Etiqueta: el evangelio del domingo

  • Recordando

    Recordando

    RECORDANDO LO mejor de los nuestros se nos llena el alma de nostalgia y de ternura. Nos alegramos íntimamente de los momentos que con ellos compartimos; momentos seguramente sencillos, sobre los que nadie escribiría una novela, pero que fueron los que nos hicieron ser quienes somos. Ese mismo recuerdo nos hace sentir una nostalgia grande, que puede ser dolor punzante cuando a quien recordamos nos dejó recientemente.

    Recordar a nuestros difuntos nos hace más personas. Los recordamos con agradecimiento, con indulgencia, con comprensión. Es un recuerdo que se hace oración porque la muerte siempre nos sitúa en el umbral de esta vida y nos hace mirar a la oscuridad y el enigma de la otra. Desde que la persona es persona, eso es así. Los primeros rasgos de humanidad se dan con el culto a los difuntos; los primeros textos escritos se encontraron en sus tumbas. Como si toda nuestra humanidad se cifrara en reconocer que nuestra dignidad personal, que nuestro amor y nuestra libertad no sucumben con la muerte.

    Eso que era un anhelo profundo de cada persona se hizo realidad en la muerte y la resurrección de Jesucristo. En Él sabemos que nuestra vida tiene esperanza (y responsabilidad) de vida eterna. La resurrección de Cristo le da su verdadera dimensión y sentido a nuestra vida. Él que entregó su vida por nosotros es ahora el corazón de nuestras vidas.

  • ¿Puede curar la fe?

    ¿Puede curar la fe?

    VARIAS VECES en los relatos de los evangelios escuchamos a Jesús decir: “Tu fe te ha curado, vete en paz”; o “que te suceda según tu fe”. Incluso la fe de otros –de la madre o de unos amigos– se convierte en causa de sanación.

    Jesús nos salva de muchas cegueras espirituales, de muchas parálisis personales, nos da vida cuando vivimos en sombras de muerte. Hemos sido testigos muchas veces. La fe de una persona permite también que Dios reactive todas las energías de su cuerpo y de su espíritu para la sanación. La confianza, la fe y la esperanza consiguen lo imposible. También somos testigos de ello.

    Especialmente, cuando creemos en Jesucristo como Señor del universo, no hay situación difícil en la que no podamos sentirlo cercano, comprensivo con nuestros dolores y problemas, ya que Él los asumió primero. Hasta de nuestros pecados y de las contradicciones de nuestra historia nos permite descansar en Él. Hay muchas enfermedades psicosomáticas; por lo mismo hay también muchas curaciones que vienen de una actitud vital abierta a la luz y al amor.

    Ante la oración de alguien que sufre, ante la oración de un pobre, Dios padre se compadece y puede otorgarle el favor que pide, que puede servir de signo para una salvación plena. ¿Quién se atreve a poner límites al amor de Dios? La vida ya es un milagro; y en la vida se dan milagros sin cuento a quien tenga ojos para ver. Realmente la fe cura.

  • La dama Pobreza

    La dama Pobreza

    (Marcos 10, 17-30) “PODEROSO CABALLERO es don Dinero”, dictaminaba Francisco de Quevedo en una metáfora que sigue siendo de actualidad. Pocas cosas no las compran las riquezas, solo las que dan sentido profundo a la vida: la amistad verdadera, el auténtico amor, la dignidad de la propia vida, el consuelo y la fortaleza de la fe. “Quien quisiera comprar el amor con las riquezas de su casa se haría despreciable”, sentencia la Biblia en el Cantar de los Cantares del rey Salomón.

    Es más, solo cuando usamos el dinero y los bienes materiales con generosidad, y los ponemos al servicio de los demás, vivimos de acuerdo con nuestra dignidad humana. El egoísmo, la avaricia, la tacañería, la rapacidad, la mezquindad nos hacen menos personas y nos alejan de la voluntad de Dios. ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de los cielos!, dice el Señor en el texto del evangelio del próximo domingo. Necesitamos los bienes materiales para vivir, para eso los creó Dios; pero no vivimos para ellos.

    Quien se encuentra con el amor siente la profunda necesidad de entregarse a quien ama, y de compartir con él todo lo que tiene. Por eso, quien se encuentra con la inmensidad del amor de Dios gusta de vivir en austeridad y pobreza, conformándose con poco, queriendo compartir lo que tiene con los pobres, sintiendo como un agravio al amor a Dios el alejarse de sencillos buscando una vida de falsas apariencias. San Francisco se declaraba enamorado de la dama Pobreza.

  • Imágenes de Dios

    Imágenes de Dios

    (Marcos 10,2-16)

    ¿QUÉ REALIDAD DE nuestro mundo puede servirnos como imagen de Dios?

    Sabemos que la Biblia, antes de que el Padre enviara a su Hijo, “imagen de Dios Invisible”, prohibía toda representación de Dios, incluso pronunciar su nombre. Por eso, aunque los creyentes le tenemos devoción a distintas imágenes religiosas de un artista inspirado, ya sean esculturas o pinturas, sabemos que toda son meras imágenes, y que la realidad de Dios está siempre más allá. Dios es espíritu y debemos adorarlo en espíritu y verdad.

    El mundo ha sido creado por Dios, y hay muchas realidades del mundo que nos hablan de Él: el colorido y la atmósfera cálida de un atardecer, el murmullo de los árboles y los pájaros de un bosque… Dios crea al hombre y a la mujer, dice el libro del Génesis, a su imagen y semejanza; y desde entonces el amor entre la mujer y el hombre –sus lazos de ternura que les acercan a la plenitud, la entrega sincera de un amor mutuo, su generosidad al engendrar y cuidar a los hijos, su disposición a cuidar el uno del otro en la riqueza y en la pobreza, en la salud y la enfermedad…—es la imagen más cercana a un Dios que se define a sí mismo como amor.

    Ojalá cada uno de nosotros, en cualquier circunstancia, vivamos siempre en ese amor de entrega, en un amor grande que de sentido a toda nuestra vida.

  • Conocer a Manolillo

    Conocer a Manolillo

    Marcos 9,30-37) LAS PERSONAS que tenemos un cargo de relevancia, aunque sea poca, en la sociedad o en la iglesia hemos de estar siempre atentos a que esa responsabilidad, que se nos ha entregado, la ejerzamos como un servicio, y no como un privilegio o como un honor.

    El refranero, como siempre certero y cruel, así lo advierte: “Si quieres conocer a Manolillo, dale un carguillo”. Y es que algunas veces los “manolillos” cuando recibimos un pequeño cargo ya queremos que nos llamen “don Manuel”, y que las personas estén a nuestro servicio. Cargos políticos, alcaldes y cargos municipales, presidentes de asociaciones de vecinos o encargados de una sección en la fábrica, hermanos mayores de hermandades, responsables de un área u otra de la parroquia, párrocos… Todos estamos tentados de que el cargo se nos suba a la cabeza.

    Para eso hemos siempre de estar atentos a vivir desde la humildad, que se expresa en estar al servicio de las necesidades concretas de las personas, buscando ser los primeros en colaborar con los trabajos más bajos e ingratos; y atentos también en bien de todos, en lo que de nosotros dependa; sirviendo con agrado al más pequeño, sin emplear acritud con nadie. Al modo de Jesucristo, que no se aferró a su dignidad divina, sino que se hizo hombre y pasó por uno de tantos; aceptando la muerte, y una muerte de cruz. Por eso, ahora, toda rodilla se dobla ante su Nombre bendito, por su amor y su humildad.

  • Imparable

    Imparable

    (Marcos 7, 31-37) CUANDO EL SEÑOR habla al corazón de una persona, su palabra poderosa se convierte en nosotros en una fuerza imparable, que ni nuestras cobardías, ni nuestros pecados, ni las censuras o prohibiciones pueden acallar. Los profetas son testigos de esta experiencia. Estamos hechos para la verdad y para el bien, y cuando los encontramos en profundidad qué difícilmente los dejamos de lado.

    Quizás me diréis que la experiencia es la contraria; que muchas personas que han vivido momentos de encuentro con el Señor, después, han seguido o recaído en la injusticia y la mentira… En ellos, la palabra está aletargada, como la semilla que en la tierra está esperando para dar fruto. Así le ocurrió a Moisés que estuvo años y años pastoreando antes de reconocer aquella zarza que ardía sin consumirse y que le habló del sufrimiento de su pueblo y de la voluntad de Dios de salvarlos. Pero la Palabra allí estaba y germinó y dio fruto.

    Este domingo celebramos la natividad de María de Nazaret. En ella la Palabra fue acogida y dio fruto sin tardanza, sin dilación, sin falsas prudencias. Ojalá nos sirva de ejemplo María para no retardar una respuesta plena a nuestra vocación. Cuando así lo hagamos, viviremos reconciliados con nosotros mismos, humildemente orgullosos de vivir conforme a la misión que nos han encargado.

  • Debilidad y pecado

    Debilidad y pecado

    (Marcos 6,1-6) NUESTRA CONDICIÓN humana es de debilidad. Débiles y necesitados de los demás nacemos; en debilidad morimos, anhelando una mano amiga a la que asirnos; en medio de estos extremos errores, ofuscaciones, enfermedades… En esa debilidad vamos aprendiendo a vivir en el amor, que es nuestra única y gran fortaleza.

    Cada vez que egocéntricamente nos cerramos a la carne débil del otro, o nos centramos orgullosamente en nosotros mismos, nos alejamos de vivir en el amor y caemos en el pecado. El pecado es negación de Dios porque es negación de nosotros mismos y negación del amor. No te asustes de tus debilidades, porque luchando por superarlas haces digno tu amor; no reniegues de las debilidades de los demás, porque acogiéndolas vas haciendo fuerte tu amor.

    Nuestros pecados son fruto muchas veces de la debilidad en la que vivimos. Por eso, no te angusties por ellos; levántate, pide perdón y sigue caminando sinceramente buscando el bien. En ese camino te encontrarás siempre con Jesucristo, que quiso nacer hijo de una aldeana y de un trabajador sencillo, que quiso vivir pobremente, que murió en un patíbulo, para que ante Él nadie tuviera que fingir ni impostar dignidades, ni fortalezas.

    El Hijo de Dios, haciéndose débil y viviendo en el amor, nos muestra el verdadero camino de la dignidad humana.

  • Siendo rico, se hizo pobre

    Siendo rico, se hizo pobre

    (Marcos 5,21-43) LA SABIDURÍA de los otros mueve a admiración o a envidia; a no ser que reconociendo nuestro desconocimiento dejemos libre un “espacio” en nosotros para aprender. La necesidad de llenarnos con riquezas materiales nos hace caer en un egoísmo que nos esteriliza para la vida y para los demás; solo los que comparten o arriesgan lo que tienen para generar riqueza, solo los que apuestan por disminuir pueden aumentar el bienestar de todos.

    El afán de ser honrados, de que hablen bien de nosotros nos va haciendo hipócritas, falsos, tibios; sin querer molestar a nadie con nuestra libertad de conciencia, la perdemos; sin buscar la verdad que brota de la realidad y de la vida, nos conformamos con lugares comunes, con lo políticamente correcto, con ideas que ni iluminan ni nos mueven.

    Para que las ruedas puedan acoger los ejes que soportan el carro y rueden, deben tener el centro vacío, hueco. Los chinos decían esto del emperador; su labor era estar ahí, sin hacer, sin ocupar el puesto de los demás, para que el reino avanzara como las ruedas de un carro.
    Jesucristo siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. Y nosotros, solo cuando reconocemos la verdad de nuestra pobreza, podemos abrirnos a la inmensa riqueza que es el conocimiento de Jesucristo en nuestra vida. Vacíate de ti mismo, póstrate ante el Cristo, como Jairo o como la hemorroisa, y sabrás qué significa la gracia de tener a Cristo como salvador, como Hermano.

  • El arte de callar

    El arte de callar

    (Marcos 4,35-40) SE NECESITAN dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a escuchar, según le atribuyen a un escritor famoso. Y parte tiene de verdad.

    Adolecemos de falta de capacidad de escucha; antes de que el otro acabe de hablar y de explicarse, ya sabemos lo que nos va a decir, y ya estamos preparando nuestra respuesta. Se nota en nuestros recuerdos; siempre nos acordamos de lo que dijimos en tal o cual conversación, pocas veces lo que nos dijeron. Escuchar requiere silencio de nuestra parte. Escuchar de manera activa requiere un silencio que busca comprender al otro, que quiere adentrarse en lo que quiere decirnos con lo que nos dice, en lo que siente, en cómo se ha sentido, en cómo se comprende a sí mismo.

    Cuando rezamos también necesitamos silenciarnos, acogernos en una escucha activa. Primero decir, y después saber por qué decimos lo que decimos, cómo nos sentimos al decirlo, por qué nos sentimos así. Es la confianza profunda en el amor de Dios la que nos permite ser sinceros con nosotros mismos. Después hemos de guardar silencio ante Él, silenciar lo superficial y lo profundo. Su música callada le dará una nueva sintonía a nuestra vida; una nueva paz, una nueva luz, un silencio que nos permite Vivir.

    Así es, Jesucristo tiene poder para silenciar el mar embravecido interno que muchas veces es nuestro corazón.

  • De la espera y la esperanza

    De la espera y la esperanza

    (Marcos 4,26-34) PARA RECOGER frutos de un árbol plantado, se necesita paciencia en la espera y paz de espíritu con esperanza. Cada árbol tiene su ciclo vital y hay que respetarlo. Así sucede con las personas. Cada uno tenemos nuestros ritmos, nuestras fases y periodos, y tenemos que acogerlos con paciencia y paz. Perder la paciencia en la educación de los niños, en la apertura de procesos en la comunidad cristiana y en los pueblos es simplemente perderlo todo.

    Tiene paciencia quien no se da más importancia de la debida, quien por amor espera siempre que el otro vaya creciendo en el bien, y quien tiene su confianza puesta solo en Jesucristo. La juventud suele ser impaciente; y el secreto de la sabiduría está en acoger ese crecimiento lento e inexorable del bien, aunque nos exija la cruz. Así lo vivió Jesucristo, que supo que solo cuando fuera levantado a lo alto atraería a todos hacia sí.

    Sea cual sea tu tarea, no cejes en hacer el bien; no pierdas el norte desesperándote por creerte más de lo que eres; disfruta del silencioso crecer de lo que siembras, que la sonrisa y la comprensión es el mejor de los abonos. Y si toca sufrir y pasar por la cruz, no olvides que el mismo Hijo de Dios tuvo que pasar por ella. El bien, como la salud, necesita paciencia y buenos alimentos, es decir, buenos ejemplos.