitarnos hasta el derecho de hablar, nosotros no podemos dejar de intentar servir como Cristo lo hizo. Os pido, de verdad, a todos que nos ayudéis.

  • ¿Cuál es tu momento?

    (Marcos 9, 30-37) EN NINGÚN momento de la vida de Jesucristo resonó con tanta fuerza la palabra: “Abba, Padre”, como en el huerto de los Olivos, cuando la cercanía de la muerte y los sufrimientos de la pasión se cernían sobre él. Sabía que iba a ocurrir, pero llegado el momento tocaba vivirlo sin negar sus propios sentimientos.

    Enseñó a sus discípulos la oración del Padre nuestro, entregándoles la llave de la puerta de la vida. Los trató como hermanos, desde el más encumbrado hasta el último mendigo de Jerusalén. Les hizo ver una manera nueva de afrontar los problemas de la vida, desde la confianza más plena; y de acoger la mirada de quien tenemos enfrente, con limpieza y serenidad de corazón. Los llamó a colaborar con el proyecto de Dios para con la humanidad, a construir un Reino de paz, justicia y amor.

    Los discípulos lo escuchaban, querían aprender; pero a todos nos resulta más fácil asumir un encargo que vivir como hijos y hermanos. Querían cargos, protagonismos, responsabilidades por encima de los demás; querían disponer de la vida de los otros; creían saber lo que a los demás les conviene. ¿No es algo así lo que quiso decir con “seréis pescadores de hombres”?… Pero en el Evangelio no hay llamada a ser pescador de hombres sin reconocerse hijo de Dios y hermanos de los últimos. No hay llamada que no sea para estar al servicio; no hay llamada que no traiga cruz. Y es en ese momento, cuando la experiencia de la paternidad de Dios, de que el Padre está a nuestro lado pase lo que pase, adquiere toda su hondura y trascendencia.

    ¿Cuál es tu momento en la relación con el Padre, en tu experiencia de vida?: ¿En la llamada? ¿Creyéndote “alguien”, con toda la buena intención? ¿Asumiendo ya la cruz?

  • Fe de libertad

    (Marcos 8, 27-35) La persona está configurada para abrirse con confianza a la dimensión de fundamento que solemos llamar Dios. La inclinación a la experiencia religiosa es tan natural en la persona como el gusto por la belleza o por descubrir la racionalidad inmanente a todo lo que vemos; si se me apura, estamos más inclinados a creer en Dios que a hacer arte o filosofía. La libertad del hombre ha de afrontar esa inclinación y definirse ante ella. Es lo que algunos llaman la religión natural.

    Pero la religión natural tiende siempre a convertir a Dios en respuesta de nuestros intereses y deseos. Le pedimos que cuando sea necesario convierta las piedras en pan, o que nos dé éxito en la vida. Jesús nos enseñó el verdadero camino para vivir como hijos de Dios: “el que quiera preservar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio, ese, será salvado por el Padre”.
    Si tu fe sólo te impulsa a pedir por ti mismo, a pedir que se cumplan tus planes y deseos… ¿qué clase de fe tienes?

    La experiencia de los creyentes es que Jesucristo nos protege y nos ayuda; pero, frecuentemente, no por los caminos que esperábamos o deseábamos. Porque Él, que vive desde la libertad, nos invita a no vivir esclavos de nada. La comunidad cristiana tiene el reto inmenso de, en su debilidad, mostrar la valentía y el amor de Jesucristo. Tú, como cristiano, tienes ese inmenso reto. No renuncies a él porque en ello te va la vida.
    Si desviamos la mirada ante los que son despreciados por los poderes de este mundo, si bajamos los ojos a los que son condenados y desahuciados, si nos negamos a mirar a la cruz de Jesucristo, ¿cómo vamos a ver el rostro del Padre?

  • Ritos antiguos

    (Marcos 7, 31-37) Algunos de los rituales en las celebraciones de la Iglesia se simplificaron en los últimos tiempos porque su gestualidad resultaba poco comprensible para las personas de hoy. Uno de ellos fue el rito del ‘effetá’ que se realizaba en el bautismo. En el rito del bautismo que celebramos hoy hay muchos símbolos ricos y expresivos, pero antes había uno muy curioso: el sacerdote soplaba en los oídos de la persona que bautizaba, normalmente un niño, y decía esa palabra ‘effetá’ (que significa ábrete). Era el recuerdo de un gesto de curación que el propio Cristo realizó con una persona sordomuda, para devolverle la capacidad de oír; a la que también tocó la lengua con su propia saliva, para que pudiera hablar.

    A nuestra mentalidad secular y racionalista le resultan ajenos estos símbolos tan corporales y contundentes, pero seguimos necesitando, como siempre, que el Espíritu nos abra el oído para escuchar de verdad a Dios Padre y a nuestros hermanos, para saber encauzar nuestra vida con un amor lúcido y entregado.

    Estamos sordos y mudos ante el drama de la emigración de tantas personas buscando salir del infierno de la guerra. Estamos sordos y mudos por una cultura de la superficialidad que nos hace adolescentes perennes que tienen miedo al compromiso. Estamos acobardados por nuestra propia debilidad y egoísmo. Necesitamos que venga un soplo del propio Espíritu de Jesucristo que nos haga cambiar de perspectiva en la vida.

    Nuestra convicción creyente es fuente de esperanza: “El Señor abre los ojos al ciego, endereza a los que se doblan, sustenta al huérfano y a la viuda. El Señor reina eternamente” (Salmo 145). Qué falta nos hace a todos un vendaval de tu bondad, Padre.