Categoría: El evangelio del domingo

  • Fe y política

    (Mateo 22, 15-21) EN ESPAÑA, tenemos un problema con la política. Muchas veces tenemos la sensación de que nuestros gobernantes no saben gobernar. No es que tengan mala intención, o que pretendan hacer daño a la ciudadanía. Ni siquiera el problema es de las personas; el problema es más grave porque es estructural. Por lo menos así lo creo.

    La falta de cultura democrática de nosotros, los ciudadanos, y la lógica de superficialidad y titulares llamativos, impuesta por las redes sociales, hace que nuestro voto no se decida por quién creemos que gestionará mejor los problemas de nuestra sociedad, sino por quién dice la frase más redonda y escandalosa. Quien acusa con más contundencia y maneja mejor los medios de comunicación alcanza la victoria electoral, aunque no sepa después cómo resolver los problemas del pueblo.

    Además, las luchas de poder en el interior de cada partido político son tan enconadas y las cúpulas de los mismos tienen tanto poder que quien va escalando puestos en ellos no son los más preparados, ni los más capaces para la gestión de lo público, sino quien más capacidad tiene para la refriega sectaria y para la adhesión incondicional al que manda en ese momento.

    La democracia de partidos políticos tiene, como todo en la vida, posibilidades y peligros. Parece que en nuestro caso están pesando más los segundos. Los cristianos, como todos los ciudadanos, hemos de preocuparnos por los problemas políticos y sociales; en nuestra preocupación tiene que estar crear un mundo más justo desde el bien común. Pero cada vez parece más difícil encontrar la manera de hacerlo; y, sin embargo, es imprescindible que entre todos veamos cómo ponernos con efectividad al servicio del bien común.

  • Estás invitado

    (Mateo, 22, 1-14) De los satisfechos, líbranos Señor. De esa actitud de autosuficiencia y falsa seguridad que nos aísla de todos, nos hace sentirnos superiores, o nos encierra en la tristeza de la pantalla del móvil, líbranos Señor. El Reino de Dios es de quien, con humildad, se sabe necesitado de Dios y de los demás, de los que se consienten ser vulnerables y falibles, de los que no se ocultan su propio pecado con la certeza de que hay Alguien que los abraza en su debilidad.

    El Reino de Dios se parece, nos dice Jesús el próximo domingo, a una fiesta en la que los invitados, llenos de ilusión por la invitación que les han hecho, corren a sus casas a quitarse las ropas de trabajo y a ponerse la ropa de los días de fiesta. Y a la hora convenida van reuniéndose con ganas de cantar, de bailar, de comer juntos, de gastarse bromas y reírse abrazados. Todos alegres por ser invitados por el primogénito del rey de la vida.

    Hay quienes no aceptan la invitación; ya tienen bastante comida y bebida en su nevera; o no quieren juntarse con personas de más baja condición social; o la pantalla de su móvil los tiene enganchados por las pupilas; o esperan llegar a ser perfectos esforzándose mucho y llegar impecables a un lugar preferente a ese banquete… Muchas son las razones para no ir, y sólo una para acoger la vida: estar vivo.

    A los jóvenes y a los viejos, a las familias y a los que vivimos solos, a los enfermos y a los sanos, a los que llegasteis de lejos y a los que nacimos aquí…, a todos nos llega la invitación de Jesucristo de dejar nuestras rutinas y llenarnos con la alegría de creer, y tener la certeza, de que Dios Padre nos quiere y nos propone caminos para vivir como hijos suyos y hermanos unos de otros. ¡Venga! ¡A ponernos el traje de fiesta!

  • Humanizando el mundo

    DIOS NO HIZO el mundo en seis días y al séptimo descansó; y nos dejó a las personas la tarea de humanizarlo, de hacer de una naturaleza a veces salvaje y amenazadora un hogar para todos. Todo nuestro trabajo ha de tener ese objetivo.

    El carpintero que hace sillas y mesas, hace de nuestro mundo un hogar más humano; el agricultor que siembra y recoge el trigo, junto con el panadero que prepara el pan, hacen de este mundo un hogar en el que todos tengan el alimento necesario; el poeta que canta al amor y al dolor, el artista que desnuda los interrogantes de nuestra alma…; todos hacemos más humano nuestro mundo. Tú también cuidando las plantas, atendiendo a tus niños, transportando mercancías o gestionando papeles en la oficina. Nuestro trabajo es así una misión, un hermoso encargo.

    Pero a veces, en vez de tener ese horizonte en nuestra actividad cotidiana, nos volvemos competitivos y egoístas, trabajamos por acaparar y acumular, por vencer al otro. Entonces nuestro día a día es agotador y sin sentido, ni conocemos el descanso, ni nos sentimos impulsados a trabajar alentados por la vida. En vez de recrear el mundo, nuestro trabajo es muchas veces homicidio: destruimos la naturaleza como si no hubiera mañana, explotamos a las personas como si no fueran nuestros hermanos, negamos con nuestras obras que este mundo pertenece a Dios y que nos lo ha encargado para que vivamos felices en él.

    El Papa Francisco ha consagrado este mes como el tiempo de la creación y es buen momento para revisar si nuestro estilo de vida está cuidando y recreando el mundo, o si estamos asesinando la naturaleza y el presente y futuro de nuestros hermanos.

  • En el corazón de su piel

    Mateo 20, 1-16 ¿Qué lleva a una mujer a dedicarse a la prostitución?

    Fundamentalmente la pobreza y la falta de apoyo familiar en el que sustentarse en los momentos malos. Por eso la mayor parte de las mujeres que sufren esa explotación son inmigrantes pobres. Muchas son forzadas y obligadas violentamente. Otras se pasean por ese abismo pensando que será algo temporal, para conseguir un dinero más fácil. Pero todas quedan heridas porque se dan cuenta de que están vendiendo su intimidad, que las están obligando a vender su intimidad, y que les va a costar recuperarla para sí mismas; sufrieron muchos golpes a la conciencia de su dignidad. Es la mayor pobreza.

    Al mismo Jesús lo desnudaron en público, como hacían con todos los crucificados, para escarnecerlo buscando despojarlo de su dignidad personal. Quien está tan abajo a todos comprende, a todos disculpa, de todos tiene misericordia. Sufrir desprecio imprime a fuego en nuestro corazón la ternura con quien sufre.

    En el evangelio del próximo domingo Jesús descubre que los corazones de las prostitutas y de los marginados están tan abierto a la misericordia y a la caricia del Padre, que nos los pone como ejemplo a nosotros, las personas supuestamente ejemplares: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios».

    La justicia de Dios siempre es restauradora de heridas, siempre acoge los sufrimientos del más pobre, siempre se pone en el lugar del último para poder amarnos a todos. Procuremos no cerrarnos a nosotros mismos la puerta de la justicia de Dios a golpe de autosuficiencia, a golpe de indiferencia o condena a los demás.

  • El gusto por la vida

    (Mateo 20, 1-16) CONTEMPLAR CÓMO emerge el Sol por el horizonte al ir a trabajar por las mañanas; disfrutar de una tarde de sábado de juegos y charla distendida con nuestros niños; ver crecer las plantas que alegran nuestro patio o nuestra terraza; mirar con los ojos de Dios toda nuestra existencia; eso es gustar la vida.

    La vida es tan hermosa y humilde que nunca impone su armonía; simplemente nos invita a que seamos niños que juegan, adolescentes que se enamoran, hombres y mujeres que trabajan humanizando el mundo; ancianos que esperan y rezan. La vida no tiene otro pago que vivir.

    Amor con amor se paga. Seríamos los más desgraciados de los hombres si quisiéramos comprar con dinero el amor que anhela nuestro corazón. La vida dando vida se agradece. Por eso, poner nuestro corazón en lo que otros van a decir o pensar, en ganar más dinero que tal o que cual, quedar por encima de nuestro vecino a quien hemos convertido en enemigo… es ofender el regalo de la vida.

    Vive como quien canta por el mero gusto de cantar. Trabaja en lo que Dios te llama, con sencillez, con entrega. Disfruta la vida que Dios te regala, con alegría, con agradecimiento. Vive con paz. Y, así, hasta los momentos más duros y difíciles tendrán siempre un trasfondo luminoso, el amor que Dios nos tiene.

    No te esfuerces por ganar, ni por ganar más que otros; eso es ofender el regalo de vida que te han hecho. Entrégate por entero a dar vida, a recrear la vida. ¿Quién puede ponerle precio a un año, a una semana, a una hora de su propia v

  • Sobre el rencor y el perdón

    (Mateo 18, 21-35) QUIEN GUARDA rencor es como aquella buena persona a quien clavaron un puñal en la espalda, sin esperarlo y de quien menos esperaba. Cuando con esfuerzo y dolor consiguió quitárselo, en vez de tirarlo lo guardó en un cajón de su alma. Desde entonces, de vez en cuando lo coge, lo mira y con la punta ya herrumbrosa de aquel puñal se vuelve a herir él mismo.

    Recuerda el dolor que le produjeron aquellas palabras, pronunciadas una vez, recordadas cientos, decenas de veces. Recrea la situación vivida y se entretiene en pensar qué tendría que haber dicho para hacerle él a aquella mala persona el mismo daño que él vivió. Se mira herido, hecho víctima, sintiendo pena de sí mismo.

    Algún puñal de rencor todos tenemos.

    La fe cristiana nos invita a perdonar. El perdón es, primero, una liberación personal. El perdón nos descansa, nos pacifica, nos permite seguir viviendo mirando hacia delante, sin volver constantemente la vista hacia atrás, hacia un agua que ya no mueve molino. Perdonar es, en segundo lugar, una actitud de justicia. ¡Cuántas veces nosotros habremos también clavado algún puñal en la espalda de quien menos se lo merecía! Las más de las veces ni nos acordamos; y cuando lo hacemos no cesamos de disculparnos: «estaba nervioso», «cosas de la poca experiencia», «no pensaba que le iba a sentar tan mal»…

    Pero el verdadero horizonte del perdón, la experiencia que nos permite perdonar de verdad sin guardar rencor, es la fe en Jesucristo, que en la propia cruz perdonaba a quienes lo asesinaban. Sólo en esa fe encontramos el suelo firme en el que saltar hacia el abrazo de un Padre que a todos perdona.

  • No tiene quien le riña

    CASI SIEMPRE tenemos quien nos riña. Y nos da coraje cuando recibimos recriminaciones y críticas, por cariñosas que sean y aun cuando las sepamos bienintencionadas. Pero cuando uno no tiene quien le riña, o se separa y se aleja de quien lo hace, en el fondo se queda solo, y en vez de madurar con el tiempo y las experiencias, se llena de caprichos y de manías. Los que viven solos y los viejos tienen esa tentación.

    Puedes haber salvado a un país entero de la dictadura y el enfrentamiento civil; pero, si no das autoridad a nadie para que te señale y recrimine los comportamientos que te separan de la verdad y del amor, te convertirás en una persona egoísta, ensimismada y ajena a la realidad, con la que te darás de bruces en el momento que menos esperas.

    Nadie somos «dios», y todos necesitamos confiar y dar confianza para caminar junto con otros compañeros. Pero caemos tan fácilmente en enrocarnos en el orgullo, aunque sea mucho más fácil vivir en humildad.

    En el evangelio de esta semana Jesucristo mismo nos invita a escuchar la voz de los compañeros en la vida -de nuestros padres, hermanos, amigos, incluso de nuestros enemigos- su propia voz. La vida no tiene marcha atrás y nos jugamos lo que somos y lo que seremos en nuestros comportamientos y actitudes.

    Escucha a quien te quiere y recapacita. Pregunta con sencillez por lo que haces para que te respondan con sinceridad. Tú eres mucho más que los errores que puedas cometer, pero esa actitud humilde te hará más persona y un cristiano más sincero.

  • El poder del silencio

    (Mateo 13,24-43) LOS TEXTOS BÍBLICOS tienen la capacidad de cambiar el contenido de algunos conceptos que estructuran nuestra manera de pensar: el poder en Dios solo es poder para hacer e impulsar la justicia; su soberanía se muestra, no en el control sino en la acogida y el perdón. Este domingo el libro de la Sabiduría nos hace mirar a Dios desde una posición más alta que la de nuestra propia razón, y desde ahí descubrimos que “el justo debe ser humano” y que todos “tenemos la dulce esperanza de encontrar perdón en el arrepentimiento”. Palabras que merecen ser meditadas en silencio.

    En el silencio Dios actúa con más fuerza y eficacia de la que nadie pudiera imaginar: en el silencio la levadura fermenta la masa para hacerla pan; en el silencio la semilla germina en la tierra para hacerse fecunda; en el silencio crece el niño en el vientre de su madre, anticipo de generosidad y de las sonrisas que va a suscitar; en el silencio Dios habla al corazón del hombre y hace más humana y hermosa su vida.

    Lo que destruye muchas veces hace ruido, la vida crece en silencio y en silencio vence a la muerte. Las parábolas de Jesús nos hablan del poder de lo pequeño, de lo sencillo, de lo que aparentemente no es nada: una semilla de mostaza o un poco de levadura que en el silencio y la espera muestran el inmenso poder de Dios para hacer crecer la vida.

    Nunca pienses que tu vida es pequeña e insignificante, nunca pienses que no tienes lugar en el plan de Dios. Tú puedes ser semilla de mostaza, levadura en la masa, que hace presente el poder de Dios que recrea y se recrea en el amor, la sencillez y la alegría de sus hijos.

  • ¿Por qué habla en parábolas?

    Mateo 13,1-23 LAS PARÁBOLAS del evangelio nos remiten al Jesús más primigenio y original. Cercano a su pueblo, hablando con sus palabras y sus experiencias, anunciando una esperanza tan deseada como necesaria, mostrando a los sencillos el camino nuevo que él mismo estaba transitando en comunión profunda con el Padre.

    Las parábolas saben a brisa de los campos de Galilea, huelen a la sal de los puertos fenicios de Tiro y Sidón, evocan las piedras en las que se sentaban los pobres de Israel a escuchar al profeta que les predicaba. Unos lo escucharían con ansia de verdad, otros con la suspicacia de quien teme encontrarse con un mero charlatán.

    Pero las parábolas interpelan a todos. En la sencillez de su lenguaje a todos nos pone frente a nuestra propia inmadurez y pecado, a todos nos sitúan frente a la llamada radical de Dios a vivir de un modo nuevo.

    Las parábolas nos hablan de una religión que no quiere convertirse en ley, sino en invitación; de una experiencia de Dios que no busca definirse en frases estereotipadas, sino que abre a una esperanza siempre nueva. Las parábolas no nos dicen qué, en concreto, debemos hacer; respetan nuestra libertad de adultos que han de afrontar con responsabilidad su propia vida. Y sin embargo, siempre dejan el ánimo en búsqueda, en el reconocimiento de tanto como nos falta para vivir en autenticidad.

    Se exponen a ser manipuladas, a que se las apliquemos a los otros antes de pensarlas para nosotros mismos, a reducirlas al horizonte de nuestra ideología. Pero el Padre de Jesucristo es así: invita con un amanecer, interpela con la presencia de quien sufre, consuela con una oración, abre nuestros oídos con una parábola.

  • Qué es el progreso

    (Mateo 11,25-30) HAY FENÓMENOS muy significativos en las sociedades avanzadas, conforme al modelo de capitalismo consumista en el que estamos: la baja natalidad, el aumento de suicidios y la normalización de las prácticas abortivas y de eutanasia. Parece como si la comodidad en las condiciones de vida vaciara de interés la propia existencia. Sorprende periódicamente, al leer los sucesos, que a tal cantante de éxito, que lo tenía todo, le faltaba la motivación profunda para vivir.

    Cuando el ideal y el horizonte del progreso se sitúan exclusivamente en el ámbito económico, la vida se vacía de sentido; el consumo reiterado, y reiterado, y reiterado de bienes inútiles y superfluos hace de la vida algo, también, superfluo. La vida que se retiene con avidez acaba siendo una charca de agua estancada.

    El verdadero progreso ha de tener en cuenta siempre el misterio de la vida. La propia creación, primero, es un misterio a contemplar, admirar y respetar. Vivir en armonía austera, sencilla y gozosa con el regalo de la creación alienta la vida. La propia intimidad de cada persona es un misterio en el que resuena el Misterio de la Palabra, que ha de ser escuchada y acogida en obediencia creyente. El necio orgulloso sabe muy poco del Misterio que lo trasciende. El amor es el tercer misterio de nuestra vida.

    El amor que es corriente de vida que nos hace ser agradecidos y entregados, cauces de una vida que como el agua que fluye hace fecundos los campos por donde pasa.

    Danos Señor, corazón de pobres; haznos sensibles ante los pobres; muéstranos, Señor, la pobreza que nos permitirá acoger la corriente desbordante de Vida en la que somos.