Categoría: El evangelio del domingo

  • El poder de lo pequeño

    El poder de lo pequeño

    (Marcos 4,26-34) PARECE QUE A DIOS le gusta servirse de lo pequeño para hacer sus obras más grandes. La vida de las personas, comienza por ser una pequeña célula, insignificante, impotente, en el vientre de una mujer. Y ese pequeño embrión irá creciendo, desarrollándose hasta dar lugar a una persona con capacidad de ser libre y de amar, de ser amado y de crear.

    Nos dicen los astrofísicos que el universo también comenzó por una explosión de energía inimaginable que ocupaba un espacio pequeñísimo; y que fue expandiéndose y desarrollándose hasta dar lugar al cielo estrellado que, a nosotros, nos admira en las noches de verano, y a los científicos en cada nuevo descubrimiento que hacen.

    A Dios le gusta lo pequeño, lo aparentemente insignificante, para realizar su obra. Por eso le gustas tú. No son tus virtudes y capacidades lo que más ama el Padre de ti. ¡Claro que también las ama! ¡Si él mismo te las ha regalado! Pero lo que lo enamora es tu pequeñez y tu humildad, la gracia de tu espontaneidad, cuando no pretendes ser nada ante nadie, tu servicio y tu sonrisa transparentes, la belleza de tu interior.

    El mundo está lleno de personas que quieren ser grandes, y que se empujan y se desplazan unas a otras. Y, como dice el refrán africano: «Cuando los elefantes se pelean quien sufre es la hierba». Semilla que se siembra en el surco del mundo, eso hemos de ser. Si es semilla de vid o de trigo, que no crece sino unos centímetros desde el suelo, darás pan y vino; si es semilla de palmera, que despide los últimos rayos de sol, darás dátiles dulces y sabrosos.
    No pretendas ser ni más ni menos de lo que eres: un hijo queriendo agradecer a su Padre su bondad, dando los frutos para los que está hecho.

  • Haznos buen pan

    Haznos buen pan

    (Marcos 14,12-26) “HACERNOS BUEN pan” es la llamada que, cada vez que tomamos la comunión en la eucaristía, se imprime en nuestro espíritu. Jesús hizo sacramento de su vida entregada, para que nosotros, llenos de su presencia y de su Espíritu, podamos vivir como pan bueno para todos.

    Pan bueno como los voluntarios de Cáritas que se ofrecen a los inmigrantes que necesitan ayuda cuando llegan sin respaldo ninguno; o que facilitan a los mayores los trámites por internet con las administraciones públicas, que se ha convertido en otra barrera que aísla a los más pobres.

    Pan bueno como las personas de tantas parroquias que buscan la manera de paliar la pobreza alimenticia y afectiva de tantas familias como nos llegan cada semana.

    Pan bueno como los jóvenes cristianos que entregando su energía, su creatividad y su tiempo a los niños más desfavorecidos para que tengan la oportunidad de crecer hacia el bien, cuando tanto mal les rodea.

    Pan bueno como los miembros de asociaciones vecinales, sociales y políticas que, con mareos de cabeza y sin ánimo de lucro, buscan un mundo más justo, donde crezca el bien común.

    Pan bueno como los religiosos y religiosas que, aquí cerca de nosotros o en países lejanos, están siempre al lado de los más pobres para mostrarles su amistad y el rostro misericordioso del Padre.

    “Haznos buen pan, Señor, en cada eucaristía en la que comulguemos tu Cuerpo, siempre inmerecidamente; y en cada oración en silencio de comunión que hagamos ante el sagrario”.

  • Levanta los ojos del suelo

    Levanta los ojos del suelo

    (Mateo 28, 16-20) DE TANTO ANDAR mirando a la tierra, sin levantar los ojos, al menos hacia el horizonte, no hemos hecho sino dar vueltas en el mismo sitio.

    Andamos preocupados por lo de cada día, preocupados por el trabajo, preocupados por la salud, preocupados por los hijos, preocupados por cómo divertirnos, preocupados por si vamos o no podemos ir de vacaciones… Y de tanto mirar «de tejas abajo» hemos perdido el norte. Tenemos que levantar la mirada.

    Tenemos que levantar la mirada y contemplar al hermano que vive con las mismas preocupaciones que nosotros y con los que estamos llamados a hacer de este mundo un hogar para todos. Tenemos que levantar la mirada y redescubrir los valores que nos han hecho seres con dignidad personal: la gratuidad, la entrega, la justicia, la sonrisa, la acogida. Tenemos que levantar la mirada y dejar que los colores matizados del amanecer y el brillo del medio día inunden nuestros ojos. Tenemos que levantar nuestra mirada a Dios, donde encontramos lo que nos trasciende en nuestro interior, que nos lleva más allá de lo que somos en lo más cotidiano de lo que hacemos.

    Mirar a Dios es mirar al hermano que sufre, que está en su corazón. Mirar a Dios es mirarnos, a nosotros mismos, con sus ojos. Mirar a Dios es contemplar un amor que todo lo inunda, que a todo da sentido, que todo lo trasciende y que llena nuestra vida de alegría. La vocación de la persona es al canto, a la glorificación. Glorifiquemos a Dios Padre, fuente de misericordia y compasión; glorifiquemos a su Hijo, Jesucristo, que se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza; glorifiquemos al Espíritu, creatividad infinita de Dios en la naturaleza, que hace brotar en nosotros los sentimientos que nos llenan de dignidad.

  • Espíritu en familia

    Espíritu en familia

    (Hechos 2, 1-11) Un día me sorprendí al caer en la cuenta que en el libro de los Hechos de los Apóstoles no hay un solo Pentecostés, no hay una sola venida del Espíritu a la comunidad cristiana; al contrario, en varias ocasiones la comunidad cristiana se ve sorprendida por la irrupción del Espíritu de Jesucristo: cuando Pedro y Juan cuentan cómo han sufrido maltrato y vejación por el nombre de Jesús (Hch 4,31), cuando Pedro se hace consciente de que la fe cristiana es para toda persona, independientemente de su cultura o nacionalidad (Hch 10,44) y cuando Pablo impone las manos a un grupo de doce nuevos cristianos (Hch. 19,7).

    Pero el primer Pentecostés, el que supone la constitución de la Iglesia, además de ser la primera venida del Espíritu y la fundación de toda la misión, es, además, un pentecostés familiar: con la Madre en medio de todos los hermanos, porque María perseveraba con los apóstoles a la espera del Espíritu.

    La fe se transmite en familia, como todos los valores importantes y que configuran nuestra vida. Pero estos tiempos en los que el consumismo y la vorágine de las redes sociales parecen ocupar hasta el último rincón de nuestros pensamientos y nuestra intimidad, es más necesaria que nunca la mediación de la familia para que los niños y los jóvenes puedan participar de la inmensa riqueza de la amistad íntima con Jesucristo.

    Las familias cristianas han de ser carismáticas, es decir, abiertas a que cada persona encuentre el camino que Dios tiene para ella, por el que hará el bien y vivirá en plenitud. El Espíritu no se impone, se pide que venga a nuestro corazón y al de los nuestros y nos llene de novedad y alegría. Cuando recéis en familia, pedid siempre que el Espíritu os enseñe los modos y el camino, y que os llene con su amor.

  • ¿Se desentiende Dios del mundo?

    ¿Se desentiende Dios del mundo?

    (Marcos 16, 15-20) Celebramos este domingo el día de la Ascensión del Señor. Los discípulos, después de experimentar la presencia cercana e íntima de Jesús resucitado, ven cómo se separa de ellos y va a la derecha del Padre. Esta separación produjo un vacío que les hizo orar para que Jesús les enviara su Espíritu.

    Tenían la certeza de que el Señor no había ascendido al cielo para desentenderse de las inquietudes y los problemas de los pobres; sino para enviarnos su Espíritu, con el que nos va a acompañar siempre en nuestro caminar por esta vida, al encuentro definitivo con el Padre. Dios no se desentiende nunca de nuestros problemas e inquietudes. Al contrario, nos envió a su Hijo y su Espíritu para acompañarnos siempre.

    Algunas veces, ante las enfermedades o dificultades grandes, nuestra fe se tambalea, y podemos tener esa sensación. Pero es una idea falsa. Dios aceptó la cruz para estar cerca de todos los que sufren, sean cuales sean sus sufrimientos. Y envía su Espíritu a la comunidad de los creyentes para que sintamos su cercanía y su fuerza, y tengamos la fortaleza necesaria para estar cerca de cada persona en la búsqueda de su propia dignidad.

    Dios tiene muchas maneras de estar a nuestro lado en nuestras dificultades. Hay momentos en los que, sin que lo esperáramos en absoluto, esas dificultades se resuelven y se solucionan, casi milagrosamente; otras, se hace cercano en nuestra oración, dándonos las fuerzas y la esperanza necesarias para seguir adelante; otras veces pone en nuestro camino a quien nos ayuda y nos echa una mano solidaria y fraterna.

    Jesús nunca se desentiende de nosotros; nunca. Su cercanía nos permite vivir toda circunstancia sabiéndonos amados y creciendo en humanidad.

  • Unidad de vida

    Unidad de vida

    (Juan 15, 9-172) EL AMOR, la alegría, la rectitud de vida, el servicio de entrega a los otros, la libertad, el sabernos elegidos para una misión única… todo viene a nosotros desde la amistad con Jesucristo. Él ya nos llama siervos, a nosotros nos llama amigos; y de esa amistad profunda brota la vida verdadera de nuestra alma.

    Podemos vivir la rectitud moral en nuestra vida por decisión propia, por nuestra propia voluntad; pero poco a poco las contradicciones de la vida y la insatisfacción de afrontar con sensación de soledad nuestra existencia van mermando nuestra alegría y sentimos que estamos perdiendo nuestra libertad, nos amargamos y nos volvemos duros, comenzamos a juzgar a condenar a los otros y, en vez de ser motivo de esperanza para los demás comienzan a rehuirnos y a temernos. Sin alegría íntima la rectitud nos amarga.

    Podemos iniciar el camino del amor a quien nos ama, del amor solidario a quien nos necesita. En el comienzo todo son buenas intenciones, pero pronto los demás –como nosotros mismos- se nos muestran inconstantes, no merecedores de nuestros desvelos. El amor se hace desconfiado, receloso, posesivo, y deja de ser amor. Sin recibir un amor constante e incondicionado no podemos vivir amando de verdad.

    Alegría en el amor, esperanza en el servicio, libertad íntima en la entrega…, todo procede de la amistad con Jesucristo. De una amistad no meramente sentimentalista y emotiva, sino de una amistad que quiere conocerlo cada día más, que busca estar donde Él está, que busca vivir como Él vivió. Conocer personal e íntimamente a Jesucristo, desde el Evangelio y desde la vida, lo es todo. El conocimiento de amistad del Señor te hace vivir agradecido, esperanzado, entregado y con buen humor.

  • Savia de Jesucristo

    Savia de Jesucristo

    (Juan 15, 1-8) LA SANGRE de Jesucristo, cuando cayó en la tierra desde el altar de la Cruz, sembró de gracia toda la humanidad. De su entrega, en el impulso del Espíritu, siguen surgiendo iniciativas de misericordia y solidaridad, de acogida y de fraternidad en todos los lugares del mundo. Fecunda fue aquella entrega; tan fecunda que está arrancando el pecado de nuestra historia y va haciendo historia de salvación.

    Una historia de salvación que se realiza en el corazón de cada uno de nosotros, en amistad profunda con Jesucristo: «ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos»; y que se realiza en gestos proféticos que transforman la historia: «lo tenían todo en común y ninguno de ellos pasaba necesidad». La savia de Jesucristo, la gracia que la fe nos permite acoger, va dando fruto de una humanidad que vive con el alma abierta a la vida nueva que el Padre quiere regalarnos.

    Esos frutos maduran dentro de la Iglesia, en diversos grupos e iniciativas; pero también maduran en movimientos sociales que buscan la dignidad de cada uno y la fraternidad entre todos. El papa Francisco lleva tiempo alentando a que los movimientos sociales trabajen por la Tierra, el Trabajo y el Techo, las tres «T» en las que resume las condiciones de vida digna de todo ser humano.

    Cada vez que se consigue que una familia tenga un techo que pueda ser un hogar, cada vez que se consigue que un joven acceda a un trabajo en condiciones decentes, cada vez que se consigue que la tierra se respete, se cuide y sirva para sustento de todos, la savia de Cristo corre por las venas de nuestra humanidad. El cristiano tiene los ojos fijos en lo alto, en la bondad del Padre, pero tiene sus brazos siempre dispuestos a abrazar a los hermanos que sufren.

  • El signo de los consagrados

    El signo de los consagrados

    (Juan 10, 11-18) UNO DE LOS SIGNOS más elocuentes que da la Iglesia de la resurrección de Jesucristo es la vida de los que se consagran al Reino de Dios y a proclamar el Evangelio. La fe en Jesús comenzó así; unos pocos hombres y mujeres dejaron su vida cotidiana y se dedicaron en cuerpo y alma, a tiempo y corazón completo, a anunciar la resurrección de Cristo, a testimoniar con su vida la Vida Nueva del Señor. Primeros fueron los apóstoles, después vinieron los diáconos, después misioneros itinerantes a los que acompañaban mujeres que los ayudaban. Que una mujer o un hombre joven dejen a un lado sus perspectivas laborales y de formar pareja y su propia familia indica que hay una fuerza grande, una fuerza muy grande que los enamora y los hace vivir consagrados al Señor, siendo testigos de su vida nueva para el mundo.

    Los consagrados, sacerdotes o religiosas, tenemos el peligro de ir acomodándonos en nuestra vida, de abandonar el primer amor con que Cristo nos llamó, y vivir de manera mediocre nuestra vocación; malhumorados, aburridos, aburguesados… Dios nos libre de caer en el pecado de la tibieza, que quita toda fuerza evangelizadora a nuestras vidas y deja nuestro corazón helado.

    Los consagrados estamos llamados a ser en la Iglesia imagen del buen pastor, pacientes y comprensivos, buscando el mejor camino para las personas y la comunidad a las que servimos; arrojados y valientes para combatir las amenazas y los peligros que vienen a la fe desde fuera y desde dentro; cuidando con especial esmero a los más pobres y a los que más sufren.

    Sigue llamando, Señor, a hombres y mujeres jóvenes que sean signos de que estás vivo y atento a nosotros, cuidándonos como buen pastor de tu pueblo.

  • ¿Signos de resurrección?

    ¿Signos de resurrección?

    (Lucas 24, 35-48) LA RESURRECCIÓN de Jesús de Nazaret no es solo una verdad de fe, es la verdad que da sentido a toda la fe cristiana. Jesús resucitado es fuente de vida para todo el que cree en él. Si Cristo no hubiera resucitado, no sería verdad que el amor es más fuerte que el odio; no habría esperanza para que tanta injusticia sufrida por los más pobres se viera un día resarcida. Muchos nombres se nos vienen a la cabeza, que encomendamos a Cristo Resucitado.

    De esta verdad fontal de nuestra fe, como no puede ser de otra manera, no hay evidencias. La resurrección ha de ser creída; nuestro corazón ha de abrirse en confianza creyente a la bondad y al poder de Dios. Pero si no hay evidencias, sí hay signos de resurrección.

    Uno de ellos es la paz y la alegría que los creyentes vivimos de manera cotidiana y en momentos difíciles. “Se nota que cree usted en Dios. Los que tienen fe viven con más alegría”, me dijo para mi sorpresa, no hace muchos años en el extranjero, una profesora mayor. “Paz a vosotros”, son las primeras palabras que dice el Resucitado mostrando sus llagas.

    Otro es el dinamismo de generosidad y de necesidad de compartir que viven los creyentes. De la serenidad de la contemplación de Cristo han surgido innumerables iniciativas en favor de los enfermos y los migrantes, de los pobres y los marginados, de los desvalidos y de los que no cuentan para el mundo. Cáritas es una muestra de este dinamismo de resurrección. El tercer signo de resurrección es el impulso misionero que hace que cada creyente se convierte en un apóstol, que sólo encuentra su lugar en el mundo cuando es testigo de la vida que Cristo nos regala.

    No lo olvides, tu vida también ha de ser signo de resurrección.

  • La sorpresa del misterio

    La sorpresa del misterio

    (Juan 20,19-31) Sin sorpresa y sin misterio la vida acaba por ser una anodina sucesión de horas y días que se resumen en un “siempre lo mismo, siempre lo mismo”. La mentalidad utilitarista y objetivadora de nuestra cultura tecnológica nos empuja a vivir en la superficie de lo material; y cercena, muchas veces, nuestro encuentro con el misterio y los milagros de la vida, tan cotidianos, tan luminosos.

    Las religiones reservaban la palabra “misterio” para acontecimientos únicos, en los que personas privilegiadas se encuentraban cara a cara con el poder sobrecogedor de la divinidad. Pero con Jesucristo todo cambia. El acontecimiento más misterioso e iluminador de la historia es un Niño que nace en un pesebre, un Justo que muere en una cruz, la alegría de la vida fraterna que viene del Hijo de Dios. Con Jesucristo, nos encontramos con el misterio a cada paso en nuestra vida: todo lo verdaderamente humano nos habla de Dios, y solo en Dios comprendemos la medida de nuestra propia humanidad.

    La amistad, la familia, el amor de pareja, la armonía con la naturaleza, la lucha por la justicia, la solidaridad con los más pobres…, todo encuentra su verdadera profundidad en Jesucristo. Ninguna llaga de nuestra vida, ni los traumas de nuestra alma, ni las enfermedades de nuestro cuerpo, ni la soledad en la que a veces vivimos nos alejan de Él; al contrario, en Él encuentran sentido y sanación. Toda la alegría que experimentamos en Él se convierte en experiencia de la profundidad del misterio de amor que Dios mismo es.

    No dejes de dejarte sorprender por la presencia de Cristo vivo y cercano en tu vida. No dejes de vivir en la sorpresa del Misterio del Amor que se hace cotidiano.