Categoría: El evangelio del domingo

  • Lo extraordinario en lo cotidiano

    Lo extraordinario en lo cotidiano

    (Juan 10, 27-30) DURANTE UN TIEMPO no muy largo, los 11, las mujeres y otros discípulos tuvieron la experiencia extraordinaria de ver a Jesús resucitado, y de experimentarlo como fuente de una vida que los cambió por completo. Ese tiempo acabó, pero los discípulos siguieron -seguimos- experimentando la vida extraordinaria de Cristo en nuestra vida ordinaria, muchas veces gris y opaca, pero que se llena de una luz que no podemos explicar sin Él.

    Experimentamos su presencia de Buen Pastor cuando acogemos con amor y con esperanza las dificultades de cada día. “El Señor es mi pastor, nada me falta”, rezamos con una serenidad que viene de lo alto. Experimentamos su presencia en las personas, muchas veces pequeñas y sin trascendencia para el mundo, que viven un testimonio de entrega a los que sufren, un amor abnegado y sacrificado con una fortaleza y una alegría que no se puede explicar sin Él. Experimentamos su presencia en tantos cristianos que viven salvando obstáculos para la evangelización. Barreras personales: prejuicios, intereses, cobardía. Y barreras exteriores: menosprecio, burlas, persecución.

    También nosotros experimentamos, muchas veces, su resurrección, cuando en lo cotidiano se nos desvela lo extraordinario de su fuerza. Así se cumple en nosotros: «Los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.»

  • Signo de la resurrección: la Iglesia

    Signo de la resurrección: la Iglesia

    EL MAYOR SIGNO de la resurrección de Jesucristo somos los creyentes, los cristianos, nuestra vida de fe y de caridad. Nuestra manera de afrontar las dificultades sabiéndonos acompañados y protegidos por Cristo, nuestros signos de cercanía y de amor por los más pobres, nuestro impulso apostólico y nuestro afán de compartir una fe que nos llena de luz y de vida, éstos son los signos desde los que las personas pueden acercarse a la historia de un hombre que pasó por la Tierra hace 2025 años y preguntarse si estará o no en él el verdadero sentido de toda nuestra vida, la verdadera salvación.

    Los signos de que Cristo es fuente de vida verdadera solo se pueden dar en comunidad. La heroicidad de uno habla de él mismo; el amor y la fe de una comunidad que acoge a los débiles y a los fuertes, a los cultos y a los sencillos, a todos, habla de Alguien que los sobrepasa y los trasciende. El pan partido y compartido es signo, desde siempre, de la comunión con Cristo, que es fuente de vida.

    No te preguntes si eres digno de ser cristiano. De por ti, no; tú sabes de tus limitaciones y egoísmos. Pero Cristo por cada incoherencia que hayas vivido, solo te preguntará: «¿Me quieres? ¿Estás dispuesto a que yo te cambie por dentro? ¿Quieres poner tu vida a mi servicio?» Y te llamará a vivir con él: «Sígueme».

    Que nuestras comunidades sean el signo que necesitan las personas hoy para acoger la gracia y la bondad de Jesucristo.

  • Justificaciones y perdón

    Justificaciones y perdón

    (Juan 8,1-11) TENEMOS GRAN habilidad para justificarnos. Para el pecado ajeno somos severos e inflexibles; pero para el propio siempre encontramos una razón oculta, una circunstancia atenuante, un mal previo que nos forzó a actuar de aquella manera en la que hicimos lo que no se debe. Comenzamos por justificarnos el mal que cometimos, seguimos por verlo también comprensible en los demás, y acabamos por relativizar lo bueno sin que nuestro comportamiento tenga ya criterio que no sea la recriminación de los demás.

    Pero el mal es mal; y es mal porque nos destruye y destruye al que nos rodea; porque cercena alguna de nuestras mejores cualidades personales o hace daño a los que tenemos cerca. Cuando nos justificamos de esa manera nos enquistamos en la mediocridad.

    El perdón es otra cosa. Cuando acogemos el perdón de Dios o de quien nos quiere, no disculpamos nuestro comportamiento errado, acogemos el amor de quien sabe que somos más que nuestros errores; de quien espera más de nosotros; de quien siempre pone en nosotros su esperanza. Acoger el perdón conlleva reconocer el mal y buscar la fuerza interior necesaria para vivir con la dignidad de hijos de Dios. El perdón hace más justa a la persona si lo acoge con sinceridad.

    Ni condenas, ni falsas justificaciones; necesitamos ser perdonados desde el amor que vive en esperanza.

  • Amor incondicional

    Amor incondicional

    (Lucas 6, 27-38) CUANDO UN BEBÉ viene a nuestra casa nos volvemos a dar cuenta de qué tipo de amor es el que nos hace personas. El niño pequeño no ha hecho nada por sus padres, o por sus abuelos, o por sus hermanos mayores, y, sin embargo, recibe incondicionalmente todas las atenciones necesarias, y más. Una sola sonrisa del bebé vale para borrar noches de desvelo y preocupación.

    Lo que nos hace personas es un amor incondicional, entregado, sufrido, que no mira el bien propio sino el del otro, que encuentra su alegría en el gozo del otro. Así se nos hace personas, y solo cuando podemos entregar a otro esa experiencia de amor nuestro corazón descansa en paz. Así es también el amor de Dios. Él nos hizo a su imagen y semejanza, capaces, con necesidad de amar de manera incondicional.

    A veces nos sobrarán motivos para guardar rencor, incluso para odiar; la prudencia nos invitará a ayudar esperando una ayuda recíproca por parte del otro. Todo esto es humano, pero el soplo del Espíritu que hace vivir nuestra alma viene de otro sitio. Necesitamos que nos amen con nuestros defectos, perdonando nuestros errores, acogiendo nuestros traumas, sin cálculos de beneficios. Así también necesitamos amar.

    Sin un amor así, nada humano permanece, nada puede llamarse amor. Donde no hay pon amor y sacarás amor, que decía san Juan de la Cruz.

  • Beligerancia cristiana

    Beligerancia cristiana

    (Lucas 6, 20-26) ALGUNAS VECES vivimos un cristianismo “de rebajas”, en el que todo cabe. La misericordia de Dios parece que nos sirve de excusa para conformarnos con nuestros pecados y con nuestras cobardías. Pero el Señor en muchas ocasiones señaló comportamientos y actitudes que alejan del Reino de Dios e impiden su seguimiento.

    Una de esas actitudes es poner el corazón en las riquezas. No se puede servir a Dios y al dinero, dice el Señor. ¡Ay de vosotros los ricos porque ya tenéis vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros que estáis satisfechos porque tendréis hambre!, clama en el evangelio del próximo domingo. Todo lo que divide a las personas y nos hace romper la fraternidad está en contra de su Evangelio. Para san Pablo el afán por las riquezas es una idolatría, vacía el corazón de una herrumbre que nos condena.

    Cristo nos enseña a dar gracias a Dios por todos los bienes que ha creado para nosotros y podemos compartir unos con otros. Hay empresarios que crean riquezas para que muchos las puedan disfrutar y se complacen en crear puestos de trabajo y bienes y servicios para todos. Estos no están lejos del Reino de Dios. Pero el que especula con las necesidades de los pobres para acumular dinero, no crea que quedará impune.

  • El signo de la llamada

    El signo de la llamada

    (Lucas 5,1-11) EN TODA VOCACIÓN cristiana hay un signo de la cercanía de Dios para la persona que la recibe y para los que contemplan su cambio de vida.

    La vocación al matrimonio se acoge desde el signo de un amor que, renunciando a la satisfacción de los propios deseos y queriendo la felicidad del otro más que la propia, encuentra la verdadera plenitud personal; renunciando a la posesión del otro, encuentra la paz y el regalo de que el otro se le entrega. El signo del enamoramiento primero ha de purificarse para que aquella relación se convierta en amor verdadero, en amor fecundo y de plenitud.

    La vocación a una vida consagrada al ministerio, al anuncio del Reino, a vivir con Cristo y como Cristo, solo de la voluntad del Padre, tiene siempre un signo tras de sí. Isaías fue llamado en el Templo. Pedro en su lugar de trabajo, en la barca de pescar. Pablo cuando perseguía a los que anunciaban a Cristo. En la vida de cada sacerdote y de cada persona consagrada hay un signo, humilde y sencillo, íntimo y luminoso, que nos ha hablado de cómo nuestra vida solo tiene sentido en el nombre de Jesucristo, siguiéndolo a Él, acogiendo su misión. Cuando una persona acoge ese signo como la llamada que Cristo le hace y se entrega a Él encuentra el camino de su plenitud.

    La llamada se convierte también en signo para los que perciben una transformación íntima y clara de aquel que conocían y ahora es una persona nueva.

  • La alegría de la pureza

    La alegría de la pureza

    (Lucas 2, 22-40) EL PRÓXIMO DOMINGO celebramos el día de la Virgen de la luz, de la Candelaria; que rememora la presentación del niño Jesús en el Templo y la purificación de su Madre cuarenta días después de su nacimiento.

    Los judíos pensaban que el parto dejaba impura a la mujer. Pero la espiritualidad cristiana ve en esa entrada de María con el Niño en sus brazos una auténtica procesión de luz. El Templo de Jerusalén quedó iluminado con la luz de Jesús. Por eso, desde muy antiguo esta fiesta se celebra con lucernarios en los que cada cristiano lleva una vela significando la luz con la que Cristo lo ilumina. Como María, la Iglesia sabe que Cristo es la luz de nuestra humanidad. Unas creencias y unos ritos extraños se ven transformados cuando es Jesús quien los realiza. La humanidad de Jesús tiene poder para cambiarlo todo.

    Cuando acogemos la presencia del Señor en nuestra vida, podemos decir con el anciano Simeón: “Ahora puedo vivir en paz porque mis ojos han contemplado tu salvación”. Cuando experimentamos el perdón, la misericordia, la llamada de Dios en lo cotidiano de nuestro existir sabemos que Cristo es “la luz que alumbra a todos los pueblos a todas las naciones”. Por eso, cada cristiano tenemos la misma tarea que la Virgen, llevar la luz de Cristo por donde vayamos. Echemos a un lado orgullos, rencores, cobardías, y caminemos con la alegría y la humildad de las bienaventuranzas. .

  • Conocer a Cristo

    Conocer a Cristo

    (Lucas 4,14-21) EL VIERNES PASADO los chavales de la confirmación tuvieron una catequesis que presentaba la catequista con una frase de san Jerónimo: “Desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo”. Los católicos hemos cometido el error de pensar que podíamos creer en Cristo sin conocer las Escrituras, sin rezar con la Biblia. Y sin su vida y sin su palabra reducimos a Cristo a una imagen a la que presentar nuestros deseos y necesidades.

    Reducimos la fe a lo que tiene de confianza en la bondad de Dios, pero nos privamos de acoger el sentido profundo y la luz que trae para nuestra vida. En vez de acoger el impulso de su Espíritu para vivir su llamada y colaborar con su misión, tenemos la tentación de utilizarlo para lo que a nosotros nos interesa.

    Abre alguno de los evangelios; busca un texto pequeño en el que Jesús hable a sus discípulos, o ayude a alguna persona en dificultad, o cuente una parábola; reléelo con tranquilidad y busca una luz para tu vida. No pretendas comprenderlo todo; no te entretengas en lo que no entiendes; busca la luz que Dios tiene para ti en esas palabras de Cristo, y acógela con humildad. Quien se acerca a la Escritura, se acerca a Cristo y se llena de la luz que trae a nuestra vida.

    No es complicado; no es difícil; solo hay que leer un texto pequeño con fe y humildad, con el deseo profundo de conocer a Cristo para seguirlo y tenerlo como maestro.

  • Alentando la alegría

    Alentando la alegría

    (Juan 2,1-11) EL EVANGELIO de San Juan siempre sorprende. Como saben, es el último de los cuatro que vio la luz; y, por eso, sigue un esquema distinto, complementando y profundizando su presentación de la persona de Jesús. En el evangelio de Juan todo ocurre cotidianamente, sencillamente, pero mostrando una luz que llega hasta el último rincón de nuestra historia. Así ocurre con la primera manifestación del Señor, que no la acompaña con una estrella o unos magos de oriente, tampoco la avala con una voz del cielo. La primera manifestación del Señor se produce en la boda de una aldea, en Caná, y solo la ven su madre y los criados que servían. ¡Qué humildad la de nuestro Dios!

    Jesús se manifiesta como el esposo de la humanidad. Y lo mismo que el esposo llena de ternura y de alegría a su mujer, él viene a consolarnos, a salvarnos, a llenarnos con su ternura y su alegría. El ungido con el óleo de la alegría viene a traer alegría y gozo a toda la humanidad. Ningún cristiano tiene derecho a tener cara de pocos amigos y el espíritu avinagrado cuando el Señor se manifiesta alentando la alegría y la fiesta. Qué hermosas son las personas que en todo momento se muestran como bálsamo en las situaciones difíciles, y tienen una palabra alegre a los que las rodean. Qué necesarias son personas que olvidándose de sus pequeños o grandes problemas alientan la alegría a su alrededor. Bienaventurados los que animan a sus hermanos, tienen como su maestro al Señor.

  • Desde Nazaret

    Desde Nazaret

    (San Mateo 2,1-12) SE LO CONTARON SUS PADRES y él lo corroboró con sus propios ojos: cuando a la higuera le brotan yemas, se acerca el verano, y cuando una mujer ya ha tenido un niño ni se acuerda de los dolores del parto. Vio y se asombró de la hermosura frágil y delicada de los lirios del campo. Escuchó historias de pastores que se habían enfrentado a los lobos para defender su rebaño. Vio como su madre, para remendar la ropa, no usaba tela nueva, sino la que ya estaba un poco vencida, para que lo nuevo no tirara de lo viejo y el desgarrón fuera aún peor…

    En Nazaret, vio a los hombres en la plaza esperando que los llevaran a trabajar, y la amargura de los débiles y los viejos cuando ya no los llamaban los primeros. En Nazaret, contempló el sufrimiento de los ciegos y los tullidos, condenados a la mendicidad; y la alegría de los nuevos esposos el día de su boda. En Nazaret supo de la crueldad de los poderosos y de la hipocresía de quienes los rodean.

    En Nazaret, sobre todo de su familia, acogió el rostro de un Dios de misericordia y justicia; un Dios que siempre contaba con las personas y las llamaba a una misión. En Nazaret, supo un día que su misión era la de ser Hijo del Padre, el Hermano de todos. En el silencio humilde y sereno de aquella aldea comenzó todo. En el Jordán se desbordó el Espíritu y supo que el tiempo llegaba a la plenitud.
    No había caminos, los tendría que abrir él; y lo hizo.