Categoría: El evangelio del domingo

  • Sal que salas

    Sal que salas

    (Mt 5, 13-16) LA ADVERTENCIA de Jesús en el comienzo de su predicación más larga es severa: “Si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.” Y es una advertencia a nosotros, que queremos ser sus discípulos. Si no mantenemos el espíritu de fe y de esperanza en el Padre en nuestra vida concreta, qué sentido tiene que nos consideremos discípulos de Cristo. Nuestra alegría no será la que anunciaban las bienaventuranzas, sino una alegría superficial que no perdura.

    Nuestra alegría será cristiana cuando nos alegremos al compartir. “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas”, sigue clamando Isaías. Y cuando nuestra fe y nuestro amor a Cristo no retroceda ante la cruz. “Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado”, nos dice también hoy a nosotros Pablo, el apóstol de los gentiles.

    La verdad de nuestra vida pasa por la pobreza del pesebre y por la entrega de la cruz. Todo lo que no sea eso es una fe de “postureo”, de medallitas y rezos, pero sin que nos dejemos acoger por Jesucristo, la gloria del Padre; sin ser de verdad cristianos, discípulos de Cristo.

  • Lo razonable y la plenitud

    Lo razonable y la plenitud

    (Mt 5, 1-13) EL EVANGELIO se mueve constantemente entre lo más sensato y razonable, y la propuesta más radical de vida para vivir en plenitud. Jesús, siguiendo la tradición bíblica, exhorta a sus discípulos a ser prudentes y a no poner la vida ni en el afán por el dinero, ni en el qué dirán, ni en una vida superficial y vacía. Aconseja hacer el bien a todos y a sembrar la paz; nos invita a una vida de trabajo sencillo y de amor con la familia, con los amigos y con los más pobres.

    Pero cuando se trata de amor, no hay prudencias que valgan. Amor, amor y solo amor es lo que llena de plenitud el corazón de la persona. Él lo sabe y lo vive, y así se lo enseña a sus discípulos. A la llamada del Señor que nos ama y nos invita a amar anunciando el Evangelio, los discípulos lo dejan todo y lo siguen. Ante el rencor, amor a los enemigos; ante la violencia, la oración de bendición.

    Actuar con prudencia y sensatez es necesario; pero toda nuestra inteligencia y razón, todos nuestras inclinaciones y gustos han de estar al servicio del amor más grande. Sin amor somos campana que retiñe o címbalo que resuena y que acaban en nada.

    Sé prudente en todo; y esa prudencia empléala en amar a quien debes amar, por el amor de quien es el Amor. Nadie vive con más felicidad que el que entrega su vida por amor. Es este el don más grande que Dios nos entrega como pan en la oración de cada día.

  • Comienza la buena noticia

    Comienza la buena noticia

    (Mt 4, 12-23) “EL PUEBLO que habitaba en tinieblas vio una luz grande”. Jesús de Nazaret comenzó a predicar y a realizar signos de compasión con quien sufría. Por las aldeas y los caseríos iba desgranando una Buena Noticia que los sabios y entendidos de todos los tiempos querrán inquirir y comprender: “Felices los pobres”, “rezad por los que os persiguen”, “no pongáis vuestro corazón en el dinero”, “Dios mismo es vuestro Padre”. Aquellos campesinos, como los sabios de todos los tiempos y como nosotros mismos no acertamos a comprender la profundidad de la Buena Noticia de Jesús. Pero ellos tenían una ventaja: contaban con la presencia del Nazareno, fueron testigos de la fuerza y la autoridad que tenía su persona. No importaba entender; a cada uno llegaba y se quedaba con una de las palabras del Maestro. Pero aquella “palabra” se imprimía a fuego en su alma porque era la luz que necesitaba.

    Hoy entre nosotros sigue siendo igual. La Buena Noticia es Jesucristo, su presencia en nuestro corazón y nuestra vida. No importa si no lo entendemos todo. No importa que haya cosas que nos resulten inalcanzables. Importa escucharlo a Él. Pero hoy, ¿quién estará dispuesto a prestarle su voz para que Él siga siendo Palabra?, ¿quién estará presto a entregarle su vida para que Él siga dando a suya a los pobres?, ¿quién aceptará ser “pescador de hombres”?

  • ¡Qué bello y qué grande eres!

    ¡Qué bello y qué grande eres!

    (Jn 1, 29-34) MUCHOS PUEDEN criticar a la Iglesia, y en sus críticas tienen parte de razón. Muchos pueden criticar nuestra manera de vivir la fe cristiana por tibia, incluso por hipócrita; y tendrán bastante razón. Pero cuando centran su atención en Jesucristo, las críticas se silencian y se abre la puerta de la admiración.

    La valentía y la prudencia; la justicia y la misericordia; la preocupación por los últimos y el perdón al pecador; la capacidad de servicio olvidándose de su propia vida; la sabiduría que todos entienden y que a todos desborda; la coherencia vital entre lo que dice y lo que hace; su humildad que descoloca, y a la vez su pretensión de ser el camino y la verdad y la vida… Todo en Jesucristo llama a una admiración que nos introduce en el silencio.

    Ninguna filosofía llegó a una verdad tan alta y tan profunda; ningún sistema político pudo soñar una transformación tan profunda de la sociedad cuando es su Espíritu el que nos conduce; ningún artista pudo reflejar tanta belleza como trasmina su persona en el Evangelio. Jesucristo es el cordero sin mancha que quita el pecado del mundo.

    No somos cristianos por nuestras virtudes, ni siquiera por las virtudes de la Iglesia. Nuestra fe se fundamenta en una persona que mirándonos a los ojos nos muestra nuestra verdadera realidad en sus pupilas. En tu mirada todos nos hacemos más amables y buenos. ¡Ten piedad de nosotros!

  • El comienzo de la salvación

    El comienzo de la salvación

    (Mt 3, 13-17) TODOS LOS evangelios recogen la narración del bautismo del Señor como el inicio de su vida pública. Cuando llegó el tiempo a su madurez Jesús supo que tenía que iniciar su misión. Una experiencia fundamental se lo ratificó. Fue donde estaba Juan, el hijo de Zacarías, en la montaña de Judea; allí se estaban convocando muchos israelitas ante su llamada a la conversión. En Jesús este gesto tuvo una resonancia especial, experimentó el amor del Padre y su llamada a llevarle como hermanos, como hijos a toda la humanidad. Su vida y su muerte serían el sacramento de la Vida Nueva.

    Desde entonces muchos se han sentido acogidos en Cristo como hijos de Dios. En algún momento, el fracaso de sus expectativas, un desengaño profundo en la vida ha llevado a algunos a dejarse abrazar por Cristo en vez de hundirse en la desesperación; en otros ha sido la ilusión por participar y colaborar en algo grande y hermoso, el deseo por llevar la buena noticia a los pobres, de impulsar justicia para este mundo; en otros un profundo anhelo de trascendencia, de paz interior, de encuentro, los llevaba hacia Cristo… Todos, al encontrarse con el Señor, nos hemos visto alentados a vivir y a dar vida.

    El bautismo es el comienzo. Todo comienzo auténtico brota del bautismo, de la cercanía y la amistad con Cristo que purifica nuestro amor y alienta nuestra vida.

  • José, hombre y creyente

    José, hombre y creyente

    (Mt 1,18-24) DESDE HACE demasiado tiempo todo se polariza en España. Las suspicacias de algunos han llegado hasta la tradición del Belén. “En espacios públicos no se deben poner símbolos religiosos”—dicen. Pueden tener alguna razón, pero cuando esos símbolos son profundamente humanos y están radicalmente enraizados en nuestra cultura, renunciar a ellos es empobrecernos, y dejar un vacío cultural que lo viene a ocupar la mentalidad consumista y superficial del capitalismo. No seamos estúpidos.

    En la historia del nacimiento de Jesucristo, san José tiene un papel importantísimo. Es un hombre justo, por encima de las vigencias culturales de su tiempo, terriblemente machistas. Decidió no repudiar a su prometida cuando descubrió que estaba embarazada y no podía ser de él, solo para salvarle la vida. La pena que se les imponía era la de muerte por apedreamiento. Pensándose deshonrado, decidió salvar la vida de María y del hijo que traía, en contra de las leyes machistas de su tiempo.

    Es, también, ejemplo de creyente. Creyó el anuncio de lo alto que le decía que el niño que tenía María en su seno era fruto del Espíritu Santo; y, sin decir palabra, puso por obra la voluntad de Dios en su vida, y se hizo custodio de la Luz. Los hombres creyentes tenemos en san José un referente esencial. Su sencillez, su generosidad, su entrega, su perseverancia en custodiar la vida, y su fe tienen que inspirarnos a cada uno de nosotros.

  • Signos de la fe

    Signos de la fe

    (Mt 11,2-11) EL HUMO ES SIGNO de que en alguna parte hay fuego; la fiebre, de que en nuestro organismo hay infección. Un abrazo o un beso, si no son fingidos, son signos de cariño, de amistad, de amor verdadero. Los signos físicos son solo señales de la causa que los provoca; los signos humanos refuerzan, afianzan y hacen avanzar el sentimiento que los impulsa. El beso, la caricia o el abrazo acrecientan el afecto mutuo; hacen realidad compartida lo que solo era un sentimiento.

    La fe también tiene signos: hechos que muestran cómo el amor de Dios mueve nuestra vida. La oración es signo de nuestra confianza en Dios. La fraternidad y la ayuda al que sufre son signos de que el amor de Dios va transformando nuestra vida. La fe viva siempre da signos de ayuda al más débil, de acogida del diferente, de justicia para el oprimido. La palabra de la fe sin que la acompañen signos de vida suena vacía y hueca.

    Cuando a Jesús le pregunta Juan el Bautista si es el Mesías no responde con muchas palabras, sino con signos: “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; y a los pobres se les anuncia el Evangelio.” ¿Cómo creyentes y como comunidad cristiana, qué signos estamos dando de una fe en el Dios del amor y de la vida, en el Dios de la justica y la paz, en el Dios que es amigo de los pobres?.

  • Hacen falta profetas

    Hacen falta profetas

    (Mt 3, 1-12) TODAS LAS ÉPOCAS de la historia de la Iglesia tienen su Juan Bautista. La fe parecía languidecer; la hipocresía y los intereses creados parecían haberse adueñado de los representantes de la institución religiosa; el pueblo, con un anhelo latente de verdad, se alienaba en lo cotidiano.

    Pero Dios siempre suscita, de una manera u otra, a alguien que viviendo en pobreza y cerca de los pobres anuncia la verdad del Evangelio.
    En un tiempo fueron los monjes los que, como Juan, se fueron al desierto para renovar a la Iglesia. Después, Francisco de Asís, entre otros, acogió la llamada a vivir pobremente, cerca de los pobres, anunciándoles el Evangelio… Religiosos, laicos, sacerdotes, hombres y mujeres de Dios han retomado constantemente el testigo de preparar el camino del Señor en el seno de su pueblo. Hoy también necesitamos hombres y mujeres que levanten la voz para hacernos mirar nuestra vida con esperanza.

    Necesitamos comunidades de creyentes que en su vida cotidiana sean testigos de la honestidad desde la pobreza, de la fe con esperanza, de un amor que, llenándose de Dios, se preocupa por el pobre.

    Juan Bautista se fue al desierto a convocar al pueblo de Dios a la esperanza de la venida del Mesías.

    ¿Quién acogerá hoy el testigo de anunciar una fe sincera, sin hipocresía, sin orgullo, sin que la cultura en la que vivimos la ahogue en la superficialidad?

  • Un trabajador silencioso

    Un trabajador silencioso

    YA SABEN ustedes la historia de Noé, el del arca en la que se salvaron todos los animales del diluvio. Pues fue un trabajador silencioso e incomprendido.

    Cuando el Señor llama a los profetas, los llama a anunciar de palabra su voluntad, a denunciar las injusticias y a anunciar la venida del reino. Así también lo hizo Jesucristo, cuya misión fue proclamar la buena nueva del Reino a los pobres. Noé no tuvo una llamada para hablar; en la Biblia ni una sola palabra aparece pronunciada por su boca. Él fue llamado a trabajar con sus manos. El Señor le pide que construya un barco grande, inmenso, y él, sin preguntar, sin cuestionarse, sin escamotear esfuerzos lo hace. Otro hombre importante en la historia de la salvación que no habla, sino que actúa es José, el esposo de María de Nazaret. El Señor le pide y él acoge la voluntad de Dios.

    La primera actitud a la que estamos llamados en este nuevo Adviento es no tanto a hablar y hablar, sino a trabajar humildemente en lo que el Señor nos pida. A José le pidió cuidar de la familia de Dios, a Noé ser el trabajador bueno y fiel del que iba a resurgir una nueva humanidad, a pesar de que uno y otro iban a contar con la incomprensión de todos.

    Enseñanza para este adviento: No hables tanto y trabaja humildemente, que el trabajo sencillo acerca a Dios. Del silencio brotará la Palabra que dé a luz la vida.

  • Jubileo y Esperanza

    Jubileo y Esperanza

    (Lucas 23,35-43) TODA PEREGRINACIÓN es un camino en el que se anhela el encuentro con el Señor. Un encuentro que parte de una actitud de humilde conversión y de reconocimiento de nuestros pecados; que avanza por la cercanía fraterna con quien sufre, con los más pobres; que culmina en el encuentro comunitario con la vida y el amor desbordante del Padre en su Hijo Jesucristo, que el Espíritu hace realidad en el sacramento de la Eucaristía.

    El Señor es un rey especial; tiene y quiere tener un poder especial; es juez, también de una manera especial. Su manera de reinar consiste en servirnos y entregarse por nosotros; su poder se manifiesta en el perdón que nos convierte y nos transforma desde nuestra libertad; su juicio es siempre de una misericordia desbordante, que tiene sed de nuestra acogida. Encontrarnos con este Señor, rey del universo, es vivir una profunda alegría, un inmenso júbilo. Solo quien lo ha experimentado lo comprende.

    La cruz es el símbolo de los cristianos porque es el lugar donde el amor de Dios se mostró con mayor nitidez y hondura. En su cruz somos juzgados con misericordia, nuestro corazón se transforma y nos encontramos con un Dios que se entrega, en cuerpo y alma, por nosotros.
    Caminar hacia el Señor, como iglesia peregrina, es ya vivir la alegría de los pobres evangelizados que buscan anunciar con su vida el Evangelio.