Etiqueta: el evangelio del domingo

  • ¿Quién me mandaría a mí?

    (Juan 10,27-30) LA FE CRISTIANA es, por esencia, misionera, expansiva, católica, universal. Las otras formas de entender y vivir la fe en lo Absoluto son, por así decirlo, más tranquilas, menos dinámicas. Ninguna tiene un mandato misionero tan claro y tan explícito; ninguna se configura tan íntimamente con la misión de anunciar y testimoniar el amor de Dios a toda la humanidad.

    La misión, como toda tarea que desborda las expectativas formadas en una cultura, siempre plantea un cuestionamiento personal, sobre todo cuando los planes que uno se había hecho no se ven satisfechos, y la vida se nos muestra más compleja, más rica y más inabarcable de lo que habíamos pensado. Así que muchas veces, en la tarea evangelizadora, tenemos que decir: ¿Quién me mandaría a mí meterme en este «berenjenal»? Pero la inquietud que Jesucristo pone en la vida, que nos mantiene constantemente jóvenes y con ilusión, no deja al creyente en una quietud que lo paralice.

    Los Hechos de los Apóstoles, en este tiempo de pascua, nos transmiten día a día esa inquietud que el Resucitado pone en el corazón de los creyentes. Viajeros incansables, cuestionadores de todo desorden establecido, nómadas de su propia vida… quien experimenta la fuerza de Jesús en su corazón vive en el impulso del Espíritu. Esa es la eterna juventud de la Iglesia.

    No acalles el deseo de traspasar las fronteras que limitan la humanidad y la justicia; no te conformes con la cobardía de consentir con lo que cercena el ansia de plenitud que eres; busca caminos en los que vivir tu fe apostólica y misionera.

  • Aguas profundas

    Juan 21,1-19

    LA VERDAD DE nuestra vida se juega en lo que no se ve, porque el pudor o los intereses lo ocultan, y en lo que pasa desapercibido porque la costumbre lo ha hecho transparente, invisible.

    Así ocurría con la minusvaloración de la mujer, que de habitual se hacía invisible, o con las personas con algún tipo de discapacidad; así ocurre con la condena a la marginación de los niños de barrios de exclusión, o con los adultos jóvenes que siguen sin poder iniciar su proyecto de vida por culpa del empleo precario -el precariado, que se le llama-, o con la población de los países explotados del Sagel, del África subsahariana.

    Cuando el sufrimiento de las personas se sumerge en el silencio o en el olvido se resiente toda nuestra humanidad, todos nos hacemos menos humanos y menos cristianos. La revelación bíblica nos muestra un Dios Padre de todos, que por serlo busca incansablemente a los últimos, y se hace uno de ellos, y desde ellos y con ellos inicia el camino de la liberación, y en el seno de la pobreza y la cruz hace brotar la luz de su entrega.

    «Rema mar adentro y echa las redes», dice en el evangelio del próximo domingo el Señor a Pedro. «Si vas a pescar no te quedes en la comodidad de las aguas superficiales, rema a lo profundo y allí echa las redes de la misericordia de Dios. Cada anciano abandonado que sienta la presencia de Dios gracias a tu cercanía, cada adulto joven que sepa que la iglesia lo comprende y comparte sus frustraciones y sus proyectos, cada inmigrante que se siente acogido e integrado en nuestra sociedad y nuestra iglesia… es «pez de aguas profundas» que Jesús te encomienda.

  • Tras el horror

    Juan 20,1-9

    Tras el horror, el vacío; tras el vacío, la pregunta; tras la pregunta, una búsqueda que lleva a la fe.

    Ya ha pasado el «boom» mediático; los periodistas que grabaron la muerte de su esposa han vuelto a sus casas con sus familias, y han comenzado a preparar otro reportaje; los columnistas han vuelto a alabar o a criticar al político de turno; la vida sigue igual, para todos menos para él. Ángel ha perdido a su mujer y su vacío no lo llena nada; ha sido él, han sido sus manos las que le han facilitado el suicidio, y eso permanece para siempre; ha dejado que las imágenes de su rostro y su cuerpo sufriente sean mercancía mediática… Y ahora está solo con todo eso.

    Poner límite a la calidad de vida de una persona para despenalizar la ayuda al suicidio, o para que alguien a sueldo lo haga, es cruel; es lo mismo que decirle a esos enfermos que su vida ya no tiene sentido y que pueden pensar en acabar con ella, que así, incluso, sus familiares estarán mejor…; es abrir la puerta, también, a ayudas al suicidio «demasiado» interesadas.

    Ángel se ha quedado solo, pero María José sigue viviendo de una manera distinta, ya sin el dolor y la parálisis de la enfermedad. Tras toda experiencia de sufrimiento y de horror, se abre el silencio en el que aparece la luz y la presencia. Los creyentes somos testigos de ello, y en los que no lo sois el corazón busca intuirlo. Hay quien tarda años en descubrirlo, porque el dolor lo ha dejado como ciego; pero siempre la vida se impone a la muerte, como ocurrió en Cristo, primogénito de toda criatura, sentido último y primero de nuestra existencia.

  • Senderos de gloria

    Pasión según San Lucas

    CASI DOS DÉCADAS estuvo prohibida la película «Senderos de gloria» en la muy republicana y democrática Francia, donde se sitúa la acción. La crítica de Kubrick a todo ejército, personalizado en el francés, fue la causa de tan prolongada censura. «Los senderos de la gloria no conducen sino a la tumba»; conducen a la tumba a los pobres y a los que no detentan poder, habría que decir con Thomas Gray, el poeta inglés del XVIII que terminaba con este verso uno de sus poemas.

    Ya desde el inicio de su misión, cuando Satán lo estuvo tentando en el desierto, Jesús había comprendido que los caminos de la gloria y del poder solo se recorren pisando la vida y la dignidad de los pobres. Su decisión fue la contraria. El camino que asumió en su misión fue justo el contrario: ningún sendero de gloria, sino la pobreza, la compasión, la libertad ante todo poder y, por consiguiente, la entrega de su propia vida.

    Nos acercamos a la Semana Santa; este domingo se inicia con la austera e impresionante lectura de la Pasión; en la que el testimonio de Cristo nos insta a todos los creyentes a abandonar los «senderos de gloria» que hayamos pensado para nuestra vida, y reconvertirlos en «senderos de servicio». Un servicio que, en algunas circunstancias, lleva a la entrega de la propia vida; que, entonces, se convierte en testimonio callado y elocuente de fe cristiana: testimonio martirial de fe confesante de los cristianos de Pakistán, de China o de Sudán; testimonio martirial de fe compasiva y solidaria, como la de los religiosos Miguel, Manuel, Juliana o Chantal, que entregaron su vida cuidando a los enfermos de ébola.

  • Te besé antes de matarte

    (Juan 8, 1-11)

    «TE BESÉ ANTES de matarte», dice Otelo, en el drama de William Shakespeare, antes de suicidarse y caer sobre el cuerpo de su amada Desdémona. Un engaño y un error terrible le llevaron a asesinar a quien más quería. Pero no fueron los engaños y las intrigas de los venecianos que creía sus amigos; fue el pecado mortal de considerar que la persona amada le pertenecía.

    La relación de pareja siempre tiene una relación de entrega, de pertenencia: «yo me entrego a ti, y prometo…», dicen los novios en la boda cristiana. Pero esa relación de entrega es siempre libre, y el amor verdadero exige siempre el respeto a la intimidad, la libertad y la dignidad de quien queremos.

    En toda situación de pecado hay siempre una reducción del otro al estatus de objeto. Cuando atacamos, chismorreamos, condenamos o explotamos al otro, previamente lo hemos desprovisto de su condición de persona, de hijo de Dios, de hermano nuestro. Hemos dejado de pensar en su bien y hemos comenzado a verlo como objeto de nuestras burlas o nuestros intereses. Al inmigrante que se explota, a la mujer que se maltrata, al compañero que se vitupera, al pobre al que se ignora…, a todos los convertimos en «etiquetas», en «clichés sociales», en números, a los que no ponemos rostro ni acogemos como intimidad personal. Proceso diabólico en el que también nosotros nos volvemos autómatas que poseen, que disfrutan, que someten. Cuando negamos la dignidad al otro, a nosotros mismos nos tratamos como objetos.

    Piensa, piensa: ¿A quién por tu desprecio o por tu egoísmo estás cosificando?, ¿de qué manera estás olvidando tu humanidad?

  • Fiesta en tu vida

    Llegará el día
    en que, con júbilo,
    te recibas a ti mismo que llegas
    hasta tu puerta, ante tu
    propio espejo.

    (Lucas 15, 11-32) WALCOTT, PREMIO NOBEL de literatura, pulsa la clave de toda reconciliación, que es, a pesar de las apariencias, reconciliación con uno mismo. Cuando odiamos y guardamos rencor, cuando miramos con inquina y acechamos los errores del otro estamos, en el fondo, condenando nuestras propias incoherencias, dejando traslucir nuestros deseos insatisfechos, acusándonos por parecernos demasiado a aquel otro, a quien despreciamos.

    Cuando alguien te hace un daño objetivo, serio, injusto, la herida te duele un tiempo, pero poco a poco cicatriza y te olvidas de ella. Pero cuando el rencor la vuelve enfermiza, cuando cada vez que la ves te duele la misma punzada del primer día, cuando tienes necesidad de demonizarla y no dejar resquicio a la humanidad que hay en ella,… entonces la herida estaba ya en ti, no te la hicieron.

    Lleva a tu alma a mirarse en el espejo y reconoce tus debilidades, tus frustraciones, todos aquellos momentos en los que no pudiste hacer lo que debías o lo que te exigías; fuérzate a mirarte con ojos comprensivos, indulgentes, amistosos. Eras, eres y serás simplemente una persona que tiene la inmensa posibilidad de convertirse, de vivir sin máscaras.

    Volverás a querer al extraño que has sido. Habrá fiesta en tu vida.

  • Si entonces pienso en ti

    Lucas 13, 1-9

    MUCHOS MOTIVOS nos parece que tenemos, en ciertos momentos de nuestra vida, para llenarnos de amargura. La soledad, los reveses de la vida, nuestras propias incoherencias… Pero como decía el poema de Shakespeare:

    Si entonces pienso en ti, mis pérdidas
    se compensan, y cede mi amargura.

    La bondad fiel del Señor para con su pueblo fundamenta nuestra esperanza. Una esperanza deseosa de corresponder a ese amor, como todo amor que amor recibe.

    Nuestra forma de corresponder al amor de Dios es dar frutos de misericordia: Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, visitar a los presos, enseñar al que no sabe, dar consejo al que lo necesita… Pensar en Ti compensa nuestras pérdidas, disuelve nuestra amargura y nos llena del deseo de dar el amor que se nos ha dado.

    Pero el deseo ha de volverse realidad para que no acabe en desesperanza y melancolía más corrosivas aún que la amargura primera. Y dar frutos de misericordia no se improvisa. La pujanza de la savia de la que brota la flor y el fruto viene de unas raíces fuertes que encuentran la humedad de la tierra en que se afirman.

    Esta cuaresma ha de ser el comienzo para acoger la hermosura de la pobreza, que nos dará libertad; para contemplar el rostro de nuestros hermanos que sufren, que nos mostrarán el camino del compromiso; para dejar que el Espíritu de Dios nos lleve a buscar personal y comunitariamente caminos de verdadera conversión cristiana.

  • Del esplendor en la hierba

    Lucas 9, 28-36

    EL RECUERDO de la plenitud vivida a veces nos llena de melancolía; pero cuando vivimos con el corazón pacificado y siendo fieles a lo que nuestro corazón nos pide, en vez de en sentimiento agridulce por la felicidad que no vuelve, ese recuerdo se convierte en fogata hogareña en nuestro interior.

    Nada nos devolverá los días
    del esplendor sobre la hierba,
    pero nos recordaremos
    y fortaleza hallaremos
    en lo que de ello nos queda.

    Para el creyente, el recuerdo del bien alienta nuestra esperanza para seguir con fortaleza acogiendo la gracia siempre nueva, siempre luminosa de Jesucristo. Pedro, Juan y Santiago -así lo recuerda el propio Pedro- contemplaron a Jesús algo así como transfigurado en lo alto de un monte cuando se los llevó a unos días de oración. Él no pudo olvidar nunca la experiencia. Y después de la pasión y muerte, cuando la esperanza parecía perdida y la gracia de Dios venía en la noche, aquel recuerdo le hizo anhelar lo imposible.

    Así también nosotros debemos recordar -pasar por el corazón- las experiencias que nos han hecho ser lo que somos, que pueden seguir iluminando nuestra vida. Cuando las olvidamos, nos perdemos. No olvides la amistad confidente y fiel de la adolescencia; ni el amor tierno y apasionado de los primeros momentos con tu pareja; no olvides tampoco aquellos momentos en los que Jesús te hizo ver su luz en tus oscuridades, y te hizo valiente para construir su Reino.

  • En los detalles

    Mateo 6, 1-18

    HAY UN REFRÁN anglosajón que dice que el demonio está en los detalles. Y viene a referirse a que son las pequeñas cosas que, a primera vista, nos parecen anecdóticas, las que hace funcionar mal, o bien, cualquier actividad humana. Los mediterráneos somos más comprensivos y campechanos, no nos preocupan tanto las cosas pequeñas… y al final puede que terminemos sin preocuparnos de nada.

    Un matrimonio se comienza a estropear por los pequeños detalles; pequeños detalles de desconsideración, de frialdad, de desafección, incluso de desprecio. Un buen médico es el que sabe valorar el síntoma del paciente al que otros no dieron importancia. Un buen padre está atento a su hijo, con esa atención que busca la distancia justa, para que pueda desarrollarse con seguridad en sí mismo y contando con su paternal aprobación. Hablar en el momento justo, callar cuando se debe, preguntar lo que es necesario, decir siempre lo que construye… No es fácil ser persona.

    Es más fácil ser creyente.

    Ante Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, siempre nos sentimos acogidos y en paz. Ante Él podemos desahogar nuestro corazón, y reconocer sin ambages nuestros errores. Es el garante de nuestra libertad, aunque con ella lo alejemos. Él nos desnuda con su mirada materna, y nos invita a que nos zambullamos en el agua de la gratitud y la fraternidad. Ser creyente es fácil. Esta cuaresma déjate alcanzar por la voz de quien te quiere más humano. Haz silencio y prueba.

  • Guías ciegos

    Lucas 6, 39-45

    ALGUNA DE LAS parábolas de Jesús roza con el humor negro: ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? La propia escena nos invita a imaginarla protagonizada por alguna conocida pareja cómica sacándole punta.

    Los padres respecto a sus hijos, los maestros respecto a sus alumnos, los sacerdotes respecto a su comunidad, los políticos respecto a los ciudadanos, los mayores respecto a los más jóvenes… muchos pueden tener el deber o la vocación de ser guías de otros; muchas pueden ser las «cegueras» que nos lleven a caer al hoyo, y hacer caer a los demás.

    Hay padres que miran más el móvil que a sus propios hijos… Hay profesores que en vez de mirar por el bien de sus alumnos se dejan manipular por la ideología de lo políticamente correcto, por el miedo a no ser moderno, por hablar y opinar de lo que no saben… Hay sacerdotes que miramos más el número de feligreses que las alegrías o los pesares que reflejan sus rostros… Hay políticos cuyas miras solo están puestas en subir en el escalafón o en decir una frase redonda para las redes… Algunas veces los mayores hemos perdido el centro y vivimos una adolescencia tardía que no puede ser ejemplo de nada hasta caer en lo ridículo… No sé si estaré hoy un poco negativo, pero la pequeña parábola de Jesús parece de bastante actualidad.

    Al momento, el Señor nos da un remedio para la ceguera. Es una invitación a darnos cuenta de nuestros errores, de nuestras limitaciones, de nuestros pecados, para poder, así, guiar en algo a los demás. Aunque, de nuevo lo dice con bastante humor.