Etiqueta: el evangelio del domingo

  • Dos Hermanas de honestidad

    Dos Hermanas de honestidad

    (Lc 3, 1-6) “QUE LOS MONTES se abajen, que los valles se levanten, que lo torcido se enderece. Preparemos los caminos al Señor.» Adviento es tiempo de reformas. De abrir ventanas y que el sol de la mañana y de la tarde ponga luz en tanto orgullo y tanta desidia como hay en nuestra vida.

    Para todos, adviento ha de ser tiempo de conversión. Mal hacemos cuando escuchando una lectura de la Biblia pensamos lo que los otros han de cambiar. Que no nos pase como aquel que quería quitar una pelusa del ojo de su hermano cuando los suyos estaban medio cerrados.
    Es tiempo de revisarnos y preguntar. Sí; de preguntar a la persona que te quiere qué tendrías que cambiar para hacerla más feliz.

    A veces nos parecemos a los malos políticos. Prometemos mucho y, a la hora de la verdad, cambiamos poco. Decimos hacerlo todo por las personas que queremos, pero ni les preguntamos ni estamos atentos a sus verdaderas necesidades. Estamos más atentos a quedar bien delante de todos que a vivir siendo honestos y sinceros para con nosotros mismos y para con Dios.

    Imagínense que todos en nuestro pueblo, incluidos los políticos, nos ponemos a trabajar con honestidad y sensatez por el bien común. Nos llamarían nazarenos con Honestidad. Seguidores del Nazareno en gracia y en verdad.

  • Que tiemblen las potencias

    Que tiemblen las potencias

    (Marcos 9,37-42) QUE TIEMBLEN LAS potencias del mundo que buscan solo afianzarse en su poder, sin atender a las necesidades verdaderas de los más pobres. El Señor que viene pronto las confrontará con su fuerza.

    Qué tiemblen los que se enriquecen con el tráfico de armas y de drogas, y hasta de personas, los que ponen en una balanza su beneficio económico y la vida de las personas. El Señor, que viene pronto, los avergonzará con su mirada.

    Qué tiemblen los que colaboran para que el comercio y el mercado financiero internacionales sean una burbuja negando vivienda y trabajo a los sencillos. El Señor, que viene pronto, los destronará con su justicia.

    Temblemos también nosotros; que con nuestra actitud de egoísmo no buscamos siempre el bien de los más pobres; y con nuestra ceguera e irresponsabilidad entramos en enfrentamientos estériles y en la cultura consumista y de lo políticamente correcto, que corta nuestras raíces y acorta nuestro horizonte personal. El Señor ya llega.

    Adviento significa alzar la cabeza para ver la misericordia y la justicia que vienen; aunque al principio, como quien pasa de las tinieblas a la luz, sintamos dolor por nuestros propios pecados.

  • Estar en el mundo; no ser mundano

    Estar en el mundo; no ser mundano

    (Juan 13, 33-37) POR LA ENCARNACIÓN del Hijo de Dios en nuestro mundo, los cristianos estamos llamados a vivir en los distintos ámbitos donde nos movemos con las actitudes de Jesús. Él vino al mundo para sembrar su justicia, su gracia y su perdón, para que reconociéramos la huella de Dios en su creación, y viviéramos de tal manera que nuestro corazón descubriera en lo pasajero el amor eterno del Padre.

    Descubrir en lo que pasa el amor eterno del Padre: descubrir el amor del Padre en la infancia de nuestros niños que va pasando dulce e irremisiblemente; descubrir el amor eterno en los amores pasajeros de los adolescentes; descubrir el amor del Padre en al amor de familia, con sus limitaciones y grandezas; descubrir el anhelo de justicia eterna en las luchas concretas, y a veces ambiguas, con las que buscamos un mundo mejor.

    Hacer de nuestro mundo un escenario de luchas de poder, de conflictos por ser el primero; un escenario donde quien más puede más disfruta a costa de los débiles; un escenario donde aparentar lo que nos creemos que somos o lo que sabemos que no somos… Todo esto es hacer de nuestro mundo un mundo inmundo. Lejos de la Iglesia y de los cristianos vivir así, mundanamente.

    El Gran Poder de Jesucristo en este mundo es su amor en la cruz; acoge tú también ese gran poder en tu debilidad.

  • El que no reconoce a los pobres…

    El que no reconoce a los pobres…

    (Marcos 13, 24-32) EL QUE NO RECONOCE a los pobres acaba por traicionar a Jesucristo.

    Hay que hacer muchas consideraciones históricas para poder explicar que la Iglesia haya estado en muchos momentos lejos de los intereses de los pobres. Solo una interpretación profundamente ideologizada de la fe o de la realidad social pudo provocar esa situación.

    El ámbito natural de los discípulos de Jesús de Nazaret ha de ser el de nuestro maestro. Las enseñanzas y las exigencias de su seguimiento constantemente nos hablan de la misericordia que tenemos que vivir con los más pobres y cómo debemos abrazar nosotros mismos una pobreza que nos haga libres.

    A los que no tenéis afecto y os sentís solos, a los que vivís pendientes de un desahucio o el subempleo os tiene siempre en vilo, a los que sufrís una discapacidad o sois marginados por cualquier causa, a los que la enfermedad os lleva a vivir situaciones difíciles, a los que la cultura dominante os llevó por caminos que os han despersonalizado, a los que estáis lejos de los vuestros, a los que no habéis podido desarrollar todo el potencial humano y creativo que Dios os ha dado…, a todos la comunidad cristiana quiere abrazaros, y que ese abrazo haga retroceder el mal de este mundo para que juntos sembremos las semillas del Reino.

  • ¿A cuánto estás dispuesto?

    ¿A cuánto estás dispuesto?

    (Marcos 12, 38-44) LA RELACIÓN de amistad con Jesucristo es siempre una aventura, que se sabe cómo empieza, pero no cómo acaba. Quien cree en él sabe que sus palabras son palabras de vida y quiere poner los propios criterios y sentimientos por detrás de lo que el Señor nos dice.

    Querer ser discípulo de Cristo y vivir en la ambigüedad de seguir siendo el dueño de mi vida es iniciar un camino de hipocresía que nos llenará de tristeza. Decir que creo en quien es Perdón, y guardar rencor; decir que creo en quien es Misericordia, y vivir con egoísmo; decir que creo en quien es Justicia, y volver la espalda a quien ve pisoteados sus derechos es situarse en la mentira y el vacío.

    Cristo a nadie obligó nunca a ser discípulo suyo ni a seguirlo, pero si hacemos esa elección tenemos que estar dispuestos a acoger todo lo que nos pida. Podremos ser débiles y ceder a la tentación; podremos tropezar y caer; pero cuando nos levantemos tenemos que seguir a su lado.

    Solo así viviremos la alegría de ver los signos que sigue haciendo entre los más pobres; de escuchar las palabras de ánimo y de sentido con las que sigue alentando a los que sufren; de experimentar que sigue vivo, y que sigue dando vida. Contemplar la acción de su Espíritu en los pobres y sencillos, en los nuestros, será nuestra mayor alegría.

  • ¿El amor puede ser un mandamiento?

    ¿El amor puede ser un mandamiento?

    Marcos 9,37-42 UNO PUEDE hacer el bien a una persona por amor, o puede hacer ese mismo bien porque se lo mande alguien que tiene poder. Pero parece que amor y mandamiento son instancias tan distintas que es imposible que se pueda mandar amar. Y, sin embargo, el mandamiento principal de la Primera Alianza es: «Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.»
    Entonces, ¿puede alguien mandar amar?

    Sí. Un padre o una madre puede decirle a un hijo suyo: «Tienes que querer a tu hermano, porque a los hermanos se les quiere y se les ayuda siempre».

    Quien nos ha dado el ser, quien nos ha atendido con cariño y esmero, quien con sus cuidados y sus palabras nos ha hecho conscientes de que somos seres dignos de ser cuidados y escuchados, quien ha entregado toda su vida por nosotros, sí puede decirnos: tienes que amar a tu hermano. También un hermano puede decirle a otro hermano: «Tu madre necesita ahora de nosotros; necesita que le mostremos el amor que le tenemos».

    El amor en nuestra vida es algo más profundo e importante que un sentimiento pasajero. Es lo que nos hace ser personas. El sentido de toda nuestra vida es ir entregando el amor que recibimos. El mandamiento del amor es mandamiento de vida, de vida eterna.

  • ¿Qué quieres que haga por ti?

    ¿Qué quieres que haga por ti?

    AL SALIR de Jericó un ciego, que estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna, le grita: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!
    Años llevaba sin ver la esperanza en su vida: “voy como un ciego que ve”, que dice la copla. La rutina de todos los días le llevaba a seguir mendigando un poco de aprobación y de cariño; a veces la pedía a gritos de malhumor, de explosiones de rabia; otras veces, en vez de pedir, callaba carcomido por la envidia, mirando a los que con apariencia de felicidad caminaban delante de él. Vivía mirando la vida pasar, sin tener sensación de vivirla: otros gozaban, otros triunfaban, a otros los amaban.

    Pero un día pasaba por la puerta de una iglesia, y la vio abierta, y sintió que lo llamaban, y entró. Estaba sola; solos él y el Señor; nadie delante de quien disimular una fortaleza impostada, nadie delante de quien negar el dolor sordo y bronco que siempre sentía. Fue un instante breve, pero fue suficiente. La coraza que lo revestía se cayó; se supo desnudo, pero no sintió vergüenza, y unas ardientes lágrimas asomaron a sus ojos.

    Supo que tenía que cambiar muchas cosas en su vida; supo que había hecho daño a muchos. Supo que Alguien lo amaba, incondicional, infinitamente. “¿Qué quieres que haga por ti?” –le dijo, por fin, él al Señor.

  • Sinodalidad

    Sinodalidad

    (Marcos 10, 35-45) Vamos a escuchar mucho esta palabra a partir de ahora en ambientes de iglesia. El papa Francisco ha convocado un sínodo y quiere que todos los cristianos participemos en él, así que en muchas parroquias y en diversos grupos de la iglesia tendremos que repensar cómo ser una iglesia más sinodal.

    «Sínodo» significa literalmente caminar en común; y hace referencia a la necesidad de que en todos los grupos de la iglesia y en la Iglesia en general caminemos teniendo en cuenta la experiencia de fe de todos, los problemas y las inquietudes de todos. Todos somos iglesia y todos tenemos que tomar parte en los procesos de reflexión, en las tomas de decisión de la iglesia y su realización.

    Sinodalidad se opone al clericalismo que descarga en las espaldas del sacerdote la responsabilidad de la evangelización y de la parroquia; se opone a una manera de llevar la comunidad cristiana, por parte del sacerdote que podríamos calificar, por decirlo llanamente, «de ordeno y mando».

    En la comunidad cristiana el único que tiene primacía es Jesucristo, que se nos entrega en la eucaristía y en la escucha atenta de su Palabra, a través de la tradición y la sucesión apostólica. Todos, cada uno desde nuestro ministerio y vocación, desde nuestras circunstancias y experiencias de vida podemos ir sacando a la luz la riqueza de la experiencia de fe que nos une.

  • Te helará el corazón

    Te helará el corazón

    (Marcos 10, 17-30) EL DESEO DE riquezas y de consumir lo que el imperio de la publicidad nos dicta acaba por dejar helado nuestro corazón. Comienza, como toda seducción, mostrándonos las oportunidades y posibilidades que tiene: móviles de última gama, viajes a tierras lejanas, el prestigio de ropa y un estilo de vida lujoso…

    También es verdad que en un principio la juventud y la vida tienen más peso que todo, pero el ídolo del dinero y del consumo esperan su momento. Y cuando llega, por dinero se renuncia a los hermanos, se abandona a los padres, se pierde a los verdaderos amigos, se deja de engendrar a los hijos que sigan dando sentido a la vida.

    Si te queda el dinero, te quedas solo, con tu perro, un coche, con el que no sabes a casa de quién ir, y una casa que sientes como una cárcel. Si los vicios o la mala suerte te hicieron perderlo, no te quedan ni eso. Cuando sustituyes el amor entregado y compartido, generoso y altruista por la avaricia encubierta del egoísmo, no tardarás en sentirte y saberte profundamente solo.

    No te engañes; tú, y yo, y todos seremos tentados por convertir del dinero el ídolo a quien sacrificar la vida.

  • No es un mero acuerdo

    No es un mero acuerdo

    (Marcos 10,2-12) COMUNIÓN Y PROCREACIÓN son los dos grandes dones que Dios quiso dar a la unión de amor entre un hombre y una mujer, al matrimonio.

    Comunión íntima, en pie de igualdad, mutuamente sometida y entregada; en la que la mujer hace hombre a su marido, y el hombre hace mujer a su esposa. Una comunión de amor, que por ser don de Dios, tiene siempre vocación de eternidad. Ni acuerdo de intereses, ni derecho a reivindicar: el matrimonio es un don.

    Procreación, que no mera reproducción, porque el hombre y la mujer al concebir un hijo se abren al misterio de la Creación del mismo Dios. Un misterio que los desborda, y que los compromete de por vida a una entrega de servicio gratuito y sacrificado en la que encuentran un sentido antes inimaginable.

    Que el matrimonio sea un contrato entre iguales, es sólo una pequeñísima parte del misterio de amor que refleja el amor mismo de Dios. La paternidad y la maternidad son continua sorpresa que se acoge en la entrega a quien, en cuanto puede, se va de nuestras manos para vivir, él mismo, el don que Dios le da.

    ¡Qué hermoso y difícil es el camino de este don!