Categoría: El evangelio del domingo

  • Caminando juntos

    Caminando juntos

    (Mateo 17, 1-9) CUANDO JESÚS comenzó a hablar a los discípulos de que tenía que padecer y morir en Jerusalén, quiso darles un signo que fortaleciera su esperanza en los momentos duros. Se llevó a Juan, a Pedro, y a Santiago a una montaña alta y allí se transfiguró delante de ellos, mostrándole el verdadero resplandor de su divinidad. Aquella experiencia religiosa fue profunda y sentida, llenó su corazón de una paz y una luz que nunca habían experimentado. Fueron unos instantes o unas horas, no sabemos; fue Jesús el que los forzó a volver a la vida cotidiana, al anuncio cotidiano del evangelio, a vivir desde la voluntad del Padre la sucesión de las horas y los días.

    La cuaresma, nos dice el papa Francisco, es como este camino que lleva a los discípulos a acoger en un encuentro personal y comunitario la luz de Jesucristo. Hemos de encontrar, tal vez en las mismas actividades cotidianas, la manera de poner en el centro de nuestros sentimientos y nuestras ideas al Señor; momentos de soledad compartida para abrir nuestras ventanas y que nos inunde el aire fresco del Evangelio; pero, después, hemos de volver a nuestra vida cotidiana a seguir dando testimonio de nuestra fe. No podemos aferrarnos ni fundar nuestra fe en experiencias extraordinarias; es en la vida corriente, en la ambigüedad de lo cotidiano, donde tenemos que vivir nuestro encuentro con el Señor.

    Señor, que encontremos momentos de Tabor para acoger y vivir tu luz en la familia, en el trabajo, en el barrio, con nuestros hermanos, y caminar juntos hacia tu Reino.

  • Brille vuestra luz

    Brille vuestra luz

    (Mateo 5,13-16) NO NOS GUSTA que nos den lecciones. No nos gusta que alguien, con aires de superioridad, sentencie con pretensiones de ponerse por encima de todo el mundo y nos ofrezca una “sabiduría superior”. De los orgullosos pocos quieren aprender. Los verdaderos maestros son cristalinos, como el agua. Con su enseñanza te permiten avanzar en tus búsquedas personales; sacian una sed que tú también sientes; te permiten ver más allá de lo que dicen, alentando tu creatividad.

    Hace poco escribía el papa Francisco en su Twitter: “¿Cuál es el camino más corto para encontrar a Jesús? Hazte necesitado. Hazte necesitado de gracia, necesitado de perdón, necesitado de alegría. Y Él se acercará a ti.” Algo parecido se puede decir de quien quiera ser sal de la tierra y luz del mundo: “hazte necesitado de los demás, de su ayuda, de su perdón; y la luz de Cristo brillará a través tuyo”.

    El pecado más odioso del evangelizador, y el que le quita todo atractivo a su mensaje, es ese orgullo de tener respuestas para todo, esa prepotencia de creer que el otro no tiene nada que aportar a tu vida. Es tan hermoso vivir aprendiendo de cada persona con la que hablamos y compartimos… Compartir nuestra experiencia de Cristo, sabiendo que cada persona está tocada por su ternura, aunque ella misma no lo sepa; tener sed de encuentro: eso es evangelizar. Así la luz que Cristo ha encendido en nuestros corazones brillará en la oscuridad del mundo.

  • Pacíficos en un mundo violento

    Pacíficos en un mundo violento

    (Mateo 5, 1-13) EL MENSAJE de Jesús parece muchas veces pensado para otro mundo. En un mundo en el que el odio y el egoísmo no tuviera tan hondas raíces en el corazón de las personas… Pareciera, pero Jesús lo propuso y lo vivió en este mundo, en el que los violentos y los egoístas demasiadas veces triunfan.

    Para lucrar y enriquecerse, para tener poder y prestigio, para vivir sobre la superficie de la piel, el mensaje de Jesús no sirve; no hay que ser ingenuos. Seguir a Jesucristo, vivir en intimidad con él, conlleva acoger la sencillez como modo de vida; el buscar el bien del otro por encima, incluso, de nuestros intereses; acoger lo cotidiano de la vida como un gran don, sin estar compitiendo a cada instante con los demás y con nosotros mismos. La intimidad con Jesús, en el seno del grupo de los que lo siguen, nos hace entrar en la serenidad y la alegría de descubrir nuestra vida y a los nuestros como un don cotidiano. ¿Quién puede rechazar esa propuesta?

    El sufrimiento y la violencia siguen ahí afuera y no podemos ignorarlo. El sufrimiento se combate con misericordia. Y la violencia… Al que quiere sacrificar a los más débiles a su voluntad de poder o de placer se combate con la fortaleza y con la justicia de muchos… y, cuando llega el momento, con la cruz. Nunca con el odio, nunca con más violencia, ni para afrontar al violento; nunca convertirnos en el espejo de lo que queremos combatir.

  • El reino de Dios

    El reino de Dios

    (Juan 4, 12-23) La frase con la que el evangelio de san Mateo resume la primerísima predicación de Jesús, con la que comienza su enseñanza y su labor evangelizadora es: “Convertíos porque está cerca el Reino de Dios”. Esta frase evocaba en el corazón de las personas de Galilea hondas emociones.

    Para ellos tenía resonancias religiosas y unas concretas resonancias sociales y políticas: Si Dios reinaba, las legiones romanas y sus levas forzosas a los jóvenes se acabarían; si Dios reinaba, el hambre y la escasez de los pobres se erradicarían; habría justicia para el pobre y pan para todos; los poderosos no se aprovecharían de sus riquezas para amañar las decisiones de los jueces y los que administraran el gobierno no serían corruptos.

    Nosotros sabemos que el mensaje de Jesús se fue desarrollando y enriqueciendo; que es su vida entera, su muerte y su resurrección la buena noticia que llena de luz y de esperanza toda nuestra existencia y toda la historia. Pero los cristianos de hoy no debemos olvidar la ilusión por arrancar el sufrimiento de la vida de los pobres que la predicación de Jesús despertó. Cuando Dios reina en nuestra vida se acaban los enfrentamientos entre hermanos, las familias tienen trabajo y dignidad, los más pobres son atendidos y entre los pueblos hay paz.

    Que tu Reino sea un hecho en las fábricas, en los talleres, en las minas, en los campos, en el mar, en las escuelas, en los despachos y en nuestras casas, Señor.

  • Saborear libertad

    Saborear libertad

    (Juan 1, 29-34) LA LIBERACIÓN del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto y su búsqueda de la libertad, alrededor del 1200 a. de C., es en la Biblia y en la fe cristiana prototipo de toda la lucha contra el mal y del proceso de libertad personal y social que los cristianos estamos invitados a vivir desde la fe y nuestro compromiso creyente.

    Aquel momento en el que el pueblo se decide a romper con su esclavitud y a huir de sus opresores se sacramentaliza en una cena, en una comida: un cordero sin tacha, ni defecto que compartiría toda la familia. Era la última comida en tierra de esclavitud, la primera de su experiencia de libertad.

    En la eucaristía llamamos a Jesucristo, hecho pan para nosotros en la consagración, el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La comunión es ya comida de libertad, todavía en tierra de esclavitud. Saboreamos el amor de Dios que nos libera de miedos y egoísmos, de nuestras obsesiones y parálisis, de nuestros rencores y culpabilidades; comulgamos la vida de Dios y somos llamados a plantar semillas de su reino de paz y de justicia en los ambientes sociales en los que vivimos. Vivir en profundidad la experiencia de la fe nos libera de nuestras cadenas, aunque todavía no de nuestras limitaciones, y nos sitúa en dinámica de quitar del mundo todo lo que hace daño a los hijos de Dios. 

    Que nunca nos acerquemos al pan de la libertad esclavos de la rutina y la superficialidad. Que tu deseo, al participar en la eucaristía, acompañe la voluntad de salvación para todos que el Padre tiene.

  • Lo que lleva a la paz

    Lo que lleva a la paz

    (Lucas 2,16-21) EL DÍA 1 DE ENERO celebramos la principal fiesta de la iglesia para celebrar la memoria de la Virgen María: su maternidad divina, María Madre de Dios; también celebramos la jornada mundial de la paz con el deseo de que la paz llegue todo el mundo. No valoramos lo que significa la paz sino cuando vemos las consecuencias de la guerra: ancianos viviendo entre escombros y pasando frío, familias desplazadas de su tierra y de su vida, hombres jóvenes muriendo en trincheras encharcadas de barro, niños con miedo: hambre, frío, violencia, torturas, miedo y muerte.

    Pero la guerra nace mucho antes que el estallido de la primera bomba. La guerra comienza en el corazón de las personas, y tiene forma de orgullo, de soberbia, de ira. La guerra va creciendo en los discursos de odio, en la criminalización del contrario, en su conversión en un títere sin alma en quien desahogar nuestras frustraciones. La guerra va tomando forma con la manipulación de las instituciones cuando un gobernante comienza a poner todos los poderes, y contrapoderes, de un estado bajo su única voluntad. Las guerras grandes y las pequeñas, las de nuestra casa, tienen el mismo origen: orgullo y victimismo. 

    La vacuna para estos virus está en guardar en nuestro corazón, como la Virgen, todos los gestos de bondad que las personas tienen con nosotros y la misericordia que Dios Padre nos ha mostrado regalándonos la dignidad de ser sus hijos.

  • Contemplar su mirada

    Contemplar su mirada

    (Juan 1, 1-18) “HEMOS CONTEMPLADO su gloria, de gracia y de verdad”, comenta el evangelista San Juan al narrarnos poéticamente la encarnación del Hijo de Dios como una persona cualquiera, en las entrañas de nuestra misma historia. Es grande que Dios nos creara; es más grande todavía que por su amor redentor nos sacaran de la oscuridad del sinsentido y de la muerte. Pero lo que no hay palabras para contar, ni poemas para cantar es cómo lo hizo. Que el Hijo de Dios mismo se hiciera hombre como nosotros, acogiera la debilidad de nuestra condición y aceptara nacer en un pesebre y morir en una cruz, desborda todo lo que podemos pensar.

    Cuando miramos con amor a alguien, queremos abrazarlo y mostrarle nuestro deseo de comunión con él; sus alegrías nos alegran, su sonrisa nos hace sonreír. Cuando lo vemos padecer, nuestro amor no puede sufrir que vivamos ajenos a sus dolores. El amor es siempre comunión para el bien del otro, pero siempre es comunión. ¿Con qué amor no nos miraría el Hijo de Dios que quiso alegrarse y disfrutar con nosotros, sufrir y padecer con nosotros para ofrecernos su comunión?

    Noche Buena y Navidad es tiempo de mirar al Niño Dios. Es también tiempo de contemplar con qué amor nos mirará Dios a nosotros para dejar el cielo y bajarse a nuestro barro para ofrecernos la gracia de su amor. Ante el pesebre calla un rato y considera hasta qué punto Dios te ama y con cuanto amor te mira. ¡Ay, Si fuéramos capaces de contemplar cómo Dios nos mira!

  • Belén de Efratá

    Belén de Efratá

    (Mi 5,1-4) MUCHAS VECES los saberes ahogan la verdad, y las virtudes a la bondad. No se me malentienda, los saberes y la cualificación en la propia profesión son necesarios para resolver los problemas; son necesarias las virtudes para que los buenos sentimientos encuentren el camino de la realidad. Pero solo una mirada joven, que redescubre lo importante, que está abierta a lo novedoso, que se atreve a cuestionar las verdades que se han hecho “irrenunciables” nos hace avanzar.

    El Mesías podría haber nacido en Jerusalén, la ciudad grande y poderosa, donde habría encontrado el amparo de los maestros de la ley y los piadosos de su tiempo. Pero no fue esa la voluntad de Dios. Dios Padre quiso que su hijo naciera en Belén, una pequeña aldea cerca Jerusalén; y que sus padres se fueran a Nazaret, otra aldea pequeña cercana a un cruce de caminos en la levantisca Galilea.

    De “Bet-lejem”, Casa del Pan, inicio del que a sí mismo se llamó “pan de vida”, nos viene la salvación. De la tradición antigua, de los sabores campesinos y pobres, de las esperanzas de los que viven con lo necesario, de los que parece que no cuentan. Para encontrar al Mesías tenemos que ir a Belén.

    Deja esos tontos afanes de grandeza, que llegan a lo ridículo. Abandona tanto inmoderado consumo, que te produce obesidad de cuerpo y de mente. Despójate de tus resistencias a la fe, que mueve al amor y la esperanza. Entonces verás al Salvador.

  • Como flor de narciso

    Como flor de narciso

    (Is 35,1-10) LAS LECTURAS que se proclaman en las eucaristías del adviento tienen tres referencias fundamentales: Juan el Bautista, María de Nazaret y el profeta Isaías. Gran parte de las lecturas del adviento son de este profeta, que no solo muestra una experiencia profunda de Dios, sino que es uno de los mejores poetas de toda la historia de la literatura universal. La experiencia de Dios hace descubrir y apreciar la belleza del mundo.

    Algunos textos del libro de Isaías se enmarcan en el pequeño reino de Israel, que rodeado de grandes potencias, tiene que mantener un difícil equilibrio para no ser campo de las batallas de los grandes imperios. Otros textos reflejan la situación de deportación y esclavitud que sobrevino después de la guerra, que los gobernantes de Israel no supieron o no pudieron evitar. Como por desgracia le ha ocurrido a la martirizada Ucrania. Los cantos esperanzadores de Isaías levantaban el ánimo de aquellos que, privados de todo, solo tenían ya su fe en el Señor de la historia.

    Por eso, todos los que ahora sufrís y os sentís desbordados por las circunstancias, no perdáis la fe. Isaías lo profetizó, la salvación de Dios es como la flor del narciso que florece en el mismo invierno. Los problemas no se resolverán todos por arte de magia, pero guardar en el corazón la hermosura de un amor que con misericordia nos acaricia es un tesoro que nadie te puede arrebatar.
    ¿Quién está solo teniendo a Jesucristo en lo más íntimo?

  • Brotará un renuevo

    Brotará un renuevo

    (Is 11,1-10) CASI DE manera natural, la venida de un niño a una casa, junto con las preocupaciones y los miedos –sobre todo de la madre-, siempre se vive con esperanza y con alegría. Dios quiso que la vida se afirmara a sí misma, y una nueva vida es renovación de la esperanza.

    Hasta del tocón viejo y aparentemente muerto de la dinastía de Jesé, padre del rey David, va a brotar un vástago, un renuevo que permite soñar con un rey justo, con prosperidad para el pobre, con una vida en paz. Así llamarán a Jesús: “hijo de David”. También en el tocón de nuestra iglesia, débil y, en muchos lugares, aparentemente muerta, pugnan por brotar yemas de vida nueva en el Espíritu. ¡Qué grande es Dios y qué poder tiene la fe!

    Esta es nuestra esperanza: Dios siempre busca maneras de hacer que el anhelo de paz y de justicia, que la comunión profunda y la apertura al misterio de su amor, se renueve en su pueblo. Preparemos el camino al Salvador, enderecemos lo torcido y allanemos lo abrupto, para que cuando llegue a nuestras vidas nos encuentre dispuestos a colaborar con él. Que desgracia sería que el Señor viniera a nuestros y no lo pudiéramos reconocer, obcecados en el orgullo o la avaricia, cegados por la superficialidad y la corrupción. Preparémonos, porque es seguro que viene con el fuego de su Espíritu a darnos vida nueva.
    Esperanza es nombre del Adviento.