Categoría: El evangelio del domingo

  • Alegría incendiaria

    (Lucas 3, 10-18) TODOS LOS fuegos comienzan por una “chispa” de luz y calor que prende en talaje seco o en productos inflamables. Gracias a aquella sequedad en que prendiste en mí; gracias a este fogoso ser mío en el que prendiste la pasión, a veces dolorosa.  

    Cuántos desiertos vive el apasionado por la justicia… El desamparo de los débiles, el absurdo del sufrimiento, el dolor de los pequeños… Cuánto fuego que busca quemar la injusticia que mata, el pecado asesino que quita la casa, el trabajo y el pan.

    Pero las brasas de tu incendio siempre dejan poso de alegría. ¿Cómo permanecer en la tristeza si estás tú? Tu comprensión me hace vivir mis debilidades en paz; tu sinceridad me despoja de  mi hipocresía; y la ternura de tus manos, de la angustia en la que se convierte mi soledad. Tu voz ahuyenta el miedo; tu palabra me ofrece mi última razón; tu presencia llena de música mi existencia cotidiana. ¡Qué se alegren los sencillos del pueblo!, que Dios viene hecho hombre, en clase de pobre, a construir fraternidad. Mientras más “hijo” seamos, más hermanos, para hacer de nuestro mundo mesa común en la que se comparte, se ríe y se canta.

    Prestados tendría que pedir poemas y cantos con los que poderte glorificar. Ahora ya no puedo dar sólo las gracias; porque la misma gracia, mi misma gloria, eres tú. Mi “yo mismo” más auténtico eres, ahora, tú; y “nosotros” se dice, ahora, “comunidad”.

    Cuando soñamos con la ternura del Padre, el realismo del Hijo y la alegría del Espíritu, los sueños no sólo cambian el mundo, hacen que merezca la pena vivir en él.

     

  • Inquietud de conciencia

    (Lucas 3,1-6) – PADRE, quiero confesarme. ¿Podría ahora?

    – Claro, Juan. Pero dime, ¿por qué quieres confesarte?

    – Es que quiero tranquilizar mi conciencia…

    – ¡Pero ese no es un buen motivo para confesarse! Los cristianos no somos personas de conciencia tranquila; somos personas de conciencia inquieta. Con el sacramento del perdón crecemos en paz interior, hay muchas situaciones en la vida, extraordinarias y cotidianas, que necesitamos expresar en la confesión para vivir en paz, pero la persona que quiere vivir la fe en Cristo en profundidad nunca va a quedarse tranquila. El amor nos inquieta. El que ama sufre con el que sufre; el que ama busca siempre cómo amar con más entrega y sinceridad. No te confieses para quedarte tranquilo.

    – Pero Padre, ¿y mis pecados? Yo he faltado el respeto a mis padres, y me duele; también quiero confesar lo de siempre… no he estudiado lo bastante y he pecado en la sexualidad.

    – Es muy bueno que te hayas dado cuenta de tus errores; sólo quien quiere caer en la cuenta de ellos crece como persona. Pero esta tarde dedícale un rato a dialogar con Jesús sobre qué es lo que te pide en este momento. La conversión no es dejar de ser débil. Convertirnos es abrir nuestro corazón a Dios para que nos muestre el camino de entrega que nos pide y nos de la fuerza necesaria para recorrerlo.  Mira tu vida con los ojos de Dios, verás cómo te quiere, qué te está pidiendo en este momento y de qué manera te inquieta y te pide ser generoso y valiente. Vente mañana y celebramos, con mucha más verdad, el sacramento. Vente mañana, Juan Corazón Inquieto.

    – Eso que me dice es hermoso; mañana vengo sin falta.

     

  • Un día llegará

    (Lucas 21,25-28) LLEGARÁ un día en que todos al levantar la vista veamos una Tierra cuyo nombre sea Libertad.

    La esperanza se alimenta de canciones y de poemas. Así lo entendió el profeta Isaías que nos ha dejado los más hermosos himnos a la esperanza. El desierto convertido en vergel, y el vergel en bosque. Ríos brotando en el páramo y flores a millares abriéndose en la estepa. Hasta la luz de la Cándida será más brillante y el calor del Ardiente confortará sin quemar.

    También a nosotros, hoy, nos falta el impulso de la esperanza para poder caminar. Esperanza en que el manantial de la fe cristiana sigue alimentando a muchos, que impulsarán una sociedad nueva. Esperanza en el manantial de la fe en Cristo nos alentará a cada uno de nosotros a vivir y a amar. Vendrá el Señor y nos dará ojos nuevos a los ciegos, y nuevas fuerzas a nuestras piernas vacilantes. Vendrá el Señor y nos ofrecerá la reconciliación que necesitamos, y nos dará hasta lo que no nos atrevíamos a pedirle. Deja de preocuparte  de lo que no puedes, de lo que no alcanzas.

    Habrá un día en que todos al levantar la vista veremos que no hay ya niños malogrados por el hambre, ni jóvenes a los que la injusticia deje al margen. No lo dudes, llegará un día en que todos al levantar la vista veamos a Aquel que nos da la plena libertad. Llegará sorprendiéndonos, inesperadamente, donde y cuando no pensábamos, acompañado, como siempre, de pobres y pecadores.

    Aun decimos con deseo profundo: ¡Venga tu Reino, Señor! Pero habrá un día en que a Él mismo lo veamos llegar. Tú ofrece lo poco que eres, todo lo poco que eres, y El irá dando cumplimiento, sin falta a su promesa.

     

  • De la verdad

    (Juan 18, 33-37)Nos quieren partidarios y sólo debemos ser de la verdad.

    Hay un razonamiento perverso que es la carcoma que está royendo los cimientos de nuestro pueblo: O eres de unos, o de otros; o progresista o conservador; o de un partido o de otro. No se consiente el pensar, mucho menos el disentir. Cuando son los “nuestros” los que cometen atropellos: “Hay que intentar evitarlo…; será una exageración…”. Cuando son los “de los otros” los que los comenten: “Esto es intolerable; deben todos dimitir inmediatamente”.

    La dinámica de corporativismo que han asumido los simpatizantes de los partidos políticos en España es el principal problema de nuestra democracia. Ya no somos partidarios de la verdad; la verdad es lo que le interesa al que consideramos nuestro partido. Mientras no sean los simpatizantes y militantes de una agrupación política los más interesados en acabar con la corrupción y la ineficacia que se da entre los suyos, no habrá esperanza de regeneración social en nuestro pueblo.

    El evangelio del próximo domingo nos muestra a un politicastro con el único objetivo de salvar sus privilegios, su nombre era Pilatos. Frente a él estaba Jesucristo; y su único aval, sus únicas armas, su único poder era la verdad. En una situación social tan dura, como la que estamos viviendo, se necesita más que nunca que los cristianos sean no de unos o de otros, sino testigos de la verdad que construye justicia y paz para los pobres, trabajo y pan para todos.
    Bien pensado, quizás haya otra idea-carcoma: “Que otros lo hagan; yo me lavo las manos…”.

     

  • Deseo y realidad

    (Marcos 13,24-32) La época de Jesús fue un momento en el que el pueblo judío vivía en expectativas de un mesías que iba a cambiarlo todo, y que iba a restaurar el glorioso reino de Israel. Por eso, Jesús pide silencio a todo el que lo reconoce como el mesías; ya que podía confundir a quienes lo escucharan.

    En los comienzos, también las primeras comunidades esperaban que, en meses o como mucho en pocos años, Jesucristo regresaría al mundo, de forma gloriosa, para instaurar en la tierra el Reino definitivo de Dios. Tan embebidos estaban en esa creencia que algunos dejaron de trabajar y de ocuparse de los asuntos cotidianos a la espera inminente de la segunda venida de Jesucristo. Naturalmente, Jesús tardaba.Otros comenzaron a identificar en su propia vida algo nuevo con sorpresa. El perdón auténtico y la paz profunda, que el Mesías traería en su día glorioso, ya lo estaban viviendo; así como el amor y la justicia, y la comunión de unos con otros. Cada vez que partían el pan, siempre que vivían su vida cotidiana desde la Vida de Jesucristo, experimentaban una plenitud y un amor que los desbordaba. Es como si estuviesen viviendo ya, en el día a día, aquella plenitud que esperaban vivir en el día glorioso en el que Jesús viniera.

    Descubrieron que no tenían que estar más a la espera; que la espera se había acabado; que sus esperanzas profundas se estaban cumpliendo al vivir la fe en Jesucristo muerto y resucitado. Descubrieron que la eternidad ya había comenzado, y que su tiempo se había preñado de esperanza. De todas formas, los sufrimientos de la vida y la ambigüedad de sus propias personas les hacían desear cada vez más vivamente la venida deslumbradora de Jesús. Vivían entre el deseo y la realidad.

     

  • Enseñando a mirar

    (Marcos 12,38-44) FRENTE AL Templo de Jerusalén, la institución que acumulaba más riqueza a costa de los pobres de todo el oriente, Jesús les enseña a sus discípulos a mirar la realidad. Les hace caer en la cuenta de que aquellos que tenían fama de dirigentes sabios y prudentes, vestían con ropas caras, se afanaban por ser los primeros, banquetean cada día espléndidamente y se quedaban con los dineros de las personas más pobres.

    También, les hace mirar con atención a una mujer pobre, viuda y sin recursos, que estaba dando el dinero que le quedaba para agrandar aquel tesoro, para dispendio de aquellos dirigentes injustos. De los primeros señala su iniquidad, de la segunda su inmensa generosidad.

    También nosotros tenemos que aprender a mirar la realidad. Y, sin mucho esfuerzo, descubriremos quién ha empobrecido inicuamente a nuestro pueblo. Sin mucho esfuerzo veremos a los ricos de siempre que querían ser más ricos, especulando y estafando a las familias sencillas; abogados y economistas de prestigiosas familias que se hicieron inmensamente ricos en el curso de unos pocos años. También veremos a políticos que, con agradables palabras en los labios, buscaban perpetuarse en el poder para seguir medrando y siendo los primeros; veremos que hablando de progreso nos hundían en una inhumana tasa de paro, con familias sin vivienda y una generación de jóvenes sin futuro.

    Pero criticar, sin más, nada construye. Necesitamos empresarios y políticos, discípulos de Cristo, que pongan todas sus capacidades al servicio de su pueblo. Sí, discípulos de Cristo. Qué fácil es manipular las grandes palabras; sin embargo, cuánto poder tiene, aquel que murió desnudo en la cruz para el discípulo. Por eso he dicho discípulos de Cristo, y no meramente cristianos.

     

  • Simplicidad

    (Marcos 12,28-34) A VECES queremos mirar al otro sin que Dios esté presente, sin tener en cuenta el abismo de amor que nos constituye. Así nos engañamos y buscamos impunidad al manipularlo, al explotarlo, al destruirlo. Otras veces buscamos una relación con Dios, o con lo sagrado, sin que los otros estorben nuestras peticiones, nuestras sensaciones; lo queremos para nosotros solos, para pedirle, para sentirlo, para que nos salve.

    Pero el Dios de Jesucristo no es así. La religión cristiana–religación con la realidad en la que nos configuramos como seres con libres  y con dignidad de hijos—no es así. Jesucristo nos enseña que la fe en Dios nos enrumba hacia el hermano, sobre todo cuando sufre o está en debilidad; querer relacionarnos con el otro al margen de Dios, supone correr el serio riesgo de endiosarlo o cosificarlo, de ponerlo a nuestro servicio o buscar servilmente su aprobación. Sin mirar a los ojos al hermano no podemos dejarnos mirar por Dios. Sin levantar nuestros ojos a Dios, no podemos intentar mirar limpiamente a nuestro hermano.

    No, no somos complicados; nuestra vida es simple en sobremanera: “Amarás al Señor sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

    No son dos mandamientos, son uno y el mismo. No es del todo cierto que Dios nos mande amar y ayudar al hermano. No es del todo cierto que amar al hermano sólo lo podamos hacer desde Dios. La verdad más cierta es que Dios es amor, y que sólo en ese amor nosotros somos. Muchas veces queriendo pensar a Dios lo dejamos fuera de nuestras ideas y conceptos.

    No lo pienses, ama y déjate llevar.

     

  • También yo

    (Marcos 10,46-52) TAMBIÉN YO estuve al borde del camino, paralizado en mi vida, queriendo dar lástima y avergonzándome, a la vez, que la tuvieran de mí; sintiéndome tan desvalido y tan sin fuerzas que ya creía que no podría salir de aquella situación. También yo había escuchado hablar de un tal Jesús de Nazaret, pero, igual que unos lo alaban, otros lo desprestigiaban; yo escuchaba todo aquello distante, sin que en verdad me afectara.

    También yo, un día, sentí que pasaba a mi lado, –una frase escuchada muchas veces antes me iluminó de una forma nueva; una persona, con su testimonio, me empezó a abrir los ojos; quizás yo mismo fui sintiendo derrotado mi orgullo–, y pedí ayuda…: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”. No lo dije una vez, lo recé días y días; y cada vez que decía aquella frase, convertida en letanía, más íntimo sabía que se me hacía. “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”. Ya no cabían falsos orgullos, ni ante él tenía sentido alguno el disimulo. Mientras más rezaba, más me sinceraba conmigo mismo, más en paz me sentía.

    También a mi me dijeron que me llamaba. Yo no lo escuché. Sólo estaba ciego, pero no escuchaba otra cosa que no fueran mis propios miedos. En cuanto alguien me dijo que me llamaba me levanté de un salto y fui a su encuentro, pero fue su voz, y la libertad y la confianza con que me hablaba, las que se encontraron conmigo y me abrazaron. También yo me puse a seguirlo por el camino.

    Hoy, la edad ha vuelto mis ojos débiles, pero aquella mañana recibí un don que no envejece.

     

  • Ser el primero o primero ser

    (Marcos 10,31-45) Mendigamos reconocimiento para poder vivir en aparente paz con nosotros mismos. Buscamos, ansiosos, la aprobación de los demás para “ganarnos” nuestra dignidad. Nos desvivimos para quedar por encima de los que nos rodean para poder vivir en aparente satisfacción personal. Lo llamamos auto-estima, pero son los halagos de los demás los que nos hacen sentir nuestra valía. Contradicción de criaturas.

    Hace años realicé con niños de catequesis una pequeña dinámica. Les invité a que dibujaran una casa, la que ellos quisieran, la que ellos desearan. En sus dibujos aparecieron sorprendentes detalles de su visión de la vida y de sí mismos. Uno de los chavales dibujó una casa muy simple; el único detalle que sobresalía era el número que había puesto a su casa: el número uno. El chaval se empeñó durante muchos años en ser el número uno; como no acertaba a serlo en lo positivo se convirtió en el número uno en todo lo malo que alcanzaba a hacer.

    Qué difícil se nos hace querernos a nosotros mismos; aceptar nuestras limitaciones y debilidades, sin conformarnos con ellas. Qué difícilmente nos miramos como nos mira el Padre, como a hijos queridos a los que quiere animar hacia el bien y la felicidad. En vez de esto andamos comparándonos y juzgándonos, acabando por condenar siempre a los demás; queriendo imponer a los que podemos nuestra voluntad. Contradicción de criaturas.

    Perseguimos ser los primeros, y se nos olvida ser nosotros mismos. Quien se sabe apreciado, y llamado y elegido, por Jesús alcanza la libertad personal para estar al servicio de todos: la plenitud de persona.

     

  • Locos de atar

    (Marcos 10,17-30) “YA SÉ que será difícil, pero si renunciamos a las vacaciones y a unos cuantos caprichos, podremos criarlo bien. Nuestras madres tenían menos y nos sacaban adelante. Yo quiero que tengamos otro hijo. Juanito necesita un hermano, seguro que seremos mucho más felices. Nuestros hijos nos darán una vida que, poniendo nuestra ilusión en el dinero, vamos a perder”.   […]

    “Te propongo que invirtamos lo que tenemos en ampliar nuestra empresa. ¿Cómo vamos a estar de brazos cruzados ante todo el paro que hay en nuestro pueblo? Lo he estudiado bien y creo que tiene todas las posibilidades de salir. Sería producir más, y crear 10 puestos de trabajo. ¿No crees que merece la pena estudiarlo a fondo?”.   […]

    “Ya sé que podría quedarme en casa de mis padres y que allí no me faltaría ni comida ni algo para mis gastos… Pero yo necesito trabajar, y que mi vida, y mis estudios, y mi energía se pongan a producir. No puedo quedarme en esta mortecina seguridad; tengo que sentir que mi vida contribuye en algo bueno. Esa cooperativa agrícola, en la que voy a trabajar con los amigos, no me parece una solución definitiva, pero por lo menos comeremos de nuestro trabajo”.  […]

    “Concha, los hermanos hemos decidido que el dinero de la venta de la casa de nuestros padres sea todo para ti. Seguro que a los niños de vuestro colegio les hace más falta que a nosotros. Tú lo dejaste todo para ir a cuidarlos, ¿cómo no vamos a colaborar con el hogar que vuestra congregación ha hecho para ellos? Tú no tienes nada que decir, ya está decidido”.   […]

    “Le dijo Jesús: Anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme”.