Categoría: El evangelio del domingo

  • Esperanza y utopía

    LOS CRISTIANOS creemos en la bondad primera de la humanidad; es creada por Dios; pero sabemos, a fuerza de experiencia, que la fuerza del pecado es capaz de convertir las más loables intenciones, al cabo de algún tiempo, en corrupción, en inautenticidad y en vacío. La esperanza de los cristianos se vive en la tensión de vivir el mundo como sacramento del amor del Padre, que nos invita a realizar histórica y concretamente su Reino de paz y de justicia, y la esperanza última de la resurrección que restaña cualquier herida que la violencia y la irracionalidad de este mundo, a veces inmundo, infringe a los más débiles.

    Somos personas de utopía, que buscan plasmar en lo concreto la voluntad de Dios para con su pueblo. Somos personas de esperanza que, fundados en el amor de Dios, mantenemos la paz y la lucha cuando todo parece que está en contra. Somos personas que  buscan en lo concreto y lo sencillo la mano de Dios; y allí donde otros no ven sino oscuridad, porque aun no ha amanecido, nosotros contemplamos el lucero de la mañana.

    En un trabajador pobre, en un profeta que anuncia el evangelio del amor, los discípulos son invitados a contemplar el rostro del Padre: “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Los sacramentos son siempre pequeños, son siempre humildes, son siempre cotidianos –agua, aceite, pan, vino… un hombre que parece un hombre cualquiera-. Pero en esos acontecimientos aparentemente insignificantes está la fuerza y la luz del Padre que nos conduce a su Reino.

    Tú también estás llamado a amasar con tus manos signos con los que compartir la esperanza con los humildes y sencillos.

     

  • La imagen y el vacío

    (Juan 10,1-10) OTRAS RELIGIONES, conscientes de la inmensidad de Dios, no se han atrevido a proponer otra imagen de la divinidad que la del vacío. Tanto en el budismo, con el nirvana, como en la religión musulmana, con el mihrad, cada uno a su manera, el creyente se deja afrontar por el vacío como camino para acceder a Dios. Sorprendentemente en el evangelio de este domingo Jesús se compara a sí mismo con una puerta: “Yo soy la puerta por la que se entra a la vida verdadera”. Una puerta es un hueco, un vacío, que permite a todos entrar.

    Dejar espacio al otro para que pueda crecer y decidir por sí mismo es uno de los atributos de la humildad. Parece que mientras más protegemos y dirigimos, más queremos; pero algunas veces nuestros sentimientos nos hacen ocupar demasiado espacio y errar.

    Ante una imagen –hermosa, devocional, querida- nos sentimos invitados a hablar, a dar las gracias, a pedir. No abren el horizonte de nuestra vida. Ante la inasible inmensidad de Dios nos sentimos invitados a ensancharnos, a caminar, a buscarlo sin detenernos, a olvidarnos de nuestro yo.

    Las imágenes religiosas tienen otro peligro, un peligro muy serio: que las tratemos con actitud idolátrica. Honramos a una imagen de madera; agasajamos a una imagen hecha por obra del hombre; enaltecemos a nuestra imagen, que en el fondo es enaltecernos a nosotros mismos.

    “No permitas, Señor, que sustituyamos la santidad que te rodea por una imagen hecha por nuestras manos. Al contrario, que todo lo que nos llame a abrirte nuestro corazón nos haga encontrarnos contigo y entregarnos nuestros hermanos con más verdad”.

     

  • Sobre el tiempo y el momento

    (Lucas 24,13-35) Nadie vive de recuerdos, pero sin recuerdos no se puede vivir.

    Las experiencias fundamentales de nuestra vida se apoderan con tanta fuerza de nosotros que pasan sin que podamos en ese momento asumirlas ni pensarlas. Es después, al hacerlas pasar otra vez por el corazón –cuando las recordamos- cuando descubrimos la profundidad que nos hicieron vivir. Recordamos nuestras experiencias compartidas con el ser querido; recordamos los momentos en los que luchamos por la vida y la dignidad; recordamos los momentos duros en los que fuimos fieles a lo que creíamos…; y esos recuerdos consolidan lo que somos, nos dan identidad.

    La vida es sucesión de momentos. Momentos aparentemente anodinos y sin importancia; momentos que parecen importantes y que no lo son; momentos, que creíamos de sombras y eran luces para nuestra vida. Recordar, volver a pasar por el corazón nuestra propia vida, es lo que nos hace personas. Recuerda aquellos momentos en los que ardía tu corazón, como les ocurre a los dos que iban de Jerusalén a Emaus y se encuentran con Cristo; recuerda esos momentos en los que parecía que las sombras iban a devorarte y, por el contrario, comenzaste a vislumbrar una luz como de amanecer.

    Recordar necesita serenidad, y un compañero con el que compartir. No te propongo que hagas “bucle” con las memorias que te atormentan, ni que te llenes de melancolía por el pasado. Recordar es poderoso; concede poder sólo a lo que sabes que da sentido. Recuerda tus momentos de luz, de encuentro, porque en ellos encontrarás el ritmo del tiempo que con el Padre te invita a caminar.

  • Dejarse encontrar

    (Juan 20,19-29) PENSAMOS QUE tenemos que buscar a Dios, y nos equivocamos. Pensamos que tenemos que encontrar a Cristo, y erramos en nuestra manera de afrontar nuestra fe y nuestra vida. Pensamos que nuestro esfuerzo es el que nos abre el camino de la vida, y solo cuando, cansados, nos abandonamos estamos en situación de ser encontrados.

    En la vida, el precio que tenemos que pagar por lo que da sentido  es tan grande que nunca podemos costearlo. No podemos comprar el amor verdadero, ni con dinero ni con sacrificados favores. El amor se nos regala gratuitamente o no es amor. No podemos comprar el aprecio de los demás, y si intentamos hacerlo nunca nos apreciarán de manera ajustada a los esfuerzos que hemos hecho para conseguirlo. Las sombras del victimismo y la inseguridad son alargadas, y oscurecen nuestra alma en cuanto nos quedamos solos.

    Los evangelios de estos domingos nos hablan de la experiencia de los discípulos con Cristo Resucitado.

    Tampoco los primeros discípulos pudieron forzar el encuentro con Cristo Resucitado. Lo único que hicieron algunos fue encerrarse en una casa, paralizados por el miedo, dándose un poco de ánimo unos a otros. En ese reconocimiento de la debilidad propia, en esa confianza en que la debilidad ajena puede ser nuestra propia fortaleza, Jesús de Nazaret se presentó en medio de ellos entregándoles una paz profunda, inédita.

    La fe es experiencia de encuentro con Dios; que nos encuentra en nuestra sorpresa por lo gratuito y lo inmerecido que llena la vida. Tener fe es dejar de correr y dejarse encontrar.

     

  • ¿Celebración de la Muerte?

    (Pasión según San Mateo) LOS CRISTIANOS, en Semana Santa, no recordamos el aniversario de la muerte de Cristo. Recordar una muerte es siempre un momento de tristeza y desesperación; y, para nosotros, la Semana Santa es fiesta de profunda alegría.

    Los cristianos no celebramos una muerte, sino el culmen de una vida de amor y de entrega. Celebramos la pasión que nuestro Dios, hecho carne en su Hijo Jesucristo, siente por todos los hombres y mujeres del mundo. Un amor más apasionado que el que siente una madre o un padre por sus hijos. Celebramos el amor apasionado que expresó Jesús de Nazaret para los pobres y los pecadores, para con los débiles y todos los que veía sufrir. Celebramos su amor apasionado por la verdad y la justicia; por lo más auténtico de toda persona, escondido, a veces, para ella misma.

    Esa pasión por el hombre lo llevó a la cruz; lo condujeron quienes odiaban al hombre; quienes, en el fondo, también se odiaban a sí mismos; quienes valoraban más la basura del dinero de la fama o el poder que su propia vida.
    La Semana Santa es celebración porque podemos vivir la alegría de que ese amor de Jesucristo está vivo dentro de nosotros, alentando lo mejor de la humanidad y de la Iglesia.

    Nuestra celebración de la Semana Santa ha de ser esta: volver los ojos al amor de Dios, que impulsa y perdona, que acoge y se entrega, que lucha y acaricia; que quiere que también nosotros participemos de su pasión. De su pasión por la verdad, por la justicia, por los débiles y los que sufren; de su pasión por la vida.

     

  • Quitad la losa

    (Juan 11,3-45) “CUANDO MURIÓ mi marido pensé morirme yo también. Él era el Sol de mi vida y sin él todo se volvió noche y oscuridad. En aquel tiempo no se hablaba tanto  de “depresión”, pero yo creo que caí en una depresión profunda. Ni el cariño que sentía por mis hijos, que entonces eran pequeños, podía poner un poco de luz en la tumba en la que me había metido. Yo nunca volveré a ser feliz –pensaba, con pensamientos con que me castigaba por estar viva-. Una losa me hundía en mi propio dolor.

    Ni la fe en Dios me consolaba. Yo sabía que él tenía que resucitar en la resurrección del último día. Pero mientras yo estaba sin él, y él estaba frío e inerte en una fosa. Todo se lo estaba perdiendo, la vida que tanto le gustaba vivir; ver a sus hijos crecer a quienes tanto quería… todo se lo estaba perdiendo. ¿Quién se puede consolar de una pérdida así?

    Pasados los primeros meses de la desesperación más aguda –meses que fueron casi dos años-, en uno de mis muchos momentos de profunda e inmisericorde soledad, pude mirar a Cristo. Y sin escuchar palabras se encendió una pequeña luz en mi vida: “Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”. Aquella frase se convirtió en roca firme en la que asentar mis pies tanto tiempo en el vacío; en un abrazo caluroso que confortaba mi espíritu tanto tiempo aterido. A partir de aquel momento tengo la firme convicción de que mi marido vive, con una vida distinta y más plena, que sigue queriendo a sus hijos, que ya van siendo hombres, que me sigue queriendo a mí con un cariño distinto, más luminoso, más puro.

    ¡Qué duro fue vivir sin confiar en que Cristo es la resurrección y la vida!”.

  • Me llamo juani

    (Juan 4,5-42) “Cuando decidí “salir del armario” pensaba que las cosas iban a ser distintas. Los primeros días fueron de tanteo, pero a los pocos días comencé unos meses de vértigo. Fui a todos los bares “homo” posibles, y todo lo que no había hecho durante años lo hice en esos momentos. Noches y noches buscando saciarme hasta quedar ahíto. Pero mientras más me desparramaba, más seco estaba por dentro.

    Yo siempre he sido muy devoto de la Virgen pero no me paraba nunca a hablar con su Hijo. Me parecía que me miraría con asco, que me recriminaría mi condición, que no comprendería lo que sentía ni lo que hacía en secreto. Pero en estos días eso ha cambiado. En una misa escuché al cura hablar de la comprensión y la misericordia de Dios; y cuando acabó la misa me quedé en la iglesia en silencio.

    Una fuente de alegría y de luz brotó en mí como nunca había sentido. Rezándole a la Virgen he llorado y me he sentido consolado. Pero desde que sé que Jesús mismo me mira con cariño, como a su hijo querido, desde que sé que me llama a seguirlo y a extender su Reino, todo ha cambiado. Ha surgido una fuente de agua viva en mí que todo lo va cambiando.

    Yo no sé cómo voy a continuar con algunos aspectos de mi vida; pero una cosa la tengo ya clara: soy una persona, y necesito ternura y respeto. Ya no soy una máscara ante todos, ni una loca que sobreactúa para llamar la atención. Soy una persona; más aún, soy un hijo de Dios y un cristiano que quiere seguir a Jesucristo. Un reto muy grande para cualquier persona; para mí también.

    Me llamo Juani, y soy cristiano”.

     

  • La fuerza de Elías

    (Mateo 17,1-9) “CUANDO ME LO dijeron se me cayó el mundo encima. Menos mal que ya te habíamos puesto nombre: Si es niño lo llamamos Elías. Pero el médico te nombró como si fueras un síndrome. Menos mal que te habíamos puesto nombre.

    En aquel momento no reaccioné; no podía hacerme a la idea. Después sentí que un fuego ardiente había arrasado todas las ilusiones que me había hecho. Eras el tercero, y llegaste sin pensarlo; tus dos hermanas ya eran casi adolescentes.

    Cuando supe que estaba embarazada todo un torrente de nuevas ilusiones me hicieron rejuvenecer, como si volviera a los veinte y pico. Pero cuando te nombraron con aquel nombre todas las expectativas se borraron. Se iniciaba un calvario de médicos, de sesiones de estimulación sin fin y de inseguridad por saber en qué grado ibas a ser dependiente…

    Todavía en muchos momentos me invade esa nausea con que nos muerde la inseguridad. Pero ya lo tengo aprendido: doy un paseo, dejo que la brisa o el sol me acaricie el rostro, y el amor a la vida que nos contagias vuelve a adueñarse por completo de mi corazón.

    Porque eres, en verdad, terrible, Elías. No hay niño del barrio que no te conozca; ni abuelo o madre que no te mire sonriendo. Contigo nunca puedo sentir que envejezco, ni me preocupan las banalidades de las cuarentonas de mi edad; a todos nos has hecho luchadores por un mundo más justo donde los más débiles tengan sus derechos. Has barrido de nuestra vida todos los ídolos y has puesto en el centro al Dios de la Vida. Llegarán momentos duros, durísimos; lo sé; pero tú nos has enseñado a vivir el presente”.

     

  • La fuerza de Elías

    (Mateo 17,1-9) “CUANDO ME LO dijeron se me cayó el mundo encima. Menos mal que ya te habíamos puesto nombre: Si es niño lo llamamos Elías. Pero el médico te nombró como si fueras un síndrome. Menos mal que te habíamos puesto nombre.

    En aquel momento no reaccioné; no podía hacerme a la idea. Después sentí que un fuego ardiente había arrasado todas las ilusiones que me había hecho. Eras el tercero, y llegaste sin pensarlo; tus dos hermanas ya eran casi adolescentes.

    Cuando supe que estaba embarazada todo un torrente de nuevas ilusiones me hicieron rejuvenecer, como si volviera a los veinte y pico. Pero cuando te nombraron con aquel nombre todas las expectativas se borraron. Se iniciaba un calvario de médicos, de sesiones de estimulación sin fin y de inseguridad por saber en qué grado ibas a ser dependiente…

    Todavía en muchos momentos me invade esa nausea con que nos muerde la inseguridad. Pero ya lo tengo aprendido: doy un paseo, dejo que la brisa o el sol me acaricie el rostro, y el amor a la vida que nos contagias vuelve a adueñarse por completo de mi corazón.

    Porque eres, en verdad, terrible, Elías. No hay niño del barrio que no te conozca; ni abuelo o madre que no te mire sonriendo. Contigo nunca puedo sentir que envejezco, ni me preocupan las banalidades de las cuarentonas de mi edad; a todos nos has hecho luchadores por un mundo más justo donde los más débiles tengan sus derechos. Has barrido de nuestra vida todos los ídolos y has puesto en el centro al Dios de la Vida. Llegarán momentos duros, durísimos; lo sé; pero tú nos has enseñado a vivir el presente”.

     

  • Páginas de a diario

    (Mateo 4,1-11) PIENSAN –hijo mío–, los que poco saben, que las mayores tentaciones vienen cuando uno es joven. Les parece que los deseos de gozar y disfrutar de la vida son fuente de peligros e inmoralidad. Tú ya sabes que todo hay que vivirlo con talento, procurando no hacernos daño y no dañar a quien tenemos al lado. Pero hoy quiero decirte, hijo mío, que las mayores tentaciones las sufrimos los viejos; porque la tentación es el engaño que la muerte esconde en nuestra vida, y como los viejos la tenemos más cerca más fácilmente nos puede engañar.

    El mayor engaño, la mayor tentación, el mayor pecado es renunciar a la alegría del amor. En la juventud todo empuja a vivir, a tener ilusión y a vivir amando la vida. Las decepciones que se repiten, la experiencia de que nuestras expectativas no se cumplen, la pérdida de seres queridos… parece que te empujan a desconfiar de todo, a olvidarte del amor a la vida, a desconfiar del amor infinito de Dios. Entonces uno se queda vacío y sin alma. La mayor tentación, con diferencia, es renunciar a vivir en el amor.

    Estamos creados para amar –hasta la brisa de la mañana se nos asemeja caricia–, y cuando nos cerramos en nosotros mismos, en nuestros deseos de tener, en nuestros logros y metas, en lo que disfrutamos con egoísmo, vamos cerrando las puertas y ventanas por las que nos llega la música de la vida.

    ¡Qué triste es vivir sin amar a nadie! Y te digo esto a ti, que eres mi hijo; y te reconozco esto a ti, a quien tenía que querer con toda el alma… Pero me siento tan mal que no puedo sino confesártelo, como quien confiesa el pecado más grande.
    El caso es que no sé cuando empecé a dejar de amar…; no lo sé.