Categoría: El evangelio del domingo

  • Te haces fuerte

    (Marcos 6, 1-6) “La fuerza se realiza en la debilidad”, parece paradójico y hasta contradictorio, pero es profundamente verdadero. Ya decía Heisemberg, el físico cuántico, que lo contrario de una verdad superficial es un error superficial, pero lo contrario de una verdad profunda es otra verdad profunda.

    Si nuestra fortaleza no pasa por la debilidad de aceptar ponerse en las manos del otro, por el detenerse ante su libertad, por llamar respetuosamente a su corazón, sólo podremos vencer, imponer nuestra voluntad o nuestras razones, pero no ser acogidos y amados; nos saldremos con la nuestra, pero no seremos de nadie, enquistándonos en nuestra suficiencia.

    La fortaleza de Dios siempre se detiene ante la libertad de la acogida de la persona.

    Los profetas eran una voz ante la que se podían tapar los oídos; los apóstoles un testimonio, ante el que se podía mirar a otro lado; el propio Jesucristo eligió el camino de la debilidad para enamorar a quien lo viera. Debilidad en el pesebre, en su profesión, en su misión y en su cruz. Esa debilidad se tornaba fuerza irrefrenable cuando un corazón humano se dejaba penetrar por su Espíritu. Entonces no había ley ni costumbre, prohibición o pena que detuviera a quien había sido iluminado por su rostro.

    La fuerza se realiza en la debilidad; sólo a condición de que esa debilidad sea acogida por quien se siente persona. No hagas planes de dominio, sino de interpelación; no quieras mandar, sino servir; no pretendas enseñar sabiduría, sino señalar el comienzo de un camino que tú también estás recorriendo.

    Todo es más fácil; ni vencer, ni convencer; simplemente ser.

     

  • Ecolovida

    (Marcos 5, 21-43) VIDAS NOS dan para que podamos darla. Parece que es esta la lógica de la Naturaleza, el sentido que inscribió en ella su Creador. El evangelio del próximo domingo nos presenta a Jesús devolviendo a la vida a una niña de doce años. Algunos biblistas apuntan que esa es la edad en la que las niñas se convierten en mujeres fecundas con capacidad de dar vida.

    Sorprende que pensando que se defiende a la mujer, se postule el aborto como un derecho. Un aborto siempre es una tragedia; cuando es provocado es, además, una carga terrible sobre la mujer, aunque las noches de lamentación lleguen años más tarde.

    Sorprende que quienes creemos que la Naturaleza es fruto de un acto generoso y creativo de Dios mismo, no hayamos puesto más empeño en buscar la armonía entre nuestro desarrollo económico y la custodia del medioambiente; que hayamos permanecidos impasibles o cómplices con quien destruía la creación por simple afán de dinero.

    Sorprende que nos preocupemos por la extinción de especies animales o vegetales, y nos hayamos olvidado, muchas veces, de los rostros concretos de hombres, mujeres y niños que mueren cada día por la especulación financiera con el trigo y el arroz, con la contaminación del agua que millones de personas han de beber.

    Dios, nuestro Dios, ama la vida y nos da, tiernamente, la capacidad de contemplar y acariciar; nos ha hecho capaces de dar luz a la vida y de dar a luz nueva vida. En las Iglesias deben colgar carteles a favor de la vida, y del trabajo justo, y del respeto a la mujer, y del respeto al medioambiente, y de la paz, y del amor de la familia: Cristo vino a darnos vida y vida en abundancia.

     

  • Armonía y caos

    (Marcos 4, 35-40) NUESTRA VIDA está siempre en el filo de una navaja, aunque no nos demos cuenta. Nuestra conciencia de omnipotencia piensa que todo tiene que salir como queremos y cuando queremos, que la relativa armonía que vivimos va a ser para siempre, que nuestros proyectos son el orden que regirá la realidad.

    Pero nuestra vida se mueve siempre entre la grandeza de ser personas con un corazón capaz de amar, con unas manos capaces de construir la historia, y la pequeñez de que la armonía que vivimos es profunda y radicalmente frágil.

    La ciencia de la astronomía nos lo dice, nuestro mundo es una posibilidad de armonía entre miles de millones de posibilidades de un caos negro, sin pasado ni futuro. El surgimiento de las estrellas, de la vida en la Tierra, de la humanidad eran unas probabilidades extremadamente pequeñas, desde las condiciones iniciales de la materia. Pero en un horizonte de caos informe la luz se hizo materia.

    La enfermedad, un problema súbito e inesperado, la misma muerte… pueden hacerse presente en nuestra vida sin que lo esperemos. En esos momentos tenemos que seguir creyendo en el Señor de la Luz y la Armonía, en El que hizo brotar un mundo como el nuestro, El que nos hizo capaces de ser libres y vivir en el amor. También nosotros, a veces, podemos preguntar: “Señor, ¿no te importa que nos hundamos?”. Y también podremos escuchar: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”.

    Quien nos da un nombre propio y nos mira con ternura nunca consentirá que el amor que vivimos acabe en el caos. Definitivamente, la luz se hará definitivamente.

  • Al ritmo de la vida

    Marcos 4, 26-34

    POCAS COSAS en la vida se suceden con el tiempo del clic electrónico, más bien se van fraguando con el tiempo de sembrar y cosechar, un tiempo de maduración lenta. Tanto lo malo, como lo bueno. En una época de quererlo todo y ahora nos engañamos y nos frustramos con mucha facilidad porque el ritmo de la vida no es así.

    Uno de esos dinamismos que han de ir germinando y dando fruto es el de alentar a los jóvenes que busquen una profesión con la que aportar lo mejor de sí mismos a sus hermanos, a la sociedad. Durante décadas les dijimos a muchos jóvenes que el mejor trabajo es aquel que sólo exige estar sentado delante de un ordenador, con aire acondicionado, y si es en la empresa pública mejor, porque eso supone estabilidad de por vida. ¿Haciendo qué?, no importaba; mientras menos, mejor. Triste futuro. Una sociedad que propone tal horizonte de vida a sus jóvenes es una sociedad profundamente enferma. En la Iglesia tampoco hemos alentado en los jóvenes la virtud de la laboriosidad, la vocación de ser colaboradores de la Creación con nuestra creatividad cotidiana. Se nos fue la fuerza reivindicando clases de religión, o animando a participar en asociaciones de solidaridad; cuando hemos hablado a los jóvenes de la vocación se entendía a la vida consagrada o a entrar en el seminario.

    Toca comprender y sentir que con nuestro quehacer diario somos instrumentos de la alegría y la creatividad de Dios Padre, cada día. Que nuestro trabajo cotidiano es, también, semilla de Reino. Madres, profesores, enfermeros, juezas, tenderos, informáticas, albañiles…, Dios hace girar el mundo con nuestro esfuerzo de cada día.

  • Las primeras cenas

    Marcos 14, 12-26

    ANTES DE la Última Cena hubo muchos momentos de encuentro y de acción de gracias de Jesús con sus discípulos y los pobres. A Jesús le gustaba festejar, le gustaba compartir, le gustaba respirar en la felicidad de los más pobres. Por eso después de estar con ellos dialogando y enseñándoles, después de recriminarles su indiferencia ante el prójimo y exhortarlos a vivir del amor del Padre, los invitaba a todos a comer. Si alentadoras eran sus palabras, más “alimentadoras” eran aquellas cenas para el alma y el corazón de sus discípulos, pobres y pecadores que a él se acercaban.

    Aquellas primeras cenas, en las que a veces milagrosamente se multiplicaba el pan para dar de comer a una multitud, todos veían claramente la voluntad del Padre de hacer del mundo una mesa compartida. Lo entendían estupendamente: el mundo ha de dejar de ser trinchera contra el otro, y ha de convertirse en una mesa común donde todos compartamos y vivamos felices. El pan adobado con vino, con las bromas del Nazareno y con poco más, siempre sabía a gloria.

    Quizás en aquellas cenas ya pensara el de Nazaret que le gustaría ser pan para alimentar la esperanza y el amor de aquellos amigos suyos desde dentro de su propia libertad. Quizás aquellas cenas prepararon a los discípulos para la última, de imborrable recuerdo. Quizás aquellas cenas expliquen mejor que muchos discursos aquellas palabras: “Este pan es mi cuerpo; este es el vino de mi sangre; ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que beba el vino nuevo en el reino de Dios”.

    ¿Cómo llamar a la adoración que se disculpa de construir, con el hermano, un mundo de verdadera justicia y solidaridad?

  • Glorificación

    (Mateo 18, 16-20) POR LA LUZ que brotó del Big Bang, y las innumerables partículas que, en alarde de creatividad y caótica regularidad, vieron la existencia en la primera proto-estrella: ¡Gloria!

    Por el universo que va expandiendo su hermosura en derroche –aun no comprendido- de fuerzas y materia que forman el claroscuro del firmamento: ¡Gloria!

    Por la vida que en insospechadas formas y en maravilloso equilibrio se ha ido formando en nuestro planeta: ¡Gloria!
    Por nuestra inteligencia y nuestros sentimientos que nos permiten conocer y amar, comprender y agradecer, acoger y entregarnos –a Tu imagen y semejanza-: ¡Gloria!

    Por tu Hijo Jesucristo que nos enriqueció con su pobreza, que nos iluminó con su encarnación y su palabra, con su Cruz y Resurrección: ¡Gloria!
    Por tu Espíritu que nos interpela y nos guía, que nos regala tu Amor mismo y tu reconciliación: ¡Gloria!

    Porque en nuestras debilidades y sufrimientos, porque en la injusticia y hasta en la calamidad, sabemos que quieres que el amor que vivimos sea eterno en tu presencia: ¡Gloria!, ¡Gloria al Padre y al Hijo, y al Espíritu que nos permite glorificarte!

     

  • Los colores de la luz

    (Juan 20, 19-23)La luz no tiene color, pero todos los colores se los debemos a ella.

    El color de cada cosa es la luz que no retiene, sino que proyecta hacia nuestra retina. Cuando contemplamos el color de una flor o de un rostro juvenil, contemplamos la luz que no ha retenido y con la que nos acaricia al contemplarla.

    Por eso el negro no es un color. Las cosas negras todo lo retienen, no reflejan nada, con todo quieren quedarse y se tornan sombrías y tristes.

    El día de Pentecostés el Espíritu de Jesús iluminó a la comunidad cristiana. Y aquellos primeros cristianos se pusieron, ebrios de alegría y confianza, a reflejar la luz que los había esclarecido por dentro. Comenzaron a anunciar el nombre de Jesús en medio de las sombras de una Jerusalén asesina; comenzaron a realizar los gestos de Jesús, a las puertas de un Templo que había sustituido a Dios Padre por una ley muerta; comenzaron a vivir como hermanos, personas de distinta procedencia y educación.

    Todos entendían aquel lenguaje porque iluminaba su corazón. El Espíritu de Jesús no viene, meramente, a que superes algunas dificultades, o te libres de algunas esclavitudes. El Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, viene a tu vida para que seas Templo de su Luz y de su Gloria.

    La humildad y la conciencia de nuestra debilidad, no debe arredrarnos en nuestra vocación de ser Templos de su Luz. Estás llamado a iluminar tinieblas. La vida de cada día te irá mostrando cómo. Pero no le cortes, en tu vida, las alas al Espíritu, que te quiere mirando alto, acogiendo el amor de Dios, amando a los más pobres del Pueblo.

     

  • Id y anunciad

    (Marcos 16, 15-20) LA DESAPARICIÓN del líder carismático suele significar una crisis profunda en todo movimiento. Era él quien tenía las ideas brillantes, quien unía las corrientes diversas, quien en momentos difíciles decidía qué hacer y cómo hacerlo. Los movimientos sociales se apiñan al fuego vital de personas con espíritu, y cuando éstas faltan todo peligra.

    Con el movimiento del Nazareno no ocurrió eso, sino justo lo contrario. Al poco tiempo de desaparecer sus discípulos inician una tarea de anuncio de su mensaje y de la buena noticia de su resurrección que dejaba sorprendidos a todos por el ímpetu, por el empuje, por la creatividad, por la fortaleza y por la sabiduría con que se conducían. Pareció que en vez de un Jesús había cientos, anunciando el Evangelio cada uno por donde iba. 

    Hablaban con autoridad, como en Nazareno. Y, además, acompañaban sus palabras con gestos hacia los enfermos que a todos dejaban sorprendidos. Como el Nazareno hacían andar a paralíticos y eran fuente de vida para muchos.

    Hoy, callada y humildemente, muchos grupos de Pastoral de la Salud, siguen realizando signos con los enfermos. “Cuando usted viene a darnos la comunión, hasta las rodillas se me ponen mejor, Padre”, me decía hace tiempo una anciana. Cuántos rostros han vuelto a sonreír y cuántas gargantas a cantar, cuántos pies han vuelto a bailar y cuántos corazones a tener esperanza, gracias a la labor de los que estáis entregados a llevar el Evangelio a los enfermos.

    Seguid siendo creativos y alegres, comprensivos y pacientes, veraces y fieles, el Señor sigue realizando signos a través vuestro.

  • Vida enamorada

    (Juan 15, 9-17) EL AMOR no es fácil de encerrar en palabras; ni siquiera en sentimientos. Quizás porque hay muchas formas de amar, amor a los hijos, amor a los amigos, amor de enamorados, amor a quien me encarga alguien que aprecio mucho… Como lo más transparente, es más difícil de ver mientras más cerca se le tiene. Como lo más necesario, sólo se valora en su verdad cuando nos falta. Como lo más sutil corre el peligro de romperse si lo quitamos del centro de nuestra vida.

    Jesucristo, nuestro Dios y Señor presente en nuestra vida por la resurrección, nos alienta a amar. Y digo alienta porque el amor no se puede mandar. A amar no se manda, ni nos podemos forzar. A lo más podemos permanecer abiertos a la llamada del amor, quitar estorbos (rencores, superficialidad, egoísmos) que nos impiden dejarnos envolver por su impulso. 

    Pero cuando optamos por vivir desde el amor, injertados en Quien nos hace madurar y dar fruto, todo se hace relativo y buscamos ponerlo en armonía con el Amor que se nos entrega. Ya todas las capacidades que tenemos queremos que ayuden y sirvan y alegren a los hermanos; dejamos de tolerarnos rencores y enfrentamientos que, como malas yerbas, nos hacían estériles; dejamos de ser nosotros los importantes para que el otro crezca y ame también. Dejamos de llamar amor a lo que sólo es aprovecharnos de quien nos necesita; a lo que es sólo necesidad de ser importante para los demás.

    Hay algo tan difícil e importante como amar: enseñar a amar a quien queremos; suscitar el amor en quien amamos; mostrar a los otros que el camino de la Vida Resucitada es camino de amor, que se entrega y acoge, que se alegra al contemplar a quien ama.

     

  • Vida que madura

    (Juan 15, 1-8) LA VIDA QUE Jesús resucitado trae a nuestras vidas es una vida que va madurando al calor del tiempo, de las alegrías y las dificultades. Nada más sencillo que ser cristiano: creer en Jesucristo, querer amar al hermano. Ningún camino con un horizonte más amplio que el camino de la fe.

    Cada día, cada circunstancia nos irá mostrando cómo cada uno ha de ser fiel a Cristo y a ese mandato suyo de amar. Unos están en hospitales cuidando a los suyos; otros alentando el bien en los niños de catequesis; otros acompañando las ansias y búsquedas de los jóvenes y adolescentes; otros compartiendo el trabajo por un mundo más justo.

    Nada se nos pide, porque todo se nos da; con la confianza de que nos entreguemos por entero. ¿No es así el amor? 

    Cristo no es una ley a cumplir; no es una norma que respetar; no son unos deberes que asumir. Cristo es la vid y nosotros somos los sarmientos. Él es la vida que desde nuestro interior nos hace dar fruto. Y cuando lo damos, nos limpia para que demos más. Nos lo ha dado todo, todo; nada de extraño hay en que nos lo pida todo.

    Respetará tus ritmos; te acompañará en tus búsquedas; asumirá el tiempo que necesitas para madurar; pero reclamará que des tus frutos de amor a su tiempo; y cuando los des, te pedirá más. Y tú estarás cada día más a gusto dando fruto, abundante, generosa, fraternalmente. Y cuando des fruto, sabrás, a ciencia cierta, que sólo los puedes dar porque antes toda la vida te la han dado.

    ¿Cómo agradecer toda la Vida que se nos da?