Categoría: El evangelio del domingo

  • De las espadas forjarán arados

    De las espadas forjarán arados

    (Is 2,1-5) EL SIGNO y la consecuencia más clara del pecado es la violencia. Violencia verbal, violencia física, violencia como cancelación o indiferencia. A la violencia conducen nuestros rencores y nuestros orgullos, nuestra vanidad y nuestra avaricia, nuestra falta de templanza y de autocontrol. Por eso, uno de los signos del tiempo nuevo del Mesías es la ausencia de violencia; así dice Isaías: “De las espadas forjarán arados, de las lanzas podaderas, ya no se adiestrarán para la guerra”.

    La guerra es la multiplicación exponencial de todo mal y la exteriorización de todo pecado. Pero la guerra se fragua en el corazón y en la mente de las personas. En unas por su afán de poder, en otras por dejarse contagiar con el virus del odio ante el distinto. Antes de que el gobierno ruso bombardeara Kiev, la mayoría de la población rusa llamaba “nazis” a los ucranianos y a su gobierno. Sin demonizar al otro no eres capaz de matarlo o justificar su asesinato. Por eso, desconfía de quien te presente la vida o la historia con trazos maniqueos, como una historia de buenos y malos.

    Desconfía también de ti mismo cuando en vez de mirar al otro (a tu familiar, a tu compañero de trabajo, a tu vecino…) con ojos de acogida, lo miras como un rival o un enemigo, y lo reduces a aquello que te limita. Lo verás como un obstáculo a eliminar, no como un hermano con el que compartir. Acoger al distinto es sembrar semillas de paz, preparar la venida del Mesías.

  • Venga tu reino

    Venga tu reino

    CUANDO LOS los judíos hablaban del Reino de Dios, casi todos entendían que estaba por llegar el Mesías, un guerrero valiente y justo, más incluso que el rey David; y que los iba a salvar de los romanos y los explotadores, y los iba a hacer vivir en la paz y en la prosperidad… Algunos cristianos piensan que el Reino de los Cielos se dará después de esta vida; y en él seremos juzgados, unos para condenarse por sus pecados y otros para salvarse por sus méritos y virtudes…

    Pero Jesucristo nos dice bien claro en el Evangelio que el Reino de los Cielos es como la levadura que una mujer pone en una cuartilla de harina, y que poco a poco va fermentando toda la masa (Lc 13,21). Y también nos dice que el Reino no llegará de manera espectacular (Lc 17,20). Lo que muestra que Jesús es el rey de todos los reyes, y el señor de todos los señores es su perdón en la cruz, y su entrega por amor a nosotros y para redimir a la humanidad entera. El Reino del amor vendrá con amor; el Reino de la paz vendrá con paz; el Reino de la justicia vendrá cuando todos los que escuchamos su voz acojamos la voluntad del Padre.

    Venga tu Reino, en lo cotidiano y en lo pequeño; en el seno de nuestras familias y en el pueblo que mira por los más frágiles. Venga a nosotros tu Reino. No queremos ser nosotros los señores, sino siervos tuyos, Señor. Llegará el día en el que toda lágrima sea enjugada y toda injusticia resarcida. En el poder de tu amor confiamos.

  • Jesucristo se hizo pobre

    Jesucristo se hizo pobre

    (2 Cor 8,9) “NI UN CABELLO de vuestra cabeza perecerá”, les dice Jesús a los discípulos preparándolos para la persecución y para darles esperanza en los momentos de dificultad. Tendremos dificultades y problemas, pero tenemos la certeza absoluta de que el Señor hará llegar nuestra vida a buen puerto. Él se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. Este es el lema de la jornada de los pobres que celebramos el próximo domingo.

    Se empobreció haciéndose hombre, sin aferrarse a su categoría de Dios, para hacerse entrañable y cercano; se empobreció haciéndose trabajador manual sin hacer carrera entre los sabios y entendidos de su tiempo; se empobreció aceptando ser signo de contradicción, y poner su vida en el candelero de los juicios de unos y de otros; se empobreció al someterse a la pasión y la cruz, pobreza radical y absoluta; siguió empobreciéndose al entregarnos su cuerpo y su sangre en la eucaristía. Cada escalón que el Señor desciende en la pobreza es una riqueza para todos nosotros. No hay riqueza mayor que compartir la plenitud de su vida y vivir siempre en comunión con Él.

    La pobreza de Jesús contrasta con el orgullo y el afán consumista de nuestra sociedad. La riqueza, injusta e insolidaria, depredadora de la armonía de la naturaleza y que amenaza con destruirnos, es causa del empobrecimiento inhumano de los más débiles. Hagamos nuestras las causas de los pobres, para desde ellos hacer de nuestro mundo el hogar de los hijos de Dios.

  • Día de los difuntos

    Día de los difuntos

    (Juan, 14, 1-6) Volver a nuestras raíces siempre nos da seguridad y serenidad. En el fondo de nuestra alma siempre somos aquel niño que jugaba a la puerta de su casa, y que acogía agradecido la mirada atenta de la madre, el padre o los abuelos. Ese recuerdo del pasado nos da perspectiva para mirar con verdad nuestra propia vida. La alegría y las bromas, la ternura y la condescendencia, la capacidad de sacrificio por nosotros y de exigir que nos superáramos constantemente son los rasgos que, ahora, más valoramos de los nuestros que ya han partido.

    También da perspectiva a nuestra vida el saber que ahora están viviendo en plenitud el amor que en esta tierra fueron capaces de amasar. Los que creemos en un Dios Padre de Bondad sabemos que Él no abandona a ninguno de sus hijos, sino que después de la muerte los acoge y los lleva a su seno; acogiendo las personas que eran, pero transformadas al colmarlas de su amor. Recordarlos es rezar al Padre para que los siga colmando con su gracia.

    En el día de los difuntos, por un lado, recordamos las raíces del árbol de nuestra vida y, por otro, ponemos la mirada en lo alto del cielo, que es hacia donde tienden nuestras ramas. Con esa perspectiva nuestro presente tiene importancia, claro; pero en tanto amasa el pan del amor que damos a los que queremos, y en tanto ensancha nuestro corazón, libre de orgullos y de egos, para acoger el amor del Padre. Es día de recuerdo agradecido y de esperanza que serena.

  • La ley de la gradualidad

    La ley de la gradualidad

    (Luca 9,1-10) EL PAPA Francisco tiene que soportar la crítica abierta de sectores más o menos inmovilistas de la iglesia porque en la exhortación apostólica Amoris laetitia ha abierto la puerta a que, desde un discernimiento eclesial sereno y bajo condiciones concretas, los casados por la iglesia, divorciados y vueltos a casar puedan recibir la comunión.

    A algunos les parece que cualquier excepción en la ley anula la ley entera.

    Las leyes morales que la Iglesia propone como camino para la vida tienen la importante misión de ir haciéndonos “dignos de la vocación” (2Tes) a la que hemos sido llamados. Vivir fieles a la vocación que Dios nos hace vivir en plenitud personal. Pero la vida de todos está llena de pecado y de debilidad; cada uno puede dar testimonio de esto de muchas formas. Por eso es tan gratificante escuchar lo que nos dice la primera lectura del próximo domingo, que el Señor corrige poco a poco a los que caen para que apartándose del mal crean en Él.

    El señor siempre nos acoge tal y como llegamos a él. Ya seamos hijo pródigo o mujer adúltera, Pedro o Judas… Dios.

  • Siembra pobreza

    Siembra pobreza

    (Lucas 18,9-14) SIEMBRA pobreza que recogerás verdadera riqueza. Es una ley de nuestra vida. El labrador siembra un pequeño grano de trigo, sin la certeza de que la lluvia llegará a tiempo para hacerlo germinar. Pero aquella siembra de unas cuantas espuertas de grano da una cosecha que permite tener pan a todo un pueblo. Siembra tú también pobreza en tu corazón y en tu vida.

    Siembra la pobreza y la humildad del arrepentimiento en el daño que has hecho y en las faltas de coherencia que has vivido, y recogerás una cosecha grande de paz interior, de crecimiento personal. El perdón de Dios hace el milagro.

    Siembra en tu vida la pobreza del esfuerzo por desarrollar tus capacidades, la pobreza del trabajo cotidiano por llevar adelante tus proyectos; y recogerás la cosecha abundante de ser una persona de la que se fían los demás, una persona que se tiene en cuenta para hacer el bien. Dios bendice a los que son fieles a su voluntad.

    Acoge en tu vida la pobreza del menosprecio injusto, de las críticas infundadas, de la persecución –una siembra amarga-; pero recibirás a cambio un amor purificado y limpio, cribado de odios y de recelos, adornado con la confianza y la presencia de Dios.

  • Nada sin fe

    Nada sin fe

    (Lucas 17, 5-10 ) NADA HAY EN esta vida sin fe. Algunos presumen de no tener fe, pero eso es un absurdo, un contrasentido, una actitud inhumana. Fe es la confianza en el amigo en quien confiamos; fe es entregar el corazón a la persona a la que quieres; fe es poner tu vida completamente al servicio de tus hijos; fe es llenar el alma con la belleza que nos rodea; fe es acoger con sinceridad el sentimiento de compasión por la persona que sufre y disponerte a ayudarla en algo.

    Sin fe, los científicos no investigarían la nueva hipótesis que revolucionará nuestra imagen del mundo, y que antes de ser comprobada requiere de años y años de entrega a lo que no saben si ratificarán los experimentos. Sin fe no se entregaría el artista a su intuición estética para captar la esencia de los sentimientos humanos como hasta ahora nunca se había hecho. Cuando nos falta la fe nuestro espíritu languidece. Pero con solo un poco de fe –“si vuestra fe fuera al menos como un pequeño grano de mostaza”, dice el Señor-, caminamos en esperanza. Sin fe el hombre no sería persona.

    Vivir en la fe es acoger una existencia plena. Pero la fe, cuando es auténtica, siempre exige entrega y gratuidad. Creemos en lo que es más grande que nosotros; en lo que merece asumir cualquier penalidad; ante lo que, después de habernos entregado por entero, podemos decir: “siervo inútil soy, solo he hecho lo que tenía que hacer”.

    Piensa un poco: ¿Quién merece, en verdad, que le entregues así tu vida?

  • El cielo está lleno

    El cielo está lleno

    (Lucas 16, 19-31 ) EL CIELO está lleno de personas que, habiendo sufrido dificultades sin número en la tierra, ahora están profundamente agradecidas por vivir en la fiesta del amor del Padre.

    El evangelio del próximo domingo nos narra la parábola del pobre Lázaro, un mendigo que murió a las puertas de la casa de un ricachón derrochador, que ni siquiera se dignó mirarlo un solo día. Lázaro fue al cielo; y aquel rico, vano y derrochón, fue al infierno por su falta de compasión.

    El cielo está lleno de personas pobres alegrándose, por fin, en la presencia bondadosa del Padre y del Hijo, cantando y bailando con la alegría del Espíritu; también en el infierno habrá algunos, los que preocupados por miles de estupideces rechazan la mirada de los pobres y de los que sufren. Lo más terrible de todo es que alguno de estos se llaman cristianos y son devotos de tal o cual imagen…

    Nosotros ya sabemos el mandamiento de la nueva alianza: “Amaos unos a otros como yo os he amado, con más ternura y generosidad, cuanto más débil y pobre es la otra persona. Este mandamiento es más grande que todas las promesas que hayas podido hacer; es lo que dará eficacia a tus oraciones; es lo que hace aceptable la ofrenda que hagas a Dios».

    Mira al pobre a los ojos y después haz lo que puedas y sea un bien para él.

  • “Pisotean al pobre”

    “Pisotean al pobre”

    (Lucas 16,1-13) ESTAMOS VIVIENDO momentos duros para muchas familias. Los precios de los productos básicos no paran de subir; y los sueldos, que subieron un poco hace unos meses, ya dan menos de sí que antes. Con la carestía de la vida, los pobres son más pobres. Muchas familias trabajadoras, en cuanto tienen un problema (una enfermedad o quedarse en paro), se ven en grandes dificultades para atender al alquiler o la hipoteca, a los gastos de los niños y de alimentación.

    Pero no todos nos estamos empobreciendo; hay quien se enriquece con el sufrimiento y la angustia de los pobres. Así lo decía el profeta Amós: “pisoteáis al pobre, elimináis a los humildes”. Y así se sigue haciendo. Hay grandes empresas que se están enriqueciendo en esta situación; el propio gobierno sanea el déficit del estado a costa de empobrecer a los más humildes. Muchos sufren, y unos pocos atesoran para su propia ruina. El Reino de Dios, que Jesús inicia con su vida, su muerte y resurrección, es un reino en el que los pobres tienen vida, y vida en abundancia.

    El Señor no quiere un mundo de ricos, sino un mundo en el que todas las personas tengan lo necesario para desarrollarse en libertad. “Nadie puede servir a dos señores; no se puede servir a Dios y al dinero”, dice Jesús. Tiene que llegar el día en los que los humildes abramos los ojos y el corazón, y juntos hagamos que en la tierra, como en el cielo, se haga la voluntad del Padre.

  • Su abrazo

    Su abrazo

    (Lucas 15,1-32) La palabra “alegría” acompaña al papa Francisco en sus escritos más importantes. Nos habla de la alegría de anunciar el evangelio, de la alegría del amor de pareja y de familia, de la alegría de la fraternidad y de la alabanza que brota en nuestros labios ante la hermosura de la creación. Dios Padre nos creó para la alegría y la alabanza.

    El pecado nos provoca tristeza. La codicia, la tristeza de no tener más, de no acumular más. El afán de poder siempre nos hace tropezar con quien es más poderoso que nosotros. Los distintos vicios, aunque nos proporcionan un placer momentáneo, dejan en nuestro corazón un poso de tristeza por la indignidad a que nos llevan, por el daño que hacemos y nos hacen. La envidia, los arrebatos de genio, la indolencia y la pereza, el orgullo, la cobardía… Lo que nos quita la alegría viene del pecado.

    También está la tristeza de “los buenos”; de los que en vez de entregarse sin condiciones a los demás buscan alguna recompensa: reconocimiento, alabanzas, influir en el comportamiento de los otros, ser vistos como personas nobles… Si cuando somos “buenos” no vivimos alegres, es que hemos puesto nuestra alegría en no vivir en Dios y en su Hijo Jesucristo, sino en nuestra propia gloria y voluntad.

    Deja a un lado la tristeza y decídete a buscar el abrazo del Padre que te reconciliará con tus debilidades y con las de tu hermano. ¿Quién necesita algo más que su abrazo?.