Categoría: El evangelio del domingo

  • Alarmismo inducido

    Alarmismo inducido

    VIVIMOS EN UNA época de alarmismos exagerados por temas marginales; quizás para que no nos preocupemos de los temas importantes. En política y en la sociedad, muchos temas no mayores ocupan portadas y a los tertulianos; pero que las familias obreras son cada vez más pobres; que las muertes en el puesto de trabajo alcanzan cifras insoportables; que las pantallas está perjudicando gravemente a los niños, a los adolescentes y a los mayores; que se está minando la calidad democrática del estado español; que cada día asesinan a creyentes cristianos por su fe en decenas de países en Asia y África… Solo aparece fugazmente en la opinión publicada.

    El papa León XIV, el prudente, nos alienta a lo importante: a amar al prójimo, sobre todo al que está en situación de debilidad; y cooperar con Jesús, como María, con la tarea de la salvación. Por desgracia, ni el mismo papa se libra de los que inducen alarmas ficticias opacando la necesidad del trabajo cotidiano y de la evangelización de cada día.

    Las dos columnas de la Iglesia son Pedro y Pablo; uno trabajador del mar, el otro trabajador del cuero. Eso nos invita a alentar con nuestro trabajo cotidiano, lúcidamente y sin alarmismos, la vida, el bien y la justicia; nos invita a alentar la esperanza en un mundo que la necesita tanto como el pan de cada día, como el aire que exigimos trece veces por minuto para ser y, en tanto somos, dar un sí que glorifique, a Dios y a nuestros hermanos.

  • Casa, hogar de Dios

    Casa, hogar de Dios

    (Juan 2,13-22) LA VOCACIÓN de san Francisco de Asís, así como el desarrollo de toda su vida y misión, es profundamente iluminador, reflejando una sinceridad y una ingenuidad que trasminan pureza y autenticidad. Experimentando una fuerte llamada de Dios, en la capilla abandonada de san Damián escucha, por fin, lo que Cristo le pide: “Reconstruye mi Iglesia”. Él piensa que Cristo le pide que repare aquella capilla deteriorada, y comienza a hacerlo con una dedicación y con una ilusión que contagiaba. Poco a poco se dio cuenta que la Iglesia que había que reconstruir no era un edificio pequeño, sino el Pueblo de Dios, que estaba deteriorado por la avaricia y el orgullo de los clérigos, que habían abandonado a la gente sencilla para vivir en la opulencia.

    Francisco reconstruye la Iglesia desde el dinamismo de la Encarnación del Verbo de Dios, es decir, haciéndose pobre y trabajador, compartiendo la suerte de los más humildes y compadeciéndose de los que más sufrían, de los leprosos. Su vida y su lenguaje sencillo hacían más nítido el mensaje del Evangelio. No hablaba a los pobres de Cristo, caminaba con ellos hacia el encuentro del Señor, haciendo en ese camino casa y hogar con ellos.

    Hoy también necesitamos a jóvenes que escuchen la llamada del Señor a hacer de nuestras iglesias, casas, hogares para los sencillos, donde se comparta el pan y el Evangelio con los pobres.

  • Yo, ya sin carne, veré a Dios

    Yo, ya sin carne, veré a Dios

    LA REVELACIÓN de Dios en la Primera Alianza es preparación para la manifestación plena de la verdad en la muerte y resurrección de Jesucristo. Así, en los textos más antiguos, el Antiguo Testamento no conoce la resurrección de los muertos; y transmitían que la recompensa que Dios tiene para los fieles a su palabra se tenía que dar en esta vida, y solo en esta vida, para la persona y sus descendientes. Pero la experiencia cotidiana era profundamente disruptiva con esta creencia: muchos hombres buenos encontraban una muerte prematura, sin haber disfrutado, como esperaban, de los bienes de Dios, incluso sufriendo por haber sido fieles a Dios y a sus mandatos.

    El prototipo de hombre bueno al que la vida maltrata hasta parecer que se ensaña con él es Job. Y es él quien pronuncia esta sentencia llena de esperanza: “Yo sé que mi Redentor vive, y que al final de los días levantará mi piel en descomposición; y yo, en mi carne, veré a Dios. Yo mismo lo veré; mis ojos, y no los de otro, lo verán.” Una esperanza que se vio colmada y desbordada en Jesucristo.

    No es solo que nuestros ojos, en nuestra carne, verán a Dios; es que lo veremos desde una comunión tan profunda con la vida y la plenitud de Jesucristo que formaremos con Él un solo cuerpo. Nuestra carne, comunión e intimidad con los nuestros, será rescatada y plenificada para vivir un amor tal, que en esta vida solo nos atrevemos a anhelar.

  • La fuerza de la humildad

    La fuerza de la humildad

    Dos hombres subieron al templo a rezar. Uno se enorgullecía ante Dios de sus virtudes, despreciando a los demás; otro reconocía su pecado y se humillaba. “Os aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquel no” –dice el Señor-. ¡Cuánta fuerza tiene la humildad para impulsar el bien, y cuánta el orgullo para dividir y destruir!

    El orgulloso, aunque haga cosas bien, por estar satisfecho consigo mismo y con todo lo que hace, deja de avanzar, deja de aprender, se estanca. El humilde que reconoce sus virtudes y sus defectos –la humildad es la verdad, decía santa Teresa-, sabe que tiene mucho que aprender, y avanza, mejora, sigue buscando el bien que sabe que no ha alcanzado. Si el orgulloso es persona de poder todavía es peor: Si “le bailan el agua”, si “le regalan el oído” está contento; si no es así, se enfada, pierde los estribos, y arremete contra los que se atrevieron a señalar cómo mejorar.

    El humilde siembra un clima de armonía que favorece la creatividad y el trabajo en común. Reconoce sus errores con buen humor, y eso es ejemplo para que los que lo rodean también lo hagan, y todo mejore a su alrededor. El humilde sabe que es una simple criatura de Dios; que el Padre le ha concedido algunos dones para el bien de todos; los agradece y cuenta con todo el bien que pueden ofrecer los otros. ¿Cómo no va a escucharlo el Padre?

  • La fuerza de la oración

    La fuerza de la oración

    (Lc 18, 1-18) El señor nos llama a rezar cotidianamente, a meditar su palabra, a presentarle nuestra vida y a dejarnos arrostrar por el misterio de su amor.

    Algunos, incluso algunos creyentes, descubren la meditación en el zen o en el budismo porque desatendieron la llamada de Cristo a la oración cotidiana, desde la intimidad en la que somos, y desde la que vivimos. También es verdad que las parroquias y las comunidades cristianas no hemos enseñado ni alentado sino a rezar oraciones vocales, o a vivir una oración mercantilista, o a acudir al Señor en situaciones de problemas o enfermedad grave.

    Pero Jesús quiere estar cerca de nosotros siempre; él quiere sembrar en nosotros la semilla de su presencia constante, para que vivamos en una actitud de serenidad profunda y de acción de gracias. Si quieres vivir sereno y con alegría, reza. La oración te enseñará a dejar los criterios de este mundo; criterios de posesión, de éxito externo, de acumulación, para vivir en la simplicidad y la belleza de su amor. El que reza, ama. El que reza como un pobre, de los pobres se compadece. El que reza por la paz, se hace artesano de la concordia. El que reza incansablemente por la justicia, encuentra modos y formas de impulsar un mundo más humano.

    La oración es el pan cotidiano de nuestras almas.

  • Arca de la Nueva Alianza

    Arca de la Nueva Alianza

    (Lc 11, 27-28) MIL AÑOS antes del nacimiento de Jesucristo, el rey David consolidó la institución de la monarquía en el pueblo de Dios. Fue David un hombre, como todos, con luces y sombras. Pero fue haciéndose bueno y justo desde su fe en el Señor, y los valientes consejos y admoniciones de Natán, el profeta. Una de las decisiones más lúcidas y fructíferas de su reinado fue la de sacralizar a Jerusalén, la capital del reino, con el Arca de la Alianza donde se guardaban las Tablas de la Ley. Ese gesto ponía a su reinado y a Jerusalén en el horizonte de la bondad y la justicia del Dios de la misericordia y del Señor de la historia.

    También nosotros, pueblo de la alianza nueva y eterna, nos alegramos de poner a María, arca de la Alianza, como luz que queremos que ilumine todo nuestro caminar. El arca contenía unas leyes grabadas en piedra; María contuvo en su vientre al Hijo de Dios, el amor de Dios mismo hecho carne por nosotros. ¡Cuánto bien nos hace a las personas y a los pueblos contar con ejemplos vivos de la valentía, la humildad, la fe, el amor y la solidaridad que queremos vivir! Que todos los países hispanos tengamos a María de Nazaret como estrella que queremos que nos guíe, que ofrece a nuestra historia la esperanza de contar siempre con su ejemplo y su protección.

    “María de Nazaret, que nuestras familias y los responsables de nuestros pueblos y de la Iglesia, te tengamos siempre a ti como modelo e inspiración.” ¡Cuánto cambiarían las cosas si en verdad fuera así!

  • Con esperanza

    Con esperanza

    (Lc 17, 5-10) MIRAMOS LAS NOTICIAS de los telediarios, y todo es violencia y corrupción, y niños sufriendo guerras que no entienden; escuchamos lo que ocurre a nuestro alrededor y nos preocupan el difícil presente y futuro de los jóvenes, las dificultades de las familias en las que ha entrado la enfermedad…; miramos hacia dentro de nosotros mismos y vemos la limitación y el pecado de cada día. Y parece que nos falta el aliento y la esperanza.

    Es verdad que hay muchas cosas buenas en nuestra vida; es verdad que a veces solo miramos y recordamos lo malo, y tendríamos que purificar nuestra mirada y nuestra memoria; pero eso no quita en nada el sufrimiento de los inocentes, las injusticias que tienen que soportar los débiles. Y decimos: “¡Señor! ¿Hasta cuándo?”

    La esperanza es una virtud de relación, como el amor y la fe. Amamos a alguien y nos sentimos amados por alguien. Creemos en la palabra de otra persona. La esperanza creyente también es “esperar en”, esperar en el Hijo. Todo el dolor y el absurdo de este mundo acabará en el abrazo de Cristo, que tiene siempre sus brazos abiertos para nosotros; toda la injusticia y la violencia se verán borradas de la faz de la tierra. Mientras tanto, nosotros, a hacer lo que tenemos que hacer; a trabajar, a orar, a amar a nuestros hermanos, a ayudar al más pobre; sin orgullo, sin victimismo; sabiendo que haciendo lo que tenemos que hacer encontraremos la paz de Cristo, esperanza nuestra.

  • De la lástima y la compasión

    De la lástima y la compasión

    (Lc 16, 19-31) JESÚS SIEMPRE se sitúa cercano al que sufre. En la parábola que leeremos el próximo domingo se nos narra la situación de dos personas: Un rico que “vestía de púrpura y lino y banqueteaba espléndidamente cada día”; y un pobre, que mendigaba a las puertas de aquel rico, y que “hasta los perros venían a lamerle las llagas”. En tiempos de Jesús todas las personas con discapacidad o los enfermos crónicos se veían obligados a mendigar, no tenían otra posibilidad de ganarse el pan de cada día.

    En la parábola Jesús recuerda el nombre del pobre, se llamaba Lázaro. Nos acerca la humanidad sufriente con rostro, con su nombre propio, haciéndonos cercanos a aquel que necesita de nuestra ayuda, invitándonos a la compasión con él. Compadecerse es muy distinto de “tener lástima”; compadecerse es “padecer-con” los problemas del otro, “sentir-con” sus dificultades, querer acompañarlo reconociendo sus capacidades y su valía. Sentir lástima es tratar al pobre como un número, poniéndole una etiqueta despectiva, dándole una limosna para tranquilizar nuestra conciencia. El amor cristiano siempre es un amor cercano, que busca ayudar al otro, y en lo que se pueda, a levantarse de su postración, a hacerse dueño de su vida y a aportar lo mejor de sí mismo.

    Dios nos advierte severamente a que seamos compasivos con los pobres y los que sufren, y acogedores con todos.

  • Sin libro de instrucciones

    Sin libro de instrucciones

    (Juan 14, 23-29) LA VIDA nos la regalan sin libro de instrucciones. Cuando aprendemos a ser niños, las hormonas nos gastan la broma de convertirnos en adolescentes lacios, tristones, inquietos e irascibles. Cuando nos hacemos con nuestro cuerpo, crecido y cambiado, la vida nos reta a vivir en relación de pareja, y pagando con nuestro trabajo el alquiler o la hipoteca. Poco después, quizás más tarde de la cuenta, nos sorprende la maternidad y la paternidad, cuando ya no nos acordamos de qué significa ser niño…

    Sin libro de instrucciones y con sorpresas incluidas, nos va llamando Dios para vivir el amor en todas estas etapas de nuestra vida. El Espíritu nos reta a vivir con autenticidad, abiertos a lo mejor de nosotros mismos, acogiendo la vida de los otros, traspasando la barrera de nuestras ideas, incluso de nuestros deseos. El Espíritu nos regala el don del amor, que nos hace experimentar siempre nueva la vida cotidiana, que se sirve de nuestra debilidad para hacernos fuertes, que se sirve de nuestros fracasos y caídas para que comencemos con ánimo nuevo a amar.

    Jesús no dejó a sus apóstoles un libro de instrucciones para la misión, «solo» su palabra y su Espíritu. Y a nuestras comunidades, a cada uno de nosotros, nos reta hoy a ser signos de una fe que es buena noticia para los pobres, para todos. Pidamos que nos envíe su Espíritu para no vivir con mediocridad esa hermosa y noble tarea.

  • Signos de cielos nuevos y tierra nueva

    Signos de cielos nuevos y tierra nueva

    EN LOS CIELOS nuevos y la tierra nueva viviremos como hijos y hermanos; con la íntima plenitud de vivir en las palmas de las manos del Padre; con el gozo de sabernos unos a otros hermanos. Ya no habrá ni desconfianza, ni angustia vital; ya no habrá calumnias, ni malos entendidos. En los cielos y la tierra nueva reinará la justicia y todos tendremos el pan y todo lo necesario de cada día; todos pondremos al servicio de los demás los dones que el Señor nos ha dado con un trabajo humano y en condiciones dignas; y los responsables de las instituciones públicas serán ejemplo de integridad y prudencia…

    Sí, ya sé que suena hermoso, aunque irrealizable. Pero no es así; cada día, cada vez que una persona ama a su hermano en lo concreto y cercano, y se sabe amada por Dios en su Hijo Jesucristo se van realizando esos cielos nuevos y esa tierra nueva. El final hermoso, que se nos promete, y el camino a recorrer para llegar es el mismo: amarnos como Jesucristo nos amó.

    Los primeros apóstoles impulsados por el Espíritu como misioneros fueron creando comunidades de creyentes por donde iban: en Corinto, en Éfeso, en Tesalónica y en Antioquía. Comunidades de fe en Cristo y de amor fraterno, también a los más débiles. Cada comunidad, cada parroquia ha de ser signo de los cielos nuevos y la tierra nueva que se nos promete.

    Permíteme una pregunta ¿Es tu comunidad signo de esa tierra donde habitará la justicia?