Categoría: El evangelio del domingo

  • Cuando la vi desnuda

    (Marcos 10,2-16) Cuando la vi desnuda ante mí, el tiempo se paró. Yo creía conocer sus sentimientos, su manera de ver la vida; la había visto enfadada, tierna, compasiva; había admirado su inteligencia, su fortaleza ante los problemas; me había mostrado, llorando y apoyada en mi hombro, también su vulnerabilidad; pero esto era distinto. Su anhelo, mi anhelo; su deseo, mi deseo; su piel, mis manos; sus labios, mis labios. Yo iba a ser por entero para ella, ella iba a ser por entero para mí; gracias Señor.

    “Las flores con ser las flores, no son nunca lo primero. Lo primero en un jardín es el amor del jardinero”.

    Cuando la vi desnuda, jugando con nuestro hijo en la bañera, bañándolo, riendo los dos… el tiempo se paró. No veía más nada que a las dos personas que le estaban dando sentido a mi vida, por las que quería entregarme por entero. Compensados quedaban los madrugones y los problemas, las angustias del trabajo y los sinsabores cotidianos de la vida. Con una esponja derramaba agua sobre la cabeza de nuestro hijo, y él reía. ¿Cómo podré darte las gracias, Señor – a mí mismo me decía-?

    Cuando la vi desnuda en la cama del hospital, tan frágil, tan serena, tan valiente; afrontando aquel trance llena de esperanza, queriendo quitarle hierro a sus dolores para no preocuparme; recordándome tal y tal cosa que no podía olvidar… un sentimiento de incomprensible plenitud me embargó: con tu ayuda, Señor, saldremos de ésta – sentía convencido-.

    Cuando la vi desnuda, y la abracé, y la miré a los ojos, le dije: “Tú sí que eres hueso de mis huesos y carne de mi carne. Gracias Dios mío”.

     

  • ¿Es de los míos?

    decía san agustín, en frase tan citada como controvertida: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. Quería decir el santo que sin Cristo, de quien la Iglesia es sacramento, no es posible vivir plenamente nuestra humanidad. Sin el perdón de Cristo, en medio de nuestras pequeñas o grandes traiciones, nunca viviremos en paz; sin injertar nuestra vida en su amor de entrega, no podremos decir que nuestro amor es verdadero; sin mirarnos a nosotros mismos con sus ojos –ojos de acogida y de llamada— no podremos saber quién somos de verdad. Cristo es nuestra única y definitiva salvación.
    El verdadero ser de la Iglesia es anunciar a Jesucristo, el Señor. Un Señor siempre más grande de lo que hasta ahora puede imaginar y pensar; un Señor que llama a un amor más profundo y hermoso del que hasta ahora ha vivido. Un Señor que siembra en el corazón de toda persona, dentro y fuera de la comunidad cristiana, la luz de su verdad y el calor de su presencia.
    Muchas veces, para ser fiel a su misión, la Iglesia ha tenido que mirar hacia fuera para aprender todo lo bueno, lo noble y lo justo que Jesucristo siembra en la humanidad. Cuando se apartó de la inviolable libertad de la persona en sus ideas y creencias, la aprendió de los irreverentes ilustrados. Cuando se olvidó del sacrosanto valor de la justicia social, la recordó de los anticlericales de izquierda. Cuando se olvidó de la importancia de leer la Biblia, otras iglesias cristianas se la mostraron.
    Los cristianos somos de Cristo –perdonad la perogrullada. Toda la santidad que Cristo siembra en la humanidad, los cristianos hemos de reconocerla como propia. ¿Quién dijo que, en algún momento, podíamos dejar de ser discípulos?

    (Marcos 9,38-48) Decía san agustín, en frase tan citada como controvertida: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. Quería decir el santo que sin Cristo, de quien la Iglesia es sacramento, no es posible vivir plenamente nuestra humanidad. Sin el perdón de Cristo, en medio de nuestras pequeñas o grandes traiciones, nunca viviremos en paz; sin injertar nuestra vida en su amor de entrega, no podremos decir que nuestro amor es verdadero; sin mirarnos a nosotros mismos con sus ojos –ojos de acogida y de llamada— no podremos saber quién somos de verdad. Cristo es nuestra única y definitiva salvación.

    El verdadero ser de la Iglesia es anunciar a Jesucristo, el Señor. Un Señor siempre más grande de lo que hasta ahora puede imaginar y pensar; un Señor que llama a un amor más profundo y hermoso del que hasta ahora ha vivido. Un Señor que siembra en el corazón de toda persona, dentro y fuera de la comunidad cristiana, la luz de su verdad y el calor de su presencia.

    Muchas veces, para ser fiel a su misión, la Iglesia ha tenido que mirar hacia fuera para aprender todo lo bueno, lo noble y lo justo que Jesucristo siembra en la humanidad. Cuando se apartó de la inviolable libertad de la persona en sus ideas y creencias, la aprendió de los irreverentes ilustrados. Cuando se olvidó del sacrosanto valor de la justicia social, la recordó de los anticlericales de izquierda. Cuando se olvidó de la importancia de leer la Biblia, otras iglesias cristianas se la mostraron. Los cristianos somos de Cristo –perdonad la perogrullada. Toda la santidad que Cristo siembra en la humanidad, los cristianos hemos de reconocerla como propia. ¿Quién dijo que, en algún momento, podíamos dejar de ser discípulos?

  • Sombra somos

    HACE CUARENTA años se enseñoreaba por las mejores calles de la ciudad o por la plaza del pueblo. Pelo cardado; joyas al cuello, carmín en los labios; traje, prudente y elegante, pero evidenciando a las claras su precio. Quizás no soportara que nadie la aventajara en lo que entendía por elegancia y finura. Quizás fuera el azote de malas costumbres y liviandades. Se enorgullecía al creerse la primera, la mejor; sufría si descubría que alguien la aventajaba; se hundía si, en algo, era puesta en evidencia.
    Hoy es una anciana sola, la mayor parte del tiempo; viviendo en un rellano grande, inmensamente vacío; acompañada sólo por la mujer de Uruguay que la cuida. También ella profundamente sola, porque ha tenido que dejar padre, madre, hijos, pareja y amigos al otro lado del océano. Dos soledades que conviven, que se alivian, que suspiran juntas.
    “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”.
    El sentido de nuestra vida es amar y ser amado. Todo afán de dominio, de orgullo, de ser los primeros, ¿no tiene el inexorable destino de acabar en el fracaso y en el esperpento?
    Lo que vives y haces te construirá a ti mismo, y construirá Reino de Dios, si lo haces desde la humildad y la alegría de saber quién eres: alguien a quien el Padre mira en su humillación –así nos lo decía una gran mujer, María de Nazaret. Pero humildad no es cobardía –nos aclararía ella misma. Todo lo que Amor te pida hazlo con decisión y arrojo.

    (Marcos 9,30-37) HACE CUARENTA años se enseñoreaba por las mejores calles de la ciudad o por la plaza del pueblo. Pelo cardado; joyas al cuello, carmín en los labios; traje, prudente y elegante, pero evidenciando a las claras su precio. Quizás no soportara que nadie la aventajara en lo que entendía por elegancia y finura.

     

    Quizás fuera el azote de malas costumbres y liviandades. Se enorgullecía al creerse la primera, la mejor; sufría si descubría que alguien la aventajaba; se hundía si, en algo, era puesta en evidencia. Hoy es una anciana sola, la mayor parte del tiempo; viviendo en un rellano grande, inmensamente vacío; acompañada sólo por la mujer de Uruguay que la cuida. También ella profundamente sola, porque ha tenido que dejar padre, madre, hijos, pareja y amigos al otro lado del océano.

    Dos soledades que conviven, que se alivian, que suspiran juntas. “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”.El sentido de nuestra vida es amar y ser amado.

    Todo afán de dominio, de orgullo, de ser los primeros, ¿no tiene el inexorable destino de acabar en el fracaso y en el esperpento?Lo que vives y haces te construirá a ti mismo, y construirá Reino de Dios, si lo haces desde la humildad y la alegría de saber quién eres: alguien a quien el Padre mira en su humillación –así nos lo decía una gran mujer, María de Nazaret. Pero humildad no es cobardía –nos aclararía ella misma. Todo lo que Amor te pida hazlo con decisión y arrojo.

  • No hace falta que lo digas

    Cuando una persona quiere a otra no hace falta que lo diga. Se le nota en la forma de mirarle, de hablarle, de sentarse a su lado. Hasta en cómo pronuncia su nombre se nota el amor que siente… Y no te sonrías pensando que sólo les ocurre a los adolescentes primerizos. A todos se nos nota a quién queremos.
    Pero el signo que mejor revela nuestro amor es la capacidad que tenemos de sacrificarnos por el otro. Por aquel a quien amas eres capaz de sacrificarte, de renunciar a lo que te gusta, a tu comodidad, de renunciar incluso a lo que necesitas. Y esto es tan verdad que si no eres capaz de sacrificarte por la otra persona –o lo haces refunfuñando y a la fuerza–, no la amas. Es tu amor mero remedo inmaduro y falso. Es verdad que el amor es fundamentalmente felicidad y vida plena. Es verdad que es dulzura y alegría compartida. Es verdad. Pero si tu amor no pasa la prueba del dolor no deja de ser búsqueda de la propia satisfacción.
    En el evangelio del domingo Jesús nos revela, a través de la sinceridad de Pedro, otra dimensión más alta del amor: cuando amo más profundamente acepto, con dolor y agradecimiento, que el otro se sacrifique por mí. Puede parecer un contrasentido, pero no lo es. Piénsalo.
    Y piensa también cómo vivir, en la verdad de la entrega, el amor a tus padres, a tu pareja, a tus hijos; cómo vivir, en la verdad, tu fe en Jesucristo, tu compromiso con los más pobres, que no es sino otra forma de amar.
    Es tan hermoso, para Jesús, contemplar tu entrega y tu sacrificio por amor… Que aceptes, admirado, agradecido, sobrecogido, el sacrificio que por ti, el mismo, realizó.

    (Mateo 3,1-12) Cuando una persona quiere a otra no hace falta que lo diga. Se le nota en la forma de mirarle, de hablarle, de sentarse a su lado. Hasta en cómo pronuncia su nombre se nota el amor que siente… Y no te sonrías pensando que sólo les ocurre a los adolescentes primerizos.

     

    A todos se nos nota a quién queremos. Pero el signo que mejor revela nuestro amor es la capacidad que tenemos de sacrificarnos por el otro. Por aquel a quien amas eres capaz de sacrificarte, de renunciar a lo que te gusta, a tu comodidad, de renunciar incluso a lo que necesitas. Y esto es tan verdad que si no eres capaz de sacrificarte por la otra persona –o lo haces refunfuñando y a la fuerza–, no la amas. Es tu amor mero remedo inmaduro y falso.

    Es verdad que el amor es fundamentalmente felicidad y vida plena. Es verdad que es dulzura y alegría compartida. Es verdad. Pero si tu amor no pasa la prueba del dolor no deja de ser búsqueda de la propia satisfacción.En el evangelio del domingo Jesús nos revela, a través de la sinceridad de Pedro, otra dimensión más alta del amor: cuando amo más profundamente acepto, con dolor y agradecimiento, que el otro se sacrifique por mí.

    Puede parecer un contrasentido, pero no lo es. Piénsalo.Y piensa también cómo vivir, en la verdad de la entrega, el amor a tus padres, a tu pareja, a tus hijos; cómo vivir, en la verdad, tu fe en Jesucristo, tu compromiso con los más pobres, que no es sino otra forma de amar.Es tan hermoso, para Jesús, contemplar tu entrega y tu sacrificio por amor… Que aceptes, admirado, agradecido, sobrecogido, el sacrificio que por ti, el mismo, realizó.

     

  • Signos de Esperanza

    EL AMOR necesita de la esperanza para iluminar la vida. Sin amor muere nuestro corazón, pero sin esperanza el amor se entristece y no sabe cómo expresarse, cómo abrazar. Necesitamos signos de esperanza, caricias de ternura que nos hacen sentir vivo el amor.
    No solucionará los problemas que estás viviendo, pero comprar una maceta y ponerla en el ricón más visible de tu salón, contemplarla y dejar que te llene de su belleza humilde día a día, alienta tu esperanza de que la vida es más grande que el problema que viviste ayer.
    Quizás no sirva para cambiar mucho las cosas; pero escuchar en nombre del Dios Altísimo que tú eres una persona con dignidad de hijo y que has de tener el derecho de luchar y trabajar día a día por ganarte el sustento diario para ti y para tus hijos, puede alentar tu esperanza para levantarte y seguir buscando el trabajo que tanto necesitas.
    Quizás no arregle la situación social tan difícil que tenemos, pero que las comunidades cristianas den signos de cercanía a las familias que sufren, de denuncia de la ineficacia y las componendas que nos han traído a esta situación en la que estamos, y que busquen caminos concretos de solución, alentará la esperanza de muchos para seguir creyendo, para seguir confiando en el amor de Dios.
    Jesucristo no curó a todos los ciegos que en su tiempo había en Israel, pero sí se preocupó por ellos, sí se acercó con ternura a sus sufrimientos, sí ayudó a algunos y los sacó de su postración personal. Y haciéndolo, alentó la esperanza del pueblo en el amor de Dios Padre.

    (Marcos 7,31-37) EL AMOR necesita de la esperanza para iluminar la vida. Sin amor muere nuestro corazón, pero sin esperanza el amor se entristece y no sabe cómo expresarse, cómo abrazar. Necesitamos signos de esperanza, caricias de ternura que nos hacen sentir vivo el amor.No solucionará los problemas que estás viviendo, pero comprar una maceta y ponerla en el ricón más visible de tu salón, contemplarla y dejar que te llene de su belleza humilde día a día, alienta tu esperanza de que la vida es más grande que el problema que viviste ayer.

    Quizás no sirva para cambiar mucho las cosas; pero escuchar en nombre del Dios Altísimo que tú eres una persona con dignidad de hijo y que has de tener el derecho de luchar y trabajar día a día por ganarte el sustento diario para ti y para tus hijos, puede alentar tu esperanza para levantarte y seguir buscando el trabajo que tanto necesitas.

    Quizás no arregle la situación social tan difícil que tenemos, pero que las comunidades cristianas den signos de cercanía a las familias que sufren, de denuncia de la ineficacia y las componendas que nos han traído a esta situación en la que estamos, y que busquen caminos concretos de solución, alentará la esperanza de muchos para seguir creyendo, para seguir confiando en el amor de Dios.Jesucristo no curó a todos los ciegos que en su tiempo había en Israel, pero sí se preocupó por ellos, sí se acercó con ternura a sus sufrimientos, sí ayudó a algunos y los sacó de su postración personal. Y haciéndolo, alentó la esperanza del pueblo en el amor de Dios Padre.

     

  • Gracia, sabiduría y prudencia

    (Marcos 6, 7-13) LAS PERSONAS no vivimos de lo que aprendemos intelectualmente; eso, sin dejar de ser importante, no es lo trascendental en nuestras vidas. Las personas vivimos de lo que se nos entrega, día a día, en la vida de las personas con quien convivimos. Como se dice tantas veces: los niños no hacen lo que sus padres le dicen, sino lo que ven que sus padres hacen.

    Jesucristo es, para nosotros, un tesoro de gracia, sabiduría y prudencia. Y, sólo, mirando y remirando su vida, sólo contemplándolo día tras día, podemos participar de su bondad y su plenitud. Ni un día ha de pasar sin que contemplemos su sensibilidad hacia los pobres; su capacidad de decir la verdad, desnuda de intereses; su constante perdón hacia los pecadores; su confianza en que sus discípulos –hoy, nosotros—podemos colaborar con su misión para la humanidad.
    Todavía sin mucha preparación, sin mucha sabiduría, sin tener todavía su Espíritu, Jesús envía a los discípulos para proclamar y extender su reino. Y ellos van intentando hablar como Jesús lo hacía, intentando mirar como Jesús miraba, intentando vivir al modo de Jesús. Aprendemos de nuestros aciertos y errores; viviendo y reflexionando sobre lo que vivimos.

    En este primer intento, como es natural, los apóstoles no aciertan del todo. Se ponen a ungir a los enfermos con aceite, como ellos veían a los curanderos, pero nunca habían visto a Jesús. Predican sólo la conversión de los pecados; mientras que Jesús anunciaba una buena noticia de esperanza… Pero cuando lleguen, no les regañará; los acogerá con cariño, los invitará a ir a un lugar apartado para descansar, valorará todo lo bueno que han hecho, y, con mucha sabiduría y prudencia, les volverá a hablar de la gracia, del amor que el Padre tiene para todos. Signo claro de asertividad. El verano, tiempo propicio para cultivarla.

     

  • Nuestra debilidad

    (Marcos 6,1-6) LA IGLESIA es nuestra fuerza y nuestra debilidad. Por ella hemos recibido el don de las Bienaventuranzas, el don inmenso del relato de la vida, la muerte y la resurrección de Jesús. A través de ella recibimos el perdón de Dios y el pan de la Eucaristía; a través de ella la experiencia de fe de los cristianos ha ido madurando y aquilatándose en los avatares de la historia. Ella nos ofrece unos testimonios de fidelidad al Evangelio tan lúcidos y preclaros que son capaces de mover montañas. Antes de ayer escuchaba una entrevista a un obispo africano, de origen español, que podía conmover a la persona más distante. Su nombre es Juan José Aguirre.

    Pero también nuestra debilidad es la Iglesia. Instituciones eclesiales colaborando con “la política del ladrillo”; sacerdotes concretos faltando gravemente a la dignidad de nuestro ministerio, llegando a comportamientos infames; prácticas pastorales que usan la manipulación y el poder del dinero; escándalos de intrigas y conspiraciones vaticanas; lejanía, por parte de las comunidades cristianas, de los más pobres, y olvido de una espiritualidad que sea vida de la persona… ¿Para qué seguir? Es como si tuviéramos clavado un aguijón en la carne de nuestro cuerpo eclesial. Es como si pudieran recordarnos, constantemente, las raíces vulgares y pecaminosas de nuestra estirpe. Es como si pudieran decirnos que somos “pueblo rebelde”, “hijos obstinados” que no nos merecemos tener como padre al Dios de la Vida y como hermano a Jesucristo.

    Todo esto es verdad. Las dos realidades están ahí. También tus virtudes y tus cobardías iluminan y ensombrecen a la Iglesia. Pero desde nuestra ambigüedad, desde nuestro “si y no” cotidiano podemos ofrecer la luz que la fe tiene para la humanidad. Jesucristo es nuestra esperanza. Jesucristo es esperanza de toda la humanidad. En medio de nuestra debilidad escuchamos, una vez y otra: “Te basta mi gracia, la fuerza se realiza en la debilidad”.

  • Abrir el futuro

    (Marcos 5, 21-43) El evangelio de este próximo domingo nos habla de dos mujeres. Una es una niña que vio truncada su vida antes de poder abrirse a la fecundidad.

    Otra, una mujer madura, que una enfermedad impedía quedar embarazada y poder, así, dar vida. Jesús toma de la mano a la niña y la levanta en medio del estupor de los que llorando la rodeaban. Rodeado por la multitud siente que una fuerza curativa ha salido de él, y que alguien ha curado por la fe con que ha tocado su manto.

    Los evangelios trenzan, sin solución de continuidad, la historia de Jesucristo, lo que materialmente pasó, y el sentido profundo que la vida de Jesús abre para quien a él se acerca.

    A veces tenemos la tentación de pensar que nuestra vida ya ha dado su fruto, que nuestro tiempo ha pasado; incluso peor, que nuestra vida no tiene sentido más allá de lo que cada uno goce o sufra. No es así. Nuestras vidas no son ríos que van a dar a la mar, que es el morir. Nuestras vidas son semillas que pueden dar, en su momento de sazón, el fruto de su esperanza.

    Creer en Jesucristo no es mero asentimiento de cabeza. Creer en Jesucristo es saber que nuestros esfuerzos cotidianos por alentar la justicia, que los sacrificios, que nos dignifican, por construir un mundo nuevo, llegado el momento, darán fruto. La esperanza no es más que una fe, que desde la íntima certeza en la fuerza de la resurrección de Cristo, nos anima a entregar al amor nuestra vida. No lo dudes, Cristo a todos nos enriquece con su pobreza.

    Sin esperanza nuestra fe está muerta, porque somos nosotros los que ya estamos moribundos. ¿Quién puede vivir sin esperanza? ¿Quién puede luchar sin esperanza? ¿Hay alguien que sin esperanza no sea más que una sombra de sí mismo?

    Por tu fe, tu vida será fecunda.

     

  • Dignidad humana

    (Lucas 1,57-66)CELEBRAMOS este domingo la fiesta del nacimiento de Juan, el Bautista. Que se sobrepone a los textos y oraciones del domingo que correspondería. Y es que la Iglesia siempre le ha tenido una especial devoción a este profeta, que preparó la misión de Jesucristo. En la vida de Juan el Bautista podemos contemplar la dignidad suprema que Dios ha querido que sea cada persona.

    Juan el Bautista es signo de que Dios, antes siquiera de que hubiéramos nacido, ya nos conoce y nos quiere. Todos nosotros, los que leemos estas líneas, los que están ahora a nuestro lado, los que han pasado la vista por este pequeño comentario y no le han dado importancia, los niños que van a jugar con un papel que no entienden, todos hemos sido acogidos por Dios Padre como sus hijos. Es cierto que somos una entre los 6.000 millones de personas del mundo, y que los 50 ó 70 ó 100 años de nuestra vida puede representar poco ante los siglos de la historia. Pero a pesar de nuestra pequeñez, somos importantes para Dios por que nos quiere. Desde antes de nacer ya nos quería, como los padres que quieren a su hijo, antes siquiera de haberlo engendrado.

    Juan el Bautista es signo de que todos tenemos una misión muy importante en nuestra vida. Él fue precursor del Salvador, y nosotros también podemos serlo. También nosotros podemos ir con nuestra vida, con la débil fortaleza de nuestra fe y de nuestra esperanza, anunciando que la vida de las personas es más que el dinero; que la vida es más que las cosas que se tienen; que la vida es más, incluso, que el amor que podemos vivir, porque nuestra vida se cifra en el amor que nos tienen; y te han amado, y te aman, hasta entregarse por ti.

    La vida de cada persona, de toda persona, es palabra inefable e inextinguible de dignidad. Cuando alguien quiere ocultarla, se convierte en grito.

     

  • El día después

    (Marcos 4,26-34) EL DÍA después del incendio comienza el bosque su propia regeneración. Los animales que quedan escarban entre la tierra y la ceniza, mezclándolas. La brisa y los pájaros vuelven a traer semillas que, a espera de la lluvia, son ya comienzo de nueva vida. Hasta las raíces de las plantas con ramas calcinadas se preparan para, desde más abajo del negro tocón, reverdecer en otoño. La vida de la naturaleza, signo de la Vida que Dios nos ha regalado, es esperanza inasequible al desaliento.

    Así, también, nosotros hemos de prepararnos para regenerar nuestro pueblo. Hemos de dejar atrás la subcultura de la subvención clientelar –verdadero opio del pueblo. Hemos de afrontar con honradez y ambición nuestro futuro. Hemos de alentar, todos, a quienes con preparación e iniciativa comiencen a construir un futuro mejor. Hasta la Iglesia debe preocuparse más por la justicia, la libertad y la fe de su pueblo que de sus propios intereses corporativos. Todos hemos de aprender; todos hemos de resurgir; todos hemos de cambiar.

    Pero que a nadie quepa duda de que el Señor, desde lo hondo de la vida, nos alienta a amar. Y nos sigue haciendo una propuesta: “Vamos juntos a construir un pueblo de hermanos, donde todos trabajemos y donde todos nos ganemos el pan con el sudor de nuestra frente; vamos a acoger el amor de familia, amor con minúscula de virtud humilde y sencilla, virtud de comprensión y cariño, virtud de entrega incondicional al otro. Vamos juntos a entonar un canto, no por ser campeones de nada, sino dando gracias por la vida, hermosa al entregarla.

    Pueden parecer pequeños; pero nuestros esfuerzos, nuestro empuje y nuestra creatividad son la lluvia que necesita nuestro pueblo para levantarse. Cada día hemos de preguntarnos qué es lo que cada uno de nosotros podemos hacer por nuestro pueblo.