Categoría: El evangelio del domingo

  • Una de demonios

    (Marcos 1,29-39) UNAS VECES nos sentimos tan responsables de todo, que en cuanto algo sale mal nos echamos encima una culpabilidad que nos aplasta. Otras veces es algo del pasado lo que nos angustia y paraliza, una experiencia o un pecado, que se hace tan presente hoy como hace treinta años.

    Otras veces es el odio y el rencor que nos impiden ser felices e, incluso, vivir mínimamente en paz. Vivimos complejos de inferioridad que nos amargan cada instante de nuestra existencia porque cada instante necesitamos compararnos con los demás y salir ganando, cuando siempre hay alguien mejor que nosotros. Vivimos con los ojos vendados, obcecados en lo negativo, sin valorar todo lo bueno que han puesto en nuestra vida. Vivimos estresados en una actividad frenética, cansados de no poder descansar, nerviosos cuando podemos hacerlo. Nos enfrenta y nos hace despreciar a muchos la propia ideología, política o religiosa, que ponemos por encima de las personas.

    Nos come la propia identidad, la lascivia, siempre mezclada con impotencia, de querer usar al otro para satisfacer unas ansias que son como barril sin fondo. Nos come el afán desmedido por tener más y más, sabiendo que nada nos llevaremos a la tumba. Nos arruina la vida el competir con los demás en lo que somos y valemos; si nos vencen, nos amargamos; si vencemos, nos quedamos solos en la cumbre de una montaña pelada. Otras veces es el demonio del rencor resabiado que nos impide perdonar de verdad a quien queremos y descansar por fin.

    ¿Quieren ustedes que les señale más demonios que nos arruinan la vida? Más hay.

    Quien se encuentra con Jesús y se ve libre de sus demonios sabe con certeza que es presencia del Dios de la Bondad y de la Vida.

  • Representantes

    (Mateo 5, 13-16) TODOS LOS CRISTIANOS estamos llamados por Jesucristo a ir anunciando con nuestras palabras y nuestras obras la Buena Noticia de que Dios es Padre de todos. Pero hay unos “representantes cualificados” de esa tarea, que es la tarea de la Iglesia. Esos representantes somos los sacerdotes.

    Muchas veces no estamos a la altura de la llamada que se nos hizo. Representar a Cristo ante la comunidad cristiana es tarea harto difícil, que excede las fuerzas de cualquier persona. A veces estamos muy por debajo de esa llamada. ¿Qué podéis hacer los cristianos “de a pie” para ayudarnos a vivir esa vocación especial?

    Lo primero es no creer que estáis en la verdad plena, y que el sacerdote de turno está completamente equivocado y es sólo él el que tiene que cambiar. La prepotencia no es exclusiva de los clérigos. Y siempre cercena caminos de crecimiento y comunión. Lo segundo es tener paciencia con nosotros. Somos personas, unos pecan de jóvenes; otros de viejos; otros de estar cansados; otros de no tener las capacidades que serían necesarias… Pero ni ser viejo, ni ser joven, ni estar cansado, ni ser un poco “torpe” es “pecado” que no se cure con el tiempo.

    Después de estos dos requisitos previos, usad de la sinceridad aderezada con la prudencia, del testimonio constante y sencillo de vuestra bondad, de los ánimos en todo lo bueno que veáis en nosotros, y de la exigencia perseverante en todo lo que sea auténticamente evangélico (la búsqueda de la oveja perdida, la atención a los que más sufren, el anuncio del evangelio de Jesucristo…).

    Aunque quizás todo esto sirviera también al revés. ¿Verdad?

  • Llamados

    (Mateo 4, 12-23) LA PERSONA está hecha para creer en lo que la trasciende, en lo que es mayor que ella misma, mayor que sus propias ideas, mayor que sus propios logros, mayor que su propia vida. Las experiencias fundamentales que nos hacen vivir en realidad: el amar y ser amados, el decidir nuestro futuro, el crear algo nuestro con nuestras manos, el ver nacer y morir a nuestros seres queridos, el contemplar la belleza… todas estas experiencias nos hablan de lo que es mayor que nosotros mismos.

    Unas religiones ponen ese horizonte de trascendencia en la paz interior, en la búsqueda de una felicidad trascendente y suprema. Otras en la seguridad de cumplir unas normas procedentes de la voluntad de Dios, que limitan y ordenan toda la vida. La fe cristiana nace de una llamada, de la interpelación de un Dios Padre a cada uno de sus hijos. Una llamada que corta en seco la rutina y nos hace preguntar: “Señor, ¿qué quieres que haga?”.

    La vida, a creyentes y no creyentes, se nos vuelve a veces complicada. Los cristianos tenemos siempre el hombro amigo en el que llorar, la mano bondadosa que nos protege, la palabra que da sentido a nuestros sufrimientos; también, a Quien mira complacido nuestros logros; a Quien sonríe satisfecho con nuestras alegrías. La fe cristiana nace de un encuentro inesperado y, por así decirlo, “a traición”. Te llaman por tu nombre y sin  poder hacer otra cosa te detienes, y comienzas a tener tu vida en tus manos y a poder entregarla.

    “Ven conmigo” –nos dice-. No dice: “Estaré contigo”, sino “Ven a mi lado, para que vengas conmigo a estar con tu familia, a cansarnos en el trabajo, a buscar un mundo más justo, a sufrir en la cruz, a acoger la vida plena”.

     

  • Efecto ‘llamada’

    (Juan 2, 35-42) El evangelio de San Juan es el más elevado y espiritual, por una parte, y el que más nos acerca a la realidad concreta de Jesucristo y sus discípulos. En el cuarto Evangelio encontramos detalles y gestos de Jesús tan cotidianos y concretos que, a veces, sorprenden. Es el Evangelio que con más claridad afirma la divinidad de Jesús y con más nitidez subraya su humanidad.

    En los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) se recuerda la llamada explícita a los discípulos. Jesús va al lago de Galilea y los va llamando con aquellas palabas que todos recordamos: “Veníos conmigo y yo os haré pescadores de hombres”. Juan nos muestra el primer encuentro de la forma más cotidiana. Jesús no llama explícitamente a los discípulos; unos discípulos tiran de otros ante la atracción de su persona. Comienzan a seguirlo, sin que él los haya llamado. Y cuando se da cuenta de que lo están siguiendo les pregunta: ¿Qué buscáis? Aturdidos por semejante pregunta, ellos le responden con otra: “Maestro, ¿dónde vives?”, porque ciertamente no sabían bien lo que buscaban.

    Todo el que busca es un poco emigrante. Deja lo seguro y busca la vida más allá de lo que hasta ahora ha vivido. Todo emigrante necesita que alguien le ofrezca su amistad y su compañía, que le abra las puertas de su casa, que lo trate como hermano –no como inmigrante forastero-. Todos los que buscan vida nueva necesitan que la Iglesia sea casa acogedora; necesitan que la comunidad cristiana les diga, como Jesús a aquellos primeros discípulos: “Venga, venid a mi casa, así la veis”.

    Aquellos discípulos-emigrantes nunca olvidaron cómo les abrieron las puertas de la casa. No olvidaron, ni el día, ni la hora.

     

  • El regalo más necesario

    (Mt 2, 1-12) POR NO perder la costumbre, aunque con la edad parece que no es lo propio, esperemos que los reyes nos hayan traído el regalo que necesitamos. La que algunos han llamado la generación perdida puede convertirse en la generación de la esperanza.

    La voracidad de la avaricia, la pobredumbre de la corrupción y la indolencia cómplice de la gran mayoría se llevaron por delante las ilusiones y los proyectos de millones de jóvenes. Eso todos lo sabemos y ya está escrito. Pero lo que está aún por escribir es lo que esa generación va a hacer con el solar baldío que le hemos dejado en herencia. Los que han buscado la puerta entreabierta de la emigración al extranjero volverán, con más experiencia de la que aquí se les negaba. Los que se han quedado porque no les daba la edad, o porque algo o alguien los arraigaba a su tierra, tienen que escribir también el futuro. Despiertos ya de ensoñaciones ideológicas maniqueas, conscientes de que sin las virtudes del esfuerzo y la creatividad no van a conseguir nada, con el arrojo que otorga la necesidad, pueden ser la generación que necesitamos.

    Os tenemos que pedir perdón. Os criamos como niños ricos, y nuestra riqueza no era más que fachada y especulación. Os dimos demasiados caprichos, y no os enseñamos a recorrer el camino de la vida con alta moral y humilde realismo.

    Nosotros os tenemos que pedir perdón, y vosotros tenéis que sacudiros la conciencia victimista que os paraliza.
    Más difícil lo tuvo el que nació en el Pesebre y se ha convertido en esperanza para todas las generaciones de la historia.

     

  • Todo nacimiento es un milagro

    (Lucas 2,22-40) TODO NACIMIENTO es un milagro. Hay, también, personas que, sin que sepamos cómo y porqué, sin que su educación lo presagiara, ni las condiciones sociales invitaran a imaginarlo, se convierten en fuente de esperanza para muchos. La Biblia interpreta esta experiencia humana como una intervención personal de Dios en la historia de su pueblo.

    Abraham y Sara, los padres de Isaac; Manoaj y su mujer, los padres de Sansón; Elcaná y Ana, los padres de Samuel;  Zacarías e Isabel, los padres de Juan el Bautista; son testigos en primera persona del don que es tener un hijo, cuando todo estaba en contra, y ver que ese hijo se convertía en esperanza y alegría de muchos. Ellos descubrieron que la mano poderosa de Dios alentaba el don de la Vida a través de su cariño y sus caricias, de su vida sencilla y de su fe.

    La vida de Jesús, el hijo de María, es experimentada por todos nosotros como el camino por el que Dios nos muestra su amor de Padre. José y María, los padres de Jesús, contemplaron con sorpresa, admiración y, a veces con estupor, lo que Dios Padre iba haciendo en su Hijo. Ellos más que instrumentos de la mano de Dios sentían que contemplaban acontecimientos que superaba lo que podían comprender (“y María guardaba todas estas cosas en su corazón”).

    Somos hijos de Dios en Cristo Jesús. El Padre de Nuestro Señor Jesucristo nos llama a todos a ser orgullo de nuestros padres y alegría para los que nos rodean. Cada uno de nosotros tiene que encontrar (y a veces inventar, que somos llamados en libertad) la misión que manifiesta porqué somos especiales y únicos a los ojos de Dios y de los que nos quieren.

     

  • Shi ru po zhu

    (Lucas 1,26-38) TODA UNA época de la historia de China se llama la época de los Reinos Combatientes. Como os podéis imaginar las guerras se sucedían año tras año. El Emperador estaba decidido a unir en su mano los tres reinos que entonces conformaban la extensa meseta china. La oportunidad vino cuando el Reino del Sur y el Reino de Wu se estaban desangrando mutuamente. Inició una campaña victoriosa en la que ciudad tras ciudad iban cayendo en su poder.

    La época de las lluvias comenzaba en el sur, y las enfermedades y el calor amenazaban con hacer enfermar a la tropa. La mayoría de los comandantes de su ejército se manifestó contrario a continuar con la campaña. Sólo uno de ellos, el gran Duyu decidió proseguir hasta conseguir la victoria. Su argumento ha pasado a la cultura china: Una vez que el bambú está abierto hay que seguir hasta el final, lo difícil está hecho (Shi ru po zhu).

    El bambú es una planta durísima y fibrosa en su tallo, que ciertamente una vez que la hoja del machete ha abierto una brecha, se desliza abriéndolo con facilidad.

    Nuestra historia ya ha comenzado a abrirse al Reino de Dios. La brecha fue abierta por su Hijo, gracias a la fe y la entrega de la Mujer que acogió su plan de salvación para toda la humanidad. Una vez que el bambú de la historia está abierto, a nosotros sólo nos queda continuar la tarea de anunciar con nuestra vida y nuestras palabras la verdad del amor de Dios. La Navidad, irrupción irrevocable de Dios en la historia del hombre, resuena a las puertas. Que las dificultades con las que te enfrentas cada día no te impidan ver la luminosa verdad de que Dios sigue impulsando la historia y a cada persona hacia su amor.

     

  • 水清无鱼

    (Juan 1,6-28) En la frontera china de la ruta de la seda, en la provincia de Xi Yu, en el tiempo de la dinastía Han, a Ban Chao, un funcionario famoso por su diplomacia, le llegaba la hora de la jubilación. Le sustituyó el joven Ren Shang.

    Haciendo gala de humildad y sabiduría, fue a pedirle consejo al viejo diplomático. Paseando por el embarcadero del río, Ban Chao le dio un solo consejo: “Estas tierras fronterizas, lejos del rey y la cultura de la ciudad, son abruptas y primitivas. Si quiere evitar problemas grandes, no sea demasiado estricto con las pequeñas infracciones que puedan cometerse en el territorio encomendado. La severidad le privará de los amigos que podrían avisarte de los peligros serios. Mire aquí el agua, como es poco profunda y clara no hay peces grandes (shui qing wu yu). En la vida lo mismo. Si eres demasiado estricto en lo pequeño, no podrás percatarte de los asuntos importantes”.

    Ren Shang volvió a su casa un poco decepcionado. Aquel consejo no le pareció ni adecuado ni digno de un sabio. Pero su actuación trajo graves problemas militares a la región.

    En nuestra vida lo mismo. No debemos obsesionarnos con las imperfecciones pequeñas que a veces tenemos que sobrellevar. Eso quizás nos impedirá descubrir el “pez gordo” que es el amor de Dios en nuestra vida. Seamos comprensivos, con nosotros y los demás, en lo pequeño; y démosle importancia a lo importante tanto malo como bueno; a lo malo, que nos deshumaniza, para erradicarlo; al amor de Dios, para corresponderlo con nuestro amor.

  • fu shui nan shou

    (Marcos 1, 1-8) En el tiempo de la dinastía de los Han occidentales hubo un hombre que se dedicaba a recoger leña de la montaña y venderla en la ciudad; su nombre era Zhu Maichen. A pesar de su pobre y humilde oficio era una persona culta que gustaba de leer libros clásicos. Cada vez que iba a la ciudad cambiaba el libro que había leído por uno nuevo que leía, estudiaba y reflexionaba. Su mujer, llamada Cui, no dejaba de recriminarle su ridícula afición y de exigirle que en vez de leer tanto buscara más dinero para la casa. La vida de Zhu en su casa era terriblemente amarga, siempre escuchando que era un estúpido fracasado…

    Zhu Maichen no dejó de leer, es más insatisfecho con lo que leía, se puso a escribir un libro que quien lo leía quedaba asombrado por su sabiduría y perfección. Pronto llegó el libro a los oídos de un amigo influyente, que consiguió para Zhu Maichen un puesto importante en el funcionariado de la región. Se trasladó a vivir a la ciudad. Cuando su mujer se enteró de los progresos de su marido fue a que la recibiera como esposa en su nueva casa. Zhu Maichen le dijo: “Acepto que volvamos a ser marido y mujer, sólo con una condición, que recojas el agua de este balde”. Y cogiendo un balde de agua la derramó por el suelo de terrizo. La mujer no pudo recoger el agua que, rápidamente, se bebió la tierra.

    Preparar el camino al Señor consiste en no derramar ni desperdiciar el tiempo, las capacidades, el amor que Dios ha puesto y pone en tu vida. El Padre no se cansa de perdonar, pero el agua que derramas muchas veces se pierde para siempre.  Pon todo tu empeño y tus capacidades en impulsar un futuro nuevo.

  • “Ming chang qiu hao”

    (Marcos 13, 33-37) EN EL periodo de los Reinos Combatientes, el rey Qing Xuan se encontró con un grupo de personas que rodeaban a un buey y al matarife que lo iba a matar. Curioso y expectante encaró al animal desde cierta distancia, y se quedó impresionado por unas lágrimas que de los ojos del buey brotaban. El dolor del rey pasaba de boca en boca ponderando, todos, la humanidad del monarca; también pasaba de boca en boca su capacidad y perspicacia para descubrir algo tan pequeño y a tan gran distancia.

    Meng Zi, el más afamado discípulo de Confucio, habiendo oído este hecho afrontó al monarca, y le dijo: Señor, has adquirido fama de bondadoso, tanto que podrías acoger el sobrenombre de “Justo y misericordioso”. Pero dicen, también, que puedes ver el estambre de una flor a kilómetros y no ver un carro cargado de leña. Y en esto último tienen razón: ¿has visto a distancia la lágrima del ojo del buey y no ves los inmensos sufrimientos de tu propio pueblo que sufre la guerra…? Y esto sí que puedes evitarlo.

    En la primera semana de adviento se nos invitará a estar atento a la presencia de Dios que nos rodea, a sus llamadas que nos invitan a la transformación personal. Pero ten cuidado, no te pase como al rey Qing Xuan, que veas y te entretengas en minucias, y no prestes atención a las más evidentes e importantes. Las personas caemos a veces en ese error y no siempre hay un Meng Zi que nos haga caer en la cuenta.

    ¿Qué carros de leña pasan a tu lado sin que los veas por estar atento, haciéndote el bueno,  a lo que no tiene peso?.