Categoría: El evangelio del domingo

  • En la plaza pública

    En la plaza pública

    (Marcos 14,1-15,47) COMO TESTIGOS en la plaza pública, ese fue el comienzo de nuestra iglesia. Con la muerte de Jesucristo, todo pareció acabarse; pero sólo fue el principio del comienzo. No imaginaban los propios apóstoles la impresión tan honda y profunda que iba a dejar en ellos el inmenso amor con el que Jesús se entregaba en la cruz. Juan y María estaban a los pies de la cruz, y Pedro, seguramente un poco más lejos, siguiéndolo entre la valentía y la negación.

    La semilla de la sangre de Cristo, que había caído en tierra, iba a dar fruto pronto. Al tercer día experimentaron a su Señor resucitado, y a los cincuenta el Espíritu los hizo capaces de salir a la plaza pública a anunciar la vida y la muerte de Jesús como redención y salvación para todo el que crea en Él.

    También hoy necesitamos testigos que narren el amor de Cristo y que anuncien su resurrección. Si crees en Él no puedes conformarte con menos.

    No te conformes con pedir más justicia –así, con la minúscula de lo concreto-; porque esto siempre acaba en conformismo posibilista o en imposible utopía. Lo que a ti y a mi nos salva, lo que nos impulsa constantemente a intentar vivir con la actitud del buen samaritano es la llamada de Cristo, el crucificado resucitado, que nos pide que volvamos a la Galilea de la ternura con los enfermos y los marginados, de la buena noticia para los pobres, la de las esperanzas para todo el pueblo.

    La resurrección de Cristo es, a la vez, la utopía de las utopías, en la que el mal comienza a ser arrancado de raíz de toda la historia; y experiencia personal y presente de que en Cristo hemos encontrado la Vida que anhelaba nuestra existencia. No te conformes con menos de ser su testigo.

  • Todos hemos sido

    Todos hemos sido

    (Marcos 14,1-15,47) La pasión de Jesucristo fue una tragedia en lo humano para aquel hombre y para los suyos; y, a la vez, la misión divina de la salvación de la humanidad por amor y en el amor. Como siempre en la fe cristiana, lo radicalmente humano encuentra eco en el corazón de Dios. La humanidad se vio, también, retratada en las personas que intervinieron en ella; tú y yo mismo, también.

    Todos hemos sido ‘Pilatos’, lavándonos las manos y consintiendo con la injusticia contra el más débil, por conveniencias, por cobardía. Y también guardias crueles que desahogan sus frustraciones maltratando a quien está solo y no va a poder defenderse. Hemos sido hasta vulgares sayones que, amparados por la crueldad del poderoso, hemos escupido, empujado, desnudado, hemos burlado a quien no tenía defensa. Todos hemos aclamado el domingo con palmas al que parecía triunfante; y al viernes siguiente hemos renegado de él gritando: “Crucifícalo, crucifícalo”.

    Todos hemos sido Pedro en su negación, Judas en su traición y Marcos en su huida. Estuvimos a las maduras y parecíamos buenos amigos; pero en las duras no pudimos soportar la presión y nos alejamos vergonzosamente de quien nos necesitaba.

    Todos hemos sido, también a veces, Simón de Cirene y Verónica, y hemos procurado aliviar, en lo que podíamos, con ternura, al Cristo Vivo que se cruzó en nuestro camino. También, algunas veces, hemos sido Juan o María que, permaneciendo a los pies de la cruz, compartimos el sufrimiento de quien amábamos.

    No dejes pasar este tiempo sin mirarte a la cara, en lo concreto de tu vida, desde la misericordia de quien se entregó por ti, por mi, por todos.

  • Ante la soberbia, castidad

    Ante la soberbia, castidad

    (Mateo 1, 16-24) UNO DE ESOS pecados que destruyen nuestra vida y la hacen inhumana es la soberbia. La soberbia nos enfrenta con todos, porque a todos los vemos como competidores y a todos queremos supeditar a nuestra voluntad y nuestros caprichos. La soberbia nos ciega; y aunque sepamos que alguna decisión nos va a dañar, por soberbia caemos en el desprecio del otro, en usar violencia frente a él, en considerarlo menos digno que nosotros mismos. Desde la soberbia no valoramos las cosas en sí mismas, sino desde cómo quedar por encima de los demás.

    La soberbia nos aísla y nos agota. En todo queremos imponer nuestra voluntad, en todo queremos decir la última palabra. Cuando se adueña de nosotros, se hace más fuerte que el amor que le tenemos a quien más queremos. Nos enfrenta con nuestra pareja, nos aleja de nuestros hijos, nos separa de nuestros amigos.

    Ante la soberbia hemos de cultivar la virtud de la castidad. Una virtud que consiste en no ansiar poseer al otro, sino estar al servicio de su crecimiento y desarrollo; no buscar controlarlo ni domeñarlo, sino respetando sus ritmos y limitaciones, ir caminando juntos hacia el bien. Vivir la castidad en la pareja es negarse a usar al otro para mi propia satisfacción y utilidad; vivir la castidad en la relación con los hijos es poner siempre su bien por encima de mis genios y mis cansancios y, cuando ya son mayores, de mis propias ideas; vivir la castidad en toda nuestra vida es negarse a exacerbar nuestras pasiones y nuestros deseos, sino buscar encauzarlos para acoger al otro en su libertad, para caminar juntos hacia el bien común.

    La virtud de la castidad no está de moda; y así te va. Y así nos va, que la soberbia también es pecado clerical.

  • Contra la avaricia, fe

    Contra la avaricia, fe

    (Juan 2, 13-25) LO LLAMAN capitalismo financiero, pero es la habilidad para hacer dinero moviendo dinero, sin crear nada más que especulación destructiva. Es urgente que volvamos a una economía de la vida, centrada en satisfacer las necesidades de las familias, y que no se defina al margen de ellas o en su contra.

    Porque eso es lo que está pasando. Una economía centrada en la maximización de los beneficios sin atender a las necesidades de las personas ha llegado a especular hasta con las cosechas de trigo, maíz y arroz; así unos pocos en Ámsterdam, Nueva York o Londres ganaban millones de euros o dólares a costa del hambre futura, pero cierta, de millones de personas. Esta es la mayor aberración contra natura que se comete en nuestro mundo.

    La avaricia es una idolatría, decía san Pablo (Col 3,5); podríamos decir que es el pecado más mortal de nuestro mundo. Provoca explotación y esclavitud; en su nombre se declaran guerras; y se condena a países enteros al hambre y el empobrecimiento. La idolatría siempre exige sacrificios humanos.

    Pero la avaricia no está solo en mercados bursátiles lejos de nosotros. Cada vez que retenemos nuestros talentos y los dejamos inactivos, sin emplearlos en el bien común; cada vez que retenemos nuestros bienes, sin compartir, sin sentir como nuestra la necesidad de los pobres, estamos cayendo, también nosotros, en el pecado de avaricia. No merece el dinero que le des culto; solo el Padre de nuestro señor Jesucristo merece que creamos en Él. La avaricia seca el alma (Eclo 14,9).

    Confiando en Jesucristo, nuestra vida vive en el gozo del encuentro y disfruta con lo necesario y lo sencillo. Es cuaresma.

  • Contra la pereza, esperanza

    Contra la pereza, esperanza

    Marcos 9, 2-10 LA PEREZA y la esperanza tienen, ambas, rostros de adolescente. Sí, ya sé que son lo opuesto; pero así somos de contradictorios. Tienen los adolescentes ojos soñadores; se creen, un día, capaces de todo; y al día siguiente por un pequeño fracaso, atenazados por la inseguridad y el miedo, sucumben en la indolencia.

    Todos somos siempre un poco adolescentes: inseguros, soñadores, necesitados de seguridad y de afecto, contradictorios… Por eso, uno de los enemigos más tenaces que hemos de vencer en nuestra vida es la indolencia para hacer lo que debemos, la pereza para realizar los esfuerzos y tener la constancia necesaria para vivir desde la vocación a la que Dios nos llama. Algunas veces, abandonamos antes de empezar un proyecto, tan seguro estamos de que no vamos a ser capaces, de que no vamos a tener el tesón necesario.

    Los únicos antídotos contra la indolencia son la confianza y la esperanza. Poniendo nuestros ojos en lo que anhelamos, en lo que estamos llamados a vivir, los empeños del presente los asumiremos con energía y constancia. Contemplando la luz con la que el amor de Dios ilumina nuestro corazón, no nos vencerá el desaliento.

    Un día Jesús se llevó a Pedro, Juan y Santiago a una montaña alta y allí se transfiguró, les mostró quién era él de verdad, y qué significaba vivir con él en comunión. Después de la pasión, Pedro, Juan y Santiago se convirtieron en las columnas de la primera iglesia. Tanta esperanza encontraron en el rostro de Cristo, que nunca les pudo el desánimo.

    No dejes nunca de contemplar el rostro de Cristo que, por su misericordia, ilumina toda tu vida. Es cuaresma.

  • En vez de ira, paciencia

    En vez de ira, paciencia

    (Marcos 1,12-15) DICEN ALGUNOS que nuestra sociedad ha perdido el sentido del pecado. Y puede ser que muchas veces nos engañemos pensando que nada de lo que hacemos está mal y que tenemos muchos derechos y ninguna obligación. Vivimos en una cultura que alienta al pecado, y el pecado sigue socavando y destruyendo la vida de las personas.

    Uno de los pecados que más se alienta es el de la ira. Los mensajes más reproducidos y los vídeos que se hacen virales son aquellos que alientan el enfado, la indignación y la ira de quienes los ven. La cadencia del tiempo en las redes es muy rápida, y la reflexión serena requiere un poco de más tranquilidad. Todo se explica en blanco y negro, sin matices; en todo se busca un culpable, que suele ser chivo expiatorio de todos los males. Y como cada uno busca lo que se acompasa con sus ideas, los de derechas cada vez lo son más, lo mismo que los de izquierda. En lo único que coinciden es en su más intensa radicalización.

    La ira, la polarización, la violencia en las palabras y en el corazón están carcomiendo nuestra sociedad. Personas de buenos sentimientos, que saben de lo necesario de perdonar y de aceptar al distinto, están perdiendo esos valores ante la polarización política e ideológica que vivimos. Esa ira acaba por manifestarse en nuestro día a día, con quienes convivimos.

    Frente a la ira, Jesús de Nazaret sabe de misericordia y de paciencia, de la misericordia y la paciencia del Padre. Jesús comprende los sentimientos de todos, aunque no los comparta; y busca caminos para que nos encontremos con nuestro propio rostro en la soledad y la desnudez, que en tantas ocasiones nos toca vivir, y que él nos invita a acoger como desierto en el que meditar la salvación. Es cuaresma.

  • Todos somos leprosos

    Todos somos leprosos

    (Marcos 1,40-45) ESTA PANDEMIA nos está haciendo aprender muchas cosas. Algunas seguramente sabidas, pero que teníamos en un segundo o tercer plano de nuestra memoria. Otras las hemos tenido que descubrir a golpe de miedo y de aislamiento. Hemos aprendido de nuestra fragilidad; de la fragilidad de nuestra condición biológica y de nuestra condición psíquica. Como seres biológicos, nos ha enfrentado a la posibilidad, palpable y cotidiana, de enfermar y morir. Hemos escuchado tantos nombres de personas que se ha llevado el virus, que hemos descubierto que en cualquier momento podemos perder lo que más queremos, a quienes más queremos.

    Hemos aprendido lo que significa la soledad de no poder celebrar, festejar o, simplemente, convivir con los nuestros. Los medios de comunicación han podido paliar esa sensación de distancia y de desvalimiento que nos invadía; alguna vez hemos también experimentado la Presencia luminosa que nos habita y que siempre nos acompaña.

    Todos hemos experimentado la desazón de ser un peligro para los demás; de tener que apartarnos de ellos; de ver cómo alguien se apartaba de nosotros si nos aproximábamos a ellos más de la cuenta. Y lo hemos entendido, porque todos, también nosotros, podemos ser contagiadores sin saberlo. Y, sin embargo, algo se nos desgarra por dentro; se resiste a conformarse; y se rebela ante la ausencia de besos, de abrazos, de cercanía.

    El evangelio de este domingo nos da razón de cómo Jesús, fuente de toda pureza, se acerca a un leproso, y le habla al oído, y le abraza, y lo limpia, y lo rehabilita a la vida con los suyos. Todos somos hoy, más que nunca, ese leproso que necesita el abrazo del Hijo de Dios, el abrazo del hermano que nos quiere.

  • Sentido de la existencia

    Sentido de la existencia

    TODO SE SOPORTA si la vida tiene sentido. Nada nos satisface si caemos en el vacío existencial. Víctor Frankl, neurólogo y psiquiatra judío que sufrió los campos de concentración nazi, así lo explica en sus muchos estudios.

    Las lecturas del próximo domingo nos reúnen un texto del libro de Job y una de las muchas confesiones de Pablo de Tarso. Job acosado por terribles problemas y desgracias no encuentra el sentido de su vida, ha caído en un pozo oscuro; el autor lo narra desgarradoramente. Pablo, que ha sufrido por el evangelio todo tipo de persecuciones y dificultades: calumnias y difamaciones, hambre y sed, palizas hasta ser dejado por muerto, naufragios en los que se dio por acabado, cárceles y cautiverios es un hombre feliz. El personaje de Job se siente como jornalero en su propia vida. Pablo de Tarso se sabe elegido para la misión de evangelizar; se siente hijo, se siente amado.

    Vivimos tiempos recios, en los que sólo una conciencia profunda de que somos llamados, por Dios mismo, a amar y a dejarnos amar puede llenar nuestra vida de sentido.

    Nos ha llegado el tiempo de no poder hacer muchas de las cosas que querríamos, de vivir confinados y limitados hasta el cansancio. Sea lo que sea lo que nos toque hacer podemos vivirlo como hijos del Padre, acogidos entre sus manos, enviados a amar a todos los que Él ama. Ese es el Evangelio que vino a traernos Jesucristo. Y que proclamó con su palabra poderosa y esperanzadora en Galilea, con sus respuestas contundentes y sus denuncias ante los jefes del pueblo en Jerusalén, y con su entrega en la cruz, cuando ya no podía siquiera casi ni hablar, pero podía seguir amando sin límites.
    Amar en todo; y cuando toque la nada, dejarnos amar.

  • El mal que nos engaña

    El mal que nos engaña

    (Marcos 1,21-28) HAY MUCHOS relatos en los evangelios que nos narran cómo Jesús expulsaba a los demonios que tenían esclavizadas a personas sencillas de las aldeas de Galilea. “Los curaba de sus enfermedades y expulsaba a espíritus inmundos”, resume a veces el Evangelio.

    El mal en nuestra vida es una evidencia, vivimos sufrimiento y dolor. Unas veces ese mal es físico: una enfermedad o pobreza que destruye; otras veces el mal es moral, cuando hacemos a las claras algo que hace daño, que perjudica a algún hermano o a nosotros mismos; pero otras veces el mal se esconde, se camufla, como si intentara pasar desapercibido para seguir maleando las relaciones y las situaciones de las personas. Ese mal aprovecha nuestras heridas emocionales, nuestros traumas y nuestras obsesiones para hacerse fuerte. Se esconde en las estructuras de las instituciones –incluso eclesiales-, para que personas que pretenden ser buenas acaben a su servicio.

    Queriendo nosotros defender una causa buena, el mal nos engaña y nos incita a odiar, nos señala un chivo expiatorio al que culpar de todo para desahogar nuestra frustración. Queriendo actuar simplemente con dignidad en nuestra vida, ese mal nos engaña y nos hace comportarnos de manera orgullosa, despectiva, hiriente hacia quien nos rodea. Sin querer marginar a nadie, el mal nos engaña y acabamos despreciando a los que más necesitan de nuestra ayuda. Sin pretender grandes riquezas, el mal nos engaña y nos dice que sólo el dinero tiene la solución para todos los problemas…

    En la Biblia se nombra al demonio como el Engañador. Hemos de estar alerta para no caer en sus engaños, que hacen pasar el mal por bien, que nos impiden vivir como hijos, como hermanos.

  • Fraternidad ‘versus’ polarización

    Fraternidad ‘versus’ polarización

    (Mateo 3,1-12) UNA DE LAS características que más llaman la atención del grupo que se fue formando alrededor de Jesús por su predicación es la de las diferencias entre ellos había. Juan y Santiago están dispuestos a que “llueva fuego del cielo” sobre una aldea que no los recibe por ser judíos; Mateo era recaudador de impuestos y por eso despreciado por muchos judíos; Nicodemo, pertenecía al Sanedrín; Pedro un simple pescador; Susana, mujer de un cargo político importante; etc. Hombres y mujeres; algunos con cierta posición social, la mayoría pescadores y jornaleros pobres. En una sociedad tan polarizada como la de ese tiempo esto mismo era un signo de la fraternidad que Jesús predicaba.

    También hoy vivimos momentos de polarización social y política; incluso de criminalización del adversario. Los de las otras opciones políticas son rechazados visceralmente. Una sociedad polarizada y enfrentada, que trata de fascista o de delincuente a la otra mitad de su población va derecha a la ruina.

    Es verdad que cada persona ha de ver cómo hacer concreta la misericordia y la justicia, la ayuda verdadera al pobre y la verdadera libertad de todos; pero los cristianos tenemos como referencia siempre a Jesús, que acogía como hermanos a justos y pecadores, a fariseos y a paganos. En la comunidad cristianas hemos de dejarnos guiar por el evangelio de Jesucristo.

    No se trata de proponer irenismos de salón. Nuestro “centro” tiene que ser el bien común, el desarrollo de la vida de todos, especialmente de los más pobres, el hacer posible que todos escuchemos la voz de Dios en nuestra vida que nos llama a vivir en plenitud de amor. No dejes que en tu vida crezca la planta del odio. El odio es ciego y nos hace perder cualquier tipo de razón.