Categoría: El evangelio del domingo

  • Amor o nada

    Amor o nada

    (Mt 22, 34-40) ¿Qué te ofrece quién te dice: “Te quiero”? ¿Qué acoges cuando ese sentimiento es mutuo y su declaración de amor te llega al alma?

    En principio nada. Ninguna cosa nos da el amor, ni bienes materiales, ni prestigio, ni siquiera placer. Si buscamos el amor por cualquiera de esas cosas, no sería amor. Y, sin embargo, cuando nos sentimos amados se nos ofrece “un mundo”, la experiencia de vivir en plenitud, de ser más que nosotros mismos, un rincón vital en el que estar con quien amamos, habiendo perdido todo lo demás su importancia. Así lo viven los enamorados, así lo vive la madre que amamanta a su hijo, así lo vive quien reza, así lo vive quien mira a los ojos al que sufre. El mandamiento “amarás al Señor con todo el corazón y al prójimo como a ti mismo” contiene la Ley entera y los profetas. Todo está dicho en él: lejos de la impiedad y la mentira, lejos de la marginación y la injusticia, toda bondad verdadera mana de esa fuente.

    Pero para que no nos engañáramos y viviéramos una versión románticamente edulcorada del amor, el Señor nos dio el mandamiento nuevo: “Amaos unos a otros como yo os he amado”. En el amor de Cristo podremos vivir, incluso nuestras luchas con la alegría del Espíritu Santo. El Espíritu nos permite vivir en el amor toda dificultad, toda circunstancia, y decir: “Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza”.

  • Obras son amores

    Obras son amores

    (Mt 22, 1-14) LA ESPERANZA en nuestra vida no se decide por un cálculo de posibilidades en el que nuestros deseos se ven reforzados. Si contemplamos las situaciones a las que nos enfrentamos: guerras desatadas, calentamiento climático y desertización, enajenación mediática de la conciencia personal…, en vez de llenarnos de esperanza, nos dan ganas de salir corriendo. Pero la esperanza, corazón latente de nuestra humanidad, tiene sus raíces en otro sitio, no es cálculo de posibilidades, sino respuesta al amor profundo e incondicional del Padre.

    Quien se sabe amado vive, si no en el cielo, en su antesala. Quien se sabe amado vive sin consentirse desesperar, porque la persona amada le ha regalado un mundo en el que su vida tiene sentido.

    En los evangelios, Jesús compara el Reino de Dios con una comida de fiesta con amigos a la que su Padre nos invita, a nosotros y a los más pobres y alejados. Sabiéndonos amados y acogidos, queremos colaborar con ese proyecto del Padre desde la humildad de nuestra vida, poniendo nuestras capacidades al servicio de un mundo donde haya más justicia y más amor. Porque nos sabemos amados, queremos construir un mundo más luminoso y amable, con gestos concretos que sean semilla de un mundo nuevo. Qué hermoso es que nuestra vida sea semilla de la Ciudad Nueva en la que habite Dios con nosotros.

  • Parábolas como espadas

    Parábolas como espadas

    (Mt 21, 33-43) JESÚS GUSTABA de hablar en parábolas. Así les hablaba a los campesinos de Galilea, y los invitaba a pensar y a trascender lo inmediato, y a poner su corazón en el tesoro de la fraternidad y de la confianza en el Padre. Pero también usa parábolas para hablar a los dirigentes de Jerusalén.

    Estas parábolas también son una invitación a que pensaran en su propia vida y a que se convirtieran; les plantean a los poderosos la renuncia a su egoísmo y su hipocresía, a su violencia y al desprecio con el que trataban a los sencillos; les exigen que den frutos de fe verdadera y de justicia. Pero no los dieron. Como decía el profeta Miqueas: “Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos”. Tanto fue así que lo mataron en la cruz. Eran parábolas como espadas.

    También nosotros somos interpelados por estas parábolas “fuertes” de Jesús. También nosotros somos el pueblo que está llamado a dar frutos de fe y de justicia, y no siempre los damos. En vez de fe, vivimos devociones que se ligan a nuestros deseos y sentimientos, más que a la voluntad de Dios. En vez de justicia, vivimos gestos de asistencialismo que tranquilizan nuestra conciencia, pero que no construyen un mundo más humano y fraterno.

    Una Iglesia centrada en devociones y sentimientos, que no se preocupa de los pobres, ni tiene fuerza misionera, que no predica la cruz de Cristo, sino que solo se queda con sus milagros… ¿Es la Iglesia que Dios quiere?

  • Los de toda mi vida

    Los de toda mi vida

    (Mt 21, 28-32) PRESUMIMOS DE cristianos viejos, de estar en la iglesia o en el pueblo, o en tal o cual sitio desde siempre, y nos parece que eso nos da derecho a estar y a opinar, a vivir y a ser más que los otros. Es una suerte de orgullo y de prepotencia, de marginación y de rechazo del otro que toma como excusa alguna razón superficial. Todos somos personas, todos somos hermanos, todos somos hijos de Dios.

    En tiempos de Jesús, los fariseos y los saduceos despreciaban a los pobres y a los sencillos; se consideraban superiores, con más derechos. Jesús les contrapone una frase tan sorpresiva como contundente: “Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios.” Condenaban a los publicanos por sus actitudes políticas, de colaboración con el imperio romano; y a las prostitutas por sus comportamientos sexuales, a pesar de que sin “clientes” no habría esta clase de explotación; condenaban, pero no eran ningún ejemplo.

    Antes de condenar a nadie, antes de rechazar y de echar la culpa de todos nuestros males a un grupo de nuestra sociedad, tendríamos que preguntarnos si no seremos como el hijo mayor de la parábola, aquel que cuando el padre le dice que vaya a trabajar a la viña dijo, inmediatamente que sí, pero después no fue. No presumamos de “ser de los de siempre” y, después, ni siquiera vayamos a misa; que nos gloriemos de ser los más “españoles” sin aportar nada a nuestro país.

  • Justicia Divina

    Justicia Divina

    (Mt 20, 1-16) SE APELA a la justicia divina cuando los injustos y los violentos triunfan en esta tierra, y se enseñorean sobre los humildes y los buenos. Entonces confiamos en que llegue el día en que el Dios haga la justicia que los hombres no hemos sido capaces de hacer. Y no nos falta razón: Dios no deja impune a quien inflige sufrimientos a los pobres y a los débiles.

    Pero la justicia divina tiene otra dimensión que se muestra en una parábola de Jesús sobre los trabajadores de una finca, a los que el dueño pagó a todos un denario, aunque unos habían trabajado todo el día y otros solo unas horas; comenzando el pago por los últimos; los primeros se hicieron la ilusión de que iban a cobrar más, pero no fue así.

    En esta parábola se nos muestra que la justicia divina consiste en querer que todos, todos, tengamos trabajo y un sueldo suficiente para nuestra familia. Todo lo que no sea que las familias trabajadoras tengan lo necesario es injusto. Pero la justicia divina consiste también en que los discípulos de Jesucristo tengamos preferencia por los últimos de nuestro pueblo. Sea por enfermedad o discapacidad, sea por marginación social, sea porque su cultura es distinta, sea por una situación de debilidad en su vida…; por el motivo que sea hemos de tener predilección por los últimos. “Es injusto”, diremos alguna vez. Será injusto para los hombres, pero la justicia divina nos asegura el castigo del injusto y nos pide que, para nosotros, los últimos sean los primeros.

  • La sabiduría del perdón

    La sabiduría del perdón

    (Mt 18, 21-35) EL LIBRO del Eclesiástico es uno de los libros que la reforma de Lutero y Calvino excluyó de la Biblia. Eran libros de redacción más tardía, alrededor de 200 años antes de Jesucristo; y que en tiempos de Jesús de Nazaret y san Pablo eran considerados libros sagrados. Este es considerado por la Iglesia como Palabra de Dios desde la primera época.

    Fijaos la sabiduría, la hondura espiritual y la consonancia con el mensaje de Jesús de este texto: “Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas. Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?” (Eclo,27, 33)

    El rencor es mal consejero, y puede arruinar la vida de las personas con su acidez corrosiva. ¿Cómo podemos guardar rencor quienes somos pecadores y le hemos hecho daño a quien más queríamos, no una vez, sino muchas veces? Perdonar es un gesto de justicia y de sabiduría.

    Por eso Jesús ante la pregunta de Pedro, sobre cuántas veces hay que perdonar, responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Piensa en esa persona a quien no has perdonado todavía; reza por ella; y haz lo que puedas para vivir con paz y con perdón; no tientes a tu Señor.

  • Abrazado y al oído

    Abrazado y al oído

    (Mt 18, 15-20) UN DÍA, en la parroquia en la que estaba, presencié un hecho que me llamó la atención. Una persona le recriminó a otra que estaba haciendo algo mal; es verdad que esta persona entendía de aquel tema, pero hizo su corrección con muy poco tacto, con acritud, incluso con soberbia, como quien lo sabe todo.

    Estas dos personas no tenían una relación muy estrecha, y esa relación no era de superior a inferior; y, sin embargo, la persona a la que habían corregido escuchó lo que le decía, y sin hacer caso a los malos modos de la otra, lo aceptó y aprendió de lo que le decía. Al día siguiente yo alabé a una su humildad, y madurez; y a la otra le hice ver que sus modos y sus palabras hubieran merecido no ser escuchadas.

    Para aceptar nuestros errores y recibir las recriminaciones que nos hacen necesitamos sentirnos íntimamente acogidos. La mejor forma en la que un niño acepta sus errores es abrazándolo y hablándole al oído. Solo aceptamos de buena gana la corrección de quien nos quiere y cuando está hecha con cariño.

    Cuando experimentamos en profundidad que somos hijos de Dios y que Él nos ama incondicionalmente, nos resulta fácil reconocer nuestros límites, aceptarlos con serenidad e iniciar una y mil veces el camino de nuestra conversión. Somos discípulos, siempre seremos discípulos aprendiendo de Jesucristo, que nos habla en cada persona y en cada circunstancia… abrazándonos y al oído.

  • La pandemia de meter cizaña

    La pandemia de meter cizaña

    (Mt 13, 24-43) LA CIZAÑA es una planta de apariencia semejante al trigo, pero cuyo fruto contiene un principio tóxico, y tiene una gran capacidad de propagación, por lo que se extiende rápidamente y es difícil de extirpar.

    Las críticas destructivas y los rumores falsos, mientras más escandalosos y dañinos, con más facilidad de que se extiendan, son formas de “meter cizaña”. Alentar los enfrentamientos de unos con otros sabiendo yo quedarme fuera de esa pelea es “meter cizaña”. Socavar la confianza de una persona en la tarea que tiene que realizar, señalarle solos sus defectos sin valorar positivamente sus virtudes es una manera de “meter cizaña”. Engañar haciendo ver que el mal tiene más peso que el bien, que no merece la pena buscar el bien común, desalentar la generosidad y la entrega…, todo esto es también “meter cizaña”.

    ¿Y qué se aprovecha para sembrar cizaña? Nuestro orgullo herido, nuestra envidia excitada, nuestras frustraciones y ansias insatisfechas, nuestra codicia, el andar comparándonos con los demás como si no fuéramos, todos, personas con dignidad e hijos de Dios. Sembramos cizaña cuando estamos amargados, y nuestra amargura es esa semilla tóxica que se contagia como un coronavirus. Ante la cizaña, solo verdad y amor –no se combate lo amargo con hiel-, comprensión con el que vive frustrado, que el amor de Dios es nuestra vacuna; y nos tendremos que poner tantas dosis como nos hagan falta, no tienen contraindicación.

  • La fuerza de la semilla

    La fuerza de la semilla

    (Mt 13, 1-23) ARQUEÓLOGOS QUE investigan las pirámides de Egipto encontraron semillas de trigo en el interior de una de sus estancias. La sequedad del ambiente había impedido que germinaran. ¿Podrían germinar esas semillas miles de años después de ser allí depositadas? Sí. La fuerza de las semillas sorprende. Son pequeñas, casi insignificantes; su aspecto es como el de un guijarro pequeño e inerte; algunas son frágiles, y con la yema de los dedos se las rompe; pero tienen vida en su interior, y cuando tienen unas mínimas condiciones germinan y reinician el ciclo de la vida.

    Las parroquias hemos de ser semilleros. Las comunidades cristianas hemos de crear un ámbito donde los niños, los jóvenes y los adultos acojamos en nuestro interior las pequeñas semillas de la fe, y con nuestra vida y palabra la vayamos esparciendo en todo momento. Cuánta fuerza reparadora tiene la semilla del perdón, y de la bondad, y de la preocupación por el más pobre; cuánta fuerza de esperanza tiene la confianza en Dios Padre, y mucho más en un Dios Crucificado por amor a nosotros; cuánta fortaleza da la conciencia de ser semilla enviada al mundo para que se inicie en todos lados el dinamismo de una vida nueva, de una alegría nueva.

    De que la semilla dará fruto no tienes que preocuparte; solo de que la semillas que atesoras dentro de ti sea de puro Evangelio: de acogida del inmenso amor del Padre, de un amor a los pobres que nos urge y nos conmueve.

  • Qué hermosa es nuestra fe

    Qué hermosa es nuestra fe

    (Mt 11, 25-30) QUÉ HERMOSA es nuestra fe. Contemplamos a los grandes de la tierra a bordo de grandes coches y de aviones privados a costa del sudor de los más débiles; y el Señor del cielo y la tierra entra en la historia a lomos de un burrito como príncipe de la paz, aclamado por los niños. ¿A quién podía ocurrírsele sino a Dios? Ya hizo que su hijo viniera a este mundo en un pobre pesebre compartiendo su suerte con los que no éramos nada, hasta que él nos hizo hijos del Padre.

    Contemplamos en los evangelios a los primeros discípulos de Jesús saliendo por las aldeas de Galilea, nerviosos y dubitativos, y no podríamos sospechar que era el mismo Espíritu De Dios el que los guiaba. Jesús mismo se llenó de la alegría del Espíritu cuando se lo contaban. Contemplamos en nuestra vida pequeñas victorias sobre nuestro egoísmo y nuestra cobardía y sabemos que es Dios mismo el que va aquilatando nuestro corazón con el fuego de su amor.

    Qué hermosa es nuestra fe que descubre en lo pequeño y aparentemente insignificante la presencia de un Dios que es amor. El amor no nos da nada y nos lo da todo, nos regala todo un mundo compartido en el que vivir en cualquier circunstancia la plenitud. Qué hermoso y qué bello es Nuestro Señor Jesucristo; sin él nada tiene peso verdadero; a él podemos ir los que estamos cansados y agobiados y encontrar en él nuestro descanso.