Categoría: El evangelio del domingo

  • Sobre alas de águila

    Sobre alas de águila

    “OS HE LLEVADO sobre alas de águila”, le dice el Señor a su pueblo para animarlos a afrontar el camino hacia la tierra prometida. Una imagen bellísima que hace referencia a los polluelos de águila, que cuando se inician en el vuelo, si se desequilibran y comienzan a caer, alguno de sus padres vuela debajo de ellos y con el aire del vuelo de sus alas, les dan el equilibrio y el impulso que necesitan para seguir volando; sin tocarlos –porque eso sería fatal-, sin que lo sepan, están pendientes de ellos y los siguen cuidando.

    Así el Señor nos cuida a nosotros. Nos envía con su misma misión de anunciar el evangelio a los pobres, con nuestras palabras y nuestras acciones. Pero sabe de nuestras fragilidades, de lo fácil que confundimos el bien con nuestros propios deseos, el mal con el dolor que causan nuestras propias heridas. Él también, como el águila, nos incita a volar, nos llama a poner toda nuestra energía y creatividad en ir construyendo un mundo que sea una mesa de hermanos donde se comparte el pan, a vivir en plena comunión con él. Y cuando nos desviamos, cuando perdemos el camino, sin que lo sintamos exteriormente, nos ayuda a seguir caminando en la senda que él abrió.

    “La mies es mucha y los trabajadores son pocos”, pero no te preocupes, que el que te llama a seguirlo, en lo concreto de tu vida, se hará presente y te mostrará su protección. Salta del nido y vuela, que para poder volar hemos nacido.

  • Prueba de vida

    Prueba de vida

    (Jn 6, 51-58) LA FORMA PAGANA de creer en Dios lo entiende como ajeno a nuestra vida; nosotros, con ofrendas y sacrificios, podemos ganarnos su favor. Así lo viven muchas personas. El creyente entiende a Dios cerca de nosotros, acompañándonos en el camino de nuestra vida, protegiéndonos en todo momento, y dejando que desde nuestra libertad crezcamos y maduremos como personas.

    Es coherentemente paradójico cómo, los que creemos en Dios, vemos las dificultades de nuestra vida, las enfermedades y los problemas como pruebas de un Dios que nos ama y nos protege. Dios nos quiere y nos acompaña en ellas, no nos quiere niños malcriados que no saben amar. El Señor quiere que aprendamos a amar, y en algunos momentos las lecciones son duras.

    La eucaristía, sacramento del cuerpo de Cristo entregado en la cruz y resucitado por nosotros, es signo de esta realidad amantemente contradictoria. La eucaristía nos acompaña en nuestras debilidades y nuestras alegrías, en nuestras dificultades y nuestras fortalezas, en lo íntimo de nuestro corazón y, en estos días, haciéndose presente en las calles y barrios de nuestros pueblos.

    Dios no espera que vayamos a verlo, él se adelanta siempre, viene a buscarnos para acompañarnos y para que hagamos de toda nuestra vida un camino de fe, en el que acoger a Dios y a los más pobres, en el que alabar su bondad.

  • Vocación de comunión

    Vocación de comunión

    (Jn 3, 16-18) ESTEMOS HECHO, nos dice la Biblia, “a imagen y semejanza de Dios”, y por eso para descubrir quiénes somos debemos acudir a Dios, y para descubrir quién es Dios hemos de acudir a lo más auténticamente humano de nosotros. Y lo más auténticamente humano de la persona es la llamada a la comunión que percibimos en todo lo que hacemos y vivimos.

    La familia en la que crecemos está llamada a ser imagen de la comunión del Padre, el Hijo y el Espíritu. Nuestro anhelo de encontrar buenos amigos con los que compartir vida, es signo de la comunión que nos hace ser. La relación de pareja es el icono más profundo de la Trinidad. En la Trinidad todos se entregan por entero, y en eso está su gozo; nadie busca lo suyo ni pretende protagonismo, el Hijo sabe que le debe la vida al Padre y este le entrega toda su vida al Hijo; ninguna de las tres personas es más que las otras y reciben la misma adoración y gloria. El Espíritu que se nos comunica es justo el Amor entre el Padre y el Hijo.

    También la Iglesia, nuestra comunidad, ha de ser imagen y signo de esta comunión trinitaria. También nuestra sociedad ha de configurarse de manera en la que todos busquemos el bien común, el bien de los más débiles y encontrar en eso nuestro gozo. El egoísmo siempre es triste y entristece. La alegría del compartir se ve colmada con la paz profunda que procede de la comunión íntima con Dios. Descubre en ti ese anhelo profundo de comunión.

  • Necesitamos tu Espíritu

    Necesitamos tu Espíritu

    (Jn 20, 19-23) SIN TU ESPÍRITU, Señor, no podemos avanzar; sin tu Espíritu nos faltan la ilusión y la fuerza, nos falta la alegría del evangelio, no podemos amar de verdad. Sin tu Espíritu nos acostumbramos a las injusticias; y acabamos por no ver el sufrimiento de nuestros hermanos. Sin tu Espíritu nos acostumbramos con nuestros pecados y todo se vuelve justificaciones de nuestros pactos con la mediocridad. Nuestro amor se vuelve tibio, nuestros pensamientos, excusas, nuestras verdades, relativas, nuestro compromiso se reduce a una frase redonda y manida en alguna red social.

    Sin tu Espíritu nuestra vida se hace vieja. Necesitamos tu Espíritu que nos lance a anunciar el Evangelio a todos nuestros hermanos, a ser testigos de tu amor y tu justicia en medio de las oscuridades de nuestro mundo.

    En España, en el año 2023 los enfermos de cáncer con fuertes sufrimientos tienen que pagarse de su bolsillo los medicamentos “de rescate” del dolor; y si no lo tienen, no hay respuestas a sus punzadas. En nuestros pueblos la mayoría de los jóvenes no pueden pagarse una vivienda donde realizar su futuro, donde caminar en familia. En nuestro país se dedica más dinero a financiar abortos que a apoyar a las familias numerosas; y se hacen cuentas sobre cuánto dinero nos ahorrará la ley de la eutanasia.

    Y los cristianos parecemos dormitar, pagados de tradiciones, conformistas con nuestra falta de energía evangélica. Necesitamos más que nunca tu Espíritu, Señor, que nos haga reaccionar.

  • Cuando callas… Evangelio de la Ascensión

    Cuando callas… Evangelio de la Ascensión

    Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
    Y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. …
    Déjame que me calle con el silencio tuyo.

    EN EL SILENCIO de la persona que amamos encontramos su intimidad, su ser inaccesiblemente cercano, el misterio de su persona que no queremos desvelar porque amamos el misterio. Cuando la persona que amamos calla, y camina en silencio a nuestro lado nos hace más libres, más auténticos, más nosotros mismos. A veces, tanta palabra se convierte en palabrería, y necesitamos la música callada de su mirada, que nos contempla atareados, viviendo, creando.

    La ascensión de Jesucristo es esto mismo. Jesús asciende y nosotros contemplamos su silencio que nos descubre la inmensa grandeza de su ser. Jesús asciende y nos deja en radical autonomía, absolutamente responsables de nuestra vida, de nuestro mundo, de nuestro hermano. Jesús asciende y permite una nueva comunión con Él a toda persona, sea cual sea el lugar en el que se encuentre, el momento que esté viviendo de su historia. Jesús asciende y, por eso, lo podemos encontrar en la profundidad más cotidiana. Él, en cambio, abre el espacio de nuestra vida para que seamos nosotros mismos.

    Déjame que te hable también con tu silencio
    Claro como una lámpara, simple como un anillo.
    Eres como la noche, callada y constelada.
    Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

    La poesía es siempre más que el poeta.

  • Dar razón de nuestra esperanza

    Dar razón de nuestra esperanza

    (Juan 14,15-21) MÁS ALLÁ de las estructuras de la Iglesia, lo más importante y lo que define de verdad a la comunidad de los cristianos es el anuncio del evangelio con la vida. En circunstancias muy distintas, en contextos culturales y políticos diversos, en medio del “beneplácito” de las autoridades o de la persecución más o menos abierta, la Iglesia pervive por el anuncio que los creyentes concretos hacemos del Evangelio de Jesucristo. Cuando un creyente testimonia que Cristo es el sentido verdadero de su vida, la iglesia, no es que crezca, se realiza, es lo que está llamada a ser.

    Lo que tú haces cotidianamente al decir con sencillez que eres cristiano, que participas en la iglesia, que rezas al Señor con confianza, que intentas vivir con las actitudes de servicio y amor al pobre con las que él vivió, lo que haces cotidianamente como cristiano esto es lo más importante, lo esencial de la iglesia, y no puedes cejar en esa tarea de evangelización. Las misas, las oraciones, las catequesis, los grupos eclesiales… todo es importante y necesario, pero lo esencial es que cada cristiano dé testimonio de que en Cristo encuentra la luz y la fuerza, el consuelo y los desafíos que le hace vivir con esperanza.

    No abandones nunca la actitud humilde de quien se sabe sostenido por el amor del Padre. No cejes nunca de vivir en el bien porque es Jesucristo mismo quien reza por ti y promete enviarte su Espíritu. La caridad que Cristo pone en nuestra vida nos urge a vivir como Él, acogiendo la llamada que nos hace a dar razón de nuestra esperanza.

  • Palabras sencillas

    Palabras sencillas

    (Juan 14,1-12) LAS COMPARACIONES que se hacen de Jesús en el Evangelio son siempre con realidades muy sencillas: el camino, la puerta, la roca, la vid, el sembrador… El encuentro con Él en nuestra vida también se produce en lo sencillo, en el lado humilde de la vida.

    Ese lado pobre y humilde de la vida es vivido, sobre todo, en la familia, en nuestra familia, con sus luces y sus sombras, con sus limitaciones y sus riquezas. En la familia aprendemos a ganar y a perder en los juegos con nuestros hermanos. En la familia aprendemos que siempre tenemos que ir al ritmo del más pequeño, del más débil. En la familia aprendemos a acoger con paciencia los defectos o las “peculiaridades” de los demás. En la familia aprendemos a amar, al ser amados incondicional y gratuitamente.

    En la familia aprendemos la dignidad del trabajo y del trabajador, y lo que sufren los pobres cuando falta el sustento diario o se consigue en constante inseguridad. En la familia aprendemos el sentido profundo y verdadero de la justicia social y de la solidaridad.

    En la familia se nos despierta al sentido profundo de la vida, a la belleza y a la armonía, a la dignidad personal y a la compasión con el que sufre.

    En la familia se nos abre a la confianza cierta de que el amor tiene la última palabra, a la fe sencilla, alentada en la respiración misma, de que lo primero es Dios. “Vosotros sois mis hermanos, somos una familia”, otro nombre sencillo que Cristo se da a sí mismo.

  • Pronto, elecciones

    Pronto, elecciones

    (Juan 10,1-10) EL EVANGELIO de la eucaristía del próximo domingo es el texto tan hermoso del Buen Pastor. “El buen pastor conoce a sus ovejas, y ellas conocen su voz”. “El que salta y trepa no es sino un ladrón y un bandido”. “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

    Todos estamos llamados a ser signos del buen pastor con las personas con las que convivimos. Especialmente los padres y los abuelos con sus hijos y nietos; los maestros, profesores y catequistas con los niños y jóvenes que tienen encomendados. También al ejercicio del ministerio sacerdotal se le llama trabajo “pastoral”. Los representantes del pueblo y, especialmente, los que gobiernan por mandato del pueblo, tienen también una misión especial de conducirnos por caminos de mayor justicia y verdad. Han de ser signos del buen pastor.

    Todos tenemos que hacerlo, pero especialmente los que proyectan dedicarse a la política tienen que pensar cuáles son sus motivaciones últimas y su fortaleza moral. Si en el ejercicio de la función pública vas a poner los intereses propios o los de tu partido por encima del bien común, no te presentes. Si no estás capacitado para gestionar, con ideas nuevas y con honradez, el dinero de todos, el dinero de los pobres, no te presentes. Si sabes que hay algo en tu vida que van a aprovechar para extorsionarte y hacer que tus decisiones sean partidarias e interesadas, mejor no te presentes. Sé que esto es exigente, pero necesitamos políticos honrados y capaces, que miren más allá de las ideologías y que busquen el bien común.

  • Signo de Resurrección

    Signo de Resurrección

    Hombres y mujeres, niños y mayores, padres e hijos, consagrados y familias… todos en silencio, cada uno acogiendo la gracia del inmenso don del Padre; primero en la memoria de la última cena, después en el recuerdo adusto de la pasión, pero, por fin, en la alegría luminosa y en la esperanza de la Pascua de Resurrección. El mayor signo de la resurrección de Jesucristo es la fe de los creyentes, la comunidad cristiana.

    No somos perfectos, es cierto; cada uno de nosotros podemos dar cuenta de nuestro pecado; pero todos tenemos la buena levadura de la Vida Nueva de Cristo en nuestra alma. Con esa levadura los niños y los jóvenes crecen y se levantan hacia el bien y la alegría; con esa levadura los mayores nos mantenemos firmes en la misericordia y en la ternura para con los necesitados; esa levadura levanta el ánimo de los enfermos y los ancianos en el tránsito por el dolor, incluso a muerte. Cristo es para todos, luz. Cristo es para todos fortaleza y sentido de la vida. Por eso en la Pascua la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles da razón de que la vida de las comunidades, en sus ambigüedades y dificultades, es el mayor signo de la Vida Nueva de Cristo.

    “Paz a vosotros”, nos sigue diciendo el Señor; “paz a vosotros”; las llagas de sus manos y su costado son el signo de que su amor fue más fuerte que la violencia asesina. También cuando nos llegue el momento de vivir situaciones de dolor, o cuando nuestros hermanos las vivan, podremos testimoniar a Cristo Resucitado; porque tendremos vida y daremos vida en su Nombre.

  • Iglesia samaritana

    Iglesia samaritana

    (Juan 4,5-42) VAMOS POR LA vida sedientos, con una sed a la que muchas veces no ponemos nombre y otras confundimos. Vamos sedientos por la vida, y nos parece que estamos sedientos de un cuerpo perfecto que mirarnos en el espejo, o de cuerpos perfectos –casi de plástico- a los que acariciar libidinosamente. Vamos sedientos por la vida, y nos parece que el dinero podría saciar la sed que sentimos, que comprando cosas superfluas seríamos más felices. Vamos sedientos de aceptación de los otros, la anhelamos, la deseamos y acabamos mendigándola: “¿Verdad que soy bueno?, ¿verdad que soy mejor que tal o cual?, ¿verdad que me admiras?…” Y nuestra sed no se satisface con nada de eso.

    “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial de agua que salta hasta la vida eterna” –dijo el Señor.

    Somos iglesias samaritanas, que compartimos con todos los hombres la sed de la mujer de Sicar, y que como ella hemos encontrado el manantial que nos sacia de acogida y misericordia, de exigencia y dignidad, de sentido profundo de la vida en los momentos de dificultad.
    Ojalá nuestras comunidades fueran como aquella mujer; comunidades de sedientos que, habiendo encontrado el manantial de Jesucristo en su vida, comparten con otros el amor profundo y el horizonte amplio de la fe que da sentido a cuanto hacemos y vivimos.