Categoría: El evangelio del domingo

  • Imágenes de Dios

    Imágenes de Dios

    (Marcos 10,2-16)

    ¿QUÉ REALIDAD DE nuestro mundo puede servirnos como imagen de Dios?

    Sabemos que la Biblia, antes de que el Padre enviara a su Hijo, “imagen de Dios Invisible”, prohibía toda representación de Dios, incluso pronunciar su nombre. Por eso, aunque los creyentes le tenemos devoción a distintas imágenes religiosas de un artista inspirado, ya sean esculturas o pinturas, sabemos que toda son meras imágenes, y que la realidad de Dios está siempre más allá. Dios es espíritu y debemos adorarlo en espíritu y verdad.

    El mundo ha sido creado por Dios, y hay muchas realidades del mundo que nos hablan de Él: el colorido y la atmósfera cálida de un atardecer, el murmullo de los árboles y los pájaros de un bosque… Dios crea al hombre y a la mujer, dice el libro del Génesis, a su imagen y semejanza; y desde entonces el amor entre la mujer y el hombre –sus lazos de ternura que les acercan a la plenitud, la entrega sincera de un amor mutuo, su generosidad al engendrar y cuidar a los hijos, su disposición a cuidar el uno del otro en la riqueza y en la pobreza, en la salud y la enfermedad…—es la imagen más cercana a un Dios que se define a sí mismo como amor.

    Ojalá cada uno de nosotros, en cualquier circunstancia, vivamos siempre en ese amor de entrega, en un amor grande que de sentido a toda nuestra vida.

  • Tolerancia y firmeza

    Tolerancia y firmeza

    (Marcos 9,38-48) EN NUESTRAS sociedades occidentales se ha implantado una virtud moderna que ha desplazado con creces a las tradicionales: la tolerancia. “Cada cual tiene derecho a vivir su vida y a ser respetado por los demás”; “cada cual es dueño de hacer de su vida lo que quiera, sin que los demás tengan que juzgarlo o, siquiera, opinar de él”. Esta orientación se ha vuelto radical, reivindicando que todos tengamos que reconocer la identidad que cada persona siente en un momento de su vida.

    El mensaje de Jesucristo es profundamente tolerante; él mismo tuvo actitudes que rompían el estrecho molde de la cultura judía de su tiempo. Pero, a la vez, Jesucristo es profundamente firme con todo lo que daña a las personas y les cierra las posibilidades de que el Espíritu las conduzca por su propio camino. Jesús fue firme con quienes condenaban a la adúltera; y con quien, dando pábulo a sus deseos más mezquinos, no encauzan su afectividad desde la familia. Jesús fue tolerante con Zaqueo y con el joven rico, pero fue intolerante con la actitud dañina de poner el corazón en el dinero y la avaricia. Instaba a algunos de los que había curado a volver a su casa, pero era firme ante la tibieza de quien quisiera seguirlo. Es tolerante con todo el que peca, pero no justifica nunca que se dañe a los pequeños y a los débiles.

    Jesucristo siempre abre la puerta a todos, la puerta de su amor para que vivamos en su amor de entrega.

  • Conocer a Manolillo

    Conocer a Manolillo

    Marcos 9,30-37) LAS PERSONAS que tenemos un cargo de relevancia, aunque sea poca, en la sociedad o en la iglesia hemos de estar siempre atentos a que esa responsabilidad, que se nos ha entregado, la ejerzamos como un servicio, y no como un privilegio o como un honor.

    El refranero, como siempre certero y cruel, así lo advierte: “Si quieres conocer a Manolillo, dale un carguillo”. Y es que algunas veces los “manolillos” cuando recibimos un pequeño cargo ya queremos que nos llamen “don Manuel”, y que las personas estén a nuestro servicio. Cargos políticos, alcaldes y cargos municipales, presidentes de asociaciones de vecinos o encargados de una sección en la fábrica, hermanos mayores de hermandades, responsables de un área u otra de la parroquia, párrocos… Todos estamos tentados de que el cargo se nos suba a la cabeza.

    Para eso hemos siempre de estar atentos a vivir desde la humildad, que se expresa en estar al servicio de las necesidades concretas de las personas, buscando ser los primeros en colaborar con los trabajos más bajos e ingratos; y atentos también en bien de todos, en lo que de nosotros dependa; sirviendo con agrado al más pequeño, sin emplear acritud con nadie. Al modo de Jesucristo, que no se aferró a su dignidad divina, sino que se hizo hombre y pasó por uno de tantos; aceptando la muerte, y una muerte de cruz. Por eso, ahora, toda rodilla se dobla ante su Nombre bendito, por su amor y su humildad.

  • Cargar con la cruz

    Cargar con la cruz

    (Marcos 8,27-35) LA EXPERIENCIA DE FE en Jesucristo potencia lo mejor del ser humano, lo mejor que hay en cada uno de nosotros. La amistad, la relación profunda con Jesucristo nos libera de nuestros demonios, nos da humildad para superarnos y nos abre a una fraternidad que da sentido a nuestras vidas. Lo más auténtico del ser de nuestra persona encuentra resonancia en el Evangelio.

    Pero hay experiencias profundas en la fe que no se explican desde meramente lo humano; una de ellas es el acoger desde un sentido pleno y luminoso a los momentos de sufrimiento y de cruz que tenemos que afrontar. Todos hemos de vivir momentos de sufrimiento. Todos, incluso, por ser honrados, por luchar por la justicia y el bien podemos vernos despreciados y perseguidos. Es ley de vida, si no te resignas a la injusticia y a la mentira de este mundo, esa injusticia y esa mentira se centrarán en ti.

    Los seguidores de Jesucristo tenemos un consuelo y una fortaleza grande en los momentos de cruz: al participar de una entrega como la de Cristo, participamos y participaremos en una vida y en una resurrección como la suya. Unidos a Él, nuestra cruz se convierte en un yugo llevadero, y en una carga suave. Todos nosotros, como el apóstol Pedro, nos asustamos ante la cruz. Ojalá seamos, también como él, fuertes y generosos cuando nos toque acoger los sacrificios que la vida nos presente.

  • Imparable

    Imparable

    (Marcos 7, 31-37) CUANDO EL SEÑOR habla al corazón de una persona, su palabra poderosa se convierte en nosotros en una fuerza imparable, que ni nuestras cobardías, ni nuestros pecados, ni las censuras o prohibiciones pueden acallar. Los profetas son testigos de esta experiencia. Estamos hechos para la verdad y para el bien, y cuando los encontramos en profundidad qué difícilmente los dejamos de lado.

    Quizás me diréis que la experiencia es la contraria; que muchas personas que han vivido momentos de encuentro con el Señor, después, han seguido o recaído en la injusticia y la mentira… En ellos, la palabra está aletargada, como la semilla que en la tierra está esperando para dar fruto. Así le ocurrió a Moisés que estuvo años y años pastoreando antes de reconocer aquella zarza que ardía sin consumirse y que le habló del sufrimiento de su pueblo y de la voluntad de Dios de salvarlos. Pero la Palabra allí estaba y germinó y dio fruto.

    Este domingo celebramos la natividad de María de Nazaret. En ella la Palabra fue acogida y dio fruto sin tardanza, sin dilación, sin falsas prudencias. Ojalá nos sirva de ejemplo María para no retardar una respuesta plena a nuestra vocación. Cuando así lo hagamos, viviremos reconciliados con nosotros mismos, humildemente orgullosos de vivir conforme a la misión que nos han encargado.

  • Debilidad y pecado

    Debilidad y pecado

    (Marcos 6,1-6) NUESTRA CONDICIÓN humana es de debilidad. Débiles y necesitados de los demás nacemos; en debilidad morimos, anhelando una mano amiga a la que asirnos; en medio de estos extremos errores, ofuscaciones, enfermedades… En esa debilidad vamos aprendiendo a vivir en el amor, que es nuestra única y gran fortaleza.

    Cada vez que egocéntricamente nos cerramos a la carne débil del otro, o nos centramos orgullosamente en nosotros mismos, nos alejamos de vivir en el amor y caemos en el pecado. El pecado es negación de Dios porque es negación de nosotros mismos y negación del amor. No te asustes de tus debilidades, porque luchando por superarlas haces digno tu amor; no reniegues de las debilidades de los demás, porque acogiéndolas vas haciendo fuerte tu amor.

    Nuestros pecados son fruto muchas veces de la debilidad en la que vivimos. Por eso, no te angusties por ellos; levántate, pide perdón y sigue caminando sinceramente buscando el bien. En ese camino te encontrarás siempre con Jesucristo, que quiso nacer hijo de una aldeana y de un trabajador sencillo, que quiso vivir pobremente, que murió en un patíbulo, para que ante Él nadie tuviera que fingir ni impostar dignidades, ni fortalezas.

    El Hijo de Dios, haciéndose débil y viviendo en el amor, nos muestra el verdadero camino de la dignidad humana.

  • Siendo rico, se hizo pobre

    Siendo rico, se hizo pobre

    (Marcos 5,21-43) LA SABIDURÍA de los otros mueve a admiración o a envidia; a no ser que reconociendo nuestro desconocimiento dejemos libre un “espacio” en nosotros para aprender. La necesidad de llenarnos con riquezas materiales nos hace caer en un egoísmo que nos esteriliza para la vida y para los demás; solo los que comparten o arriesgan lo que tienen para generar riqueza, solo los que apuestan por disminuir pueden aumentar el bienestar de todos.

    El afán de ser honrados, de que hablen bien de nosotros nos va haciendo hipócritas, falsos, tibios; sin querer molestar a nadie con nuestra libertad de conciencia, la perdemos; sin buscar la verdad que brota de la realidad y de la vida, nos conformamos con lugares comunes, con lo políticamente correcto, con ideas que ni iluminan ni nos mueven.

    Para que las ruedas puedan acoger los ejes que soportan el carro y rueden, deben tener el centro vacío, hueco. Los chinos decían esto del emperador; su labor era estar ahí, sin hacer, sin ocupar el puesto de los demás, para que el reino avanzara como las ruedas de un carro.
    Jesucristo siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. Y nosotros, solo cuando reconocemos la verdad de nuestra pobreza, podemos abrirnos a la inmensa riqueza que es el conocimiento de Jesucristo en nuestra vida. Vacíate de ti mismo, póstrate ante el Cristo, como Jairo o como la hemorroisa, y sabrás qué significa la gracia de tener a Cristo como salvador, como Hermano.

  • De la espera y la esperanza

    De la espera y la esperanza

    (Marcos 4,26-34) PARA RECOGER frutos de un árbol plantado, se necesita paciencia en la espera y paz de espíritu con esperanza. Cada árbol tiene su ciclo vital y hay que respetarlo. Así sucede con las personas. Cada uno tenemos nuestros ritmos, nuestras fases y periodos, y tenemos que acogerlos con paciencia y paz. Perder la paciencia en la educación de los niños, en la apertura de procesos en la comunidad cristiana y en los pueblos es simplemente perderlo todo.

    Tiene paciencia quien no se da más importancia de la debida, quien por amor espera siempre que el otro vaya creciendo en el bien, y quien tiene su confianza puesta solo en Jesucristo. La juventud suele ser impaciente; y el secreto de la sabiduría está en acoger ese crecimiento lento e inexorable del bien, aunque nos exija la cruz. Así lo vivió Jesucristo, que supo que solo cuando fuera levantado a lo alto atraería a todos hacia sí.

    Sea cual sea tu tarea, no cejes en hacer el bien; no pierdas el norte desesperándote por creerte más de lo que eres; disfruta del silencioso crecer de lo que siembras, que la sonrisa y la comprensión es el mejor de los abonos. Y si toca sufrir y pasar por la cruz, no olvides que el mismo Hijo de Dios tuvo que pasar por ella. El bien, como la salud, necesita paciencia y buenos alimentos, es decir, buenos ejemplos.

  • La evidencia del mal

    La evidencia del mal

    (Marcos 3, 20-35) SI USTEDES REPASAN el credo, que es la síntesis de lo que los cristianos hemos de creer, verán que no aparece ni el pecado, ni el pecado original, ni la figura de satanás. Y es que el mal, el mal que se mete en los entresijos de nuestra vida y nos destruye, no es una verdad de fe, sino una evidencia que solo hay que abrir los ojos para corroborarla.

    En las relaciones más sinceras y auténticas, de amistad o de pareja, se mete el orgullo de creerse mejor que el otro, el recelo de sospechar que el otro me quiere mal, la manipulación de querer poner al otro a nuestro servicio, y lo que era una amistad de vida compartida se convierte en ruptura que hace sufrir a todos.

    Toda instancia de poder y de prestigio social parece que tiene intrínsecamente la semilla de la discordia. El poder corrompe, se decía; hoy sospechamos que los corruptos tienen más fácil llegar al poder. Nadie escucha razones, sino el morbo de la frase altisonante y del insulto. Nadie parece buscar el bien común, sino el bien del partido del que quiere medrar. Los discursos que apelan al sentimiento visceral del rechazo al otro por su ideología están carcomiendo nuestra sociedad.

    Nuestra condición humana parece lastrada. Necesitamos Alguien que en la transparencia de su vida clarifique las aguas que hemos enturbiado. Necesitamos a Alguien que amándonos aun pecadores, nos infunda su amor.

  • Por las calles del Pueblo

    Por las calles del Pueblo

    (Marcos14,12-26) LA EUCARISTÍA tiene tanta densidad de sentido que nunca se termina de decir todo lo que significa. Fue la última cena de Jesús, premonición de su pasión; es actualización de la entrega de su vida en la cruz, el amor más grande; fue y es comida fraterna de quienes comparten la misión de anunciar el evangelio; es invitación constante a la conversión de nuestra vida tibia y superficial; es comunión íntima que quiere regalarnos el Padre con su Hijo por la acción del Espíritu; es sacramento en el que la comunidad experimenta que es Cuerpo de Cristo en la historia para proseguir con toda su misión; es Santísimo Sacramento ante el que postrarnos, no como ante ningún poder ajeno, sino ante la grandeza de un amor que en todo nos puede; la eucaristía es pan, paz, alegría, perdón, esperanza nuestra de cada día… ¿Cómo abarcar tanto con nuestra mente pequeña, aunque nuestro corazón tenga siempre anhelo de más?

    En el día del Corpus, Jesucristo vuelve a las calles de su Pueblo, como en aquellos días por Cafarnaúm o Magdala, rodeado del agradecimiento de los que hemos recibido de Él la vida, y de la esperanza de todos sus amigos. Algunos, como en Nazaret, mirarán incrédulamente pensando si de alguien tan corriente como el hijo de un carpintero puede venir la salvación. Pero nosotros lo hemos experimentado de algo tan corriente como un poco de pan, con el que nos llega todo el amor de Dios hecho sacramento.