Etiqueta: el evangelio del domingo

  • La evidencia del mal

    La evidencia del mal

    (Marcos 3, 20-35) SI USTEDES REPASAN el credo, que es la síntesis de lo que los cristianos hemos de creer, verán que no aparece ni el pecado, ni el pecado original, ni la figura de satanás. Y es que el mal, el mal que se mete en los entresijos de nuestra vida y nos destruye, no es una verdad de fe, sino una evidencia que solo hay que abrir los ojos para corroborarla.

    En las relaciones más sinceras y auténticas, de amistad o de pareja, se mete el orgullo de creerse mejor que el otro, el recelo de sospechar que el otro me quiere mal, la manipulación de querer poner al otro a nuestro servicio, y lo que era una amistad de vida compartida se convierte en ruptura que hace sufrir a todos.

    Toda instancia de poder y de prestigio social parece que tiene intrínsecamente la semilla de la discordia. El poder corrompe, se decía; hoy sospechamos que los corruptos tienen más fácil llegar al poder. Nadie escucha razones, sino el morbo de la frase altisonante y del insulto. Nadie parece buscar el bien común, sino el bien del partido del que quiere medrar. Los discursos que apelan al sentimiento visceral del rechazo al otro por su ideología están carcomiendo nuestra sociedad.

    Nuestra condición humana parece lastrada. Necesitamos Alguien que en la transparencia de su vida clarifique las aguas que hemos enturbiado. Necesitamos a Alguien que amándonos aun pecadores, nos infunda su amor.

  • Vidas sembradas

    Vidas sembradas

    (Jn 12, 20-33) PIENSA en qué personas han dejado en ti una huella honda y profunda de humanidad; aquellas que acuden a tu memoria en los momentos difíciles y en los más tiernos; aquellas que, de vez en vez, siguen alumbrando tu rostro con una sonrisa de agradecimiento sincero… Hay personas que se han sembrado en nuestra vida; son las que nos permiten dar fruto de humanidad.

    Personas sencillas, pero con carácter; fueron serviciales y, a la vez, recriminaron, con sus palabras o sus silencios, nuestra falta de generosidad; personas que no solo nos daban cosas, sino que se nos dieron ellas mismas, y con ternura despertando nuestra libertad. Hay personas que se siembran en la vida y dan fruto: “Os aseguro que, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”. Así quiso ser el Señor, grano de trigo que se sembró en el surco del mundo.

    Sembrarse requiere sacrificio, entrega, negarse a uno mismo, aguantar momentos de oscuridad en los que parece que nada tiene sentido, momentos de tentación en los que el camino más fácil parece ser el mejor.

    Sembrarse requiere mucho amor. El amor verdadero da sin esperar nada a cambio, no se supedita a la reciprocidad; entrega no lo que le sobra, sino lo que el otro necesita para crecer. El que ama sale de sí mismo, y en ese “éx-tasis”, se entrega a Dios, Padre de la Vida. Concédenos, Señor, vivir sembrándonos.

  • Yo no te juzgo

    Yo no te juzgo

    (Jn 3, 14-21) NICODEMO era un hombre de bien; justo, recto, con la intención de hacer lo debido toda su vida, creyente en el Dios de la promesa. Le desagradaba la hipocresía de los de su clase, pero aun le repugnaba más el pecado burdo y la vida obcecada de los incultos e ignorantes.

    Escucha hablar de Jesús y una luz se le enciende en el alma. Va a verlo de noche. Las palabras de Jesús le sorprenden: “Tienes que nacer de nuevo”, “yo no he venido a juzgar a nadie”, “el que obra mal no se acerca a la luz y ya está juzgado” … Fue una conversación no tan larga, pero serena; sobre todo sorprendente y que lo dejó con una paz profunda. “Dios no me juzga, pero cuando me acerque a Él iluminará este pecado de soberbia que me lastra el alma.” Nicodemo había comprendido que de poco sirve condenar la tiniebla; ante la tiniebla hay que aportar luz. Él, maestro de la Ley, había estado toda su vida recriminando, juzgando, pesando y midiendo conductas, condenando; pesando, midiendo y condenándose a sí mismo…; y con tanto rigor que estaba cansado y vacío. Y todo era tan fácil como dejarse iluminar e intentar reflejar es luz. ¿Podría ser todo así de sencillo?

    Pero el Nazareno había dicho otra cosa: “Cuando me levanten como a la serpiente atraeré a todos hacia mí”. ¿Qué necesidad hay de ese sufrimiento? ¿Para qué pasar por el desprecio y la ignominia? ¿Se podrá ser luz sin quemarse? Pero la presencia de Jesús había sido tan fuerte que toda pregunta pasaba a un segundo término.

  • Conversión

    Conversión

    (Mc 1, 12-15) CUARESMA es tiempo de conversión, de replantearnos nuestra vida para concedernos un espacio para la libertad. Adocenados en la rutina diaria, nos acostumbramos a lo que no nos llena, ni nos hace bien. Necesitamos parar, acoger la riqueza de nuestros sentimientos y nuestra alma, respirar al ritmo de Dios y decir: Aquí estoy, Señor. Eso basta.

    Concédete un espacio y un tiempo de libertad: un rato de oración personal en la iglesia o un paseo en soledad, y pregúntate si tienes que seguir haciendo las cosas y sintiendo la vida como hasta ahora lo estás haciendo; pregúntate si lo que haces responde a lo que quieres, o a las concesiones que has hecho a tu propio pecado o al pecado de los demás; mira qué te está quitando la paz, qué te está llevando al rencor, cuándo de cobardía disimulada hay en tu vida.

    Ceniza y desierto son los dos símbolos con los que se inicia la Cuaresma. Una ceniza que se nos impone en la frente y un desierto al que acompañamos a Jesús en el primer domingo. Ceniza y desierto son realidades marcadas por la ausencia de vida, por la negación; nada crece en ellos, nada en ellos puede subsistir. Y cuando afrontamos la nada en lo que somos, cuando dejamos que nuestras “negaciones” muestren el poder cotidiano que tienen en nosotros, y gritamos a quien puede salvarnos, Jesús se nos manifiesta como el agua que da vida al desierto calcinado por nuestro egoísmo.

  • Glorificar

    Glorificar

    (Mc 1, 40-45) DE TODAS las maneras que las personas podemos reaccionar ante el bien que recibimos, “glorificar” es la más elevada. Podemos “corresponder” a un favor recibido; también podemos “agradecerlo”; “encomiar” a la persona que nos ha ayudado; o también “bendecirlo”, “alabarlo”, incluso “aclamarlo” en público… todas éstas son actitudes ante el bien recibido. Pero cuando la persona prorrumpe en bendiciones y alabanza, y glorifica íntimamente a quien le ha hecho tanto bien, su alma se extasía, sale de sí misma para vivir en la gloria de la bondad del otro. La glorificación brota desde el fondo del alma y llega a lo más alto.

    En el evangelio del próximo domingo un pobre, un enfermo, un marginado de la sociedad se atreve a acercarse un poco a Jesús y a suplicar su bondad, reconociendo su poder. Jesús se acerca, salta las vallas de los rechazos religiosos y sociales, de los miedos y los prejuicios, y lo acaricia, curándolo. El leproso, viéndose curado, “empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones”.

    Hoy siguen siendo los pobres y los enfermos de distintas dolencias, que se han puesto en las manos bondadosas de Jesucristo, de los que con mayor fuerza brota un agradecimiento que da paso a dar gloria desde lo íntimo de su corazón. La autosuficiencia no es agradecida, ni feliz. La conciencia de la propia pequeñez ante Cristo nos hace subir a las profundidades de un amor que nos colma.

  • Evangelizar

    Evangelizar

    (Mc 1, 29-39) LA FE CRISTIANA es misionera, expansiva, apostólica, evangelizadora por naturaleza.

    Otras religiones se agotan en la relación de la persona con lo divino: se le pide bendiciones, se le exhorta a que ayude, se le da gracias por los bienes recibidos, se obedece sus normas, se le pide perdón… Para los cristianos la fe no es solo creer en Dios, para los cristianos la fe es un encuentro con Jesús que nos llama a seguirlo, a estar con él, a continuar su misión. El encuentro con Jesús da a cada cristiano un motivo personal para continuar su misión. Él mismo nos envía: “Como el Padre me envió así os envío yo”.

    Todos los cristianos vivimos esa tensión misionera, evangelizadora de anunciar con nuestra vida y con nuestras palabras que Jesús es el Señor. La fe en Jesucristo es esencialmente apostólica, vivimos como una necesidad ser testigos del Señor.

    Nuestra fe no es para vivirla ni individualmente, ni solo en la familia, ni siquiera reducida al ámbito de nuestro pueblo. Cada persona, sea de la nación que sea, y sea cual sea su vida es un hermano al que ofrecer y con el que compartir el encuentro con Jesús.

    “Ay de mí si no evangelizare”, dice san Pablo. “Vamos a otros lugares a evangelizar, que para eso he venido”, dice Jesús. Para nosotros el afán real de anunciar a Cristo, con nuestras palabras y nuestra vida, es el alma de nuestra fe. No convirtamos nuestra fe en una religión más.

  • ¿Cómo es Jesús?

    ¿Cómo es Jesús?

    (Mc 1, 21-28) CADA PINTOR o escultor, cada cineasta o cada artista que se han imaginado a Jesús lo han hecho de distinta manera. Zeffirelli lo imaginó sereno y bello, con ojos claros y mirada enigmática; Passolini, en su película El evangelio según san Mateo, también lo plasmó de presencia misteriosa, pero con el aspecto de un joven cualquiera; Mel Gipson lo retrató en su pasión como un hombre con la fortaleza del mismo Dios.

    La última imagen cinematográfica de Jesús nos la ofrece Dallas Jenkins en la serie The Chosen (Los Elegidos); y nos ofrece un Jesús cercano y bromista, profundamente empático y con una capacidad milagrosa para, con un solo signo de sus manos, cambiar la vida de todos los que se encuentran con él; su misterio se muestra en su profunda humanidad.

    Porque Dios quiso que su Hijo se hiciera hombre, tenemos el derecho, y casi la obligación, de imaginarlo y recrear su vida para que nos sirva de modelo. Nunca se agotará el misterio de su presencia. Ni los discípulos, ni los que lo vieron en su vida histórica, podían tampoco agotar la profundidad de su existencia, de una autenticidad diáfana, de un amor entregado, de una cercanía íntima y respetuosa, viviendo siempre en las manos del Padre, compasivo con el que sufre, intransigente con el pecado que hace sufrir al hermano, poderoso en obras y palabras…; Camino, Verdad y Vida para todos.

    Jesús, ¿quién eres tú?

  • Rellamada

    Rellamada

    (Jn 1, 35-42) NO SE TIENE fe por una decisión ética, ni por creer en unas verdades convincentes. La fe es un encuentro personal con Cristo, que nos ilumina y le da un sentido nuevo a toda nuestra vida. Los profetas acogieron ese encuentro como una llamada. El Señor irrumpía en su vida y les encargaba una misión ante el sufrimiento o el pecado de su pueblo. Ante la presencia del Señor, se sorprendían y se reconocían indignos e incapaces, pero el Señor insistía, les prometía su ayuda y los liberaba de las parálisis que les impedirían llevar adelante la misión.

    Encuentro inesperado, ayuda que sorprende, misión en favor del pueblo… La llamada que Dios te hizo también fue así. Tal vez se te olvidó porque los sentimientos primeros se pasaron, pero cada uno de nosotros, cada creyente, tenemos en nuestra historia de fe una serie de encuentros personales con el Señor, en los que nos ofrece participar de su vida y su misión. Las mediaciones son varias: un fracaso amoroso, como en el profeta Oseas; la indignación ante la injusticia, como en el profeta Amós; el rechazo a la religiosidad popular vaciada por la hipocresía, como Isaías; el grupo de amigos que llevó al encuentro con Jesús, como Pedro o Natanael; el testimonio de alguien a quien respetas y consideras tu maestro, como Juan y Andrés…

    Todos los creyentes tenemos esos momentos de encuentro personal con el Maestro; y quizás tú necesites renovar el tuyo. Dedícale un rato, y que la humildad y el anhelo te guíen.

  • Abrazo de Dios

    Abrazo de Dios

    (Jn 1,1-18) LA NAVIDAD CELEBRA el abrazo interminable que Dios ha querido darnos a cada uno de nosotros; en nuestras miserias y limitaciones, en nuestras capacidades; en nuestros días grises y en los luminosos; Dios nos ha abrazado y nos abraza en su Hijo Jesucristo. El Padre eterno, al enviar a su Hijo a que naciera hecho hombre, quiso adoptarnos como hijos suyos en su Hijo. Porque hace 2000 años fue Navidad, nadie tiene por qué sentirse solo y abatido. Dios nos abraza y nos acoge.

    No nació en un palacio, ni en una casa rica y lujosa; sino en un pesebre, en un pequeño establo. Desde el primer día, a pesar de ser él la fuente de la pureza, vino rodeado de las inmundicias de los animales, llenándolo todo con la luz del amor que despertaba en todos. Se hizo hombre sabiendo de nuestras contradicciones y nuestros pecados. Se hizo hombre asumiendo la pobreza y la marginación de los últimos, para, desde ahí, abrazarnos a todos.

    Nadie podría haber imaginado que el Dios, a quien los cielos no podían contener, quisiera hacerse hombre. Nadie pudo imaginar que hubiese querido nacer en la más radical pobreza. Pero una vez que así lo hizo, no podemos ya imaginarlo de otra manera. ¿Qué Dios sería Dios si no se hubiera hecho cercano a los más pobres? ¿Qué Dios sería Dios si no hubiera compartido su suerte con los marginados y se hubiese quedado dando lecciones desde una vida cómoda y sin dificultades? San Pablo lo explicó: la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres.

  • Pequeñas y grandes esperanzas

    Pequeñas y grandes esperanzas

    (Jn 1,67-79) JOSÉ, EN EL CAMINO de Ani Karen hasta Nazaret he venido pensando muchas cosas. Isabel y Zacarías han visto cumplido su anhelo profundo de ser padres. Además, el Altísimo les ha anunciado que su hijo será alguien importante en la historia de nuestro pueblo, un profeta como el profeta Elías. Yo también veré cumplido el deseo de toda mujer de tener un hijo; y además los dos sabemos que este niño es hijo del Todopoderoso. Pero tú, José… el deseo de todo hombre es tener un hijo que continúe su familia y su sangre. No sé cómo te sientes.

    • Es difícil de explicar, María. Antes de que te quedaras encinta yo te amaba muchísimo; eras el sol de mi vida; contigo todo encontraba su verdadero sentido. Cuando me dijiste que estabas embarazada el mundo se me desplomó encima. Después que me visitara el ángel del Señor todo cambió. Antes pensaba que no te merecía, ahora pienso que no te merezco en nada en absoluto; antes me preocupaba por cómo sacar adelante nuestra familia en medio de tanta violencia y pobreza, ahora me tiemblan las piernas de pensar que tengo bajo mi responsabilidad cuidar al hijo del Altísimo; antes soñaba con tener un hijo contigo, ahora sueño cómo será el hijo que criemos para que sea el Mesías de Dios. Todo se ha hecho más hermoso y difícil a la vez.
    • Y, ¿no vas a echar nada de menos?
    • No lo sé. Pero mirando tu rostro María, y mirando al hijo de tus entrañas el mundo se paraliza. No sé más; y, a decir verdad, no quiero saber nada más.