Categoría: El evangelio del domingo

  • La belleza de creer

    La belleza de creer

    (Lucas 11, 1-13) HAY VECES que la fe se deforma en mercantilismo sagrado. Las personas van al templo para pedir a Dios lo que necesitan: salud, prosperidad económica, ayuda en algún problema…; y para eso le ofrecen algún don: unas velas, unas flores o un sacrificio; otros pretenden recibir «de gratis», con solo pedirlo. La fe es mucho más que esto.

    Creer es adorar. Postrarnos humildemente ante Quien sabemos que es Bondad Plena, y dejar que nuestra alma se esponje en esa bondad que intuimos, contemplamos, anhelamos y que irrumpe en nuestra vida.
    Creer es escuchar la Palabra que da sentido a todo el universo y a nuestra propia vida. Sin que salgamos de nuestro asombro, Dios nos escucha y nos habla. Siendo el Dios Altísimo está pendiente de nuestras inquietudes, de nuestras necesidades, de lo más concreto de nuestra vida. Siendo el que Todo lo ha hecho, quiere contar con nosotros para seguir extendiendo el bien, nos envía a una misión. Nos habla al corazón, y nos ofrece una dignidad que nunca podríamos imaginar.

    Creer es aceptar la amistad de Quien se hizo hombre como nosotros para acariciar con su carne la nuestra, y despertarnos al amor. Y, como amigos, compartimos las alegrías y la vida, le ofrecemos lo que tenemos, y le pedimos cuando necesitamos de Él. Muchas veces nace una amistad hermosa.

    Creer en Dios es algo hermoso, profundo e inexplicable.

  • Del ajetreo y el reposo

    Del ajetreo y el reposo

    (Marcos 9,37-42) PARA ALGUNOS, algunas semanas el verano es tiempo de ocio, de vacación. Dejamos a un lado las actividades cotidianas y tenemos más tiempo para el reposo. Eso significa «ocio», reposar, dejar caer, y con tranquilidad ver cómo la vida va poniendo cada cosa en su sitio. Pero, a veces, convertimos el ocio en negocio; lo que debía ser sosiego, en actividad frenética que no nos descansa, que no nos repone, que no nos hace gozar de la vida. Consumimos nuestro tiempo libre sin dejar reposar la vida.

    Algo así le pasaba a Marta, la amiga de Jesús, que nerviosa y ajetreada, en vez de escuchar a Jesús, que había llegado a su casa, quería hacerlo todo sin atender a lo más importante: reposar su vida ante la palabra, la presencia y la mirada del Maestro.

    Cada uno de nosotros hemos de buscar ese tiempo de reposo, donde contemplar la presencia de Jesús que nos alienta, nos exhorta, nos enseña y nos recrea, que nos llama a seguirlo más de cerca.

    Este verano, tu casa, puede ser Betania.

    No te respondas tú. No preguntes a quien tiene sólo opiniones, pregunta a quien tiene la Vida. Pero, dale tiempo para conversar.

  • Lo más humano

    Lo más humano

    LA FE en Jesucristo es lo más humano que podemos vivir. Hay quienes se empeñan en oponer lo humano a lo divino, la libertad de la persona y la confianza en Dios, la razón y la fe. No se dan cuenta de que para que todo esto se oponga de verdad hay que, o bien manipular lo religioso o reducir a la persona a una caricatura de lo que es.

    Sin la compasión con el que sufre, que nos propone el mensaje y la vida de Jesús, ¿qué quedaría de nuestra humanidad de personas? Si todo en nosotros fuera cálculo de intereses egoístas, ¿en qué nos habríamos convertido?, personas, habríamos dejado de serlo.
    Los que más anhelan y desean que sus padres se quieran para siempre son los hijos, que saben que solo en el respeto y el cariño de sus padres ellos podrán ser felices. Ellos no entienden eso de que “se acabó el amor” como argumento último de su divorcio.

    Podemos asumir la propia muerte como final absoluto de la vida. La propia, porque la muerte de quien amamos, la desaparición completa de quién queremos verdaderamente siempre es un absurdo, la vivimos como imposible.

    Estamos hechos a imagen de Dios y solo en Cristo podemos encontrar una vida reconciliada con lo que somos. Alguien se podrá empeñar en vivir de espaldas a Jesucristo, pero en el camino de la vida se lo encontrará muchas veces, curando sus heridas, cuidando de él.

  • Tiempo de sementera

    Tiempo de sementera

    (Lucas 10,1-20) PARA LA agricultura, el verano no es tiempo de sementera. El calor y la sequedad de julio y agosto no hacen posible que una semilla sepultada en la tierra tenga la mínima humedad para poder sobrevivir sin calcinarse. Pero en lo que a la persona respecta, puede ser lo contrario.

    Toda semilla necesita quietud y sosiego para que, con un poco de humedad, pueda romperse por dentro y empezar a echar pequeñas raíces y a brotar. El verano es ese tiempo de quietud y de sosiego que necesita nuestra alma para que en ella brote la novedad que siembra el Espíritu. Una lectura, una conversación, una nueva experiencia, un rato prolongado de oración… de muchas maneras el Espíritu puede sembrarse en nuestra vida y hacernos echar raíces y brotar por donde no esperábamos.

    El evangelio del próximo domingo nos muestra cómo Jesús envía de dos en dos a sus discípulos a que fueran iniciando la sementera del Reino de Dios. Eran personas sin cultura del discurso, pero les hablaban a campesinos, con sus mismas inquietudes, de la esperanza del Reino. Los habría descreídos y escépticos de aquel anuncio de promesas. Pero, para su alegría, muchos los creyeron. Hasta el propio Jesús, quizás sorprendido, se alegró.

    No endurezcas tu corazón; que la sementera del Reino que cada amanecer esparce el Espíritu, no te agarre cerrado ni escéptico. Dios se vale de quién menos lo esperas para impulsarte en los caminos de su alegría.

  • Más que Elías, el profeta

    Más que Elías, el profeta

    Comentaba la gente entre sí que Jesucristo era el nuevo Elías, el gran profeta de la Primera Alianza que hizo llover cuando la interminable sequía, que denunciaba las injusticias del rey, que devolvió la vida a un niño, pero que, a veces, confundía el poder de Dios con la violencia sagrada.

    Jesús daba muestras de ser como Elías, pero mucho más que Elías. Sus signos de curación a los enfermos, su palabra contundente ante el poder inicuo y la hipocresía de los jefes religiosos, su palpable cercanía al Dios Todopoderoso, así lo avalaban. Jesús era mucho más que Elías. Su poder nunca estaba en la violencia, sino en la misericordia y la compasión, en apelar a la conciencia de cada persona; su poder va a estar en devolver la paz y la reconciliación hasta a los endemoniados y los enfermos mentales, en dar de comer a una multitud con la pequeña colaboración de algunos de aquellos pobres. El poder de Jesús es siempre como el del Padre: respetuoso con la libertad de la persona; misericordioso con el pobre; dando vida entregando su vida, como lo hizo en Jerusalén.

    Por eso, los mandatos de aquel obrero nazareno son, tan fuertes y exigentes, como solo Dios los puede hacer. Nada hay que se resista a su palabra, a su llamada. En responder a su llamada está la vida y la plenitud de cada persona. No dudes que vas a escuchar su voz en la brisa suave de tu silencio; y no dudes en acogerla en obediencia. De seguirlo, nunca te arrepentirás.

  • Un sacerdocio nuevo

    Un sacerdocio nuevo

    (Lucas 19, 11-17) EN LA ÚLTIMA cena, Jesús realizó un gesto que daría mucho consuelo y mucho que pensar a sus discípulos. Tomó un poco de pan y de vino y les dijo que aquello era su cuerpo y su sangre, sacramento de la nueva alianza.

    Tan profunda impresión causaron estas palabras en los discípulos que cada vez que querían recordar juntos a Jesucristo partían el pan; y aquel recuerdo lo vivían no como una conmemoración sino como una actualización de la paz y de la gracia, del amor y la salvación que Jesús les trajo. Pudieron comprender que en la persona de Jesucristo se realizaba un sacerdocio nuevo, no basado en ritos, ni en ceremoniales, sino en la entrega de su vida por la que ellos experimentaban una vida nueva.

    Tan distinto era aquel sacerdocio del de los judíos, del de Aarón y los levitas que acudieron a un personaje del Antiguo Testamento coetáneo de Abraham: Melquisedec. Este bendijo a Abraham cuando venía de arriesgar su vida por rescatar a su sobrino y su familia que estaban prisioneros y esclavos. Aquel gesto valiente y solidario de Abraham le gana la bendición de Melquisedec, que le agasaja con pan y vino. Un gesto sencillo para quien venía feliz por ayudar su hermano.

    Así es la eucaristía: regalo que se nos ofrece, con la sola condición de abrirnos a la fraternidad con el que sufre y a la amistad con un Dios que es verdaderamente Padre.

  • El verdadero conocimiento

    El verdadero conocimiento

    (Juan 16, 12-15) SE ACERCA A NOSOTROS una persona y vemos su estatura, su porte, su aspecto físico; hablamos con ella de alguna cosa y nos separamos. No podemos decir que la conocemos. En posteriores encuentros descubro sus capacidades, las habilidades que tiene, sus limitaciones. Me doy cuenta que me puede ayudar a resolver tal o cual problema que tengo. Que manteniendo relación con ella tendré tal o cual beneficio. No puedo decir aún que la conozco.

    Se llama Juan y ya me ha contado algo de su familia y de su historia, de cómo llegó hasta aquí y de sus planes de futuro. No puedo decir todavía que la conozco.

    Soy yo, en un momento, quien se sincera con él. Le comento un asunto personal que me preocupa; él comparte conmigo esa preocupación, lo noto. Sin darme cuenta he empezado a confiar en él. Ahora sí estoy en camino de conocerlo. Compartiremos tareas y momentos de descanso; algún día pasearemos juntos un rato; ya comprendo que es alguien único, una persona, para la que Dios tiene su proyecto y su misión, y que, como yo mismo, unas veces a acepta y otras no. Así en el camino nos conocemos.

    Con el Señor pasa igual; solo cuando nos dejamos acompañar por él en el camino de la vida lo vamos conociendo. Lo demás son conceptos que, si no se viven, esconden más que revelan.

  • Espíritu Ruah

    Espíritu Ruah

    (Jn 20, 19-23) ESPÍRITU en hebreo se dice Ruah, una fuerza que era fuente de vida y movilizaba a los profetas para que cumplieran la misión que Dios les encomendaba. La “ruah” es el aire que respiramos y nos permite vivir; es símbolo de la presencia del Dios que siempre está con su pueblo.

    Sutil como la brisa que refresca y alegra en verano. Invisible como el aire que impulsa los veleros en el mar. Irresistible como la ráfaga que, en otoño, te vuelve el paraguas del revés. Así es el Espíritu de Dios en nuestra vida. Siempre una sutil invitación a tu libertad para que vivas desde el amor. Invisible conjunción de las cosas que hace que sabes qué rumbo has de tomar en la vida. Irresistible poder de Dios ante el que sabes que tu vida depende de acoger con humilde obediencia su voluntad.

    Ruah, en la gramática hebrea, es una palabra femenina. La Ruah tiene esa sabiduría femenina, maternal, de saber antes que nadie lo que te ocurre, lo que estás sintiendo, lo que te conviene de verdad; también, como los varones podéis imaginar, es imposible de descifrar.

    Dejarse llevar por el Espíritu de Dios es siempre la mayor aventura de amor y de plenitud que puede vivir una persona, una familia, una comunidad cristiana. El Espíritu romperá tus rutinas y tus expectativas, para compensarte te dará una luz distinta en la mirada, como cuando una brisa limpia la niebla del horizonte.

  • Empoderados

    Empoderados

    (Lc 44, 46-53) ÚLTIMAMENTE, en el contexto de las ciencias sociales, se usa una palabra que me parece cacofónica: «empoderamiento». Me suena mal por dos motivos. Las palabras largas, que hay que respirar antes de pronunciarlas, nunca me han gustado. Sin embargo, su sentido es bueno: la adquisición de capacidades e independencia por parte de un grupo social desfavorecido para mejorar su situación; pero hace mención al “poder” sin vincularlo al amor ni al servicio. Y, sinceramente, ni el poder de Dios sería bueno si no nos hubiese mostrado Jesús que, tanto como su poder, el amor de Dios es infinito, y que siempre lo usa al servicio de todas las personas. Así lo hizo Él que es el Hijo de Dios.

    El Espíritu Santo nos reviste de la fuerza de lo alto y nos capacita para vivir en paz los problemas más difíciles, para no dejarnos vencer por el desaliento y el conformismo, para buscar con creatividad solución a los problemas de los pobres, y para extender siempre la alegría del Evangelio.

    Cada día tenemos que pedir que el Señor nos envíe su Espíritu, que revista nuestra debilidad con su fuerza. “Yo solo le pido al Señor que me dé fuerzas para criar a mis hijos”, me decía una joven ante los problemas que tenía. Esa es la fuerza que queremos pedirle y que el Espíritu Santo quiere darnos.

  • Lúcida soñadora: la Fe

    Lúcida soñadora: la Fe

    (Jn 13, 31-35) ¿CÓMO SE LE PUDO ocurrir al Señor pedirnos que nos amáramos unos a otros como Él nos amó? El mandamiento de la Nueva Alianza señala el imposible de los imposibles. A nosotros que somos egoístas y orgullosos, nos pide que amemos con generosidad y humildad; si hasta haciendo algo bueno nos llenamos de un orgullo sutil y dañino. A nosotros que somos cobardes y calculadores, nos pide que amemos hasta entregar la vida, sin pasar factura… Realmente el Señor soñó con una utopía.

    Pero eso es la fe: soñar lúcidamente con un mundo nuevo, con una tierra nueva y un cielo nuevo; soñar con que quienes se mueven serpenteando, se asienten en sus dos pies y caminen decididamente hacia el Reino.

    La fe es esa lúcida soñadora que pone en nuestro corazón la única meta que puede llenarlo totalmente. Nos equivocaremos, tropezaremos mil veces en la misma piedra, pecaremos, pero nada debe impedir que tengamos nuestra mirada puesta en el horizonte de la gloria del amor de Dios. Hasta el pecador más recalcitrante puede decir con humildad: “Señor, Tú eres clemente y misericordioso”. Los más pobres y los que más sufren son los que con más ahínco buscan que el Señor todo lo haga nuevo, y se acaben las lágrimas, el luto y el dolor.

    No hay fe verdadera si nuestro pecho no se llena de anhelos de una justicia y un amor sin límites.