Etiqueta: el evangelio del domingo

  • Dios de los pobres

    Lucas 6, 17-26

    QUIEREN LA comodidad y la buena vida, quieren días de lujos y de caprichos, quieren que la gente los admire y los tenga en consideración, quieren la seguridad que da el dinero, quieren un cuerpo elegante que cause admiración, quieren que otros sean los que carguen con los pesados trabajos de cuidar a los niños y a los ancianos, quieren barrios para ellos solos sin que los pobres perturben su felicidad… y también quieren, que por unas monedas, Dios esté de su parte… Pues no es así.

    El Dios de nuestro Señor Jesucristo es Padre de los pobres, es Defensor del huérfano, la viuda y el inmigrante, es Consuelo para el que sufre y Justicia para el que vive la opresión. Y si tú en tu vida estás buscando honores y riquezas, si en vez de poner tus energías y capacidades al servicio de todos, sólo miras por tus intereses individuales y egoístas, te estás alejando de Él.

    Por eso, pequeños del Señor, ni la enfermedad, ni las dificultades económicas, ni los problemas que os agobian pueden venceros, tenéis a Dios de vuestra parte; Él siempre estará a vuestro lado. Los ricos pueden vivir la obcecación de no dar importancia a la cercanía concreta, histórica, afectiva de Dios, pero se equivocan. Pero vosotros sí sabéis la fuerza y la luz que Jesucristo pone en nuestro corazón para afrontar problemas y dificultades, retos y fracasos. La historia y la vida son de aquellos que puestos al lado de los pobres, tienen su corazón en Dios. Su esfuerzo, su trabajo y su sufrimiento siempre servirán para abrir caminos de nueva humanidad.

    Y tú, realmente y en lo concreto, ¿de parte de quién te pones?

  • Lógicas humanas

    Lucas 5, 1-11

    QUIEN ENTIENDE DE pesca sabe que cuando el día clarea, y los peces ven la luz del alba, éstos huyen hacia profundidades a las que las redes no alcanzan; si además se ha estado toda la noche pescando y no se ha recogido nada, y se va uno con la barca a lo más profundo del lago, encontrar un banco de peces no es que sea improbable, directamente es imposible. Pero fiados en la palabra de Jesús, al clarear el día, después de toda la noche bregando y bogando con la barca a mar adentro, Pedro echa las redes al mar, y recogieron tantos peces grandes que la barca casi se hundía.

    ¿Qué pueden hacer doce jóvenes siguiendo a un profeta que anuncia el inmenso amor de Dios y la proximidad de su Reino? ¿Alguien podrá creer que podrán transformar la historia?

    Definitivamente, no pretendas nada que tu lógica humana no vea con nitidez. El fracaso será seguro… O, quizás, sea seguro el fracaso de tu vida si no acoges la llamada de Dios que te invita a una entrega sin condiciones a su voluntad en tu vida.

    La llamada de Jesucristo no fue sólo para los doce apóstoles, es para toda persona que al acercarse a él quiera escucharlo. Es una llamada a tenerlo como referencia absoluta en la vida; no sólo a su proyecto o a sus valores, a

    Él como Camino, Verdad y Vida. En ese seguimiento llegarán proyectos de ayuda a los demás, y valores para vivir más humanamente, y búsqueda de un mundo más justo y de vida digna para todos, pero siempre siguiéndolo.

    ¿Quieres seguir la lógica humana en tu vida, o la cuerda insensatez de seguir al Nazareno?

  • Con-Versación

    Lucas 4, 14-21

    NECESITAMOS LAS palabras como los animales necesitan su instinto para vivir. Sin las palabras nuestra vida se convierte en densa niebla en la que no podemos caminar.

    Aunque la publicidad quiera engañarnos y deslumbrarnos con imágenes sugerentes y atractivas, aunque haya quienes digan que la vida de la persona no tiene otro horizonte que el de cualquier otro ser vivo, es la palabra la que nos hizo personas, hombres y mujeres que caminan y dialogan, que buscan, contemplan y comparten, que viven, en el sentido humano de la palabra.

    Hay palabras que nos constituyen: «te quiero», «eres mi hijo», «me entrego a ti». Hay palabras que nos fuerzan a avanzar: «¿qué te parece?», ¿quieres venir con nosotros?». Hay palabras que te purifican, o te destruyen: «No», «fuera», «te desprecio». Hay también palabras que son órdenes, mandatos; como los mandatos de la Ley de Dios, como el mandamiento del amor.

    Estas palabras que mandan sólo las aceptamos de quien sabemos que nos quiere y contempla nuestra vida más acá de lo que recordamos, más allá de lo que vemos. De buena gana, sólo aceptamos mandatos de nuestros padres, cuando somos pequeños, y de Dios. Porque sus palabras proceden del amor y de la voluntad unívoca que busca nuestro bien.

    La Biblia, la Palabra de Dios, nos ayuda a encontrarnos con el sentido pleno y verdadero de nuestra vida. Dios hecho Palabra, Jesucristo, sale al encuentro de nuestra vida y nuestra historia para dialogar sobre el sentido de nuestra vida.

    No rechaces su buena conversación, es Palabra de vida.

  • Alegría en la fragilidad

    Juan 2,13-25

    LAS PARROQUIAS son, muchas veces, lugares donde se recoge y se expresa toda la fragilidad de las personas: oraciones suplicantes y emocionadas ante una imagen del Señor o de la Virgen; silencio humilde y contemplativo ante el Sagrario; padres y madres, a veces cansados, que se acercan con sus niños; ancianas que encuentran en el Templo su segunda casa; familias pobres que vienen a paliar sus carencias y sus necesidades; inmigrantes recién llegados que todavía no han encontrado su lugar en nuestro pueblo; arrepentimiento sincero de quien busca el perdón que necesita en el sacramento; jóvenes en los que palpita la ilusión por cambiar el mundo; el servicio pobre y humilde de muchos que quieren construir la familia de todos…

    Las parroquias son lugares donde, cotidianamente, se transforma nuestra fragilidad en impulso hacia el servicio, la esperanza y la alegría. Sólo hay una condición para que esto sea así, aquello que dijo María: «haced lo que Él os diga».

    En las parroquias no es extraño que el más sencillo se sienta protagonista y partícipe; que quien no cuenta en otros lugares, aquí se sepa elegido, valorado; que quien llega desolado y vacío acoja el consuelo que necesita para seguir luchando. Ojalá cada persona que nos acercamos a nuestras parroquias sintamos que nos ponen un nombre nuevo pronunciado por la boca del Señor. Que ya no nos llaman «Abandonados», ni a nuestro pueblo «Devastado»; sino que nos llaman «Elegidos»; y que cada uno escuchemos que se nos dice: «el Señor te prefiere a ti».

    Esto es el Señor quien lo hace, sólo nos pide nuestra fragilidad.

  • El bautismo y más

    Lucas 3,15-22

    JUAN, EL BAUTISTA creó un movimiento de renovación social y religiosa en la Judea de comienzos del siglo I. En una sociedad tan teocrática como aquella toda reforma religiosa conllevaba reforma social y era condición necesaria para cualquier cambio político-militar.

    Pero los datos que tenemos de la predicación y la vida de Juan, circunscriben su actuación al ámbito de lo religioso. Su predicación fue una llamada a la conversión, a abandonar la hipocresía religiosa y el abuso de los más pobres, a reconocer los propios pecados y acoger un signo de purificación.

    Jesús escuchó hablar, como todos los judíos, de la fuerza de la palabra y de la valentía y la coherencia de vida del Bautista y fue al Jordán. Al verlo y escucharlo le convenció su propuesta y acogió, él mismo, el bautismo como signo de purificación y de conversión del pueblo.

    Pero, para él aquel bautismo significó más; al ver al pueblo que en masa iba a escuchar al Bautista, al escuchar las atronadoras denuncias de Juan, al abrirse a su propia llamada y vocación, Jesús escucha la voz del Padre que le muestra el camino de su misión: ser testimonio del amor de Dios a todos los hombres. Jesús había de ser el Hijo que hace posible la fraternidad.

    «Tú eres mi hijo amado, en quien me complazco», su relación con el Padre era luminosa, ante ella toda sombra retrocedía. Le hace ver, además, que su hora se aproxima y queda en expectante espera. No tardará mucho.

    Todas las grandes transformaciones comienzan por un momento de silencio fecundo y luminoso. Al comenzar este año, qué tal si encuentras un momento de silencio para escuchar en Cristo: «Tú también eres mi hijo amado, a tus hermanos te envío».

  • Feliz Solsticio

    Mateo 2,1-12

    No ME DEJA de sorprender que desde posturas políticas en principio críticas con el sistema económico y social establecido – más de izquierdas, por decirlo llanamente-, se tengan reticencias en recordar el fundamento histórico, o si se quiere mítico-narrativo, de las tradiciones navideñas. Tener como centro de la cultura a una familia de migrantes forzados, primero, y de refugiados que huyen de la violencia asesina de un gobernante cruel, después, creo que es una riqueza de nuestra cultura católico-latina que no se debe desaprovechar.

    Los cristianos pensamos que Dios pasa por nuestra historia hecho niño pobre, de una familia desahuciada en Belén, y refugiado después en Egipto por motivos de persecución política. La tradición les dio a los magos de oriente que buscaban a un rey insigne y eminente, unos buscadores de la verdad y de la utopía, incluso la categoría de reyes. Con lo cual tenemos desde hace siglos a reyes de diversas las razas arrodillados ante el poder de la debilidad y la pobreza, que genera compasión y solidaridad.

    Sinceramente no sé qué gaita tocan quienes vacían la fiesta de la ternura y la solidaridad y la hacen fiesta de felicitaciones vacías, consumismo y regalos.

    Pero quizás cierta responsabilidad la tenemos nosotros, los creyentes; que en vez de ser los primeros en ir todos los días en busca de quien necesita solidaridad y justicia, en vez de buscar la manera de sortear el control de los gobiernos injustos para ayudarlos, nos hemos dejado robar la Navidad arrastrados por la corriente de superficialidad y consumo. Dios nace pobre, ¿dónde pretendemos ir a buscarlo?

  • Se para el mundo

    Lucas 1,39-45

    ¡HAY QUE VER, María! Tú viniste de tan lejos para ayudarme en el embarazo de mi Juanito, y cuando te toca a ti, estando tan cerca de mi casa, yo ni me entero.

    -Tú ya sabes cómo es esto, cuando viene, viene, y no espera a nada. Ya me hubiera gustado poder llegar a tu casa y que hubieras sido la primera en ver a Jesús. Los designios de Dios no los entendemos, pero seguro que tiene su porqué esto de que mi hijo naciera en un pesebre; y un porqué grande.

    -¡Qué hermoso es ser madre! Antes de serlo una ni se lo imagina. Los padres también viven algo parecido. Pero las mujeres no sólo hemos tenido esa vida en nuestro interior, la hemos gestado, ha tomado carne de nuestra sangre; la hemos sentido crecer, moverse, comenzar a vivir…

    -Es verdad, todo en la maternidad es hermoso, a pesar de lo difícil del parto y lo que viene después; pero lo que más disfruto yo es cuando, como ahora, mama de mis pechos. Ser alimento de tu propio hijo; sentir cómo algo tan pequeñito te busca con ansia y se queda tranquilo al poco de empezar a comer; mirarlo, así, desde arriba muy cerca de tu corazón… Al dar el pecho a mi niño el mundo se para, no hay otra cosa más que él. Es como si Dios hubiese querido que naciéramos débiles y desamparados para que otra persona tuviese la alegría de poder entregársenos y cuidarnos. El mundo es un misterio de amor que vamos descubriendo a cada paso de nuestra vida.

    -Bueno, venga; en cuanto acaben estos tragoncetes de mamar os venís con Zacarías y conmigo a la casa; a José ya se lo he dicho.

  • Seré como tú

    (Lucas 3,10-18)

    –VEN MARCOS. Siéntate un momento que quiero hablar contigo.

    ¿He hecho algo malo Maestro? Si es por la pelea con el hijo de Matías, la culpa la tuvo él; siempre está molestándome con tonterías de niño

    No te preocupes, yo ya sé que tú tienes 13 años y que vas haciéndote mayor. Por eso quiero preguntarte algunas cosas y saber qué piensas. Hace unos meses te conocí en el Jordán, con tu tío y otros de Cafarnaúm, estabais allí escuchando al profeta Juan. ¿Qué te pareció entonces Juan el Bautista?

    Cuando lo escuchaba me dejaba encandilado, aunque con un poco de miedo; sobre todo cuando decía cosas que yo no comprendía sobre el fuego que vendrá y acabará con todo. Su valentía para denunciar las injusticias de los romanos y los ricachones de los saduceos me ponía los pelos de punta. Pero no me asustaba; más bien me emocionaba. Miraba el rostro de mi padre y de los otros, asintiendo con la cabeza, casi sin pestañear, escuchando aquella voz de trueno… me emocionaba.

    Y de mí, ¿qué piensas?

    Tú eres distinto, Jesús. A ti te gusta jugar con los niños y tratas a todos con respeto y suavidad. Cuando hay que decir verdades, las dices; pero siempre mirando a los ojos y sin gritar. Me encanta cómo explicas las Escrituras, y cuando curas a un enfermo me dan ganas de bailar y cantar. Cuando me abrazas me siento como con mi padre y tus parábolas me dejan siempre cavilando, y… Cuando sea grande yo quiero ser como tú.

  • Para el perdón

    (Lucas 3,1-6)

    TODAVÍA NO ME creo lo que estamos haciendo, Jesús. Más de un centenar de personas, familias enteras, te acompañamos hacia Jerusalén, sabiendo que allí las cosas se pueden poner muy feas… Pero lo que más me cuesta trabajo creer es que esté aquí y hablando contigo.

    ¿Por qué dices eso, María? ¿Acaso quieres volver a Magdala?

    No digas eso, ninguno de nosotros quiere separarse de ti, ya lo sabes. Además de Magdala tengo muchos malos recuerdos. Si todos los que estamos aquí hemos cambiado mucho, yo creo que la que más ha cambiado soy yo. Es como si hubieras echado de mí los siete demonios.

    Tú no eras una mala mujer.

    Orgullosa, manipuladora, rencorosa, vana y superficial, amiga de cotilleos y de rumores, egoísta y con una religiosidad formalista y vacía que ni me transformaba ni llenaba mi corazón; allí tenía una vida y una fe de cumplimiento… Pero todo esto ya lo sabes tú.

    También eras, y eres, sensible y cariñosa, inclinada a compadecerte de los que sufren y a perdonar sin dobleces. Yo te conozco y no diría que eres vana y superficial, al contrario, tu amor a Dios y el Reino me llena muchas veces de admiración.

    Pero todo eso lo has conseguido tú, sin que yo sepa muy bien cómo. No quiero adularte, pero tus enseñanzas nos desnudan sin que sintamos vergüenza, y, sobre todo tu presencia nos hace más buenos, distintos. En ti el Padre nos ha dado un don.

  • Cuidad de vosotros mismos

    Lucas 21,25-36

    PARA QUE ME recomienden que cuide de mí mismo no he salido yo de Betsaida, allí eso ya me lo recomendaba mi madre. Si he dejado mi familia y mi trabajo es para otra cosa, para conseguir que el Reino de Dios venga a nosotros.

    Felipe, Felipe; tú siempre tan impetuoso. De qué te servirá que llegue el Reino si tú no puedes acogerlo por tu codicia, por tus rencores o porque en el momento decisivo te falte la valentía. Para cualquier decisión importante de nuestra vida hemos de prepararnos bien. Yo te insisto, que cuando llegue el Reino no te encuentre con el corazón embotado de odio ni de otro tipo de intereses que nos sean que los pobres y todos los que sufren puedan vivir la felicidad que el Padre les regala.

    ¿No te fías de mí, Maestro? ¿Piensas que te he seguido por egoísmo o por orgullo? ¿No crees que he sido sincero al hacerme discípulo tuyo?

    Claro que me fío de ti; y claro que creo en tu sinceridad. Pero cada situación se decide en su momento. Y la pequeña sombra que hoy puede haber en tu corazón, en su momento llenará tu alma de tinieblas. Piensa, piensa, si en la entrega a los que más quieres no hay, también, un poco o un mucho de egoísmo; piensa, piensa, si en tu oración al Padre siempre tienes su alabanza en tus labios o si muchas veces la desesperanza o el desagradecimiento la enturbian; piensa, piensa, si tu acogida a todos los pobres es como el Padre nos pide; piensa, piensa…

    Vale, vale lo voy pensando…, que siempre tienes la habilidad de cuestionarme lo que tenía por seguro.