Categoría: El evangelio del domingo

  • Lirios en el parque

    (Mateo 5) HACE UNOS días pasaba por el parque de Cantaelgallo y me crucé con una pareja joven que llevaban a una niña pequeña caminando al lado; hablaban con un hombre ya maduro: “Con 400 euros, ya me dirás. –Le decía el padre de la chiquilla al hombre mayor-. Hemos pagado la letra, pagado la luz y, con el resto, hemos comprado la comida que hemos podido. Y ya, a 12 de mes que estamos, sin dinero. Aquí estamos dándole un paseo por el parque a la niña, porque no podemos hacer otra cosa”.

    Qué difícil se hace confiar en la Providencia del Padre cuando todo parece que se viene en contra… Qué duro se hace escuchar de labios bienintencionados: “Confía en Dios, que todo se arreglará”.

    Es difícil, pero éste es el momento de hacerlo; éste es el momento en el que más necesitas confiar. Sin fe en Dios, en la Vida, en Alguien o en Algo, ante los problemas de nuestra vida caemos en una desesperanza y una oscuridad profunda que nos mata el alma.

    “Confía en Dios, que te ayudará a través de tus padres o de un buen amigo. Confía en Dios que te echará una mano, incluso, si tienes que cometer una ilegalidad para salir adelante. Confía en Dios que quiere zamarrear conciencias para que, los que pueden, creen cientos de miles de puestos de trabajo en nuestra tierra”. Qué difícil es creer que el poder de Dios puede conmover a los que Dinero tiene presos por el corazón.

    Las palabras de consuelo, dichas por decir, pueden llegar hasta ofender. Cuando son dichas por quien pasó hambre; por quien no tuvo donde reclinar la cabeza; por quien fue niño sin techo; entonces abren el postigo de una ventana por donde, al amanecer, entrará la luz.

     

  • Impunidad, no; perdón

    (Mateo 5,38-48) El que te odia sólo puede decir que te ha vencido si ha conseguido que lo odies.

    Muchas veces tenemos que afrontar a personas que nos han hecho daño. Nos sentimos insultados, que no habían respetado nuestra dignidad, y que lo hicieron conscientemente, para hacernos daño. Tenemos, además, que pagar las consecuencias de aquella injusticia, de aquel acto inicuo, quizás años.

    Por eso, tenemos todo el derecho del mundo para odiar a quien tanto daño nos hizo. Tenemos derecho, sí; pero no debemos hacerlo. Porque el odio y el rencor, el afán de venganza y de responder con la misma moneda, dan cabida en lo más íntimo de nosotros aquel acto miserable, aquella palabra-puñal.  

    “La oscuridad no puede deshacer la oscuridad; únicamente la luz puede hacerlo. El odio nunca puede terminar el odio; únicamente el amor puede hacerlo”, decía Martin Luther King. Sólo el amor puede construir el futuro. La violencia sólo destruye, también la violencia justificada. La revancha sólo destruye sobre la destrucción. Sólo el amor tiene la capacidad de sembrar semillas de las que pueden brotar árboles que den sombra y frutos y frescor.

    Hasta la lucha social contra las injusticias, para que sea verdadera senda de un futuro más humano, hemos de hacerla con amor. Con amor a los que sufren, para que dejen de sufrir, con perdón a los que explotan para que palpemos que el futuro está siempre abierto. Pero perdón no significa impunidad, porque sólo asumiendo las consecuencias de nuestros actos aprendemos a ser personas.

     

  • Le dijo el abuelo al nieto…

    (Mateo 5, 17-36) – ABUELO, el Evangelio de esta semana no es como los demás; otros días me has contado cómo Jesús quiere nuestra felicidad, que seamos buenos, que nos queramos mucho, que confiemos mucho en Dios Padre y en Él… Otras veces hemos leído cómo Jesús curaba a muchos enfermos y quienes lo veían se sentían muy alegres. Pero esta semana dice cosas difíciles.
    – No, hijo, no. No es el Evangelio el que es difícil; es la vida la que en un momento u otro se nos pone difícil. Ahora tu vida es más o menos fácil, pero llegarán momentos en los que no sea así. Hay personas a las que la vida se les pone muy cuesta arriba. En plena juventud muchos matrimonios tienen que afrontar una enfermedad grave, dura, difícil. Y si no son capaces de pasar esa prueba se hundirán totalmente… Hay algunos padres que tienen niños que nacen con una discapacidad. Y mientras ellos son jóvenes no hay problema que no afronten; pero cuando llegan a viejos y su hijo sigue malito se les hace imprescindible confiar mucho en Dios, porque piensan qué va a ser de su hijo en un futuro. Hay personas que de jóvenes eran buenas y tenían buenos ideales, pero en un momento cedieron a la tentación de aprovecharse de las circunstancias, se corrompieron –aunque todo fuera muy legal…-, y ahora les da vergüenza de mirarse al espejo… No es el Evangelio el que es duro, no. Es la vida la que necesita, a veces, mucha fortaleza para vivirla con serenidad en el corazón y con bondad en las manos…

    – Abuelo, no te he entendido casi nada…

    – No te apures, hijo. Tú intenta ser bueno siempre, siempre; y ten en cuenta, siempre, que nosotros y el Señor te queremos mucho.

  • Dime cuánto criticas y te diré…

    (Mt 5, 13-16) Estamos acostumbrados a criticar. Y al decir esto no quiero decir que estamos acostumbrados a analizar críticamente las situaciones que vivimos para solucionar los problemas que hay en nuestra vida. Nuestra crítica, las más de las veces, ni es constructiva, ni es analítica; es, por el contrario, superficial y visceral.

    Criticamos a los demás por envidia, y hasta por aburrimiento. Una conversación en la que se está destruyendo la fama y el honor de una persona es siempre más jugosa e interesante que aquella en la que se alaba alguna virtud, o se analizan equilibradamente las luces y las sombras de tal o cual organización.

    Señalar el error, denunciar la injusticia, clamar ante la opresión y los abusos, es muy necesario. Poner de manifiesto la generosidad y la inteligencia de las personas que lo merezcan, ponderar los esfuerzos de muchos por vivir con honradez de su propio esfuerzo, poner en valor los proyectos que construyen ciudadanía e iglesia, es imprescindible. Todo lo bueno y lo noble que hay en nosotros y en las personas que nos rodean son luces que Dios enciende en nuestras vidas, y hemos de “ponerla en el candelero para que ilumine a todos los de la casa”.  

    Pervertidos de regodearnos en el mal hemos perdido sensibilidad para descubrir y acoger el bien que ofrecen los que nos rodean. No es extraño que vivamos en tanta desesperanza. Ni un día puede pasar sin que descubras la huella del

    Padre en tus hermanos. Sólo así tendremos fuerzas para crear algo nuevo.

    Tratar con cariño y humanidad a los pobres y a los débiles… la luz que más hace brillar a la comunidad cristiana.

  • Como un puñal

    (Lucas 2,22-40) El dolor de los pobres y de los débiles es un puñal afilado que atraviesa el corazón de la comunidad cristiana. ¿Cómo permanecer impasible ante la mujer que ha perdido a su hijo por enfermedad y desnutrición?, ¿cómo no co-indignarse con los jóvenes a los que se les roba el presente y el futuro con una crisis que enriquece a los más ricos?, ¿cómo no sublevarse ante la relativización de la vida humana concebida de la que algunos se consideran dueños bajo excusa de su propia libertad?, ¿cómo no sentir el dolor de aguda soledad de tantos ancianos?

    La pobreza es una espada que atraviesa el corazón de la Iglesia. Pero por desgracia, para unos de una manera y para otros de otra. Para unos como compasión, como co-indignación, como co-sufrimiento con los que sufren. Para otros, los pobres duelen porque estorban. Sí, hay cristianos para los que es más importante la solemnidad de una celebración que la cercanía a los más pobres. Hay cristianos para los que es más importante las buenas relaciones con los poderosos, de izquierda o de derecha, que la amistad con los débiles y sencillos. Hay cristianos para los que los pobres son un estorbo. Para algunos los pobres estorban en los templos, en las parroquias, en los colegios de la Iglesia.

    Los pobres, los débiles, los que sufren, como Jesucristo, «son como una bandera discutida: así queda clara la actitud de muchos corazones. Y por su causa, comunidad cristiana, una espada te traspasa el alma.»

  • Lo que no dijo

    (Mateo 4,12-23) CUANDO JESÚS llama a sus discípulos no dijo: “Veníos conmigo que no quiero que vayáis al infierno”. Naturalmente que Jesús no quería que la vida de sus discípulos se perdiera entre la superficialidad y el pecado, considerando que ellos se lo merecían todo y los demás tenían que estar a su servicio. Pero su llamada no era, en primer término, una llamada para la vida después de la muerte. Su llamada era para una misión en esta vida.

    Tampoco dijo: “Veníos conmigo que voy a dar un sentido nuevo a vuestra vida”. Naturalmente que su vida iba a tener un sentido nuevo, pero no los llamaba con una finalidad individualista en la que el problema de su propia vida fuera lo más importante. Su llamada era para realizar una misión en medio de su pueblo, entre la gente de su pueblo.
    Alguno hubiera querido que Jesús hubiera dicho: “Veníos conmigo que tengo que fundar la religión verdadera, con unos ritos, unos dogmas y una institución sacerdotal que perduren por los siglos de los siglos”. Pero no lo dijo.

    Lo que dijo fue: “Veníos conmigo y os haré pescadores de hombres”. Porque en su pueblo había muchos ahogándose en el mar de la marginación y del desprecio; había muchos que se sentían lejos del amor de Dios por la ambigüedad de su vida; había muchos que estaban arruinando su vida y la de sus hermanos por no experimentar el verdadero amor de Dios.

    Y Jesús llama a sus discípulos para iniciar un movimiento de auténtica liberación de su pueblo. Un movimiento que lo liberara de la injusticia y la opresión, de la mentira y la violencia, de la falsedad y el engaño. Un movimiento que rescatara todo lo bueno, que es mucho, que el Padre siembra en el corazón de los sencillos. Los llamó a vivir en comunión con Él, sirviendo a los más débiles, a los más pobres.

  • 7 Palabras de Navidad

    (Juan 1, 1-16) “TERNURA” es la primera palabra de Navidad. Un niño recién nacido en brazos de su madre tiene el poder de despertar siempre en nosotros la ternura que nos hizo y nos hace personas.

    “Solidaridad” es la segunda palabra de la Navidad. Porque nuestra fe cristiana nos abre al otro –aunque la hayamos desechado como creencia-. Nos abre al otro aunque no sea de los nuestros; aunque no tenga ni poder, ni estatus social. Nos abre al otro porque, precisamente,  necesita nuestra ayuda. Inmersos en un pueblo cristiano no valoramos en su medida esta virtualidad de nuestra cultura.

    La tercera palabra de Navidad es “Luz”. Dios mismo quiere hacerse cercano a nuestra vida, quiere hacerse de nuestra familia, quiere crear familia con nosotros para que olvidemos nuestras tinieblas, y en medio de ellas descubramos la luz de su presencia, en nosotros y todo lo que nos rodea.

    La cuarta es “Alegría”. Nunca tiene razones suficientes la alegría; o quizás siempre hay razones de sobra para vivir en la paz que llena el corazón de música callada. La alegría no entiende de razones, sino de sentirse llamado al amor y saberse amado.

    La quinta palabra de la Navidad es “Sentido”. Tu vida, mi vida, la vida de todos ha adquirido un sentido definitivo en el nacimiento de Jesús. Hasta la vida de los inocentes masacrados por Herodes revela la necesidad del amor ante la crueldad de quien cree que tiene poder. Tu vida tiene un sentido siempre nuevo, en la humanidad de Jesucristo lo puedes encontrar.

    La sexta palabra es tuya… La séptima, de quien contigo va.

     

  • “…Y en la adversidad”

    (Mateo 2,13-23) LA DECLARACIÓN de amor con la que los novios cristianos se desposan y se convierten en una familia es hermosa y profunda: “Yo te quiero a ti y me entrego a ti. Y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, todos los días de mi vida”. Ese amor de entrega incondicional –que sólo entiende quien ama- los creyentes lo consideramos reflejo del amor que es Dios.

    En el gozo y la alegría, el amor de pareja es reflejo del amor de Dios. Pero cuando el amor muestra su profundidad verdadera es en el momento del sufrimiento, en la adversidad. Es en esos momentos cuando, en medio de las debilidades y las contradicciones humanas, el amor muestra mayor luminosidad.

    La familia de Nazaret pronto tuvo que afrontar dificultades y adversidades. En el embarazo, la arbitrariedad de un dictado del poder político; en el parto, la pobreza extrema; cuando el niño no contaba ni dos años, la persecución de un poder irracional.

    Nuestras familias son reflejo del amor de Dios. Hemos, por eso, de cuidarlas. Las familias que veamos que pasan dificultad, como las de  Nazaret, han de contar con nuestra ayuda. Especialmente las familias de inmigrantes, que no pueden contar con el apoyo de sus familiares ya que se encuentran lejos. Hacerse cercano, ofrecerse sencillamente a las familias de inmigrantes que conviven con nosotros es una forma de mostrar nuestra fe en Cristo, que tuvo que vivir como inmigrante en Egipto porque Herodes lo buscaba para matarlo.

    Hoy Herodes se llama Hambre; y a sus “razones”, hay quien las llama Mercado. Mas ¿cómo llamar a quien racionaliza la muerte de niños inocentes por intereses económicos?

     

  • Milagros de la fe

    (Mateo 1,18-24) Cuentan los chinos, en una de sus muchas historias, que hace mucho tiempo, un niño travieso y atrevido en vez de asistir a clase dedicó toda una tarde a hacer novillos. Entretenido con una y otra cosa vio a una anciana que estaba sacando punta a una gavilla de hierro, afilándola en una piedra grande: “¿Qué hace, señora?” –preguntó el chiquillo-. La anciana, gastándole una broma le dijo: “Ya ves, estoy afilando esta gavilla hasta que se convierta en una aguja para coser”.

     

    El niño, todo extrañado, se fue a jugar, pero aquello lo dejó cavilando: “Si esta anciana puede convertir una gavilla de hierro en una aguja, yo si me esfuerzo podré llegar a ser un hombre de letras…”. Desde aquel día no dejó de estudiar y se convirtió en el poeta más famoso de toda la historia de China: Li Bai. Tus amigos chinos conocerán este dicho:磨杵成针.

    La anciana sabía que lo que le dijo al chiquillo era imposible, y nosotros también. Y es que hay cosas que son imposibles para los hombres, pero tan necesarias para nuestra vida y nuestra felicidad que Dios las hace posible. Nuestro esfuerzo es necesario para acoger el don de Dios, pero todo lo importante en la vida es don y lo que hacemos para conseguirlo nada en comparación con lo que se nos otorga. Los creyentes sabemos que no nos salvan nuestros esfuerzos, sino la gracia y la fe que Dios suscita en nuestra vida. ¿Quién puede forzarse a amar? ¿Quién puede violentar lo profundo de su corazón? ¿Quién puede ser feliz si no ama?

    Le costó alguna noche sin dormir, pero cuando el cansancio le hizo conciliar el sueño, José descubrió porqué aquel niño no era fruto de la virilidad de ningún hombre, sino del poder del amor de Dios.

  • El aire que exigimos

    (Lucas 15,11-31) Como el pan de cada día, como el aire que exigimos trece veces por minuto, como la luz del Sol, son tan necesarios el amor y el perdón para nuestra vida.

    Falsamente creemos, algunas veces, que nuestra libertad es la que nos permite amar verdaderamente a los demás; y que, por tanto, la libertad es la que hace posible el amor. Pero es el amor, que nos tienen y nos han tenido, el que hizo y hace posible nuestra libertad. Somos en el amor y los cuidados que nos prodigaron, somos por la acogida y el perdón que incondicionalmente nos han regalado. El amor es condición indispensable para que podamos elegir en libertad.

    Todos necesitamos comenzar desde el principio más de una vez. Que se olviden nuestros errores; que quien nos quiere mire a otro lado o nos devuelva nuestra “metedura de pata” con una sonrisa cómplice y burlona, que nos haga ver que somos más que nuestras equivocaciones. Pero lo que ocurre en nuestra vida es quizás un poco más: aceptar nuestra  debilidad, reconocer nuestros errores, dejarnos vencer en nuestra vulnerabilidad por el amor de quien nos ama nos hace humanos. Con Dios es igual. Fue su Hijo quien nos lo hizo ver.

    No es su poder imperativo el que nos transforma; ni su sabiduría abismal lo que nos conmueve; son su perdón y su misericordia las que consiguen tocar las cuerdas más profundas de nuestro ser. Inmenso poder de Quien perdona; inmensa sabiduría de Quien acaricia nuestra libertad con manos que desbordan lo que solemos llamar amor.