Categoría: El evangelio del domingo

  • Tiempo de lo pequeño

    Tiempo de lo pequeño

    (Lucas 1,39-45) LA NAVIDAD es el tiempo de los pequeños. Son los niños los que más la disfrutan, con más inocencia, con más intensidad. En Navidad Dios se hace niño y se deja encontrar en lo que parece poco importante: en una joven embarazada, en un padre primerizo, en unos pastores pobres, en unos sabios locos que se hacen peregrinos, entre tanta mentira, de la luz de la verdad.

    Por eso, la Navidad no es la fiesta de las grandes cenas, ni de los grandes regalos. La Navidad es el tiempo de la familia, donde cada uno, sin títulos ni méritos, es acogido en su debilidad. Navidad es el tiempo de quien por amor se hace pequeño; Dios siendo Dios no retuvo esa sublime dignidad, sino que se hizo niño y pasó por uno de tantos. El amor nos devuelve a la niñez. Por amor cantamos y hacemos versos; por amor entregamos todo nuestro tiempo, todo lo que tenemos; por amor se despojan de todo los amantes, quedando vulnerable uno ante el otro.

    En Navidad se nos revela un Dios que tiene tiempo para los pequeños, para jugar con los niños, para hacer compañía a los ancianos, para ir a casa de las familias migrantes, para conmover hasta el que no cree mucho en Él. Navidad es el tiempo de los que tienen la fe débil y el espíritu pequeño. Absténganse doctores y licenciados, ingenieros y potentados, magnates y todo tipo de personas importantes e influyentes. Dios se complace en los pequeños, en los que por amor se hacen pequeños y lo acogen con humildad.

  • Tiempo de alegría

    Tiempo de alegría

    (Sofonías 3,14-18) La ALEGRÍA siempre se anticipa. Se alegran los padres antes de que nazca el hijo; se alegran los niños con la mera noticia de que irán a jugar donde ellos desean; se alegra la familia en paro cuando saben que alguno de sus miembros va a entrar a trabajar; se alegran los abuelos cuando sus nietos le dicen que van a ir a verlos… La alegría tiene la capacidad de la luz de iluminar el camino antes de todo pueda verse con claridad.

    Así es el nacimiento del Salvador. “Alégrate hija de Sión, grita de gozo Israel; regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén. El Señor ha revocado tu sentencia, ha expulsado a tu enemigo”, dice el profeta Sofonías en este tercer domingo de Adviento. El nacimiento del Niño Jesús hace que nuestra carne, madre de caricias y de dolor, sea hija del mismo Dios; que nuestro corazón, tan ambiguo y frágil, adquiera la fortaleza de quien fue fuerte ante toda tentación; que nuestra vida, amenazada siempre por la caducidad y la muerte, pueda gustar en cada experiencia de amor la misma eternidad.

    Continuaremos en la ambigüedad y necesitando vencernos a nosotros mismos, pero ya sabemos que nuestro destino es el amor: un amor de luz sin sombras; de generosidad sin cálculos; de perdón sin rencor; de alegría adolescente; de fecundidad madura que se complace en la propia donación. La fuerza de la persona para vivir la conversión cristiana es la alegría de ser amada y ser llamada al amor.

  • Tiempo de dejarse hacer

    Tiempo de dejarse hacer

    (Lucas 1, 26-38) DECÍA EL SABIO: “Hay tiempo de sembrar y tiempo de cosechar; tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de rasgar y tiempo de coser”; pues bien, el adviento es tiempo de dejarse hacer. Así nos lo atestigua María de Nazaret, la protagonista de los hechos del adviento junto con el Espíritu Santo, diciendo: “Hágase en mí según tu palabra”.

    Hay tiempo de hacer, de compromisos y de acción, de tomar iniciativas y de hacer proyectos. Pero también tiene que haber en nuestra vida personal y espiritual tiempo de dejarnos hacer. Dejarnos hacer por la armonía silenciosa de la Naturaleza; dejarnos hacer por el amor que, aunque torpemente, recibimos; dejarnos hacer incluso por las dificultades de nuestra vida. La mayor parte de lo bueno que somos es porque nos hemos dejado hacer. Dejarse hacer no es fácil, que se lo digan a María. Hay que soltarse de seguridades y de egoísmos, hay que abrirse al futuro que llega con promesas y con anuncios de dificultades, hay que mantenerse sereno cuando percibamos que el Espíritu va derritiendo el hierro de nuestro orgullo y abriendo puertas a la luz de una nueva aurora. Dejarse hacer es abrirse a lo nuevo. La vida es siempre abrirse a lo nuevo, a lo inesperado, con valentía, humildad y generosidad.

    Ojalá la Iglesia y cada uno de nosotros nos dejáramos hacer como María; y, cada uno desde su ser, alumbrara la vida con Jesús.

  • Tiempo de promesas

    Tiempo de promesas

    (Lucas 21,25-36) HERMOSO ES EL tiempo de las promesas. Promesas hechas de las vidas incipientes de los niños en los que ponemos nuestra esperanza. Promesas inmaduras y, sin embargo, sinceras de amor adolescente. Promesas de amigos que se conocen bien.

    Promesas, las más ciertas, de cuidado y apoyo de los padres a sus hijos. La realidad viene con su ambigüedad y sus limitaciones, pero las promesas nos abren a la verdad y al bien que anhelamos. Hermoso es el tiempo de las promesas de Dios. En Quien no hay inmadurez, ni doblez; estando seguros de su cumplimiento.

    Quien vive en la promesa, vive en sus propias fuerzas, desde su propia decisión, con la generosidad propia de quien nada tiene. Pero atraído e impulsado por un amor que colma y dinamiza; que excita el deseo cuando lo va colmando.

    Es tiempo de sacudirse el conformismo con el que vivimos nuestro pecado y nuestras limitaciones. Es tiempo de olvidarnos de nuestros lastres y acoger lo que Dios ha soñado para nosotros desde siempre. Adviento es despertar para soñar con el realismo y la lucidez del creyente, del que sabe que todo dependerá de su amor. Adviento es el tiempo de las promesas acogidas en esperanza. Adviento es tiempo, también, de hacer promesas, correspondiendo a la promesa de Dios. ¿Qué quieres prometer al Señor en este tiempo? ¿Qué vida quieres comprometer con él? No seas rácano, que ya sabes que Él da siempre el ciento por uno.

  • Lo que de verdad importa

    Lo que de verdad importa

    (Marcos 18,33-37) Un autor alemán, Schopenhauer, escribió un libro que tituló El arte de tener razón. Mostraba 38 caminos para tener razón en una discusión, independientemente de la verdad. Eran estratagemas argumentales para salir victorioso en una discusión. En nuestro mundo parece tener renovada actualidad este ensayo.

    En base a razones se maltrata a personas, se las ridiculiza, se justifican medidas que empobrecen a las familias, se deciden guerras. Cuando el tener razón se antepone a la verdad es imposible el amor y la misma humanidad. El amor tiene verdades que la razón no entiende. El amor siempre busca la verdad del otro, aun escondida en medio de su ambigüedad y su pecado. Cuando discutimos por tener razón, perdemos el horizonte de la verdad que nos hace libres. Con razones seremos poderosos, pero no más humanos, ni más felices.

    Ante Poncio Pilatos, prefecto de la provincia romana de Judea, Jesús, recorriendo las etapas para la entrega de su Vida, sintetizó su misión: “Ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”.

    ¿En qué verdad se resume tu vida? No busques en ti la respuesta, porque te encontrarás con una oscuridad grande. Quien nos da su vida y nos enseña a darla, tiene la verdad que necesitamos.

  • Un tema tabú

    Un tema tabú

    (Marcos 13,24-32) LA MUERTE y, aún más el fin del mundo, son temas tabú en nuestra cultura. Por una parte, la fe cristiana durante mucho tiempo estuvo alienada en el premio o el castigo eterno que merecerían nuestros pecados; y en vez de ser una fe que llenara de sentido y plenitud nuestra vida, la llenaba de miedo y de temor. Por otro, nuestra cultura ha ido alejando a la enfermedad terminal y la muerte a los hospitales y tanatorios, y vivimos en la ensoñación y en la falsedad de una vida que no muestra su fin.

    La vida en la Tierra se acabará y nuestra vida biológica llegará un día a su fin. Estas son verdades palmarias. Cuando el Evangelio nos habla de que “el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor y las estrellas irán cayendo del cielo” nos está revelando, precisa y sorprendentemente, que el destino de nuestra vida no es la muerte, sino la comunión con Cristo: “Entonces verán al Hijo del hombre con gran poder y gloria”.

    Lo que le da verdadero sentido a nuestra vida aquí en esta Tierra, es la relación personal con Cristo, que nos hace vivir en comunión profunda con los nuestros; y eso es lo que podremos vivir en plenitud después de esta vida. Solo el amor perdura. Todo lo que no sea amor: orgullo, vanidad, envidia, avaricia, miedo, dolor, angustia… será polvo. El amor interesado no es amor, sino propio interés. ¿Cuánto pesa el amor en lo que vives? Quien tenga poco amor, ¿poco amor vivirá eternamente? Tenlo en cuenta.

  • Enseñar a mirar

    Enseñar a mirar

    (Marcos 12, 38-44) DAMOS UN PASEO y observamos a los adolescentes que parlotean animadamente sin casi escucharse unos a otros; al anciano que lentamente va dando el paseo de la tarde en soledad; a la madre que sale del coche con cuatro bolsas en las manos y que encuentra sitio para no soltar a su hijo y poder atinar con la llave en la cerradura; al migrante magrebí que entra en una casa con fachada desvencijada, casi ruinosa; también podemos contemplar cómo la luz va cediendo sitio a la oscura serenidad de la noche…

    Una de las tareas más importantes en la educación es enseñar a mirar. Saber mirar y fijarse en los detalles nos ofrece datos importantes para conducirnos en la vida. Una madre o un padre que mira a sus hijos sabe si están nerviosos o tristes, si algo les preocupa o si están excitados por algo, por mucho que ellos quieran disimular. Esta mirada requiere empatía, entrar en el mundo de la persona que observamos, y comprender cómo siente y cómo se siente, por qué hace las cosas y la hondura personal de lo que hace. Esa mirada es un análisis que va más allá de lo que se ve, descubriendo el corazón de a quien está mirando.

    Jesús ve a una anciana que echa una monedita en el cepillo del templo y descubre que ha echado más que otros que hacían grandes donativos: ella había echado todo lo que tenía para vivir. ¡Quién nos enseñara a ver el mundo y a nuestros hermanos con la mirada de Dios!

  • Recordando

    Recordando

    RECORDANDO LO mejor de los nuestros se nos llena el alma de nostalgia y de ternura. Nos alegramos íntimamente de los momentos que con ellos compartimos; momentos seguramente sencillos, sobre los que nadie escribiría una novela, pero que fueron los que nos hicieron ser quienes somos. Ese mismo recuerdo nos hace sentir una nostalgia grande, que puede ser dolor punzante cuando a quien recordamos nos dejó recientemente.

    Recordar a nuestros difuntos nos hace más personas. Los recordamos con agradecimiento, con indulgencia, con comprensión. Es un recuerdo que se hace oración porque la muerte siempre nos sitúa en el umbral de esta vida y nos hace mirar a la oscuridad y el enigma de la otra. Desde que la persona es persona, eso es así. Los primeros rasgos de humanidad se dan con el culto a los difuntos; los primeros textos escritos se encontraron en sus tumbas. Como si toda nuestra humanidad se cifrara en reconocer que nuestra dignidad personal, que nuestro amor y nuestra libertad no sucumben con la muerte.

    Eso que era un anhelo profundo de cada persona se hizo realidad en la muerte y la resurrección de Jesucristo. En Él sabemos que nuestra vida tiene esperanza (y responsabilidad) de vida eterna. La resurrección de Cristo le da su verdadera dimensión y sentido a nuestra vida. Él que entregó su vida por nosotros es ahora el corazón de nuestras vidas.

  • ¿Puede curar la fe?

    ¿Puede curar la fe?

    VARIAS VECES en los relatos de los evangelios escuchamos a Jesús decir: “Tu fe te ha curado, vete en paz”; o “que te suceda según tu fe”. Incluso la fe de otros –de la madre o de unos amigos– se convierte en causa de sanación.

    Jesús nos salva de muchas cegueras espirituales, de muchas parálisis personales, nos da vida cuando vivimos en sombras de muerte. Hemos sido testigos muchas veces. La fe de una persona permite también que Dios reactive todas las energías de su cuerpo y de su espíritu para la sanación. La confianza, la fe y la esperanza consiguen lo imposible. También somos testigos de ello.

    Especialmente, cuando creemos en Jesucristo como Señor del universo, no hay situación difícil en la que no podamos sentirlo cercano, comprensivo con nuestros dolores y problemas, ya que Él los asumió primero. Hasta de nuestros pecados y de las contradicciones de nuestra historia nos permite descansar en Él. Hay muchas enfermedades psicosomáticas; por lo mismo hay también muchas curaciones que vienen de una actitud vital abierta a la luz y al amor.

    Ante la oración de alguien que sufre, ante la oración de un pobre, Dios padre se compadece y puede otorgarle el favor que pide, que puede servir de signo para una salvación plena. ¿Quién se atreve a poner límites al amor de Dios? La vida ya es un milagro; y en la vida se dan milagros sin cuento a quien tenga ojos para ver. Realmente la fe cura.

  • La dama Pobreza

    La dama Pobreza

    (Marcos 10, 17-30) “PODEROSO CABALLERO es don Dinero”, dictaminaba Francisco de Quevedo en una metáfora que sigue siendo de actualidad. Pocas cosas no las compran las riquezas, solo las que dan sentido profundo a la vida: la amistad verdadera, el auténtico amor, la dignidad de la propia vida, el consuelo y la fortaleza de la fe. “Quien quisiera comprar el amor con las riquezas de su casa se haría despreciable”, sentencia la Biblia en el Cantar de los Cantares del rey Salomón.

    Es más, solo cuando usamos el dinero y los bienes materiales con generosidad, y los ponemos al servicio de los demás, vivimos de acuerdo con nuestra dignidad humana. El egoísmo, la avaricia, la tacañería, la rapacidad, la mezquindad nos hacen menos personas y nos alejan de la voluntad de Dios. ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de los cielos!, dice el Señor en el texto del evangelio del próximo domingo. Necesitamos los bienes materiales para vivir, para eso los creó Dios; pero no vivimos para ellos.

    Quien se encuentra con el amor siente la profunda necesidad de entregarse a quien ama, y de compartir con él todo lo que tiene. Por eso, quien se encuentra con la inmensidad del amor de Dios gusta de vivir en austeridad y pobreza, conformándose con poco, queriendo compartir lo que tiene con los pobres, sintiendo como un agravio al amor a Dios el alejarse de sencillos buscando una vida de falsas apariencias. San Francisco se declaraba enamorado de la dama Pobreza.