Categoría: El evangelio del domingo

  • El pueblo de la palabra

    El pueblo de la palabra

    (Lc 4, 14-21) LO QUE UNE y da consistencia a un pueblo es compartir una cultura, una manera de afrontar la vida, la solidaridad de los distintos grupos que lo componen y el tener un proyecto de justicia en común. Los nacionalismos se empeñan en buscar en un pasado mítico y glorioso una identidad excluyente; y si no la tienen, se la inventan.

    El pueblo de Dios en la Primera Alianza se alimentaba de un pasado memorable: Dios los había sacado de la esclavitud y la opresión a través de la gesta liberadora de Moisés. Pero lo que les daba consistencia como pueblo era la Ley de Dios. Una ley que habla de respeto y de mutua ayuda, una ley que busca la justicia y la solidaridad con el extranjero y los más pobres. Una ley que el mismo Dios de la misericordia y del perdón les había concedido.

    La Iglesia, nuevo pueblo de Dios, reúne a personas de distintos países y culturas; pero tenemos en común ser llamados a una comunión íntima y comunitaria con Jesucristo; una comunión que nos hace procurar vivir con honestidad y dignidad nuestra propia vida, desear profundamente que todos tengan vida, y construir un mundo más justo. El relato «mítico» que nos identifica es el de un hombre que, siendo Dios, se entregó para salvarnos a todos. Por eso todo cristiano vive no para sí mismo, sino queriendo entregarse, en Cristo, a los demás.

    Un pueblo cristiano no excluye, no margina, no condena; con todos comparte el pan y el vino de la Palabra de Vida.

  • Vida en abundancia

    Vida en abundancia

    (Jn 2, 1-11) El primer signo que realiza Jesús en el evangelio de san Juan, como Mesías y Salvador, nos puede parecer sorprendente: en las bodas de una familia amiga, hace que no falte el vino para que la alegría de aquellas familias pobres y sencillas no se interrumpa.

    Entendemos bien los signos con los enfermos: es una situación tan dura que a todos nos conmueve. Con el signo de la multiplicación de los panes ocurre algo parecido: el pan es lo más necesario para la vida. Hasta el signo de la expulsión de los mercaderes del Templo de Jerusalén tiene la justificación de deslegitimar una religión centrada en lo meramente religioso alejado y opuesto de la vida.

    En Caná de Galilea, Jesús nos muestra que su evangelio es buena noticia para lo concreto de nuestra vida; que quiere la felicidad de los pobres y sencillos, de todos; que su salvación no es meramente religiosa –de oraciones, misas y cultos-; sino que es la salvación que quiere un padre bueno para sus hijos: que vivan felices, que su felicidad sea el bien, y que si tienen problemas que los afronten con esperanza y fortaleza. La salvación que nos trae Jesús es la salvación de quien nos ama; y, en último término, es su amor mismo el que nos salva.

    Por eso, nada verdaderamente humano queda fuera de la mirada entrañable y acogedora de Jesucristo; nada verdaderamente bueno y justo puede quedar fuera de las preocupaciones de la comunidad cristiana.

  • Paz en la tierra

    Paz en la tierra

    (Jn 1, 1-18) ¡CUÁNTA GUERRA, cuando todos deseamos vivir en paz! En todos los rincones de la Tierra hay conflictos armados que siegan vidas inocentes.

    Unas veces son víctimas, directamente, de las armas de fuego, otras del hambre o de las migraciones forzadas y en condiciones inhumanas. Si la paz es fruto de la justicia, como dice Isaías, vivimos en un mundo profundamente injusto.

    Igual es que no todos deseamos vivir en paz, y algunos ponen su beneficio económico y sus ansias de poder por encima del bien y de la vida del pueblo. Pero unos pocos no pueden si los muchos no ceden, y la responsabilidad de que el clima de división y enfrentamiento se vaya adueñando de un país es de todos sus ciudadanos. Cuando dividimos a las personas entre corderos y lobos, se llamen como se llamen unos y otros, ya está justificado iniciar la caza del lobo y usar la violencia contra quien se ha caracterizado como la encarnación del mal.

    Si queremos la paz hemos de dejar que brote en nuestro corazón y defenderla de tanta tentación de violencia y de enfrentamiento como nos asalta. Que este año nuevo sea de paz para todos.

  • Delicadeza y ternura

    Delicadeza y ternura

    Marcos 9,37-42

    CON LA DELICADEZA que una madre lava a su hijo recién nacido; con la ternura que su padre lo coge en brazos; con el amor que ambos se miran como si el mundo se hubiese parado y nada pudiera salir mal…; así viene Dios a nuestra vida, con delicadeza y ternura.

    No quiso Dios imponer nunca su voluntad. Sus palabras, silenciosas; su presencia elocuente siempre es respetuosa con nuestros sentimientos y nuestra voluntad. A veces lo quisiéramos castigador –con los otros-; a veces lo imaginábamos acusando y corrigiendo a todos. Pero, cuando quiso venir a mostrarnos su rostro, eligió el de un niño recién nacido cuidado por su padre y su madre, en la pobreza más radical.

    La presencia de los cristianos debe ser así: como la de María y José cuidando a su hijo. Con delicadeza y ternura para con su hijo; con sacrificio y abnegación para con ellos mismos; con valentía y prudencia para con el mundo, tantas veces hostil y cruel.

    El niño, que se duerme bajo la mirada de su madre María, nos habla de la bondad de Dios, que florece como el almendro, antes incluso de cubrirse de sus verdes hojas. Solo los contemplativos lo descubren; por eso solo los contemplativos pueden iniciar los cambios verdaderos que necesita nuestro mundo.

  • Personal de servicio

    Personal de servicio

    (Lc 1, 39-45) EN MUCHOS de nuestros barrios estáis trabajadoras de servicio a domicilio. Vuestra tarea es limpiar lo que otros ensucian, cuidar a niños que no son los vuestros y a ancianos que no son vuestros padres ni abuelos, comprar y cocinar cosas que no seréis vosotras quienes las comeréis. Algunas venís de muy lejos para esta tarea, a veces ingrata, en la que muchas ponéis cariño y amor.

    La Virgen María, la Madre de Dios, también fue “personal de servicio”, también asumió la tarea de “ayuda a domicilio”. Ya el ángel Gabriel le había anunciado que iba a ser la madre del Salvador, y nada más saber que su pariente Isabel, que ya era mayor, estaba embarazada de seis meses, se puso en camino, en un viaje de varias jornadas, para ir a atenderla en todo lo que necesitara en su embarazo.

    El Evangelio es así de sorprendente. Dios rompe siempre todos nuestros esquemas mentales y nuestros prejuicios sociales. Va mucho más allá que nosotros porque tiene siempre en cuenta a los últimos, a los que menos suerte o posibilidades han tenido en la vida, a los que, por lo que sea, les toca vivir la mirada condescendiente de los demás.

    Aunque a veces no os paguen lo que merece vuestro trabajo; aunque a veces “racaneen” con vuestros días de descanso; aunque a veces no os traten bien; tenéis que saber que en el evangelio conocemos a la Virgen María sirviendo en una casa, no siendo servida.

  • Encarnación

    Encarnación

    (Lc 1, 26-38) EN UNOS DÍAS estaremos celebrando la Navidad, el nacimiento del Hijo de Dios en nuestra historia. Se nos llenarán los ojos de la ternura y la belleza de la bondad de María, José y su Hijo; y estará muy bien. Pero, a veces, se nos olvida la razón por la que Dios mismo quiso hacerse carne de hombre, y venir a donde nosotros estamos.

    Sí, sí; eso es; para salvarnos del pecado. Un pecado que tiene como consecuencias las guerras y las más terribles rencillas entre hermanos; un pecado que es causa de todo tipo de violencia contra mujeres y niños, de la deshumanización y la falta de sentido de la vida de muchos; un pecado que a todos nos hace sufrir y que en todos está presente. El pecado consiste en no respetar los límites de nuestra realidad, en creernos dioses capaces de decidir sobre el bien y sobre el mal; que estamos por encima de los demás y hasta de la voluntad de Dios.

    La cadena del pecado la rompió el Hijo cuando venció el odio con la fuerza de su misericordia. Pero Dios es tan humilde y respetuoso que necesitó que una mujer sencilla acogiera en su seno al Verbo de Dios. Sin su acogida no podía Encarnarse y dar comienzo a la salvación definitiva de la humanidad. Cada uno de nosotros como María, en este adviento, hemos también de decir: «Señor aquí me tienes, que se cumpla tu voluntad en mí», para que el mal retroceda y la gracia del amor y de la justicia sea, como Dios quiere, lo que impulse nuestra vida.

  • Dos Hermanas de honestidad

    Dos Hermanas de honestidad

    (Lc 3, 1-6) “QUE LOS MONTES se abajen, que los valles se levanten, que lo torcido se enderece. Preparemos los caminos al Señor.» Adviento es tiempo de reformas. De abrir ventanas y que el sol de la mañana y de la tarde ponga luz en tanto orgullo y tanta desidia como hay en nuestra vida.

    Para todos, adviento ha de ser tiempo de conversión. Mal hacemos cuando escuchando una lectura de la Biblia pensamos lo que los otros han de cambiar. Que no nos pase como aquel que quería quitar una pelusa del ojo de su hermano cuando los suyos estaban medio cerrados.
    Es tiempo de revisarnos y preguntar. Sí; de preguntar a la persona que te quiere qué tendrías que cambiar para hacerla más feliz.

    A veces nos parecemos a los malos políticos. Prometemos mucho y, a la hora de la verdad, cambiamos poco. Decimos hacerlo todo por las personas que queremos, pero ni les preguntamos ni estamos atentos a sus verdaderas necesidades. Estamos más atentos a quedar bien delante de todos que a vivir siendo honestos y sinceros para con nosotros mismos y para con Dios.

    Imagínense que todos en nuestro pueblo, incluidos los políticos, nos ponemos a trabajar con honestidad y sensatez por el bien común. Nos llamarían nazarenos con Honestidad. Seguidores del Nazareno en gracia y en verdad.

  • Que tiemblen las potencias

    Que tiemblen las potencias

    (Marcos 9,37-42) QUE TIEMBLEN LAS potencias del mundo que buscan solo afianzarse en su poder, sin atender a las necesidades verdaderas de los más pobres. El Señor que viene pronto las confrontará con su fuerza.

    Qué tiemblen los que se enriquecen con el tráfico de armas y de drogas, y hasta de personas, los que ponen en una balanza su beneficio económico y la vida de las personas. El Señor, que viene pronto, los avergonzará con su mirada.

    Qué tiemblen los que colaboran para que el comercio y el mercado financiero internacionales sean una burbuja negando vivienda y trabajo a los sencillos. El Señor, que viene pronto, los destronará con su justicia.

    Temblemos también nosotros; que con nuestra actitud de egoísmo no buscamos siempre el bien de los más pobres; y con nuestra ceguera e irresponsabilidad entramos en enfrentamientos estériles y en la cultura consumista y de lo políticamente correcto, que corta nuestras raíces y acorta nuestro horizonte personal. El Señor ya llega.

    Adviento significa alzar la cabeza para ver la misericordia y la justicia que vienen; aunque al principio, como quien pasa de las tinieblas a la luz, sintamos dolor por nuestros propios pecados.

  • Estar en el mundo; no ser mundano

    Estar en el mundo; no ser mundano

    (Juan 13, 33-37) POR LA ENCARNACIÓN del Hijo de Dios en nuestro mundo, los cristianos estamos llamados a vivir en los distintos ámbitos donde nos movemos con las actitudes de Jesús. Él vino al mundo para sembrar su justicia, su gracia y su perdón, para que reconociéramos la huella de Dios en su creación, y viviéramos de tal manera que nuestro corazón descubriera en lo pasajero el amor eterno del Padre.

    Descubrir en lo que pasa el amor eterno del Padre: descubrir el amor del Padre en la infancia de nuestros niños que va pasando dulce e irremisiblemente; descubrir el amor eterno en los amores pasajeros de los adolescentes; descubrir el amor del Padre en al amor de familia, con sus limitaciones y grandezas; descubrir el anhelo de justicia eterna en las luchas concretas, y a veces ambiguas, con las que buscamos un mundo mejor.

    Hacer de nuestro mundo un escenario de luchas de poder, de conflictos por ser el primero; un escenario donde quien más puede más disfruta a costa de los débiles; un escenario donde aparentar lo que nos creemos que somos o lo que sabemos que no somos… Todo esto es hacer de nuestro mundo un mundo inmundo. Lejos de la Iglesia y de los cristianos vivir así, mundanamente.

    El Gran Poder de Jesucristo en este mundo es su amor en la cruz; acoge tú también ese gran poder en tu debilidad.

  • El que no reconoce a los pobres…

    El que no reconoce a los pobres…

    (Marcos 13, 24-32) EL QUE NO RECONOCE a los pobres acaba por traicionar a Jesucristo.

    Hay que hacer muchas consideraciones históricas para poder explicar que la Iglesia haya estado en muchos momentos lejos de los intereses de los pobres. Solo una interpretación profundamente ideologizada de la fe o de la realidad social pudo provocar esa situación.

    El ámbito natural de los discípulos de Jesús de Nazaret ha de ser el de nuestro maestro. Las enseñanzas y las exigencias de su seguimiento constantemente nos hablan de la misericordia que tenemos que vivir con los más pobres y cómo debemos abrazar nosotros mismos una pobreza que nos haga libres.

    A los que no tenéis afecto y os sentís solos, a los que vivís pendientes de un desahucio o el subempleo os tiene siempre en vilo, a los que sufrís una discapacidad o sois marginados por cualquier causa, a los que la enfermedad os lleva a vivir situaciones difíciles, a los que la cultura dominante os llevó por caminos que os han despersonalizado, a los que estáis lejos de los vuestros, a los que no habéis podido desarrollar todo el potencial humano y creativo que Dios os ha dado…, a todos la comunidad cristiana quiere abrazaros, y que ese abrazo haga retroceder el mal de este mundo para que juntos sembremos las semillas del Reino.