Categoría: El evangelio del domingo

  • ¿A cuánto estás dispuesto?

    ¿A cuánto estás dispuesto?

    (Marcos 12, 38-44) LA RELACIÓN de amistad con Jesucristo es siempre una aventura, que se sabe cómo empieza, pero no cómo acaba. Quien cree en él sabe que sus palabras son palabras de vida y quiere poner los propios criterios y sentimientos por detrás de lo que el Señor nos dice.

    Querer ser discípulo de Cristo y vivir en la ambigüedad de seguir siendo el dueño de mi vida es iniciar un camino de hipocresía que nos llenará de tristeza. Decir que creo en quien es Perdón, y guardar rencor; decir que creo en quien es Misericordia, y vivir con egoísmo; decir que creo en quien es Justicia, y volver la espalda a quien ve pisoteados sus derechos es situarse en la mentira y el vacío.

    Cristo a nadie obligó nunca a ser discípulo suyo ni a seguirlo, pero si hacemos esa elección tenemos que estar dispuestos a acoger todo lo que nos pida. Podremos ser débiles y ceder a la tentación; podremos tropezar y caer; pero cuando nos levantemos tenemos que seguir a su lado.

    Solo así viviremos la alegría de ver los signos que sigue haciendo entre los más pobres; de escuchar las palabras de ánimo y de sentido con las que sigue alentando a los que sufren; de experimentar que sigue vivo, y que sigue dando vida. Contemplar la acción de su Espíritu en los pobres y sencillos, en los nuestros, será nuestra mayor alegría.

  • ¿Qué quieres que haga por ti?

    ¿Qué quieres que haga por ti?

    AL SALIR de Jericó un ciego, que estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna, le grita: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!
    Años llevaba sin ver la esperanza en su vida: “voy como un ciego que ve”, que dice la copla. La rutina de todos los días le llevaba a seguir mendigando un poco de aprobación y de cariño; a veces la pedía a gritos de malhumor, de explosiones de rabia; otras veces, en vez de pedir, callaba carcomido por la envidia, mirando a los que con apariencia de felicidad caminaban delante de él. Vivía mirando la vida pasar, sin tener sensación de vivirla: otros gozaban, otros triunfaban, a otros los amaban.

    Pero un día pasaba por la puerta de una iglesia, y la vio abierta, y sintió que lo llamaban, y entró. Estaba sola; solos él y el Señor; nadie delante de quien disimular una fortaleza impostada, nadie delante de quien negar el dolor sordo y bronco que siempre sentía. Fue un instante breve, pero fue suficiente. La coraza que lo revestía se cayó; se supo desnudo, pero no sintió vergüenza, y unas ardientes lágrimas asomaron a sus ojos.

    Supo que tenía que cambiar muchas cosas en su vida; supo que había hecho daño a muchos. Supo que Alguien lo amaba, incondicional, infinitamente. “¿Qué quieres que haga por ti?” –le dijo, por fin, él al Señor.

  • Sinodalidad

    Sinodalidad

    (Marcos 10, 35-45) Vamos a escuchar mucho esta palabra a partir de ahora en ambientes de iglesia. El papa Francisco ha convocado un sínodo y quiere que todos los cristianos participemos en él, así que en muchas parroquias y en diversos grupos de la iglesia tendremos que repensar cómo ser una iglesia más sinodal.

    «Sínodo» significa literalmente caminar en común; y hace referencia a la necesidad de que en todos los grupos de la iglesia y en la Iglesia en general caminemos teniendo en cuenta la experiencia de fe de todos, los problemas y las inquietudes de todos. Todos somos iglesia y todos tenemos que tomar parte en los procesos de reflexión, en las tomas de decisión de la iglesia y su realización.

    Sinodalidad se opone al clericalismo que descarga en las espaldas del sacerdote la responsabilidad de la evangelización y de la parroquia; se opone a una manera de llevar la comunidad cristiana, por parte del sacerdote que podríamos calificar, por decirlo llanamente, «de ordeno y mando».

    En la comunidad cristiana el único que tiene primacía es Jesucristo, que se nos entrega en la eucaristía y en la escucha atenta de su Palabra, a través de la tradición y la sucesión apostólica. Todos, cada uno desde nuestro ministerio y vocación, desde nuestras circunstancias y experiencias de vida podemos ir sacando a la luz la riqueza de la experiencia de fe que nos une.

  • No es un mero acuerdo

    No es un mero acuerdo

    (Marcos 10,2-12) COMUNIÓN Y PROCREACIÓN son los dos grandes dones que Dios quiso dar a la unión de amor entre un hombre y una mujer, al matrimonio.

    Comunión íntima, en pie de igualdad, mutuamente sometida y entregada; en la que la mujer hace hombre a su marido, y el hombre hace mujer a su esposa. Una comunión de amor, que por ser don de Dios, tiene siempre vocación de eternidad. Ni acuerdo de intereses, ni derecho a reivindicar: el matrimonio es un don.

    Procreación, que no mera reproducción, porque el hombre y la mujer al concebir un hijo se abren al misterio de la Creación del mismo Dios. Un misterio que los desborda, y que los compromete de por vida a una entrega de servicio gratuito y sacrificado en la que encuentran un sentido antes inimaginable.

    Que el matrimonio sea un contrato entre iguales, es sólo una pequeñísima parte del misterio de amor que refleja el amor mismo de Dios. La paternidad y la maternidad son continua sorpresa que se acoge en la entrega a quien, en cuanto puede, se va de nuestras manos para vivir, él mismo, el don que Dios le da.

    ¡Qué hermoso y difícil es el camino de este don!

  • Crisis de ciudadanía

    Crisis de ciudadanía

    (Marcos 9,30-37) VIVIMOS UNA PROFUNDA crisis de ciudadanía. Una sociedad democrática necesita una estructura institucional adecuada, pero la más perfecta de las Constituciones sin una ciudadanía informada y consciente, sin unos líderes honrados y capaces, acabará en la autodestrucción.

    Ni nosotros, por lo común, somos esos ciudadanos, ni a nuestros líderes les adornan esas virtudes. No estamos bien, pero podemos ir a peor; la polarización política y el poder de los partidos ha de encontrar enfrente la sensatez y el sentido de realidad de muchos.
    Por ello necesitamos cristianos que asuman la tarea de ocuparse por los asuntos de todos: resolver los problemas de la falta de trabajo, las carencias de la sanidad y la educación, el cuidado del medio ambiente. Cristianos que busquen, no ser servidos, sino servir; personas que lleguen a un puesto de responsabilidad con experiencia de vida, conscientes de que han de estar atentos a lo que necesita su pueblo y a las oportunidades que se pueden ir abriendo.

    De un millón de quejas y críticas desesperanzadas nada sale. Cada uno hemos de encontrar la tarea y el servicio al que Dios nos llama.

  • Mirada de conjunto

    Mirada de conjunto

    (Marcos 8,27-35) SE SUELE OLVIDAR el viejo de que fue joven y el joven de que un día llegará a viejo; es ley de vida. Pero cuando los niños, los jóvenes, y los mayores compartíamos una misma casa –grande, con patio, lleno de macetas verdes y floridas-, la vida de cada día nos lo recordaba.

    Hoy nuestro mundo se reduce a la pantalla del móvil o de la tablet que tengamos. Así condenamos a los viejos a morir solos en residencias (de las que seguimos sin tener ni siquiera una ley estatal), y a los jóvenes a ser eternos adolescentes por la falta de un trabajo decente con el que realizar su propia vida.

    Jesús sabía y era consciente ya en Galilea –donde los milagros y su palabra esperanzadora levantaba la admiración del pueblo-, de que su vida iba a pasar por el Huerto de los Olivos y por el Gólgota. Toda su vida la puso en manos del Padre. En Él, nosotros, en los momentos de plenitud, acogemos a los más débiles; en Él, en los de debilidad, nos sabemos acogidos por su presencia. Haz, Señor que, mirando a nuestros hermanos, reconozcamos quiénes somos y cuál es la llamada que nos haces.

  • Petición a Santiago

    Petición a Santiago

    Mateo 20,20-28

    ACABAMOS ESTE CURSO de comentarios al evangelio del domingo precisamente el día de Santiago, patrón de nuestro país, España. Y me vais a permitir hacerle un ruego a este apóstol valiente y de fe profunda y sincera.

    Ante el interrogatorio intimidante del Sanedrín judío, bajo amenazas de quienes solo querían perpetuarse en el poder dijo Santiago: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres», y les dio nuevamente testimonio de la resurrección de Jesús, y de que es el sentido verdadero de la vida de cada persona. Santiago profesó el seguimiento de Jesús con tal fidelidad que se hizo colaborador del acontecimiento más grande de toda la historia.

    Y a Santiago le pediría que en esta España nuestra haya profesionales que con fidelidad se entreguen en su profesión verdaderamente al bien común, y ciudadanos que busquen aportar lo mejor de sí a la sociedad.

    La necesidad de médicos, enfermeros y personal sanitario verdaderamente profesional se ha puesto claramente de manifiesto en esta epidemia que todavía sufrimos. Pero hacen falta profesores, arquitectos, científicos, empresarios y emprendedores que hagan de su trabajo una verdadera profesión, una entrega fiel al bien común. También necesitamos ciudadanos maduros y responsables que no se dejen llevar mas por eslóganes simplistas y redondos, o por una polarización visceral que quiere resucitar fantasmas del pasado; ciudadanos que se sientan responsables del destino de nuestra tierra; que no se pregunten qué puede hacer mi país por mí, sino qué puedo yo aportar para construir España.

    A esta tarea cívica, la fe en Jesucristo, como mostró el apóstol Santiago, tiene mucho, mucho que aportar. Feliz verano.

  • Una fe peligrosa

    Una fe peligrosa

    (Marcos 6,7-13) ES UN DATO tristemente contrastado en muchos países que el cristianismo es, en la actualidad, la religión más perseguida. En algunos países está prohibida y en otros se la confina tras los muros de los pocos templos que se permiten, en otros se la ridiculiza y se exageran sus errores. Miles y miles de personas son represaliadas y perseguidas cada año, algunos son asesinados. Y es que la fe cristiana es peligrosa por su talante apostólico, porque la experiencia profunda de la fe nos llama a los creyentes a compartir con los demás el sentido hondo y luminoso que ofrece Cristo a nuestras vidas.

    Un cristianismo de misas solemnes y ritos antiguos, o un cristianismo de folclores y tradiciones festivas, no encontrará mucha persecución; al contrario, recibirá subvenciones de quien quiere instrumentalizarla como medio de propaganda personal. Un cristianismo de sacristías hacia dentro, que no cuestiona la injusticia de la sociedad en la que vive, que no tiene en su centro los sufrimientos de los pobres, no será perseguido; un cristianismo que tenga en más importancia su beneficio que el mandato misionero de Cristo, no será perseguido.

    Cuando los cristianos entramos a cuestionar una economía que descarta a los más pobres, una moral de lo políticamente correcto que pierde el horizonte de la sensatez y del bien; cuando los cristianos vivimos y anunciamos que Cristo es Señor, y que ninguno de los «señores» de este mundo es nada en comparación con él…, empezamos entonces a ganarnos la marginación y la persecución.

    Cristo nos envía a ser apóstoles, a que busquemos la justicia en el mundo, a que tengamos la evangelización como prioridad de toda su vida, teniéndolo como auténtico sentido de la vida.

  • Con la Iglesia hemos dado, Sancho

    Con la Iglesia hemos dado, Sancho

    (Mateo 25, 14-30) BUSCABA DON QUIJOTE de la Mancha, entre las sombras de la noche, el inexistente palacio de la bella Dulcinea del Toboso. Cuando ve la sombra de un edificio alto y robusto, piensa que había tenido éxito. Al clarear el día se dio cuenta que no era palacio ninguno sino la torre de iglesia. Desilusionado, pronunció esta sentencia que ha pasado a nuestro refranero como crítica a un poder institucional al que ni razones ni presiones consiguen mover.

    La Iglesia sigue mostrando, a veces, un inmovilismo que justifica el dicho. Cuando mostramos recelo y rechazo contra toda novedad, cuando buscamos los defectos de todo movimiento social y lo juzgamos con dureza, cuando se pretende imponer a toda la sociedad normas morales que solo han de acogerse en la libertad de la experiencia de fe, parece que el refrán tiene razón.
    Y el hecho es que no faltan entre los discursos eclesiásticos condenas indiscriminadas de la filosofía moderna y de los movimientos sociales que han conseguido avanzar la democracia y la libertad.

    Para que se nos escuche con empatía, y nuestras razones sobre la persona y la sociedad tengan eco, San Pablo nos ofrece un camino adecuado: el reconocimiento de las propias debilidades, y vivir con humildad la tarea de anunciar la verdad del Evangelio.

    Del mismo modo, Jesús tuvo que aceptar que sus paisanos no creyeran en él, sin que ello le impidiera anunciar el Reino. También nosotros, aceptando la libertad y la diversidad de la sociedad, tenemos que denunciar con humildad las ideologías y los comportamientos que deshumanizan, que cercenan la vida, y anunciar la misericordia de un Dios que es Padre y que siempre espera nuestra conversión.

  • Oceánico poder

    Oceánico poder

    HUBO UN TIEMPO en el que el hombre se sentía y se creía, por derecho propio, el centro del universo: una desmesura; bien que aquel universo era pequeño y no abarcaba más que desde la cuenca del Mediterráneo hasta poco más allá de Persia, y una pequeña cúpula estrellada que lo contenía todo. Después la humanidad fue descubriendo nuevos mundos, nuevos horizontes, la inmensidad del firmamento; y el hombre tuvo que reconocer que es un pequeño grano de tierra en un mundo que no es más que una minúscula mota de polvo de todo el universo. Y para que no se nos olvide, cada cierto tiempo, viene un virus y nos hace ver lo precario de nuestra situación.

    Pero una vez que sabemos de nuestra pequeñez y vulnerabilidad, podemos disfrutar de la grandeza y del poder oceánico que se despliega en cada pequeña parte del universo. Un poder que nos habla de la grandeza y la creatividad de Quien lo creó. Al contemplar con los ojos, con los oídos y con la piel la hermosura, a veces terrible, de la creación, nos sobrecogemos por la grandeza a la que pertenecemos y en la que somos: en Él vivimos, nos movemos y existimos.

    Pero todavía nos admira, nos sorprende y nos sobrecoge más el saber que Quien todo lo creó nos quiere como a sus hijos; que Quien todo lo creó nos envió a su propio Hijo, el cual, muriendo por la ira y nuestra violencia de algunos, y ante la indiferencia de muchos, nos abrió, por amor, el camino de la vida eterna.

    Somos una nada pequeña e insignificante que el amor de Dios eleva hasta su pecho para protegerla y abrazarla. Ni las pretensiones de tu orgullo, ni el hacerte la víctima cuando vienen momentos duros tienen ningún sentido. Vivir es acoger, entregarse, crear y saberse parte del inmenso poder de Dios.