Etiqueta: el evangelio del domingo

  • La comunidad crece

    La comunidad crece

    (Jn 14, 1-12) CUANDO LA IGLESIA fue consolidándose y creciendo, los creyentes se dieron cuenta de que necesitaban dotarla de distintos servicios al Evangelio. Al principio solo estaban los apóstoles y el resto del Pueblo de Dios. Los apóstoles (unidos y en comunión) enseñaban y realizaban la fracción del pan en las casas, y los creyentes aprendían y acogían el amor de Dios. Crecían en Jesucristo, por el amor del Padre.

    Poco a poco, los quehaceres se hacen más complejos. Los apóstoles delegan en un nuevo ministerio, el de los diáconos, la tarea y el servicio de la caridad con los más pobres. Pero en la Iglesia todo servicio lo es al Evangelio, y estos 7 diáconos serán vanguardia en la misión. Esteban, en el anuncio de la divinidad de Jesucristo; y Felipe en evangelización de los gentiles y, con sus cuatro hijas, en el nacimiento de la vida consagrada.

    ¡Qué importante es saber compartir lo más valioso que tenemos, y no solo lo exterior! Qué importante es que en una comunidad cristiana sepamos hacer partícipes a los otros de las tareas que llevamos a cabo. Compartir cosas es bueno; compartir la misión nos hace hermanos.
    Catequistas, grupo de Cáritas, de liturgia, de cantos, de economía, secretaría, pastoral de la salud, hermandades… Todos hemos de ser grupos abiertos que buscan fraternalmente la unidad en la misión. Así, todos juntos, seremos signos y cauces de Evangelio.

  • ¿Quién, si no Tú, Señor?

    ¿Quién, si no Tú, Señor?

    (Jn 10, 1-10) CUALQUIER FACETA de la vida de Cristo se convierte en modelo y referencia para el que se acerque con verdadero afán de buscar lo auténticamente humano. Tan humano, tan humano como Jesús, solo puede serlo Dios.

    Si nos fijamos en su mensaje moral desborda todos los parámetros que las distintas culturas han elaborado como camino de perfección humana. Son tan certeras y profundas sus enseñanzas que después de 2026 años siguen dando qué pensar y qué descubrir del alma humana.

    Si nos fijamos en sus acciones, ocurre lo mismo; nadie con tanta misericordia que Él, o quien en Él ha fundado su vida; nadie con tanta valentía ante los poderosos; nadie con tanta humildad ante el humilde; nadie tan comprensivo con el pecador.

    Si nos fijamos en su intimidad personal, no podremos encontrar a nadie tan asertivo, a nadie más sereno y firme, más flexible y seguro. Sabía cómo decir, y qué decir; porque sabía quién era, y cuál era su misión.

    Por eso, cuando escuchamos en el Evangelio que dice: “Yo soy la puerta, quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir”, tenemos que darle la razón. En Él encontramos verdad y luz, perdón y comprensión, libertad y la razón, la única razón profunda, para nuestra entrega. De nadie podemos decir esto, solo de Jesús.

  • Un viento fresco

    Un viento fresco

    (Jn 4, 5-42) EL CAMINO DE la cuaresma es camino hacia el bautismo, hacia la Pascua. El domingo pasado, el texto de la transfiguración del Señor era luz en la ceguera de los discípulos que no comprendían que la cruz es el único camino del amor. En el evangelio del próximo domingo, el de la samaritana de Sicar, el Señor se nos muestra como un viento fresco que renueva nuestro ánimo y nos invita a la esperanza. En cuaresma estamos invitados a encontrarnos con Jesús que nos espera a la sombra de un árbol, cerca del brocal de un pozo, pidiéndonos agua para beber. Nos muestra su sed para poder anegar la nuestra con su agua viva. Cada encuentro con el Señor nos hace entrar en lo íntimo de nuestra vida, nos hace reconocer las contradicciones que tenemos, nos ofrece su comprensión, y nos transforma sin que sepamos cómo.

    Somos como aquella samaritana: pecadores que ocultan su vergüenza tras un paño de orgullo, buscadores insatisfechos con los consuelos de este mundo, creedores de que tenemos que ganarnos con esfuerzo cada día el agua de la salvación. Jesús, como siempre: poniéndose a tiro del pecador, del alejado; valorando la sinceridad en medio de la ambigüedad de nuestra vida; predicando en todo tiempo y ocasión; caminando pobre hacia Jerusalén.

    Ojalá en uno de nuestros ratos de oración de esta cuaresma experimentáramos la brisa suave de la conversación con Jesucristo que transforma el alma.

  • Sal que salas

    Sal que salas

    (Mt 5, 13-16) LA ADVERTENCIA de Jesús en el comienzo de su predicación más larga es severa: “Si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.” Y es una advertencia a nosotros, que queremos ser sus discípulos. Si no mantenemos el espíritu de fe y de esperanza en el Padre en nuestra vida concreta, qué sentido tiene que nos consideremos discípulos de Cristo. Nuestra alegría no será la que anunciaban las bienaventuranzas, sino una alegría superficial que no perdura.

    Nuestra alegría será cristiana cuando nos alegremos al compartir. “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas”, sigue clamando Isaías. Y cuando nuestra fe y nuestro amor a Cristo no retroceda ante la cruz. “Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado”, nos dice también hoy a nosotros Pablo, el apóstol de los gentiles.

    La verdad de nuestra vida pasa por la pobreza del pesebre y por la entrega de la cruz. Todo lo que no sea eso es una fe de “postureo”, de medallitas y rezos, pero sin que nos dejemos acoger por Jesucristo, la gloria del Padre; sin ser de verdad cristianos, discípulos de Cristo.

  • Lo razonable y la plenitud

    Lo razonable y la plenitud

    (Mt 5, 1-13) EL EVANGELIO se mueve constantemente entre lo más sensato y razonable, y la propuesta más radical de vida para vivir en plenitud. Jesús, siguiendo la tradición bíblica, exhorta a sus discípulos a ser prudentes y a no poner la vida ni en el afán por el dinero, ni en el qué dirán, ni en una vida superficial y vacía. Aconseja hacer el bien a todos y a sembrar la paz; nos invita a una vida de trabajo sencillo y de amor con la familia, con los amigos y con los más pobres.

    Pero cuando se trata de amor, no hay prudencias que valgan. Amor, amor y solo amor es lo que llena de plenitud el corazón de la persona. Él lo sabe y lo vive, y así se lo enseña a sus discípulos. A la llamada del Señor que nos ama y nos invita a amar anunciando el Evangelio, los discípulos lo dejan todo y lo siguen. Ante el rencor, amor a los enemigos; ante la violencia, la oración de bendición.

    Actuar con prudencia y sensatez es necesario; pero toda nuestra inteligencia y razón, todos nuestras inclinaciones y gustos han de estar al servicio del amor más grande. Sin amor somos campana que retiñe o címbalo que resuena y que acaban en nada.

    Sé prudente en todo; y esa prudencia empléala en amar a quien debes amar, por el amor de quien es el Amor. Nadie vive con más felicidad que el que entrega su vida por amor. Es este el don más grande que Dios nos entrega como pan en la oración de cada día.

  • Comienza la buena noticia

    Comienza la buena noticia

    (Mt 4, 12-23) “EL PUEBLO que habitaba en tinieblas vio una luz grande”. Jesús de Nazaret comenzó a predicar y a realizar signos de compasión con quien sufría. Por las aldeas y los caseríos iba desgranando una Buena Noticia que los sabios y entendidos de todos los tiempos querrán inquirir y comprender: “Felices los pobres”, “rezad por los que os persiguen”, “no pongáis vuestro corazón en el dinero”, “Dios mismo es vuestro Padre”. Aquellos campesinos, como los sabios de todos los tiempos y como nosotros mismos no acertamos a comprender la profundidad de la Buena Noticia de Jesús. Pero ellos tenían una ventaja: contaban con la presencia del Nazareno, fueron testigos de la fuerza y la autoridad que tenía su persona. No importaba entender; a cada uno llegaba y se quedaba con una de las palabras del Maestro. Pero aquella “palabra” se imprimía a fuego en su alma porque era la luz que necesitaba.

    Hoy entre nosotros sigue siendo igual. La Buena Noticia es Jesucristo, su presencia en nuestro corazón y nuestra vida. No importa si no lo entendemos todo. No importa que haya cosas que nos resulten inalcanzables. Importa escucharlo a Él. Pero hoy, ¿quién estará dispuesto a prestarle su voz para que Él siga siendo Palabra?, ¿quién estará presto a entregarle su vida para que Él siga dando a suya a los pobres?, ¿quién aceptará ser “pescador de hombres”?

  • ¡Qué bello y qué grande eres!

    ¡Qué bello y qué grande eres!

    (Jn 1, 29-34) MUCHOS PUEDEN criticar a la Iglesia, y en sus críticas tienen parte de razón. Muchos pueden criticar nuestra manera de vivir la fe cristiana por tibia, incluso por hipócrita; y tendrán bastante razón. Pero cuando centran su atención en Jesucristo, las críticas se silencian y se abre la puerta de la admiración.

    La valentía y la prudencia; la justicia y la misericordia; la preocupación por los últimos y el perdón al pecador; la capacidad de servicio olvidándose de su propia vida; la sabiduría que todos entienden y que a todos desborda; la coherencia vital entre lo que dice y lo que hace; su humildad que descoloca, y a la vez su pretensión de ser el camino y la verdad y la vida… Todo en Jesucristo llama a una admiración que nos introduce en el silencio.

    Ninguna filosofía llegó a una verdad tan alta y tan profunda; ningún sistema político pudo soñar una transformación tan profunda de la sociedad cuando es su Espíritu el que nos conduce; ningún artista pudo reflejar tanta belleza como trasmina su persona en el Evangelio. Jesucristo es el cordero sin mancha que quita el pecado del mundo.

    No somos cristianos por nuestras virtudes, ni siquiera por las virtudes de la Iglesia. Nuestra fe se fundamenta en una persona que mirándonos a los ojos nos muestra nuestra verdadera realidad en sus pupilas. En tu mirada todos nos hacemos más amables y buenos. ¡Ten piedad de nosotros!

  • El comienzo de la salvación

    El comienzo de la salvación

    (Mt 3, 13-17) TODOS LOS evangelios recogen la narración del bautismo del Señor como el inicio de su vida pública. Cuando llegó el tiempo a su madurez Jesús supo que tenía que iniciar su misión. Una experiencia fundamental se lo ratificó. Fue donde estaba Juan, el hijo de Zacarías, en la montaña de Judea; allí se estaban convocando muchos israelitas ante su llamada a la conversión. En Jesús este gesto tuvo una resonancia especial, experimentó el amor del Padre y su llamada a llevarle como hermanos, como hijos a toda la humanidad. Su vida y su muerte serían el sacramento de la Vida Nueva.

    Desde entonces muchos se han sentido acogidos en Cristo como hijos de Dios. En algún momento, el fracaso de sus expectativas, un desengaño profundo en la vida ha llevado a algunos a dejarse abrazar por Cristo en vez de hundirse en la desesperación; en otros ha sido la ilusión por participar y colaborar en algo grande y hermoso, el deseo por llevar la buena noticia a los pobres, de impulsar justicia para este mundo; en otros un profundo anhelo de trascendencia, de paz interior, de encuentro, los llevaba hacia Cristo… Todos, al encontrarse con el Señor, nos hemos visto alentados a vivir y a dar vida.

    El bautismo es el comienzo. Todo comienzo auténtico brota del bautismo, de la cercanía y la amistad con Cristo que purifica nuestro amor y alienta nuestra vida.

  • José, hombre y creyente

    José, hombre y creyente

    (Mt 1,18-24) DESDE HACE demasiado tiempo todo se polariza en España. Las suspicacias de algunos han llegado hasta la tradición del Belén. “En espacios públicos no se deben poner símbolos religiosos”—dicen. Pueden tener alguna razón, pero cuando esos símbolos son profundamente humanos y están radicalmente enraizados en nuestra cultura, renunciar a ellos es empobrecernos, y dejar un vacío cultural que lo viene a ocupar la mentalidad consumista y superficial del capitalismo. No seamos estúpidos.

    En la historia del nacimiento de Jesucristo, san José tiene un papel importantísimo. Es un hombre justo, por encima de las vigencias culturales de su tiempo, terriblemente machistas. Decidió no repudiar a su prometida cuando descubrió que estaba embarazada y no podía ser de él, solo para salvarle la vida. La pena que se les imponía era la de muerte por apedreamiento. Pensándose deshonrado, decidió salvar la vida de María y del hijo que traía, en contra de las leyes machistas de su tiempo.

    Es, también, ejemplo de creyente. Creyó el anuncio de lo alto que le decía que el niño que tenía María en su seno era fruto del Espíritu Santo; y, sin decir palabra, puso por obra la voluntad de Dios en su vida, y se hizo custodio de la Luz. Los hombres creyentes tenemos en san José un referente esencial. Su sencillez, su generosidad, su entrega, su perseverancia en custodiar la vida, y su fe tienen que inspirarnos a cada uno de nosotros.

  • Signos de la fe

    Signos de la fe

    (Mt 11,2-11) EL HUMO ES SIGNO de que en alguna parte hay fuego; la fiebre, de que en nuestro organismo hay infección. Un abrazo o un beso, si no son fingidos, son signos de cariño, de amistad, de amor verdadero. Los signos físicos son solo señales de la causa que los provoca; los signos humanos refuerzan, afianzan y hacen avanzar el sentimiento que los impulsa. El beso, la caricia o el abrazo acrecientan el afecto mutuo; hacen realidad compartida lo que solo era un sentimiento.

    La fe también tiene signos: hechos que muestran cómo el amor de Dios mueve nuestra vida. La oración es signo de nuestra confianza en Dios. La fraternidad y la ayuda al que sufre son signos de que el amor de Dios va transformando nuestra vida. La fe viva siempre da signos de ayuda al más débil, de acogida del diferente, de justicia para el oprimido. La palabra de la fe sin que la acompañen signos de vida suena vacía y hueca.

    Cuando a Jesús le pregunta Juan el Bautista si es el Mesías no responde con muchas palabras, sino con signos: “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; y a los pobres se les anuncia el Evangelio.” ¿Cómo creyentes y como comunidad cristiana, qué signos estamos dando de una fe en el Dios del amor y de la vida, en el Dios de la justica y la paz, en el Dios que es amigo de los pobres?.