Categoría: El evangelio del domingo

  • Manifestar su rostro

    Manifestar su rostro

    (Marcos 1,7-11) No basta con ser cristiano, hay que manifestarse como tal, para dar testimonio de que el amor de Dios cambia nuestro mundo y nos hace vivir en plenitud.

    Jesús fue engendrado y nació como el Hijo de Dios, para manifestar el deseo incondicionado de Dios por hacernos hijos suyos. Nosotros no podemos conformarnos con ser cristianos anónimos; hemos de manifestarnos como tales, con afán de continuar en nuestras vidas la historia de la salvación.

    Los evangelios concentraron esa manifestación de Jesús como el amor de Dios por la humanidad en distintos momentos. Mateo, en la adoración de los sabios de oriente, mostró el rostro de amor fraterno y universal del Padre; Juan, en las bodas de Caná, mostró las bodas entre Dios y la humanidad trae la alegría del vino nuevo a cada persona, a cada familia; Marcos comienza su evangelio con el bautismo de Jesús en las aguas del Jordán, donde ese gesto hace que Dios se manifieste ante los hombres como amor del Padre al Hijo en el Espíritu para salvación de todos.

    Estas distintas “epifanías”, estas distintas formas de manifestarse Dios como amor para el mundo, pueden invitarnos a que cada persona, cada creyente encontrar nuestra forma de manifestar a Dios con nuestra vida. Los cristianos somos tan distintos unos de otros como distintas son las flores, los árboles y las plantas, pero nuestra vida ha de ser manifestación de la Vida y del Amor de Dios.

    Llénate de Dios para mostrar sinceramente con tu vida la fraternidad y la solidaridad, la comunión en la fe, y la intimidad profunda y alegre con el Padre, que Cristo vino a traernos.

  • Palabra de hombre (y de mujer)

    Palabra de hombre (y de mujer)

    (Juan 1,1-18) La palabra nos hace personas. Por la palabra descubrimos el sentido de nuestra vida y expresamos quiénes somos. La palabra dada y cumplida nos hace personas cabales y fiables. Pero nuestra palabra no es solamente lo que expresamos con el lenguaje; nuestros gestos, nuestras actitudes, lo que hacemos y cómo lo hacemos, habla de nosotros, habla por nosotros. Un mundo sordo-mudo, sin poemas, sin canciones, sin declaraciones de amor, sin nanas que acunan, sin ideas que buscan cambiar la historia… no sería un mundo humano.

    Cuando Dios nos quiso enviar su Palabra no pronunció un discurso; nos envió a personas concretas, los profetas, para que, viviendo nuestra historia, con sus gestos, con sus actitudes y, también, con sus palabras, nos mostraran poco a poco qué sentido le había regalado Dios a nuestra vida cuando nos creó. Llegada la historia a su plenitud, Dios quiso entregarnos por completo ese sentido de nuestra vida; y nos sorprendió a todos haciéndose Él mismo hombre, encarnándose en una persona como nosotros, que vivió y sufrió como nosotros, entregándonos su mismo amor, el amor de Dios.

    Quien ama, es bueno y feliz; quien ama profundamente es profundamente bueno y feliz. Y cuando Dios se encarnó en Jesucristo así lo fue, y vivió amando hasta la entrega de su vida; por eso, generó un dinamismo tan grande de amor, de bondad y felicidad, que quien lo conocía, y lo conoce hoy, experimenta alegría en lo cotidiano, consuelo en sus sufrimientos y una constante inquietud por estar al servicio del más débil.

    Amarnos en el amor de Jesucristo, esa es la Palabra que Dios ha pronunciado y pronuncia para ti, ese es el sentido verdadero de la vida humana.  

  • Corazón de padre

    Corazón de padre

    (Lucas 2,22-40) El 8 de diciembre, el Papa Francisco nos ha dirigido una carta en la que nos anima a poner nuestra vida, en este año que va a comenzar, bajo su ejemplo y protección. La carta se llama “Corazón de padre”. En tiempos tan duros y difíciles como los que hemos pasado, y tendrán que venir, es bueno contar con la cercanía de la figura fuerte y entrañable del padre.

    Cuidando en silencio, siempre en la sombra, como tantas personas en este tiempo de pandemia han estado cuidando y protegiendo la vida. Atento a los peligros que puedan acechar al Niño, San José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en “segunda línea” tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación.

    Hombre que tuvo que renunciar a sus planes de crear su propia familia para acoger la familia que Dios le había encomendado. El también se enfrentó con su propia debilidad y el Padre se la hizo ver con ternura. El maligno aprovecha nuestra debilidad para acusarnos y condenarnos, pero el Espíritu la saca a la luz con ternura. La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros. La ternura del padre nos afianza en la vida.

    José fue padre en la acogida, incluso cuando podía sospechar lo peor; en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente, José se presenta como figura de varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María.

    Ocurren hechos en nuestra vida cuyo significado no entendemos. Nuestra primera reacción es a menudo de decepción y rebelión. José deja de lado sus razonamientos para acoger, y se reconcilia con su propia historia.

    Os invito a leer esta preciosa carta como regalo de navidad del propio Papa Francisco.

  • La palabra de las palabras

    La palabra de las palabras

    (LUCAS 1, 26-38) Las palabras de las palabras se hizo carne en el vientre purísimo de María de Nazaret. En la serenidad sonora de una aldea pequeña, en medio de los sonidos de los gallos y las ovejas, de los golpeteos de quien trabajaba, de los cantos de alguna aldeana, de los pasos lentos de algún mulo. La Palabra de las palabras se hizo carne mortal y pecadora para poner vida y virtud en el seno de cada persona.

    Están las palabras que señalan el camino de nuestra vida: ternura, comunión, dignidad, justicia… Pero a todas ellas le da sentido una Palabra indecible, impronunciable, que lleva nuestro lenguaje más allá de sí mismo. Decimos: “el Verbo de Dios”, y queremos decir Sentido primero y último de nuestra vida; decimos: “Encarnación”, y queremos decir que los anhelos y dolores de la humanidad se trascienden más allá de este espacio y este tiempo; decimos que Dios se hace hombre y nos perdemos, porque todos nuestros conceptos se funden ante el calor y la luz de la Misericordia.

    “El Verbo se hizo carne”, dice la Escritura y repetimos en nuestras oraciones; y casi nunca somos conscientes del imponente misterio que acabamos de pronunciar. Un misterio que rompe todas nuestras ideas de Dios y del hombre, de lo humano y lo trascendente; un misterio que nos fuerza a entenderlo ya todo desde la fecundidad del amor de entrega.

    “El Verbo se hizo carne”, deja de pensar en ti mismo y en tus cortos planes y proyectos. “El Verbo se hizo carne” para que en tu carne y en la piel de los demás lo encuentres y lo adores. “El Verbo se hizo carne”, y todo en nosotros, carne de pecado, queda en silencio orante.

  • Grandes palabras, personas humildes

    Grandes palabras, personas humildes

    (Juan 1,6-28) Nadie que viera a Juan el Bautista podría intuir los frutos de su vida y su predicación. Vestido con piel de camello y viviendo una vida absolutamente austera en el desierto cercano a Jerusalén; con una predicación apocalíptica que parecía hecha para asustar más que para levantar los ánimos… Y, sin embargo, quien lo escuchaba, y se dejaba purificar en el agua fértil del Jordán, daba frutos de conversión y de alegría. Los judíos que lo escuchaban en el desierto volvían a su ciudad con deseos sinceros de vivir conforme al bien y a la espera de la inminente llegada de quien trajera la salvación.

    Una persona humilde, cuyas grandes palabras cobraban un sentido de autenticidad por ser él quien las pronunciaba: conversión, hipocresía, honradez, generosidad, salvación.

    Ojalá nuestras parroquias y nuestros barrios estén llenos de personas humildes, de compromiso constante con la bondad y la verdad, que sean capaces de abrirse a un sentido profundo en lo concreto de la vida. Palabras como “barrio unido”, “parroquia misionera”, “solidaridad con el pobre”, “trabajo justo y decente”, “vida honrada”, dejan de ser utopías cuando las pronuncia un vecino que las vive desde su pobreza y sencillez.

    Sin saber cómo ni porqué, desde el testimonio de su pequeñez que mira al cielo, las personas comienzan a vivir sabiéndose amadas y con ganas de amar; comienzan a experimentar un consuelo más grande que la pequeña ayuda que han recibido; una alegría que sólo tiene su explicación en que procede de lo alto. Vuestro testimonio sencillo y humilde por el que os entregáis generosa y sinceramente abre este mundo a la cercanía de Dios, a la Buena Noticia del Dios-con-nosotros, la buena noticia del Enmanuel.

  • Entre dos luces

    Entre dos luces

    (Marcos 13,33-37) VIVIMOS ESTA vida nuestra en constante ambigüedad. Ponemos una vela a Dios y otra, si no al diablo, sí a las sombras que esa figura representa. Y así vivimos acostumbrados a un “poquito de hipocresía”. Solo cuando reconocemos con sinceridad nuestras limitaciones caminamos en la verdad de la humildad. Otras veces empleamos la mayor parte de nuestros esfuerzos por disimular nuestras deficiencias sin empeñarnos en solucionarlas. Nos parecemos a políticos en permanente campaña electoral: “Los problemas no lo son tanto; la culpa de todo la tienen los demás”.

    Todos tenemos en nuestra vida “centros de salud acabados y eternamente vallados por no se sabe qué trabas”, y “magníficos y modernistas edificios proyectados para desarrollo del empleo” cerrados por falta de presupuesto para arreglar los desperfectos por estar cerrados por falta de presupuesto… Al igual que en nuestro pueblo, en cada uno de nosotros la desidia y el desinterés nos hacen vivir con rincones llenos de suciedad, con energías inactivas, con telarañas en la conciencia.

    Es adviento, estamos entre dos luces, comienza a amanecer. Hay que deshacerse del embotamiento que provoca el acostumbrarse al pecado y de la desidia ante la injusticia y la maldad; comencemos a preparar un camino por el que los pobres y los humildes tengan un lugar de dignidad en nuestro corazón y en nuestro pueblo; un lugar que nos permita caminar hacia el bien, hacia un amor más grande.

    Primera tarea de este adviento: desvélate y revélate contra tus hipocresías, decídete a acabar con tu indolencia y desidia.

  • Hacer posible otro mundo

    Hacer posible otro mundo

    (Marcos 25,31-46) NO HAY QUE esperar al final de los tiempos; ni confiar solo a la providencia el fin de la injusticia y de la carencia de lo necesario. Dios mismo envió a su Hijo al mundo para que fuera semilla de nueva humanidad; y el Hijo nos envía a nosotros con su misma misión. El reino de Dios, reino de paz y de justicia, ya está entre nosotros; y de nosotros depende el impulsarlo y hacerlo crecer. La providencia, casi siempre, tiene nombre y apellidos.

    La vida no es tiempo que pasa, sino tiempo de encuentro –dice el Papa Francisco-. Un tiempo de encuentros sanantes, solidarios, como los que señala el evangelio del domingo. La visita o la llamada de teléfono al vecino enfermo, sana a los dos que se encuentran. La acción solidaria del grupo de Cáritas es fuente de alegría para los pobres y para la propia comunidad cristiana. Acoger al que viene de lejos y está solo, es agrandar con ternura la propia familia. El mundo nuevo se hace desde el encuentro.

    Nuestras pequeñas acciones de ternura fraternal son algo más que un bello gesto; son acciones eficaces en la construcción del reino que el Padre sueña para nosotros. Objetivo tan grande como “la integración cultural, económica y política con los pueblos cercanos debería estar acompañada por un proceso educativo que promueva el valor del amor al vecino, primer ejercicio indispensable para lograr una sana integración universal” (Fratelli Tutti, 151).

    Tu compromiso sencillo con la vida, el cuidado tierno con quien vive en sufrimiento y debilidad, son acciones que impulsan el reino en el que Dios quiere que vivamos. El orgullo y la soberbia desaparecerán, pero ni un solo gesto de amor solidario quedará sin atención ni recompensa; todos y cada uno de ellos serán eternos.

  • La penúltima palabra

    La penúltima palabra

    (Mateo 25, 1-13) Algunas veces decimos con amargura: “Tenemos lo que nos merecemos”. Casi siempre es el reconocimiento de una culpa, de nuestra responsabilidad en las situaciones negativas que nos vienen. Es ese un sentimiento sano, porque crece en la verdad. Muchas veces en la vida, tenemos lo que hemos ido amasando con nuestra desidia o con nuestro pecado, con nuestra inconsciencia y nuestra falta de previsión.

    Cuando son siempre los demás los que tienen la culpa de todo lo malo que nos pasa vivimos en la mentira. Piensa en alguno de esos momentos de tu vida en que recibiste, desgraciadamente, lo que merecías. Ya no tiene arreglo, claro; pero perder no siempre es perder, puede ser aprender para otra vez. Otras veces: “tenemos lo que nos merecemos”, alude a una responsabilidad compartida: sufrimientos colectivos a causa de irresponsabilidades colectivas en las que nosotros no siempre hemos caído. 

    De cualquier manera, la palabra que tú puedas decir sobre tu vida nunca será la última, solo será la penúltima palabra. Nuestro decir es tan débil y quebradizo, tan mudable e inestable… La última palabra sobre tu vida la tiene quien te ama. Y a quien te ama no le importan tus pecados o tus responsabilidades, tus debilidades o tus incoherencias. A quien te ama le importas tú. Que no se te olvide esto nunca.

    «No te aflijas como si fueras una persona sin esperanza», consolémosnos con estas palabras de Pablo a los cristianos de Tesalónica. Porque la última palabra en nuestra vida la tiene el que es Señor de Misericordia. Mientras tanto que nuestras palabras y acciones sean dignas del amor que nos entrega.

  • En la tierra como en el cielo

    En la tierra como en el cielo

    (Mateo 5,1-12) HA YA MUCHOS años, estaba yo de diácono en San José de la Rinconada. Antonio, un hombre muy bueno, muy cercano a la parroquia, pero con severos problemas mentales, me comentó que habían intentado que entrara en una iglesia evangélica: “Dicen que, si voy con ellos, en el cielo tendré caballos y todo lo que me guste.

    Pero eso cómo va a ser, si yo tengo caballos, alguien tendrá que cuidar las cuadras. Y volvemos a que haya señoritos que lo tienen todo y jornaleros que no tienen de nada. ¿Cómo va a ser eso el cielo?”. La perspicacia y la ingenuidad de Antonio lo hacían comprender lo que muchos no alcanzan.

    Nuestros afanes por poseer, por ser más que los otros, nuestros odios y rencores, nuestras superficialidades y obsesiones, desaparecerán. Nuestra necesidad de acogida y de perdón, nuestra necesidad de amar y ser amado, la exigencia de claridad y de justicia que sentimos, se verán plenamente colmadas. Amor sin posesión, acción de gracias sin sombra, contemplación continua de la bondad de lo creado y del Creador. Eso tendrá que ser la bienaventuranza en el cielo.

    La bienaventuranza en la tierra es parecida: la alegría sencilla de quien disfruta de la bondad de lo creado; la alegría serena de quien goza más en el dar que en el recibir; desear de corazón que todos podamos tener una vida cumplida donde expresar lo que llevamos dentro; la alegría de compartir y compartirnos con los que queremos y con los más pobres; contemplar continuamente la bondad de lo creado y del Creador, unidos a Jesucristo, impulsados por su Espíritu.

    Y para ir haciéndolo realidad: trabajar y amar; trabajar sencillamente con los dones que se nos han dado; y amar con sinceridad a Dios y a los hermanos.No te respondas tú. No preguntes a quien tiene sólo opiniones, pregunta a quien tiene la Vida. Pero, dale tiempo para conversar.

  • Inconcebible

    Inconcebible

    Mateo 22, 34-40 ESCRIBO ESTE pequeño comentario al texto del evangelio del domingo dolido, todavía, por una noticia que saltó a los medios de comunicación hace unos días. Veintinueve personas han sido detenidas por tener a personas migrantes trabajando en el campo en régimen de semi-esclavitud, aprovechándose de la situación de precariedad y de carencia de estos migrantes de Nicaragua, Guatemala, Marruecos y otros países hispano-americanos.

    Los hacinaban en los coches para el transporte sin medidas de seguridad, algunos viajaban en el maletero; a pesar de las elevadas temperaturas de los meses de julio y agosto, trabajaban en muchas ocasiones desde el mediodía hasta la puesta del sol, sin acceso ni siquiera a agua, por lo que algunos de ellos acababan sufriendo desvanecimientos, insolaciones o situaciones de deshidratación.
    Después del primer sentimiento de indignación, pensé que alguno de estos propietarios y manijeros podían tener bautizados a sus hijos, ser devotos de una cofradía, decir que eran cristianos; esto me indignaba doblemente… Pero, ciertamente, la ausencia de Dios es tan grande en nuestra sociedad, el ídolo dinero tiene tantos adoradores, que es la falta de fe en un Dios ante quien nada queda oculto, lo que hace que muchos actúen contra su conciencia y contra la más elemental humanidad. La negación de Dios allana la explotación del pobre.

    Si explotas a los débiles, ellos gritarán a mí y yo los escucharé, dice el Señor en la primera lectura de la misa. Y el evangelio nos recuerda que el mandamiento principal de la Ley de Dios es amarlo a Él sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Quien se lucra explotando a los más débiles, quien los sacrifica ante el ídolo Dinero, no puede mirar a Jesucristo a los ojos, no podrá decir nunca en verdad que cree en Dios Padre.